El Frustrado Fuerte de Tenquehuen en el Archipiélago de los Chonos, 1750: Dimensión Chilota de un Conflicto Hispano-Británico

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En 1750, durante los mandatos de Domingo Ortiz de Rozas como gobernador del reino de Chile (1746-1755) y José Manso de Velasco como virrey del Perú (1745-1761), se elaboró un plan de proyección hacia la Mar del Sur. Este plan tenía como objetivo la ocupación permanente de dos islas lejanas y despobladas, consideradas dentro de la jurisdicción del reino de Chile: la isla "Inche", conocida como Tenquehuen (45° 39' lat. sur) en el archipiélago de los Chonos, y la isla Robinson Crusoe (33° 38' lat. sur) en el archipiélago de Juan Fernández.

La simultánea y coordinada fundación de un fuerte en Tenquehuen y una colonia con un gobernador militar en Juan Fernández buscaba anticiparse a una posible ocupación de estas islas por parte de Inglaterra, algo que se consideraba inminente en 1750. Este proyecto de defensa en las Indias ejemplifica cómo la defensa del reino de Chile era más reactiva que activa ante las amenazas enemigas.

El episodio del fuerte en el archipiélago de los Chonos no ha sido ampliamente abordado por la historiografía. Se busca enlazar esta situación local con el contexto general de la guerra entre España e Inglaterra y sus implicaciones en la geoestrategia de la Mar del Sur, además de identificar las diferentes concepciones sobre el mar patagónico entre las autoridades de Madrid, Lima, Santiago y Chiloé.

Las tierras al sur de Chiloé, hasta el fin del continente, se consideraban parte de la jurisdicción de esa provincia, cuya única ciudad era Santiago de Castro, fundada en 1567 en la isla grande del archipiélago de Chiloé, 1.200 km al sur de la capital del reino. Lo eran tanto las costas del mar como el interior del continente, que le pertenecían en derecho, aun cuando la Corona no tenía presencia efectiva o de hecho en la extensa Patagonia.

Así lo hacían ver los gobernadores de la provincia, como se certificaba respecto de Pedro de Molina Vasconcelos, por ejemplo, "gobernador desta provincia de Chiloé y lugarteniente de capitán general de mar y tierra hasta las costas del Estrecho, etc.". Las costas y archipiélagos al sur de Chiloé se veían como una prolongación natural de este. Asimismo, la Patagonia continental, desde las "pampas" al sur del lago Nahuelhuapi, al que se accedía desde Chiloé, se consideraba territorio jurisdiccional de la austral provincia, como lo demuestran las expediciones coloniales.

Con la frustración del plan poblador del estrecho de Magallanes, en 1584, la ocupación de esas tierras dio paso a una modalidad de proyección y vigilancia que correspondió a Chiloé, asunto de la mayor importancia, por cuanto las costas occidentales estuvieron desde fines del siglo XVI amenazadas por navegantes enemigos de la corona de España. Aun más, la conservación de la provincia de Chiloé después del proceso 1598-1602, en el que la rebelión mapuche-huilliche obligó a abandonar las ciudades fundadas al sur del río Biobío, con excepción de la isla grande de Chiloé -pero que la dejó como un enclave español en un territorio poblado exclusivamente de indígenas desde el citado Biobío hasta el extremo sur de América-, se explica por el objetivo de vigilar el Estrecho y el amplio espacio intermedio entre él y Chiloé, frente a incursiones extranjeras que pusieran en peligro al Chile central.

En la década de 1740 las coronas española y británica se enfrentaron en distintos escenarios de las Indias Occidentales. En 1741, en el contexto de la "Guerra del Asiento", también llamada "Guerra de la Oreja de Jenkins" (1739-1748), una poderosa escuadra compuesta por siete embarcaciones y tripulada por marinos y tropas de desembarco, al mando del comodoro George Anson, pasó al océano Pacífico con el objetivo de asediar sus costas, lo que comenzaría con la toma de la plaza, fuerte y presidio de Valdivia.

Antes, en mayo de 1741, la fragata HMS Wager encalló en una isla del archipiélago de Guayaneco, el 14 de ese mes. Después de un año, prácticamente encerrados en la isla, en junio de 1742 solo cuatro de sus sobrevivientes pudieron alcanzar, conducidos por un grupo de indígenas liderados por un chono, la provincia de Chiloé y, con ello, salvar sus vidas. El resto de los ciento veinte tripulantes del barco, o murieron o huyeron hacia Inglaterra en las embarcaciones auxiliares de la fragata.

Entonces se supo en Chiloé, en junio de 1742, que durante un año un grupo de ingleses estuvo asentado -aunque náufragos y muriendo poco a poco de agotamiento y hambre- en una isla de su jurisdicción, y que las autoridades de la provincia no se enteraron ni sospecharon de ello, sino hasta que los propios náufragos llegaron a Chiloé pidiendo socorro y, más aun, gracias a que fueron llevados por un cacique chono "amistado" con Chiloé, de nombre Martín Olleta.

Este hecho provocó reacciones inmediatas desde Chiloé, tendentes a explotar económicamente el sitio del naufragio, pero no a patrullar las costas, ni menos a fundar allí un asentamiento español. El gobernador insular, Francisco Gutiérrez de Espejo, informó a sus autoridades lo acontecido, pero las decisiones respecto a cómo proceder ante el hecho del naufragio, la actitud frente a la vulneración de sus costas, y el asunto de la relación entre ingleses e indígenas, fueron tomadas según las prácticas habituales de esta provincia lejana, aislada y pobre.

Gutiérrez de Espejo envió una primera expedición de reconocimiento, lo que se ejecutó a fines de 1742. Dado que la fragata había encallado al alcance de la costa, y que contenía veintiocho cañones de hierro y bronce, además de anclas, yunques y aparejos navales, se organizó una expedición que ejecutó la extracción de todo el material que se pudo, entre fines de 1743 y febrero de 1744, al mando de Mateo Abraham Evrard. Por lo tanto, la explotación material del naufragio fue lo prioritario para esta provincia desabastecida.

Eran años de desconfianzas entre España e Inglaterra. Con motivo de la guerra con Inglaterra, en 1745, desde Madrid se ordenó al virrey del Perú que liberase a los corsarios españoles que hubiese en la Mar del Sur del derecho a la octava parte de las presas que correspondía al infante de la Corona. En su respuesta, el virrey informó que no había corsarios españoles que pudiesen contribuir a la defensa de las costas, ni más defensa que una única fragata, la Esperanza.

En 1748 salió de la imprenta en Londres la versión autorizada del viaje de George Anson, publicada por el capellán de uno de los barcos, Richard Walter. Para esa fecha, ya circulaban dos libros, cada uno con reediciones, sobre la exitosa expedición, y varios sobre el dramático naufragio del Wager. Pero este era diferente, porque aunque en él también se describían las acciones de la flota en el océano Pacífico, los ataques a los puertos españoles y la vulnerabilidad de varios lugares del reino de Chile por el refugio seguro conseguido en las islas de Juan Fernández, además del naufragio del Wager, el libro contenía dos informaciones alarmantes.

La primera de ellas era la estadía durante tres meses, a mediados de 1741, de otro de sus navíos, el Anna, en "la isla de Inche", en el archipiélago de los Chonos, lo que hasta entonces se desconocía en España y en Chiloé. Luego del cruce del Cabo de Hornos y su avance hacia el norte de la costa patagónica, un temporal había lanzado el barco a tierra, pero en vez de estrellarse contra las rocas, como el Wager, encontró refugio en un surgidero, donde estuvo reponiéndose de los males de la navegación desde el 18 de mayo hasta agosto de 1741, cuando logró volver a navegar hacia el norte.

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