El gremio de carroceros de Lima, aunque menos conocido que el de la Ciudad de México, debió tener un desarrollo paralelo al de la capital novohispana, a juzgar por las noticias con las que contamos de él. En tal sentido, cabe referir que, a diferencia del mexicano, era subalterno del de los carpinteros y que estaba regulado por las ordenanzas de estos, aprobadas por el cabildo de la Ciudad de los Reyes en la temprana fecha de 1575, de las cuales se decía que seguían "la horden" de las de Sevilla.
En esta ocasión, haremos una aproximación a su situación al final del virreinato, contando con varios documentos mencionados por Francisco Quiroz, de los que se desprende la existencia de ásperas rivalidades profesionales, tanto entre los carroceros como de ellos con artistas de otras especialidades. También muestran tales fuentes la evolución técnica de la carrocería peruana, cuyo trasfondo general fue el paso del modelo barroco francés al neoclásico inglés.
Rivalidad Profesional en el Gremio de Carroceros
Nos centraremos en esta ocasión en el asunto de la aguda rivalidad profesional, que fue la causa de un pleito entablado en 1800 ante la Audiencia de Lima por el maestro Manuel Pimentel, impugnando la designación de Félix Sarria como maestro mayor de los carroceros de Lima. La abundante y reiterativa documentación que generó el litigio evidencia la delicada situación por la que atravesaba la carrocería de la capital virreinal entonces, así como diversos aspectos de su organización gremial, como por ejemplo, los trascendentales exámenes de maestría, la organización interna de los talleres, la delicada veeduría de las obras y las variedades tipológicas de los carruajes.
El Pleito de 1800
La prosa del pleito referido, que se sustanció muy rápidamente, entre los meses de julio y noviembre de 1800, además de a los hechos juzgados, alude a las circunstancias que los antecedieron, lo que permite reconstruir una pequeña parte de la historia del gremio limeño. En tal sentido, el notario Andrés de Sandoval y Dávalos dio fe de que el 7 de marzo de 1793, estando en casa de don Mariano de la Torre y Tagle, alcalde ordinario de Lima, los maestros del gremio de carroceros, "precedida la votación secreta acostumbrada", eligieron como maestro mayor a Manuel Pimentel "y su merced el señor alcalde, que se halló presente, aprobó y confirmó la indicada elección interponiendo en ella su autoridad".
A tenor de lo que dice Francisco Quiroz sobre los maestros mayores de los gremios limeños y de lo que iremos viendo a lo largo del pleito, todo parece indicar que en el caso de los carroceros esta figura no coincidía con la generalidad de las corporaciones gremiales. Quiroz señala que era un funcionario extraordinario del gremio, cargo instituido como una alternativa de parte del régimen colonial para contrarrestar la acción del cabildo sobre los oficios artesanales. A través del maestro mayor, el gobierno colonial pudo vigilar a los industriales desde dentro de sus oficios.
Afirma también que era nombrado directamente por el virrey a través de una provisión especial, imponiéndose así sobre la corporación laboral y la autoridad municipal. Apunta asimismo el referido historiador que era una especie de curaca urbano, con carácter vitalicio y que suponía una merced especial del virrey a un artesano en reconocimiento de unos méritos para el servicio colonial. Especifica, asimismo, que era de mucha consideración la utilidad directa que brindaba el maestro mayor al sistema colonial en lo referente a las industrias urbanas, ya que frecuentemente este cargo sirvió para institucionalizar un oficio determinado, especificando que la mayor parte de los oficios se mantuvieron durante casi todo el siglo XVII y buena parte del XVIII sin otra autoridad o reglamento que el maestro mayor.
No obstante, en el caso de los carroceros, lo que se dice en el referido pleito sobre el maestro mayor parece asemejarse más a la figura del alcalde de gremio, del cual el referido Quiroz dice que era la máxima autoridad de la corporación, a la que representaba ante las autoridades. Lo define como un pequeño funcionario que servía de enlace entre su oficio y las autoridades competentes. En ocasiones, continúa diciendo el mismo, a tales funciones sumaba la de veedor y examinador de su oficio. En cualquier caso, supervisaba el cumplimiento de la normativa vigente.
En cualquier caso, Manuel Pimentel recordó en el pleito que en 1793 los carroceros limeños lo habían elegido maestro mayor. Reconocía también que no se había renovado dicho cargo en los años subsiguientes y que por muerte de los maestros examinados que tenían voto en 1800 solo sobrevivían dos. Mostraba así Pimentel, además de la precaria situación del gremio, que en el caso de los carroceros eran estos los que votaban anualmente a su maestro mayor, el cual tenía como función fundamental examinar a los oficiales para alcanzar el grado de maestros.
Hay que insistir en que el hecho de que solo hubiera dos o tres maestros mostraba la aguda decadencia del arte de la carrocería limeña, ya que los datos con lo que contamos de décadas inmediatamente anteriores evidencian un número superior. Así, por ejemplo, el referido Quiroz señala que a fines del siglo del XVII y principios del XVIII los carroceros que pagaron la alcabala fluctuaron entre 11 y 21. En fechas más próximas, en concreto en 1775, su número ascendía a 24.
La Intervención de la Audiencia de Lima
Ante la delicada situación descrita, acuciado por las circunstancias e incapaz de hacerlo por sí mismo, Pimentel acudió a la Audiencia de Lima para que ordenase que todos los que estaban "matriculados en dicho gremio sean examinados en el arte de carroseros conforme a la costumbre establecida y subordinación al maestro mayor que debe examinarlos para que así se puedan hacer las dichas elecciones anuales". Se apuntaban así cuestiones fundamentales en el ámbito gremial, además de la central del pleito, que era la elección del maestro mayor.
En primer lugar, llama la atención la referencia a los "matriculados", lo que induce a pensar que habría algún tipo de registro de carroceros. Como ya indicamos, se hace explícita también la función de dicho maestro mayor de examinar a los oficiales para alcanzar la maestría, ya que era la cabeza del gremio. De igual modo, con los exámenes se evitaría que simples oficiales alcanzaran maliciosamente la referida maestría mayor.
Nombramiento de Félix Sarria
Continuando con el proceso, el marqués de Santa María presentó un informe sobre el gremio, en el cual aludía a que, a pesar de deber ser anual la votación del maestro mayor, no se había llevado a cabo desde 1793, por haberse muerto los maestros examinados que había y no contarse como más "que dos o tres de los aprobados". Ello hacía explícita la desidia de Pimentel, que en siete años como maestro mayor "no ha pensado examinar a ninguno", por lo que "procedí a nombrar por maestro mayor a Félix Sarria, a fin de que lo harreglase y pusiese en orden".
Salía así a relucir la causa que originó el pleito, la sustitución de Pimentel por Sarria como maestro mayor del gremio, por parte de don Fernando Carrillo de Córdoba y Mudarra, IV marqués de Santa María de Pacoyán y alcalde de Lima. Su decisión la fundamentó en la aludida dejación de Pimentel, así como en la escasez de maestros carroceros examinados. A ello se sumaba que Sarria cumplía los requisitos para el cargo, en el que recaía la responsabilidad de sacar al gremio de su estado de postración.
No obstante, con su designación como maestro mayor, salió a relucir la oposición que mayoritariamente Sarria generaba entre los carroceros limeños desde hacía tiempo, ya que en otro pleito entablado en 1789 el gremio solicitó que Sarria "no actuase en dicho oficio", ya que no le reconocía que fuese carrocero.
Sarria se defendió ante el referido cuestionamiento profesional que había ocasionado su nombramiento como maestro mayor. Salía así a relucir otra cuestión que abundaba en la crisis que atravesaba el gremio limeño: sus carrocerías estaban regentadas en la mayoría de los casos por oficiales, en vez de por maestros, que era precepto básico en el marco gremial.
Por su parte, Pimentel, del que se especificaba que tenía "tienda de carrocería avajo del Puente", contestó a la desidia de la que se le acusaba afirmando "que hace días que tengo promovido expediente ante el excelentísimo señor virrey del Perú sobre la necesidad que hay de que se examinen por si todos los maestros que exercen mi arte", con la intención de elegir un nuevo maestro mayor, "el qual tenga voz y voto en dicho gremio y así haya pluralidad de votos en el que según lo previene la ordenanza".
Pimentel pidió también que los oficiales fuesen convocados "ante mi el día que les asignare, para examinarlos y de este modo se puedan celebrar las elecciones con los votos que previene la ordenanza", ya que en ese momento no había "en dicho gremio más maestros examinados que tienen voto que Narciso Solís, Juan Cabrera y yo". Por otra parte, de Sarria afirmaba que era "de oficio dorador y de ninguna manera de mi gremio", por lo que le espantaba que se le hubiese hecho maestro mayor de los carroceros. El profundo encono entre Pimentel y Sarria se ponía así en evidencia de forma áspera, de manera que Pimentel amenazaba con acudir al mismísimo virrey.
Todo indica que, una vez despojado de su maestría mayor, Pimentel se seguía comportando como tal y que incluso se apresuró a realizar todo aquello que no había hecho en los siete años anteriores, como era examinar a los oficiales para lograr el grado de maestros. Resulta del máximo interés que confesara que solo había tres maestros examinados en el gremio, entre los que no incluía a Sarria, ya que a él lo consideraba dorador.
El Examen de Félix Sarria
Las dudas acerca de que Sarria fuese carrocero, ya que se afirmaba con insistencia que era dorador, abrieron un interesante excurso en el proceso, ya que antes de continuar con la disputa sobre la maestría mayor se tuvo que sustanciar esta importante cuestión. En tal sentido, Sarria presentó su carta de examen, fechada en Lima el 1 de septiembre de 1777 y firmada por Salvador Izquierdo.
De esta forma, el pleito de 1800 se retrotraía casi un cuarto de siglo, cuando Sarria fue examinado como carrocero. Entonces, como el maestro que había de examinarle era Silverio Boto, el cual "le profesa una enemistad declarada", Sarria solicitó "ser examinado por uno de los maestros carroseros de esta ciudad a quien vuecelensia se sirviere nombrar para que con su aprobasión se le numere entre los demás aprovados y pueda sin embaraso ejercer su oficio".
Por la misma declaración de Izquierdo sabemos también que Sarria era limeño, "de edad de treinta y seis años, alto de cuerpo, delgado, con una nube en el ojo derecho, cara larga y lampiño de barba y habiendo hecho varias preguntas tocantes a su oficio según ordenanza satisfizo exactamente dicho Félix". Izquierdo, tras el preceptivo juramento, manifestó encontrado "ábil y suficiente y por maestro examinado en dicho su oficio de carrocero", por lo que le dio "poder y facultad para que pueda tener tienda abierta, así en esta ciudad como fuera de ella, con oficiales y aprendises".
Por último, visto el referido examen por el alcalde ordinario, "lo aprobó y confirmó, interponiendo en él su autoridad y decreto judicial". El dicho alcalde mandó asimismo que se le aplicasen a Sarria "todos los fueros y privilegios que han go-sado y abido gosar todos los demás maestros examinados y que como a tal se le acate". De igual modo, le indicó que debía de acudir al ayuntamiento a que se le despachase el título en la forma acostumbrada, pagando antes los derechos de media annata, con cuya certificación se le podrá expedir el mencionado certificado de maestría.
Por su parte, Sarria juró "usar bien y fielmente dicho oficio, a su leal saber y en tender, sin agravio de parte", ante lo que declaró solemnemente la autoridad que, "si así lo hisiere, Dios Nuestro Señor le ayude". Se daba así, en primer lugar, un verdadero retrato físico de Sarria en la madurez de su vida, el cual contaría en 1800 ya con casi sesenta años. Junto a ello, se relata cómo se alcanzaba la maestría y todas las formalidades burocráticas aparejadas al proceso de su consecución, tras el correspondiente examen.
En relación con el acceso a la maestría a través del examen, una de las cuestiones más discutidas en el ámbito gremial por su importancia, cabría traer a colación un caso que se planteó en México en la misma época que ahora nos ocupa. En concreto, fue el del carrocero Luis Violante, que se examinó hasta tres veces, en su caso con un marcado carácter práctico. Otro ejemplo paralelo al que ahora tratamos y que tiene alguna relación con él sería el sevillano protagonizado por los pintores José Rubira y Joaquín Cabral Bejarano que, al igual que Sarria, a pesar de tener una formación como pintores, dirigieron un taller de carrocería.
En relación con la pintura, cabe señalar que los carruajes barrocos fueron recubiertos de complejos ciclos pictóricos y parcial o totalmente dorados, labores realizadas por pintores y doradores, los cuales cobraron una singular importancia en la manufactura de estas suntuosas obras de arte en movimiento.
No queremos tampoco dejar de señalar, en lo que parece una nueva matización del sistema gremial, que la carta de examen de Sarria le facultaba a ejercer la carrocería tanto en la capital como fuera de ella. Ello apuntaría, quizás, a que podría hacerlo en todo el virreinato, lo que demostraría la significación de la Ciudad de los Reyes al respecto.
Continuación del Pleito y Defensa de Sarria
Volviendo al pleito de 1800, tras el excurso relativo a su examen, Sarria respondió al traslado del anterior escrito de Pimentel que lo cuestionaba, acerca del cual pidió "dar al desprecio todo su contenido y en su consequencia mandar se le aperciba con el mayor rigor". Añadía que las diligencias practicadas manifiestan "la insolencia y desacato con que se conduce Manuel Pimentel".
Su incesante interferencia hacia mi persona y el denunciado calor con que intenta se desapruebe el nombramiento de maestro mayor en mi, acreditan el desafuero y desacato con que procede en el negocio. Sarria también aludía a la estricta legalidad de su situación y a que estaba "destinado a trabajar en la tienda que públicamente tuve en la calle de las Alcabalas, en que estoy examinado", recordando que pagaba "los gravámenes y penciones del oficio" y que ejercía "sus funciones con integridad, puresa y acierto, como lo testifican las obras de mejor gusto y lucimiento en esta ciudad". Criticaba que Pimentel, en siete años al frente de la maestría mayor no había cumplido con las ordenanzas del gremio.
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