La crisis de confianza social, como la que hoy se vive en Chile, constituye un momento oportuno para reflexionar sobre el cruce, siempre complejo, entre intelectuales, política y saberes especializados. También es un tiempo ideal para pensar, precisamente, sobre la configuración histórica del modelo de desarrollo socioeconómico predominante y su relación con la democracia, el Estado o la forma de hacer política. Se trata de temas muy viejos, pero siempre relevantes en el caso chileno, dado que este país se distingue por ser uno de los países de América Latina donde ha sido más fuerte la relación entre academia y política.
Uno de los rasgos más visibles de esta estrecha unión ha sido la “tecnocratización” de la política chilena. La centralidad de los tecnócratas en la conducción de los asuntos públicos es un hecho constatable que ha dado pie a recientes elaboraciones teóricas sobre las élites y su capacidad de conducir y transformar la sociedad. Las valoraciones sobre ese periodo de la reciente historia chilena oscilan, en apretada síntesis, desde visiones que reconocen la gobernabilidad conseguida por la conocida “política de los acuerdos” y el papel gestor de los llamados technopols; pasando por voces que matizan el desempeño económico logrado por encima de las conquistas políticas; hasta posturas que caracterizan a aquel suceso con el diseño de una democracia elitista que estableció el predominio de las relaciones mercantiles y el dibujo de un Estado debilitado. Ese rico debate forma, no obstante, un acervo de referencia teórica para la revisión crítica que se plantea en este trabajo.
Pues aquí, justamente y como objetivo principal, nos vamos a detener en explicar el cambio en las ideas políticas del grupo de intelectuales que encabezó el equipo económico del primer gobierno democrático en Chile tras la última dictadura civil-militar. El objetivo principal de este artículo es explicar el cambio en las ideas políticas, entre 1976 y 1990, del grupo de intelectuales que encabezó el equipo económico del primer gobierno democrático en Chile tras la última dictadura civil-militar. De forma específica, nos detendremos en la trayectoria de Alejandro Foxley, fundador y presidente del centro académico independiente CIEPLAN.
La selección analítica y el recorte temporal propuesto se justifican, entonces, porque este centro académico fue creado en 1976 gracias a la ayuda y financiación de la Fundación Ford. 1990 es el año en que se recobró la democracia en Chile y fija el momento en que varios miembros de ese grupo de intelectuales y expertos, con Alejandro Foxley a la cabeza, cruzaron el puente de la academia hacia la responsabilidad política institucional. En ese sentido, consideramos que la Fundación Ford identificó de manera temprana a este centro académico independiente como un actor relevante en la vida política chilena, pues, como así ha demostrado la historia, CIEPLAN ha logrado ser uno de los think tanks de más larga trayectoria en este país y tal vez el de mayor capacidad en cuanto al diseño y a la incidencia de las políticas públicas económico-sociales.
Uno de los aspectos más originales de la indagación documental e historiográfica que proponemos consiste en presentar una suerte de lectura a contrapelo, la cual, en lugar de celebrar y preguntarse por los aciertos, los éxitos y los logros en democracia de esta élite intelectual, sobre todo en su capacidad de ocupar altos puestos de responsabilidad política, se interroga, en cambio, sobre las decisiones que motivaron su declinación crítica. La hipótesis de fondo que manejamos es que esas decisiones se jugaron en el campo de la “dominación filantrópica” internacional, al calor del auge de los economistas en los procesos de reforma estructural de América Latina y bajo un contexto histórico inclinado hacia la construcción de una nueva arquitectura económica mundial, la cual desencadenaría años después en el “triunfo” en la región de las políticas macro- económicas y sociales del Consenso de Washington.
Por tales motivos, seguiremos un análisis basado en la historia intelectual y en la historia de las Ciencias Sociales, pues estas disciplinas cuentan en la región con una larga y dilatada trayectoria. Antes de entrar en detalles es necesario apuntar desde ya a un actor protagonista en esta trama intelectual como es la Fundación Ford, dado el apoyo filantrópico que brindó al centro académico CIEPLAN y a su antecesor CEPLAN. En este sentido, recordemos de manera breve que la presencia de esta institución filantrópica estadounidense ha sido clave en Chile y en América Latina para el desarrollo de sus Ciencias Sociales.
Esta institución, como también la Fundación Rockefeller, desempeñaron un papel fundamental apoyando a instituciones públicas y universitarias de toda la región. El inicio del Programa para Latinoamérica de la Fundación Ford comenzó en 1959, bajo el contexto de la Guerra Fría y al calor de la Revolución cubana. Esta institución filantrópica se sumó, a través de sus donaciones y como un instrumento diplomático más, a toda la política de asistencia científica, económica y técnica que Estados Unidos brindó para la región con la Alianza para el Progreso y como respuesta a aquel suceso histórico.
Pensemos, por ejemplo, que en muchos países latinoamericanos se siguieron las recomendaciones de la política económica reformista y planificadora del ILPES y de la CEPAL. Aunque el caso más visible de esta influencia fue Chile bajo el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970). En ese momento Chile fue elegido por la Alianza para el Progreso como el país satélite y el polo alternativo y democrático frente a Cuba, convirtiéndose en el laboratorio social y político del gran giro democratizador y reformista del programa de desarrollo para América Latina del presidente John F. Kennedy. Estados Unidos financió la reforma agraria chilena y ayudó a la política de Eduardo Frei de “Revolución en libertad”, lema que acogía de forma positiva las necesarias transformaciones culturales, económicas y sociales, pero en libertad y bajo el amparo de la democracia.
Por lo que respecta a la Fundación Ford en Chile, su apoyo financiero resultó fundamental, como decíamos, para la modernización de la educación superior, para el establecimiento de programas de becas y de cooperación académica internacional, sobre todo con Estados Unidos. No fue casualidad, por ejemplo, que destinase grandes cantidades de dinero a instituciones chilenas y a sus ciencias económicas, sociales y políticas, pues Chile fue el centro regional, hasta el golpe de Estado de 1973, de toda una importante circulación de agentes extranjeros, de científicos latinoamericanos, de ideas y de nuevas tendencias y teorías sociales que se expandieron por toda América Latina.
Hubo, en consecuencia, una importante movilidad académica y profesional de especialistas que permitió establecer contactos, estrechar lazos y formar circuitos institucionales. En efecto, a la vez que esta institución filantrópica concedía recursos económicos, se ocupaba, también, de supervisar en terreno los proyectos financiados y de articular sus relaciones personales y profesionales. Esas prácticas coinciden, en esos años, con la intención de la Fundación Ford, de cooptar a las élites intelectuales para integrarlas a una visión del mundo bipolar favorable hacia Estados Unidos.
Aquí, sin duda, los conceptos de “diplomacia académica” y de “diplomáticos académicos” ayudan a entender las acciones de esta entidad y de sus representantes a la hora de canalizar contactos, fomentar redes y consolidar nexos, sobre todo, entre las dos Américas y entre tramas que transitan universidades, fundaciones, centros académicos, organismos internacionales, empresas o consultoras privadas. Pues una importante particularidad de esta entidad fue, sobre todo en el caso de Chile, reclutar a un buen número de científicos, estudiantes, técnicos y profesionales, lo que propició un escenario ventajoso para el intercambio intelectual, tanto al nivel del pensamiento como al nivel de experiencias político-sociales.
Ese apoyo financiero permitiría, por supuesto, que numerosos intelectuales sintieran el deseo de intervenir en la sociedad chilena a partir de sus institutos o centros académicos. Esa también fue la actitud de Alejandro Foxley bajo el contexto del gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular (1970-1973). Las Ciencias Sociales se acercaron a la sociedad y a la esfera política en Chile, asesorando, diagnosticando y, dentro de lo posible, influyendo e interviniendo en la misma sociedad. En ese tiempo hubo un discurso muy marcado sobre el papel de los científicos sociales como intelectuales públicos y, asimismo, en relación con su compromiso político. La sociedad se entendió, a su vez, como un “laboratorio social”.
Es bajo ese contexto cultural, histórico, político y sociológico que Alejandro Foxley y un grupo de jóvenes economistas organizaron, en 1969, un taller sobre planificación económica en la Universidad Católica, del cual surgió la inspiración de crear al año siguiente el Centro de Estudios de Planificación Nacional (CEPLAN) como “un centro interdisciplinario de investigación del Área de Ciencias Sociales”. En ese momento la planificación para el desarrollo económico y social era una idea económica dominante, muy ligada al pensamiento de la CEPAL y a la propia historia económica del país desde la creación de la CORFO en 1939. El Estado era visto como el principal actor y promotor del tan deseado crecimiento económico. Parte de esa perspectiva fue seguida por el gobierno de Salvador Allende.
Dadas esas incompatibilidades sobre la profesión del economista en un organismo público, él y sus colegas decidieron que una universidad sería un lugar más propicio para el desarrollo de sus intereses de investigación. Varios de ellos, como el mismo Alejandro Foxley o Ricardo Ffrench-Davis, contaban con experiencia en las redes de cooperación y de intercambio académico de las fundaciones estadounidenses en Chile. En concreto, Foxley había viajado becado por la Fundación Fulbright a la Universidad de Wisconsin, donde se doctoró en Economía en 1966.
Y es más que probable que entrase en contacto con los diplomáticos académicos de la Fundación Ford durante su trabajo en ODEPLAN, dadas las donaciones, como vimos, que recibía este organismo público por parte de esta institución filantrópica estadounidense. El caso es que estos jóvenes intelectuales contaron con el aval de Fernando Castillo Velasco, rector de la Universidad Católica, para formar un centro académico. Al final, la petición del rector Fernando Castillo fue atendida y CEPLAN recibió una beca en 1971 para, según la visión de la Fundación Ford, poder “aumentar el diálogo profesional con el nuevo gobierno socialista de Chile a través de talleres y estudios de la estructura de planificación y toma de decisiones bajo gobiernos socialistas”.
La puesta en marcha de este centro testimonió la convicción de la época respecto a la capacidad y utilidad de la planificación económica para el desarrollo económico y social de Chile. De esta forma, el trabajo académico e investigador de CEPLAN se asentó sobre tres áreas de trabajo bien definidas: una primera relacionada “con la elaboración de una estrategia de desarrollo autónomo para Chile, que se centra en el desenvolvimiento armónico de las diversas áreas de la economía y en el logro efectivo de una mayor igualdad de oportunidades para los distintos sectores de nuestra población”. Una segunda, referida “al estudio del marco de organización socioeconómico de Chile, tanto en decenios pasados como también proyectos alternativos de organización que se han propuesto”. Y, por último, una tercera área vinculada al “problema de cómo llevar a cabo las tareas que el Estado se propone.
Este centro académico chileno destacó por tener una marcada vocación empírica y por llevar a cabo investigaciones económicas. Al repasar algunas investigaciones acometidas en esos años comprendemos el esfuerzo de aproximación a la realidad económica y política chilena que hubo por parte del plantel académico. Así, por ejemplo, realizaron investigaciones dedicadas a “la política de industrialización seguida durante los últimos decenios” en Chile o sobre el tema del crecimiento económico, haciendo también “esfuerzos por cuantificar modelos matemáticos complejos sobre la economía chilena, para orientar la planificación estatal”.
Algunas de las investigaciones que preocuparon a CEPLAN tuvieron a la desigualdad económica y social de Chile como su objeto de estudio. En ese sentido, destacaron publicaciones como “Redistribución del ingreso, crecimiento económico y estructura social - el caso chileno”, de Alejandro Foxley y Oscar Muñoz y “Mecanismos y objetivos de la redistribución del ingreso”, de Ricardo Ffrench-Davis. Además, aquel grupo de investigadores se propuso analizar el modelo de desarrollo socialista de la Unidad Popular y compararlo con las experiencias de otros países socialistas, para dar a conocer sus logros y fracasos.
En esa línea destacan publicaciones como “La crisis del desarrollo económico chileno: características principales” de Oscar Muñoz; “Algunos problemas en la construcción del socialismo”, del mismo autor; “Participación y desarrollo en la sociedad socialista” y “Vía chilena y democracia socialista”, de Crisóstomo Pizarro. Incluso, el propio Alejandro Foxley publicó el trabajo “Alternativas de descentralización en el proceso de transformación de la economía nacional” y editó en 1971 el primer libro del centro, titulado Chile: búsqueda de un nuevo socialismo. Con ese libro,según sus palabras, se buscaba analizar las “alternativas de organización socialista, con especial énfasis en las relaciones entre Socialismo y Democracia, así como entre Socialismo y Descentralización”, buscando en aquel momento “alternativas de organizaci...
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