Coche y Cubagua: Una Historia de Soberanía en el Contexto del Evangelio Americano

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Esta obra es de república. Nuestra obra es un ensayo. Al pretender escribir un libro para el pueblo, humilde me inclino ante ti, luz soberana, ¡humilde te invoco, palabra divina!

Oh, ¡quién pudiera reunir todo lo bello, todo lo grande que agita el corazón, purificarnos de la historia, del peso de la tradición traidora de los siglos, desenterrar el genio, el espíritu, el alma, la persona humana sepultada por la cobardía de cada uno y la fuerza social embrutecida, para revelar al hombre en toda la grandeza y la fuerza de su destino sublime y creador del bien!

¡Quién pudiera convocar al concilio de mi libro, todos los presentimientos inmortales, todos los dolores sagrados del hombre y de los pueblos, todas las alegrías del alma humana en posesión de la integridad de sus facultades! Fortificar la afirmación de la verdad principio, respirar las armonías de la creación, comunicar directamente con el Eterno, en luz, en fuerza, en amor; presentarte, oh pueblo, todas las virtudes, todos los heroísmos, todos los sacrificios de los hombres libres, para que seas libre; y, en fin, ¡emitir del fondo de nuestro ser incendiado por la pasión del bien universal, la palabra de la enseñanza, la palabra de verdad que debe encarnar el pueblo soberano!

Yo pido al hombre, ante todo, que me siga con el espíritu al desierto. No hay revelación, ni verdad regeneradora, que no exija del lector, del oyente, un momento al menos de absoluta soledad e independencia. Olvidemos por un momento el movimiento del día, desatendamos por un momento la rutina diaria, olvidemos el murmullo del pasado que nos acosa como enemigo inexorable.

Sepamos en nombre de Dios, os conjuro hermanos míos, escucharnos nosotros mismos. Revele pues el hombre la palabra del hombre. Esa palabra, en virtud de la esencia de la humanidad, brilla desde el principio en la conciencia y en la inteligencia de cada uno. A todos se dirige. Sea transmitida por cada uno con su palabra y con sus actos. Resuene en los clubes permanentes de los pueblos. Sea proclamada en los grandes meetings de la democracia.

Que el artesano en su taller, el mercader en su tienda, el peón en su faena, el campesino en su soledad, le presten un momento diario de atención. Permita el cielo que la filantropía de las Repúblicas y el interés de todos los gobiernos, haga llegar esa palabra al salvaje en el desierto, al bárbaro en su tribu, al proletario en el seno de su prole desgraciada. Porque esa palabra no es mía, sino de todos, y no sólo de todos, sino del todo, del gran Dios que presencia el desarrollo de la creación. No es de hoy, ni de ayer, sino eterna. Y es de luz, no de tinieblas. Es la palabra que funda la distinción del bien y del mal, del amor y del odio.

Hombre de América, tu honor es ser republicano, tu gloria es haber conquistado la República, tu derecho de gobernarte a ti mismo es la República, y tu deber es serlo siempre. ¿Por qué? ¡La metafísica o teología que niegue la libertad, es la raíz de toda esclavitud! La moral o religión que niegue la libertad es moral y religión de esclavos. La política o administración que niegue el derecho de gobierno y de administración en todos, es política y administración de explotación y privilegio.

El Origen de la Soberanía

Examinemos lo que es soberanía. Veamos si es el principio humano por esencia. El hombre es individuo. Como individuo es él y no otro. Como individuo no se puede dividir. ¿Qué es lo que constituye la individualidad del hombre? Un individuo, cuyos atributos esenciales son la razón y voluntad, es una persona. Sé que soy yo y no otro, por la conciencia de mi propia voluntad. Es decir que soy libre. Yo me mando, yo me gobierno.

El gobierno verdadero del hombre es, pues, la soberanía del hombre. El fondo, la esencia del verdadero gobierno, es, pues, la libertad. La libertad es el derecho individual. La igualdad es la ley o determinación de esa fuerza. Puede formularse la ley de libertad de este modo: Ser libre en todo hombre. Yo soy el hombre, todos los hombres. Mi libertad es la libertad de todos.

Aspecto positivo: Conciencia práctica, desarrollo, vida libre e integral de la personalidad: goce pleno y perfectible del derecho. Negación de mi propio pensamiento. Aspecto legal: Gobierno de cada uno: Independencia de cada ciudadano. Personalidad de todo hombre. Razón individual sobre todo. Ésta es la base de toda constitución.

La soberanía: Es la verdad del hombre, por la que el hombre es. Y como esa individualidad, esa personalidad, esa soberanía propia, ese derecho del hombre, ese gobierno de sí mismo, esa libertad realizada en mi conciencia, en mi voluntad y en lo exterior que me rodea, depende de mi razón individual, del pensamiento propio, de la conciencia que se da cuenta de la verdad que preside a sus determinaciones, es evidente que el derecho, la libertad y la soberanía dependen del libre, propio, y personal ejercicio de la razón individual en cada uno.

Si creo porque otro cree, no soy soberano. Si creo, si pienso lo que se me manda pensar, sin juicio propio, no soy soberano. En la independencia de tu juicio, en el pensamiento libre, en la razón pura está, pues, la esencia de tu soberanía. El soberano es libre pensador. Esto quiere decir también que, siendo por esencia soberanos, Dios ha constituido la razón del hombre con principios necesarios que nadie inventa, que nacen con el hombre.

Un ejemplo. Si te dicen a ti, pobre e ignorante plebeyo, y quieren hacerte creer que Pedro o Juan o el santo tal han estado y se les ha visto al mismo tiempo, en el mismo instante en Buenos Aires y en Santiago de Chile tu dirás que eso es imposible, y dirás bien. ¿En virtud de qué principio has dicho ser imposible que un hombre esté aquí y allí al mismo tiempo? Todo movimiento supone pasado, presente y futuro, todo movimiento supone sucesión, es decir, un lapso de tiempo. Luego es imposible que un objeto, aunque sea la luz, recorra al mismo tiempo dos puntos diferentes.

Ahora. Suponte, que no juzgaras, que no pensaras. Entonces te puedo hacer creer lo que quiero. Y si gobierno tu pensamiento, ¿podrás gobernarte a ti mismo? Imposible. El que no piensa tiene que ser esclavo. Para ser libre y soberano, es, pues, necesario pensar por sí mismo, porque pensando por nosotros mismos, juzgamos según los principios eternos de verdad y de justicia que constituyen la razón del hombre. Pensando te gobiernas, y eres libre. No pensando, te gobiernan y eres siervo de ajeno interés o pensamiento.

Es por esto que la justicia, la libertad y el derecho son el gobierno de sí mismo (self government) la soberanía individual de cada uno. El gobierno de sí mismo, es, pues, el gobierno de la verdad en cada uno. 1 Y como la verdad es la ley, pensando y gobernándonos, gobierna la ley. ¿Comprendes ahora por qué todos los despotismos religiosos y políticos condenan y persiguen el libre pensamiento? ¿Comprendes ahora que no puede haber libertad, derecho ni justicia, sin la libertad absoluta del pensamiento propio y que la libertad de pensamiento y de conciencia es la base de toda libertad?

Entonces comprenderás que tú, igual al rico, al poderoso, al sabio en el derecho de soberanía, debes ocuparte, interesarte en todo lo que se llama el ejercicio de los derechos del ciudadano. Tienes el voto. Con el voto puedes nombrar al que conozcas como hombre honrado que te represente para hacer la ley. Es por esto que debes votar con pensamiento propio, porque de otro modo será otro el que haga la ley que te hará soldado, que te impondrá contribuciones, que te hará justicia o injusticia.

Hoy tienes el voto para nombrar hombres que te representen, pero no olvides que debes aspirar a ser tú, el que se vea representar a sí mismo, que eres tú, el que ha de llegar un día a ser legislador. Estos ejemplos te harán comprender la importancia del derecho del pensamiento. Hay hombres de religión que te dirán que debes creer sin razonar. ¿Por qué temen tanto que pienses? Porque no serás gobernado, ni explotado, ni vejado, ni humillado; porque no serás instrumento de nadie, sino verdadero soberano.

Detesta, pues, como se debe detestar a la mentira, a esa doctrina que llaman de obediencia ciega. Y como esa ley brilla en todos, todos son soberanos. Atacar la soberanía de otro es violar la ley por la cual eres soberano. Y como tú te amas, así debes amar a los hombres, pues son como tú, soberanos y hermanos. Conoces la ley. Es eterna. No hay felicidad sin ella, hay degradación. Riqueza sin la posesión de esa ley es podredumbre. Vida, sin la ley de soberanía viviendo en cada uno, es vilipendio.

Ser siervo por ignorancia es perdonable, pero no absuelve de tu negligencia para pensar, del olvido de la dignidad nativa. Así pues, hermano mío, no olvides tu soberanía, no te abatas bajo el peso de la conjuración de todos los intereses de los malvados. Tu causa es la de Dios que te hizo soberano. Tu soberanía es la religión sacrosanta, que te hace digno de recompensa o castigo, de gloria o ignominia, de ser agente y cooperador del Ser Supremo para la felicidad de la tierra, o agente y cooperador de los malvados, para la degradación y esclavitud de la especie humana. Y un día tendrás que responder a la justicia eterna del uso de tu soberanía.

El Origen de la Soberanía

Empezad a comprender la importancia de la existencia republicana de la América. ¿Cuándo apareció esa ley de la soberanía?, ¿en dónde brilló esa palabra? Esa ley, ese gobierno, esa República fundamental y primitiva, esa soberanía, ese self government, aparecieron con el hombre, desde el primer momento de su conciencia: Es por esto que la República es eterna.

Así pues, la República domina a los tiempos, y desprecia o maldice lo que los tiempos pudieran engendrar para negarla. Siendo la República, al hombre, lo que la atracción es a los cuerpos, lo que la dirección es al movimiento, lo que la luz a la visión, es, pues, la República la esencia y forma gubernamental constitutiva e inmortal de la humanidad. Aun suponiendo al universo esclavo, el nacimiento de todo hombre, es una revolución en germen.

En consecuencia, si te preguntan, ¿cuándo se dio o promulgó la ley de la República? Dirás que ¡se dio en el principio! Y si te preguntan, en dónde se dio o promulgó, dirás que en todo punto de la Tierra en donde el hombre apareciera. Es así como deben ser interpretadas aquellas palabras: ``Yo era en el principio''. ¿Quién las dijo? Todos somos el hijo del hombre, así como todos somos el hijo de Dios. Todos éramos en el principio, soberanos por la virtud típica de la eterna esencia de la humanidad.

Eso mismo significan aquellas palabras con las cuales Jesús desmintió a los judíos que le decían blasfemaba porque había afirmado que Dios y él eran una cosa. ``Dioses sois'', les repitió con sus libros sagrados. Y si Dios llamó dioses a los buenos, ¿por qué no me he de llamar ``hijo de Dios'' ¿Por qué no hemos de decir, Dios y nosotros somos unos? En efecto, hijo de Dios es el que vive con la ley eterna: ``Dioses sois''. Atributo y calidad divina es la soberanía. Somos dioses en el sentido de que somos soberanos, es decir, participantes de la esencia soberana; y Dios mismo para hacerse oír y obedecer de los mortales tiene que aparecer en el pensamiento propio del hombre bajo las leyes de la razón del hombre. Se ve que Dios sublima nuestra soberanía.

Se ve que nuestra soberanía y razón independiente son condiciones fundamentales, no sólo para obedecer a Dios sino hasta para conocerlo. Comprendéis ahora que ese hijo del hombre, es decir, cada uno de nosotros; que esos Dioses, hijos de Dios, es decir, cada uno de nosotros; que el hombre reuniendo así lo que se llama naturaleza humana, con sus apetitos, instintos, pasiones y deseos, y lo que se llama naturaleza divina con su razón, amor y libertad; que el hombre realizando en sí la encarnación de la palabra divina para ser soberano, ¿pueda ser esclavizado? ¡No!, me diréis.

¿Comprenderéis que ese hijo del hombre, hijo de Dios, es decir, cada uno de nosotros, pueda ser crucificado? ¿Comprenderéis, que pueda ser embrutecido, domado, esclavizado, engañado, pervertido y explotado a nombre del Soberano, a nombre de Dios, cuya visión en nuestro pensamiento es la visión de la justicia? ¿Comprenderéis que el fuerte con su fuerza, el rico con su riqueza, el malvado con su inteligencia al servicio de su interés, que el sacerdote con su mentira, con su farsa, o con la complicidad del fuerte, que el tirano y toda tiranía con el terror político y religioso, presente y futuro, hayan podido conjurarse contra la soberanía del hijo de Dios?

Así ha sucedido. Ésta es la tragedia de la historia. Antes de hablaros de cómo cayó el hombre, de cómo la razón se oscurece y el derecho se pierde, queremos recordarte el primer día de la humanidad, que es lo mismo que la visión de la soberanía, para todo hombre que vuelve a sí mismo en su razón. Acompañadme con vuestra imaginación y vuestro amor. Despertad todas las ideas de bondad y de belleza que dormitan en nosotros. Recordad todas las visiones y los puros y grandiosos deseos de los años de juventud y de inocencia. Fijad las ideas del infinito que como rayos atraviesan la región del pensamiento. Dad palabra a vuestro amor inmenso cuando agitaba, sin desengaños y sin cálculo y sin egoísmo, los magníficos días de vuestra iniciación a la vida; y veréis como yo, en vuestra alma, y en el fondo del pasado sin memoria, levantarse la primer mañana de la humanidad, como si la hubieseis presenciado. Y presento este cuadro porque la inocencia y las intuiciones de la juventud son corroboradas por la experiencia y por la...

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