A fines del siglo XIII surgió en Lieja, Bélgica, un Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja.
Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor.
Juliana comunicó estas apariciones a Mons. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. Mons. Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad.
El Papa Urbano IV, por aquél entonces, tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de Bolsena: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264.
La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y, en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración.
La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325.
Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos.
El Nombre de la Rosa: Una Abadía en el Centro de la Trama
En todas las épocas del mundo, desde Alejandría hasta la Alemania nazi, las personas han quemado libros para evitar que sobrevivan las ideas que detestan.
Pero antes de ese evento, la gran secuencia de acción del libro, Guillermo y Adso descifran por fin la forma de entrar en el cuarto secreto en el corazón del edificio y acceden al finis Africae. Y dentro de la habitación, como el minotauro o como Jack Torrance, está Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego cuya moral draconiana espanta a todos los otros monjes.
Eco no esconde el hecho de que el nombre de su villano es muy parecido a Borges, sumado a que es ciego, que alguna vez fue bibliotecario y que su poder supremo está en el centro de un montón de libros. Burgos es Borges porque algo que Eco entendió de los cuentos del argentino -y que sus devotos lectores no suelen mencionar- es que a Borges las muertes violentas le interesaron casi tanto como los poetas ingleses.
El autor de El Aleph debe ser uno de los escritores más sanguinarios de la narrativa latinoamericana, lo que le hace tan divertido de leer cuando uno lo descubre de niño. En el propio El Aleph hay un cuento sobre un impostor que le destroza la cara a un cadáver para fingir su propia muerte. Y hay otro sobre una muchacha vengativa que comete el crimen perfecto y otro sobre un teólogo que termina en la hoguera por su interpretación de las Escrituras.
En las historias de Borges corre tanta sangre como tinta y eso hace tan perfecto que Eco lo recupere en vida (Borges murió en 1986 y El nombre de la rosa se publicó en 1980) como máximo villano de un libro donde la gente se mata por el derecho a leer.
Porque -y esto es muy decidor- Jorge de Burgos tiende una trampa a todos los que intentan leer un manuscrito perdido que él esconde en el finis Africae. Pero su censura homicida es sólo un reflejo individual de las penas y los castigos que campean a su alrededor en el catolicismo de la época.
Todos los fastos y ceremonias del encuentro teológico no eran más que la versión aguachenta y adocenada del drama que ocurre en esa mesa, con ese libro y esa lámpara. El derecho a ridiculizar lo que nos parece ridículo versus la necesidad de castigar al burlón en aras del bienestar de la institución. los días previos a la resolución del enigma, un inquisidor llamado Bernardo Gui se ha alojado en la abadía, y sus métodos de interrogación y justicia son menos elegantes que los recursos de Jorge, pero se originan en la misma absurda certeza de tener la verdad absoluta respecto del dogma.
El nombre de la rosa se publicó en una Europa donde estaban frescos los recuerdos de las operaciones de Septiembre Negro, del ataque a los deportistas israelíes en Múnich y del secuestro y asesinato del político democratacristiano Aldo Moro. El propio Eco había mencionado en un artículo de 1978 (recopilado en La estrategia de la ilusión) el paralelo que podía establecerse entre el actuar carnicero de las Brigadas Rojas y los cultos apocalípticos al estilo del reverendo Jim Jones, el hombre que en la selva de Guyana indujera un suicidio masivo después de convencer a más de novecientas personas de beber cianuro.
Por eso hay dos grandes líneas en la novela: por un lado, la pesquisa de Guillermo sobre las muertes misteriosas de varios monjes de la abadía; por el otro, un encuentro de alto nivel con dignatarios de diversos sectores de la iglesia, que acuerdan una tregua para debatir el futuro de la fe entre los muros del recinto.
Entonces queda pendiente lo que a ojos de todos -excepto de Guillermo y Adso- es el conflicto más pequeño, más mezquino, tanto que el mismo Adso lo describe exasperado como «una historia de robos y venganzas entre monjes de poca virtud». Guillermo le recuerda: robos y venganzas de baja estofa, tal vez, pero alrededor de un libro prohibido.
Y ese libro, el volumen por el cual Jorge de Burgos, faro intelectual, ético y humano de la abadía, ha estado dispuesto a matar, mentir y perder su alma inmortal, es el segundo libro de la Poética de Aristóteles. Que en la ficción de Eco es un volumen dedicado íntegramente al análisis de la comedia y la risa.
Pero, ¿por qué en una biblioteca llena de textos heréticos, diccionarios de demonios, apocalipsis decorados con los dibujos más perturbadores y poemas importados del corazón del islam alguien opina que Aristóteles representa el mayor peligro para la fe?
Esa es la interrogante que obsesiona a Guillermo y es la que recibe la respuesta más sorprendente de todas, una digna del propio Borges: porque, al ser obra de Aristóteles, ese libro le habría conferido a la risa un aura de respeto intelectual de alcance insospechado. La habría sacado de su lugar tradicional -la fiesta, la borrachera, la taberna, la mesa del campesino al final del día-, para convertirla en una herramienta contra aquello que Jorge de Burgos considera la piedra fundacional de la iglesia: el temor de Dios y el miedo al infierno.
No puedes temer a aquello de lo que te puedes burlar, explica Jorge a Guillermo en esa habitación apenas iluminada por una lámpara que oscila entre los dos y que será el origen del incendio de la biblioteca: «Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte».
Guillermo al final tenía razón: todos los fastos y ceremonias del encuentro teológico no eran más que la versión aguachenta y adocenada del drama que ocurre en esa mesa, con ese libro y esa lámpara.
¿Era la iglesia en 1327 un factor de cohesión y orden más allá de los horrores perpetrados por sus emisarios? Desde luego. El punto de Jorge de Burgos en El nombre de la rosa es que ciertas ideas son más subversivas que otras. Por lo tanto deben estar escondidas, mantenidas a buen resguardo de ojos indignos o menos entrenados.
Porque, y esta es una de las tantas ironías de la resolución del misterio, Jorge de Burgos no ha tenido problema en envenenar a media docena de hermanos, pero nunca se le pasó por la cabeza cortar por lo sano destruyendo el libro. El viejo profeta, fascinado por el espectáculo de su propia piedad, no se entera de que es más bibliotecario que monje, más erudito que cristiano.
Guillermo comprende por fin que la risa puede ser muy peligrosa, que la burla puede hacer que te maten y que la ironía retórica que le ha acompañado toda su vida -y que él propone como una suerte de higiene intelectual- es para Jorge de Burgos una herejía digna de castigo.
El poder subversivo de ese mítico segundo libro de la Poética ha sido evaluado por un solo par de ojos, los de Jorge de Burgos, antes de perder la vista en algún punto de su vejez. Y esa evaluación ha venido de la experiencia personal: para declarar un material peligroso al punto de confinarlo a la oscuridad de lo prohibido el censor en algún punto de su corazón debe haber sentido el vértigo de la subversión, el cambio de idea.
Jorge de Burgos es como el perro del hortelano. Detesta el manuscrito porque le hizo dudar, no se atreve a destruirlo porque un libro capaz de hacerle dudar por cierto debe ser un gran libro, y prefiere empapar las páginas con veneno para que cualquier incauto que aspire a enterarse de esas ideas termine muriendo de un modo atroz.
Eres el diablo, le dice Guillermo de Baskerville, un minuto antes de que la lámpara se apague, se vuelva a encender y termine iniciando la quema de lo que era «la biblioteca más grande de la cristiandad». Jorge de Burgos, gran villano y gran lector, no se ofende. En vez de eso, se echa a reír.
Guillermo ha descifrado la identidad del asesino, pero ha fracasado en todo lo demás. El abad que lo comisionó para investigar los crímenes ha muerto, el encuentro pastoral se ha ido al carajo y nadie tiene ya interés alguno en saber por qué murieron los monjes. Guillermo es como Erik Lönnrot, el trágico detective que protagoniza el borgeano «La muerte y la brújula».
Al igual que Lönnrot, Guillermo ha creído seguir un orden oculto en una serie de crímenes, para luego entender que no hacía nada más que recoger las migas de pan que le iba dejando el asesino. Lönnrot cree estar descifrando una conspiración jasídica cuando en verdad sólo está cayendo en la trampa de un viejo enemigo. Imaginando un orden falso, el detective con sotana ha llegado a una verdad.
No le sirve, y apenas tiene tiempo de disfrutarla porque ya ha pasado un minuto y la biblioteca está a punto de arder. Pero en el intertanto Guillermo comprende por fin que la risa puede ser muy peligrosa, que la burla puede hacer que te maten y que la ironía retórica que le ha acompañado toda su vida -y que él propone como una suerte de higiene intelectual- es para Jorge de Burgos una herejía digna de castigo.
Como el peor secundario de Agatha Christie, este intenta eliminar la evidencia tragándosela. Comienza a devorar las páginas del dichoso manuscrito dejando a sus perseguidores en la oscuridad completa del finis Africae. Pero la broma cruel de su dogma ha llegado demasiado lejos. La lámpara de Adso cae sobre un grupo de libros y la biblioteca empieza a arder.
Eco le dedica a la descripción del incendio las páginas más hermosas de la novela. El gran detective se retira de escena perdido, roto y convencido de haber visto el principio del apocalipsis.
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