Este artículo se sumerge en la rica historia y el folklore de la zona central de Chile, explorando las leyendas y mitos que giran en torno a personajes populares como el diablo, y cómo estas narrativas se entrelazan con la vida cotidiana y el patrimonio cultural del campo chileno.
El Diablo Chileno: Caracterizando al Personaje
Antes de hablar del diablo y su presencia en distintas tradiciones materiales e inmateriales de nuestro país, creemos que es fundamental caracterizar al personaje protagónico, de quien se han tejido tantas historias. Cabe señalar que tiene múltiples nombres y denominaciones, que pueden dividirse entre lo formal y religioso, y entre lo coloquial e informal, que corresponden a la manera en que las personas, a lo largo de la historia, se han ido relacionando con este misterioso personaje.
La palabra diablo proviene del latín diabŏlus, que fue adoptada del griego διάβολος (diábolos), que significa el que separa o divide, y crea odios, envidia o cólera. Otra interpretación es “el calumniador”. Esta palabra ya era utilizada en textos griegos en el siglo V a. C. y, posteriormente, fue adoptada por los padres del cristianismo para nombrar al espíritu del mal. Al igual que en el caso anterior, la palabra demonio proviene del latín daemonĭum, y esta del griego δαιμόνιον (daimónion), variante de δαίμων (dáimôn), que originariamente significaba espíritu o deidad, pero no necesariamente de carácter maligno. Con el advenimiento del cristianismo, la palabra δαίµων empezó relacionarse con la máxima encarnación del mal.
Por su parte, el vocablo nace del arameo ןָטָּׂשַה, (ha-shatán), que significa adversario, enemigo, acusador, y del árabe ناطيش (shaitán), que es el nombre con el que las religiones abrahámicas designaban a una entidad que representa la máxima personificación del mal. Se cree que la Iglesia adoptó esta palabra para designar al diablo por provenir de una lengua considerada “sucia”, como el árabe.
Todos estos nombres -y muchos más- son útiles para caracterizar al “Maligno”, el terrorífico personaje con que la tradición judeocristiana ha amedrentado a diferentes generaciones en occidente. Se trata del personaje que, por medio de tentaciones, lleva a las personas por el mal camino del pecado, y que termina condenando a sus almas para transformarse en el combustible que hace arder las llamas del infierno por toda la eternidad.
En la cita del Nuevo Testamento que encabeza esta introducción, se describe una escena en la que Jesús visita un endemoniado. Antes de exorcizarlo, le pregunta su nombre y el demonio le responde: “Mi nombre es legión, pues somos muchos”. Y así como ese endemoniado afirmaba estar poseído por muchas entidades malignas, también podemos afirmar que el diablo chileno es una “legión” de muchos diablos, dependiendo del territorio, y también son muchos los nombres que recibe, que hablan de nuestra capacidad de poner sobrenombres, pero también de la reticencia de las personas por pronunciar la palabra diablo, como si el solo hecho de mencionar su nombre fuera una manera de invocarlo.
En su libro “Folclor chileno”, Oreste Plath recopila un extenso listado de nombres utilizados a lo largo de nuestro territorio para designar al diablo o, por el contrario, para evitar mencionar su nombre: Azufrado, Cachos de Palo, Cachudo, Caifás, Chambeco, Cola de Ballico, Cola de Flecha, Coludo, Colulo, Cuco, Demontre, Destalonado, Diacho, Diantre, Empelotado, Enemigo, Enemigo Capital, Faramalla, Garrúo, Grandote, Lucifer, Malo, Maldito, Maligno, Malulo, Malvado, Mandinga, Matoco, Maulino, Mekola, Mentao, Patas de Hilo, Patas Largas, Patas Verdes, Patetas, Patillas, Pedro Botero, Perverso, Racucho, Rey o Señor de los Infiernos, Rey o Señor de las Tinieblas, Siete Pecheras, Siete Cruces, Tapatarros, Tentación y Tiznado. A este largo listado, podemos añadir tres que descubrimos durante esta investigación: el Caballero, el Discreto y el Pije.
De este diablo chileno se dice que es un huaso elegante y de buen porte, patrón de fundo; que siempre viste de negro, con mantas de castilla o chamantos de Doñihue; que cuando sonríe reluce un brillante diente de oro; que monta un corcel negro, como la noche, y que siempre calza una sola espuela en la bota izquierda.
No obstante, esta tonada también nos refiere el carácter mundano e incluso vulgar de este diablo: baila cueca, se emborracha, hace perro muerto, juega a la rayuela y al monte, apuesta y pierde. Es agricultor, pero también minero. Puede ser poderoso y, al mismo tiempo, es un pobre diablo. Puede hacer pactos, entregando riquezas a cambio de almas, pero también puede ser engañado por los términos de un contrato cuyas cláusulas serían objetadas por el leguleyo más inexperto.
Para la realización de este libro, hemos realizado un recorrido por distintas localidades de Chile, como Pisco Elqui, Valparaíso, Petorca, Peñaflor, Conchalí, Pirque, Doñihue, Machalí, Los Andes, Alhué, El Huique y Hualañe, entre otras, para conocer y rescatar las historias que aún perviven en la memoria de los viejos y que corren el riesgo de perderse cuando ellos partan.
Las próximas páginas están dedicadas al Mandinga, al Cola de Flecha, al Cachudo; a este diablo chileno y a todas las historias que protagoniza, que continúan vivas en las distintas regiones de la zona central de Chile. A Satanás, ese otro diablo, no lo queremos ver ni en pintura.
La Identidad del Diablo en Petorca
En 1894, en la sección “Canciones Populares”, del periódico “La Voz de Petorca”, se publicó el poema titulado “La Muerte del Diablo”, cuya autoría corresponde a Elías Lizana, quien ejercía como vicepárroco de Hierro Viejo. En sus versos, el religioso describe las múltiples andanzas y correrías del diablo en Petorca y alrededores, incluyendo su deceso en dicha ciudad y posterior inhumación en La Ligua:
El diablo nació en Mincha,
En Choapa se hizo minero,
En Chalaco perdió el poncho,
Y en Carén dejó el sombrero.
La Santa Cruz lo ahuyentó
De las Minas de Putaendo
Y San Miguel lo pilló
En Petorca remoliendo.
En el Papudo lo halló
San Pedro tomando baños
Y de un puntapié lo echó
A cama por todo un año.
El diablo murió en Petorca,
En La Ligua lo enterraron,
En Quillota le hacen honras,
Y en el Puerto acabo de año.
La diabla cuando lo supo
De pena se volvió loca
Y los diablitos decían:
Mi taita murió en Petorca.
La mortaja la tejió
Una vieja en Curimón
Y el cuerpo se lo llevó
Un buitre para el panteón.
Este poema evidencia la familiaridad con que este diablo se movía por todo el territorio, como si fuera un ciudadano más. Sus conductas mundanas dan para cuestionarse si Lizana en verdad describía al propio Satanás o, por el contrario, se refería a otro personaje. En los próximos párrafos se intentará aclarar esta disyuntiva.
En el libro “Narraciones tradicionales de Petorca y sus alrededores”, publicado en 2015 y editado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, figuran cuatro leyendas que explican algunos de los versos de Lizana y que arrojan algo de luz acerca de la supuesta identidad del personaje.
El diablo siempre viste elegante, con sombrero y manto negro.
El primer relato, titulado “El diablo murió en Petorca y en La Ligua lo enterraron”, de Ana Leyton Morales, se remonta a la época de bonanza económica de Petorca, producto de la minería del oro y la plata. En esa época, era tradicional que, una vez finalizadas las extenuantes jornadas de trabajo, los mineros bajaran al pueblo y repletaran las cantinas, generalmente, para gastar más de lo que producían, ya fuera en la barra del bar, en los juegos de azar o comprando la compañía de mujeres de vida fácil.
Una tarde, un desconocido de buen porte y mejor pinta ingresó a la cantina más concurrida de Petorca. Inmediatamente, llamó la atención de la concurrencia la inusitada fortuna de la que gozaba el desconocido: el hombre jugaba mucho dinero y apuesta que realizaba, la ganaba. Rápidamente, atrajo la atención de toda la clientela, principalmente la femenina, atraída tanto por su apariencia física como por su buena suerte y abultada billetera. Sin embargo, entre los parroquianos empezó a crecer el recelo. El recién llegado no solo les ganaba fácilmente en el juego, sino que además les quitaba a sus mujeres, por lo que empezaron a correr la voz y a esparcir rumores en el pueblo: como nadie lo conocía y no existía explicación racional para tanta suerte en el juego, el desconocido no podía ser otro que el mismísimo demonio.
Enfrentados a esta situación, un grupo de mineros se puso de acuerdo para seguir los pasos del supuesto diablo una vez que abandonara la cantina, con el objetivo de conocer todos sus movimientos y así dilucidar el misterio. Al salir de la taberna, el desconocido se subió a un brioso corcel negro, lo que hacía confirmar aún más sus sospechas, y recorrió una ruta hasta llegar a un lugar donde había una enorme tinaja de arcilla, donde depositaba todas las ganancias obtenidas en la noche de juerga y juego, para luego desaparecer en el bosque. Así ocurrió todas y cada una de las noches en que los hombres siguieron al desconocido.
Para el grupo de mineros ya no cabía ninguna duda: se trataba del diablo y debían darle muerte a como diera lugar para liberar al pueblo de semejante maldición. Una noche en que el aguardiente corrió con más generosidad de lo habitual, se armaron de valor y llegaron hasta la tinaja donde el desconocido arrojaba las ganancias de la noche. Sigilosamente, se ocultaron tras ella para esperarlo y darle muerte. Apenas llegó, los hombres se abalanzaron sobre él con puñales y estoques, consumando el criminal hecho. Cuando confirmaron que el supuesto diablo había dejado de respirar, lo revisaron y en su bolsillo descubrieron una estampita de la Virgen María, prueba definitiva para demostrar que el finado no era el personaje que sospechaban.
Otra historia que figura en la publicación, de autor desconocido, refiere a la misma época en que la principal actividad económica de Petorca era la minería del oro y la plata, que atraía a muchos hombres en busca de trabajo y fortuna. Desde el valle del Choapa llegó un minero muy trabajador (“En Choapa se hizo minero”), quien en esfuerzo les ganaba a todos los mineros locales. Sin embargo, todo lo que este hombre tenía de empeñoso, también lo tenía de borracho y pendenciero fuera de la faena. Bastaban unos pocos tragos para que este minero choapino se transformara y terminara demostrando su faceta más oculta y odiosa, convirtiéndose en un personaje peleón, mentiroso, atrevido y ladrón. Así, a poco andar, se ganó merecidamente el mote de “El Diablo”. Como si el apodo hubiese definido su personalidad, El Diablo comenzó a aprovechar cada descanso en la mina para descender de los cerros y cometer más de alguna fechoría en el pueblo, provocando terror en la población y atrayendo la atención de los policías.
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