La expedición inglesa hacia las costas de Chile, ejecutada entre los años 1669 y 1671 durante la vigencia de un acuerdo de paz entre España e Inglaterra, fue financiada por Carlos II y comandada por el capitán John Narborough. Esta expedición estuvo compuesta por dos barcos y zarpó del puerto de Downs el 6 de octubre de 1669.
Durante una tormenta antes de tocar la costa americana, ambas naves se dieron la una a la otra por perdidas. El Batchelour volvió a Inglaterra, mientras que la capitana continuó avanzando hacia el sur hasta Puerto Deseado, donde llegó en marzo de 1670. Pasaron el invierno entre ese puerto y el de San Julián, y durante octubre y noviembre cruzaron el estrecho de Magallanes, explorando sus costas e intentando atraer a los grupos de indios para intercambiar con ellos el oro que suponían que tenían.
El 6 de diciembre tocaron una isla en 45° de latitud sur, luego la isla de Chiloé, donde la fuerza del mar no les permitió desembarcar, y el 24 de diciembre llegaron a la boca del río Valdivia, que conduce a la ciudad homónima. La Sweepstakes llegó a la entrada del río probablemente en la tarde del 24 de diciembre de 1670. A la mañana siguiente un bote puso a Carlos Enriques en tierra entre la Punta Galera y el Morro Gonzalo, topónimos que hoy se conservan.
Recepción en Valdivia y Primeros Contactos
Lo primero que dicen las fuentes españolas es que en la tarde del 25 de diciembre el capitán Pedro de Arévalo fue a reconocer el navío en una canoa, llegando tan cerca que estuvo debajo de la popa. Cuando preguntó de dónde era el bajel, le respondieron en un español mal pronunciado que de España, por lo que se apartó a toda prisa, aunque los del barco le dijeron que eran amigos. A las 11 de la noche se oyeron en Mancera disparos de los castillos, cantidad de artillería en número que pareció ser arma, como consecuencia del reconocimiento de Arévalo.
Suponiendo que el barco vendría acompañado por otros, Montoya despachó correo al gobernador de Chile, Juan Henríquez, para alertarlo y pedir el envío urgente de 300 hombres armados. Envió también a los castillos al sargento mayor de la plaza, Francisco Delso y Arbisu, con 70 arcabuceros. Ese mismo 26 el alférez del de Corral y otros soldados fueron en una canoa a reconocer el barco y explorar si aparecían otros. Por los rastros, se dieron cuenta que algunos tripulantes habían saltado en tierra junto a Morro Gonzalo. Se pusieron centinelas en la costa por si aparecían más barcos.
Por su parte los ingleses, a las 8 de la mañana enviaron un bote al mando del teniente Pecket al lugar donde habían dejado a Enriques, para buscarlo, sin éxito. Él había dicho que como en Valdivia tenía amigos, al día siguiente enviaría una canoa con frutas y pan. El bote fue bordeando la orilla y encontraron una pequeña fortaleza de siete cañones, según Narborough, que era el castillo de la punta de Amargos. Dice Narborough que los españoles estaban en la orilla llamándolos con una bandera blanca y desde el bote el teniente les preguntó de qué nación eran, a lo que se contestó que de España.
Dice el capitán que se le pidió que fuesen a la orilla, y desembarcaron. Pecket explicó que de orden del rey de Inglaterra iban a las Molucas y en el entendido que ambas naciones estaban de paz querían en Valdivia comprar bastimentos. Se les condujo a la plaza sin que pudieran reconocer el castillo, porque no registrasen nuestras fuerzas y buscasen modo de invadirle, hubo agasajos y brindaron los ingleses a la salud del rey de España hincando las rodillas en tierra, y el castellano de Amargos, Diego de Lara, hizo disparar la artillería. Pecket pidió que se les mostrase dónde dar fondo para hacer aguada y leña. Así, con el pretexto de guiarlos, se embarcaron en la lancha inglesa el sargento mayor y otras personas, para reconocer el barco y las fuerzas que tenía, objetivo velado que, por supuesto, advirtió el capitán. Todo esto fue el día 26.
La lancha tuvo que salir tres leguas mar afuera para dar alcance al navío, que procuraba siempre mantenerse alejado. Allí agasajaron a su vez a los españoles con comida, bebida y música. El sargento tuvo ocasión de mirar el barco y contar los hombres y las piezas de artillería, y vio que llevaba muchas por lastre. Preguntó por qué se habían arrimado la costa si iban a las Molucas, y el piloto contestó que un temporal a la salida del Estrecho les obligó a ello; que habían lo habían preferido al de Le Mayre, abreviando así 400 leguas de navegación. Preguntó también Delso si habían estado en Chiloé, pero el piloto dijo que no.
Tensiones y Desconfianza
No queriendo entrar al surgidero de Morro Gonzalo, para poder salir de él con cualquier tiempo, explicó el piloto, la Sweepstakes dio fondo el 27 en la tarde entre el citado morro y el castillo de Amargos. Con el pretexto de devolver a los visitantes españoles envió a tierra a sus mejores 18 hombres, al mando de Pecket, para inspeccionar la bahía y sus fortificaciones, e intentar establecer cooperación con los indios. El grupo, en la ocasión, comerció con los españoles al alero de Amargos: intercambió mercancías que se les pagaron con piezas de plata, y Narborough anotó en su diario que los españoles tenían mucha, así como oro, lo que vieron sus hombres en utensilios y sables. A su vez, el castellano Diego de Lara hizo regalos al teniente.
Paralelamente, Narborough envió una lancha a socorrer a un barco que estaba entrando a Valdivia proveniente desde Lima conduciendo el Real Situado y desterrados, porque un gran ventarrón lo había desarbolado. Por su parte, desembarcados los españoles, refirieron a Lara su experiencia en el barco, quien los envió a entrevistarse con el gobernador, el que concibió grande enojo por lo que había hecho el sargento mayor. Ese mismo día 27 Montoya se embarcó con 40 hombres para ir a los fuertes a procurar adquirir noticias sobre si se habían visto más barcos.
El 28 de diciembre Narborough despachó una lancha con 6 hombres a Amargos al mando del teniente Armiger, para pedir autorización de proveerse de agua y leña. Les respondió el castellano que debían pedirla al gobernador, por lo que se re-embarcaron hacia la isla Mancera acompañados de un fraile y otros dos españoles, mostrando la bandera de tregua y anunciándose con la trompeta. Llegados, entregaron regalos al gobernador, y aunque todo fue cortés, éste les dijo que debía cumplir las instrucciones que el gobernador de Chile tenía dadas sobre el asunto, haciendo prisioneros a cuatro de los seis ingleses y enviando un mensaje a Narborough para decir que socorrería el navío, comerciando con ellos, porque sabía de las necesidades de hambre y sed que pasaba la tripulación y que si no lo hacía era seguro que morirían en el mar. Por ello les permitía entrar al puerto de Corral y dar fondo debajo de la artillería que tienen los cuatro castillos de dicho puerto, mientras enviaba y recibía la respuesta del virrey del Perú sobre si les debía dar el bastimento para continuar el viaje, o si debiese apresar el navío.
Llevó la carta al barco el mismo 28 el ayudante del gobernador, Juan Buitrón de Mojica conduciendo a los dos marineros liberados. Se le dio escrito en español e inglés, por haberlo traducido el mulato apresado, que hablaba ambos idiomas. Narborough lo tomó en sus manos, lo arrojó y dijo que no valía nada, amenazando de muerte a Montoya, diciendo que de no devolverles a sus hombres faltarían a la orden que traían de su rey [de no hacer daño] e iría a buscar su fortuna a la mar, prometiendo represalias. El 29 envió a Pecket a devolver a dos indios que habían llegado hasta el barco a ofrecer su amistad y la de otros grupos más lejanos, y a pedir a los retenidos, pero nadie lo atendió. El 30 se envió un bote para buscar los baúles de los prisioneros y escribió Narborough al gobernador pidiendo su devolución, pero al día siguiente, cuando se le contestó que no, se fue.
Consecuencias y Controversias
A pesar de los resguardos tomados por Montoya ante el enemigo presentado en las puertas del virreinato, el virrey conde de Lemos lo depuso porque a los ingleses no les hizo buen cuartel habiendo entrado con bandera de paz. Influyó en esta decisión la llegada a Lima de los ingleses prisioneros y la exagerada -ya veremos porqué razón- alarma dada por Montoya, que hizo que el virrey tuviera que sobre-reaccionar en la defensa. El Consejo de Indias opinó que se le restituyese en el cargo, dado que no tuvo la culpa en el tratamiento que se les hizo.
Hubo recelos mutuos: ni los españoles capturaron el barco, ni éste se acercó, viniendo, como venían, de paz. Eso si, la firmada entre ambas coronas en 1667, debido a las acciones de filibusteros ingleses en las Antillas, había sido aclarada en lo tocante a América, con una real cédula de 1669, en que la reina Mariana de Austria comunicaba que en dicha paz no se entendía que se incluyesen estas provincias, y por lo tanto debían defenderlas de las agresiones de los súbditos ingleses.
Los de Narborough no iban a las Molucas ni necesitaban refrescos, agua o madera (la consiguieron de todos modos estando en Valdivia). Habían llegado a aquella plaza porque Enriques había señalado ese lugar. Mientras lo esperaban se impusieron del oro y la plata de la tierra, de si había indios enemigos a los españoles, y de las fuerzas defensivas.
El Rol de Carlos Enriques
La historiografía chilena ha subvalorado la expedición, tratándola como un episodio curioso porque no hizo daño alguno. Ha prestado, eso si, especial atención al rol que en ella jugó Carlos Enriques: ya en 1963 Günter Bohm, había adjudicado a Enriques el origen del viaje, y en la década de 1980 el historiador y diplomático José Miguel Barros encontró nueva documentación en archivos londinenses que prueba que él fue el verdadero promotor de la empresa. Dado que de Enriques se ha estudiado su rol en la preparación y ejecución del viaje, es importante el abordar qué dijo e hizo una vez desembarcado, y cómo se imbricó con las circunstancias locales.
Al ver José Miguel Barros, como nosotros, que no había estudios sobre la expedición -y sin haber conocido aún lo publicado por Bradley-, prudentemente señaló que en la desatención ha influido también el desagrado que causaría la exhibición de una impostura que llegó a imponerse en los más altos círculos del reino. La impostura era el haber dado crédito a Enriques, quien resultó ofrecer solo castillos en el aire: no existía el oro que había asegurado, no era posible establecer las colonias que se pretendían en el Estrecho porque habría que abastecerlas de todo desde Inglaterra, ni en consecuencia podría alcanzarse el objetivo final de que se reduzca en breve las Indias, o la mayor parte.
Este viaje era para confirmar la existencia de lo que Enriques ofrecía: que mediante el apoyo de los indios (llevaban gran cantidad de mercancías para ganar sus voluntades) era factible fundar colonias en el Estrecho que facilitaran el tránsito para acceder por esa vía a las Indias Orientales (interesaba la Especiería), y apoderarse de Chile. Para el capitán Narborough, llegar a Valdivia tenía sentido, porque se ajusta a lo que se había propuesto hasta entonces: apoderase de Chile comenzando por aquella llave del Mar del Sur: se sabía que los indios comarcanos se habían rebelado a los españoles y que habían colaborado con los holandeses en 1643; se consideraba una tierra rica en oro; y otros proyectos ingleses anteriores ya la habían contemplado.
El Impacto Estratégico en Valdivia
Gabriel Guarda analizó las consecuencias estratégico- defensivas que tuvo en la plaza de Valdivia. Dijo, en su magnífico libro Flandes Indiano que la expedición generó nuevos planes de defensa y de incremento en las fortificaciones situadas en los puntos señalados como más expuestos, porque la llegada del barco inglés confirmó la importancia de Valdivia como llave del Mar del Sur. En 1645 se había refundado, porque durante unos meses en 1643 Holanda la había ocupado con voluntad de establecerse.
Recientemente se han estudiado las consecuencias regionales que tuvo el viaje, especialmente para la provincia de Chiloé, ya que, por los mapas que Narborough había hecho sobre el Estrecho y que fueron publicados por el cartógrafo real John Seller, incluyendo también comentarios favorables acerca de las costas del extremo sur, se tuvieron sospechas de haber Inglaterra ocupado el estrecho de Magallanes, la Tierra del Fuego, o las costas del Pacífico austral.
En el Archivo General de Indias, Fondo Gobierno, Audiencia de Lima, legajos 72 y 73 hay información de la llegada de Narborough a Valdivia y las reacciones consecuentes, incluyendo el testimonio de los autos levantados, con las declaraciones de los prisioneros ingleses y de Enriques que se tomaron en tres ocasiones en un lapso de cuatro años, hechas para averiguar las intenciones del viaje. Aunque estos legajos son referidos por quienes se han interesado en los ingleses en Perú, nunca han sido consideradas como fuentes las declaraciones de los dichos, ni de los indios comarcanos de Valdivia, ni el parecer de las autoridades involucradas. El encuentro en Valdivia, por cuanto fue esta la única ocasión desde su refundación y hasta el fin del período colonial, en que la ciudad tuvo a la vista enemigos y puso en marcha su sistema de defensa. La relación que hay entre la llegada del barco inglés y noticias dadas por indios comarcanos de Valdivia sobre la supuesta presencia de barcos extranjeros en Chiloé.
Objetivos y Realidad de la Expedición
El objetivo exploratorio del viaje (en uno posterior se instalarían colonias) queda expreso en las instrucciones que Narborough le dio al capitán del Batchelour. En ellas le dice que el viaje es para hacer un descubrimiento de los mares y costas de esta parte del mundo, y si es posible, echar allí las bases de un comercio. La expedición no debía enfrentarse a los españoles ni atacar sus posesiones. El diario nada dice del rol de Enriques, ni que ya lejos de Inglaterra mostró al capitán las órdenes reales que portaba, de que los barcos no irían a la isla Barbada (Barbados), como se había dicho, y que él estaba al mando, sin decirse expresamente a qué iban al estrecho de Magallanes ni a Valdivia.
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