Escuela Mercedes Fontecilla de Carrera: Historia y Legado

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Entre las mujeres que participaron en la gesta independentista, Javiera Carrera es una de las más recordadas. Sin embargo, su noble y preciada intervención, se asemeja a la valiosa contribución de otras patriotas que arriesgaron su vida o que trabajaron arduamente por la causa.

La memoria histórica rescata la labor de otras patriotas, tales como Luisa Recabarren de Marín, Mercedes Fontecilla y Ana María Cotapos, las dos últimas esposas de José Miguel y Juan José Carrera, respectivamente. Asimismo, se rescata a algunas hijas y esposas de patriotas reconocidos.

La historiografía es más ingrata con la labor patriótica de las mujeres de estrato popular, quienes numéricamente eran superiores. Pero, si se trata de reconocimiento y afecto popular, quien secunda a Javiera Carrera es Paula Jaraquemada, mujer que gozó de una elevada instrucción por su condición social elevada.

Esta valiente dama nació en Santiago en 1768 en una familia santiaguina adinerada. Sus padres fueron Domingo Jaraquemada y Cecilia de Alquízar, quien era pariente de los célebres Carrera. Aunque prácticamente se desconocen los detalles de su biografía, dos episodios que protagonizó durante la campaña independentista la consagraron como una heroína nacional.

Según cuenta la historia, hacia el final del proceso de la Independencia de Chile, cuando bordeaba los 50 años, Jaraquemada recibió al Ejército Patriota en su hacienda de Paine y los refugió tras su derrota en la batalla de Cancha Rayada (1818). Los malogrados soldados de José San Martín se recuperaron en su hacienda, allí se alimentaron y curaron sus heridas.

También les suministró pertrechos y, para revitalizar las tropas patriotas, facilitó caballos y ordenó a sus inquilinos sumarse a la campaña. Se rememora esta generosa acción por la causa, pero su gran hazaña fue encarar altivamente a un oficial realista que llegó a su hacienda para abastecer a su tropa.

El capitán le exigió las llaves de su bodega y ella se negó a hacerlo, concediendo, si lo deseaban, una voluntaria cooperación. El oficial hizo caso omiso de esta respuesta y nuevamente le espetó la orden. Ella no cejó y poniendo en juego su vida, acercó su pecho a las bayonetas de los soldados para aclararle al oficial que prefería morir antes que ceder.

Con la misma altanería, dio vuelta un brasero con la punta de su pie para demostrar que estaba dispuesta a quemar su casa si ellos insistían en despojarle de sus bienes violentamente. Es sabido que el futuro presidente Manuel Montt, un niño en ese entonces, presenció este episodio porque visitaba en esos días a Paula Jaraquemada, su madrina.

Al término de la guerra, Paula se dedicó a obras de caridad. Acudía a hospitales, hospicios y a cárceles para dar aliento a los condenados, y en lo posible intervenir para evitar las penas de muerte. También trabajó para lograr mejoras en la Cárcel de Mujeres de Santiago y finalmente creó una corporación de caridad.

El Legado de Mercedes Fontecilla

“Mi adorada pero muy desgraciada Mercedes: un accidente inesperado y un conjunto de desgraciadas circunstancias me han traído a esta situación triste: ten resignación para escuchar que moriré hoy a las once. Sí, mi querida, moriré con el solo pesar de dejarte abandonada con nuestros cinco tiernos hijos en un país extraño, sin amigos, sin relaciones, sin recursos ¡Más puede la providencia que los hombres!”

Así comienza la última carta que escribió José Miguel Carrera a su esposa, Mercedes Fontecilla, el 4 de septiembre de 1821, a las 9:00 de la mañana. Protagonista decisivo en la Patria Vieja, este prócer del que ayer se conmemoró el bicentenario de su fallecimiento recibió siete años más tarde un funeral en Santiago que fue “apoteósico”, según las crónicas de la época.

Ahí se lee que el brazo derecho del general fue colgado en una plaza de Mendoza, y el izquierdo fue enviado al pueblo de San Juan, como un verdadero trofeo de guerra. “Su cabeza fue clavada y exhibida frente al cabildo de Mendoza.

Así, bajo su influjo, José Miguel Carrera ordenó a los cabildos y conventos la apertura de escuelas primarias públicas y gratuitas para niñas. El decreto que lo ordena, en agosto de 1812, sostiene que es ‘una paradoja en el mundo culto de la capital de Chile, poblaba de más de cincuenta mil habitantes, no haya aún conocido una escuela de mujeres», adelanta la historiadora, y advierte que las monjas tenían que elegir, pagar y dirigir a las profesoras de las futuras alumnas.

En conversación con “Artes y Letras”, la académica de la UDD afirma que en el siglo XXI no cabe ninguna duda de su importancia en el proceso de nuestra independencia, especialmente en la Patria Vieja, donde su figura y su legado son notables.

“Esta fue mucho más profunda después de todo el proceso. En algún momento llegaron a respetarse, incluso a admirarse. Los dos querían lo mismo y estaban luchando por liberarnos de la tutela española. Fue más bien un problema de egos, de actitud y de temperamento. Diferencias de forma más que de fondo”, expresa.

Pero donde las querellas historiográficas no han terminado, y tal vez nunca lo hagan, es en la responsabilidad que le cupo a O’Higgins en el fusilamiento de los tres hermanos Carrera, y también en el de Manuel Rodríguez.

“Al ser una decisión de la Logia Lautaro, de la que O’Higgins era miembro activo, ¿hasta qué punto estaba enterado de la decisión de eliminarlos? ¿Podría haberlo impedido?, ¿o estaba de manos atadas?

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