La Tragedia del 27F en Chile: Inoperancia y Desinformación ante el Tsunami

  • Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:blog

En la madrugada del 27 de febrero de 2010, Chile se enfrentó a una de las mayores catástrofes naturales de su historia reciente. Un terremoto de gran magnitud seguido de un devastador tsunami golpeó las costas del país, dejando a su paso una estela de destrucción y muerte.

En esta investigación se reconstruyen los episodios claves vividos en los principales centros de decisión de la Armada y del gobierno y que explican la inoperancia de las autoridades en las cinco primeras horas de la tragedia, cuando aún se podrían haber salvado vidas.

La Inoperancia del SHOA y la ONEMI

La magnitud de la inoperancia se grafica en que recién cerca del mediodía del 27 de febrero de 2010, ocho horas después de que llegaran las primera olas a la costa chilena, los marinos del SHOA constataron que en Chile había habido un tsunami.

Más grave aún: durante horas esos marinos desoyeron los datos de una mujer experta oceanógrafa que les insistía en que estaban leyendo mal los datos y que era probable que “olas destructivas” llegaran a la costa.

La contraparte civil del SHOA, la Oficina Nacional de Emergencia del Ministerio del Interior (ONEMI), no actuó mejor. Los antecedentes reunidos muestran que funcionarios claves de ese organismo no comprendían los procedimientos del SHOA y malinterpretaron la alerta enviada por ese organismo.

Peor aún, pasadas las 05:00 de ese terrible día, recibieron información de que el archipiélago de Juan Fernández había sido arrasado por un tsunami. ¿Por qué no dieron la alerta? En ese momento aún faltaban dos olas por llegar: 32 personas murieron sin que nadie les advirtiera del peligro.

El Testimonio de un Experto en la ONEMI

El suave vaivén inicial lo puso en alerta. Se despertó cuando el terremoto recién comenzaba y en lugar de asustarse, aguzó los sentidos. Cuando el dormitorio comenzó a agitarse con furia, fue su mujer la que saltó de la cama para poner a resguardo a los tres niños. Él ni se alteró ni buscó refugio.

En esa madrugada del 27 de febrero de 2010, Henríquez era jefe de la Oficina Nacional de Emergencia (Onemi) de la Región del Biobío. En términos técnicos, lo que se conoce como un “observador entrenado”. En la oscuridad calibró el crujir de las construcciones, el corcovear de los muebles y el estruendo de objetos que se estrellaban en el piso.

Pero el síntoma más evidente de que el sismo se convertiría en tragedia, era que él mismo apenas lograba mantenerse en pie. Calculó la intensidad en grados Mercalli y de inmediato pensó en la posibilidad de un tsunami.

Henríquez tomó el teléfono cuando la tierra aún descargaba latigazos y marcó el número de la Onemi central, en Santiago. Le respondió uno de los tres funcionarios de turno en el Centro de Alerta Temprana (CAT) de la Onemi. A la carrera, Henríquez reportó que el sismo era de intensidad IX a X en la escala de Mercalli.

Del otro lado le indicaron que la información que tenían era que se trataba de un grado VII. El relato de Henríquez dejaba en evidencia que en la madrugada del terremoto uno de los tres hombres de turno en el CAT desestimó un dato clave para evaluar tempranamente la posibilidad de un maremoto.

La declaración de Henríquez figura en una carpeta reservada de la investigación que lleva la Fiscalía Regional Metropolitana Occidente. El grupo se ha dedicado en estos dos años a establecer las responsabilidades penales de quienes, faltando a sus deberes, podrían haber propiciado que 178 personas murieran en el maremoto (22 de ellas aún desaparecidas).

La Percepción del Peligro en la Costa

Como la mayor parte de los chilenos, los pescadores y algueros de Tumbes estaban incomunicados y sin luz. Pero no necesitaban escuchar autoridades por la radio o verlas por la tele para saber que había riesgo de maremoto.

Tratando de alcanzar el cerro, José del Carmen (69) se encontró con su primo Juan Carlos Mora (46), quien con un foco rompía la oscuridad en Tumbes y alumbraba hacia el mar. Desde la calle principal llegaban los gritos de quienes intentaban poner orden o buscaban a sus niños para organizar la subida al cerro. El haz del improvisado faro de Mora se movía nervioso sobre las aguas.

Cuando el precario hilo de luz reveló que el mar había comenzado a recogerse, un estallido de estupor y espanto antecedió a los gritos que multiplicaron el trajín de la evacuación. Visto que la primera marejada sólo besó el muro de contención de la caleta, José del Carmen pensó que no era para tanto y se devolvió a su casa a buscar su inhalador y “unas monedas”. Unos diez minutos después moriría de asfixia por inmersión en su propio dormitorio.

José del Carmen no sabía que un tsunami es un “tren de olas” de tres, cuatro o más ondas que azotan la costa con distinta fuerza y en intervalos que pueden durar desde minutos a horas. Tampoco que la primera ola, precisamente la que él vio, normalmente es la menos destructiva.

La Burocracia Frente a la Emergencia

Efectivamente, en el minuto cero de la tragedia, el CAT recibió el dato de Henríquez, quien estando a escasos kilómetros de la costa, reportó una percepción de IX a X grados Mercalli.

¿Qué frenó al jefe de turno del CAT para llamar de inmediato a las autoridades de las zonas costeras a poner en marcha la evacuación? Básicamente, la ley. De acuerdo con el Decreto Supremo Nº 26 del 11 de enero de 1966, el SHOA es el único organismo que puede generar una alerta de tsunami.

La facultad privativa del SHOA es uno de los argumentos que esgrimió en el sumario administrativo efectuado en la Onemi el jefe de turno del CAT esa noche, Osvaldo Malfanti, para explicar por qué no difundió la alerta de tsunami.

En otras palabras, y contra toda lógica, el “Plan Accemar” no obliga a la Onemi a difundir la alerta de maremoto, aunque tuviese certeza de que minutos antes un terremoto arrasó localidades costeras.

El mismo “Plan Accemar” deja en evidencia lo absurdo de esta fórmula. El documento explica que para que se produzca un tsunami deben darse algunas condiciones: el sismo debe ser superior a 7,5 grados Richter; el movimiento debe ser vertical y no sólo lateral; el área de ruptura geológica debe situarse a menos de 60 kilómetros de profundidad y la mayor parte de la zona de ruptura debe ubicarse bajo el lecho marino.

Pero en la madrugada del 27/F la sensatez chocó con la burocracia: la Onemi no llamó a las autoridades comunales del litoral a evacuar.

El Mensaje de Alerta de Hawai

Cuando la primera ola comenzaba a matar en Talcahuano, el geofísico del Centro de Alerta de Hawai, Vindell Hsu, se comunicó con el SHOA. Quería confirmar si habían recibido su mensaje de que el terremoto tenía un alto potencial de tsunami.

A la misma hora en que Ibarra hablaba con los marinos, el geólogo taiwanés naturalizado estadounidense Vindell Hsu, despachaba desde el Pacific Tsunami Warning Center de Hawai (PTWC) un “mensaje de observación” con los primeros datos de magnitud y ubicación del sismo.

Hsu tenía razón. Sólo un par de minutos después de que mandó el mensaje que alertaría al SHOA en Valparaíso -y a toda la red de países del Pacífico-, la tripulación del Pinita empalideció al comprobar que la nave era arrastrada mar adentro hasta encarar la ola descomunal. Era un verdadero muro que se extendía en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista.

El Pinita remontó la ola de costado, pero sólo para encontrarse con otra enorme masa de agua. Ibarra alcanzó a capear la segunda con la proa de frente. Impotente, el capitán observó desde el timón del Pinita cómo se alejaban las olas rumbo a su ciudad.

Las Acciones en el SHOA

Mientras Ibarra sorteaba las dos olas, el hombre que por ley debía medir con instrumentos la posible formación de un tsunami y dar aviso del peligro, avanzaba en la oscuridad de los pasillos del SHOA, en Valparaíso. El teniente primero Mario Andina Medina iba rumbo a la sala del Sistema Nacional de Alarma de Maremotos (SNAM).

De acuerdo con el relato que hacen funcionarios que estuvieron esa noche en el SHOA, Andina era el jefe de turno y recién se había acostado, tras una última ronda, cuando el sismo lo obligó a levantarse y a vestirse con las dificultades que imponía la falta de luz.

Andina comprobó que no tenían aún datos del sismo y ordenó a su gente monitorear los instrumentos. Detrás de él llegó el cabo Jorge Araya, de especialidad oceanógrafo, y lo puso a revisar las pantallas donde se recibían los indicadores de los mareógrafos que, apostados a lo largo de todo el litoral, detectan las variaciones del nivel del mar.

Pero el terremoto había cortado la línea de fibra óptica que transmite las señales de los mareógrafos casi en tiempo real, con sólo dos a cuatro minutos de desfase. El sistema satelital GOES permite a los mareógrafos conectarse nada más que una vez por hora.

De esta forma, el que está en el archipiélago de Juan Fernández sólo transmite al satélite, y desde ahí al SHOA, en el minuto 23 de cada hora. A las 3:23 envió su última marca antes del terremoto. Había que esperar hasta las 4:23 para que reportara los índices de los siguientes 60 minutos.

La Difusión de la Información

En el CAT de la Onemi, el jefe de turno Malfanti y el radioperador López terminaron de ordenar las informaciones de regiones que reportaban percepciones en escala Mercalli. López lanzó los datos por radio a la red de protección civil. Las comunicaciones de la Onemi estaban cortadas con las regiones del Maule y Biobío.

Eso impidió que el CAT tuviese reportes de avistamiento de olas destructivas en la costa de esas regiones, lo que habría permitido a Malfanti saltarse al SHOA y lanzar la alerta. Entre los receptores que alcanzaron a escuchar el mensaje radial de la Onemi estuvo el SHOA.

El teniente Andina escuchó el informe del CAT y analizó la situación. El sismo se había percibido en grado VII de Mercalli tanto en Santiago como en la Araucanía. Era un terremoto que cubrió una superficie inusualmente extensa, concluyó el oficial, con una amplia zona de fractura y parte de ella podía estar bajo el lecho marino. El epicentro, calculó, debía estar en las regiones del Maule o Biobío.

En esos minutos entró al SHOA el mensaje despachado por Hsu desde Hawai. Andina revisó los datos y comprobó que la magnitud era 8,5 Richter, que la fractura se había producido a 55 kilómetros de profundidad y que las coordenadas del epicentro daban en tierra, al noreste de Concepción, pero sólo a unos kilómetros del borde costero.

Con esos datos, según señalan funcionarios del SHOA, el teniente consideró que había riesgo de tsunami. Exactamente a la misma hora en que Andina todavía sacaba cálculos, las primeras olas golpearon la costa en San Antonio, Pichilemu y Constitución, entre las 03:49 y las 03:50. Esa fue la “zona de sacrificio”, aquella que no alcanzaría a ser avisada aunque hubiese funcionado correctamente el sistema de alerta.

El teniente Andina ya estaba listo para lanzar la alerta de tsunami por correo electrónico, fax y radio. Andina ordenó ingresar los datos de magnitud y ubicación que recibió desde Hawai en el sistema computacional TTT (Tsunami Travel Time) que automáticamente arrojó las posibles horas de arribo de las olas a los puntos relevantes de la costa (Arica, Iquique, Antofagasta, Caldera, Isla de Pascua, Coquimbo, Valparaíso, Talcahuano, Puerto Montt, Punta Arenas y Puerto Williams).

De inmediato mandó incorporar esas horas de arribo a los mensajes navales que se despacharían por la red Genmercalli y a los correos electrónicos que se enviarían a todos los destinatarios que debían ser advertidos, entre ellos la Onemi.

Debido al corte generalizado de las comunicaciones tras el terremoto, de los 70 destinatarios de la red naval y marítima Genmercalli, sólo ocho recibieron el mensaje, entre ellos los de Valparaíso y San Antonio. Pero en el SHOA quedaron convencidos de que toda la red marítima había recibido la alerta.

tags:

Deja una respuesta