El artículo explora la historia del Ford "ojo de gato", un apodo cariñoso para ciertos modelos de Ford, así como un vistazo a la historia del descubrimiento de bacterias y cómo influyó en la ciencia y la medicina.
El Descubrimiento de las Bacterias: Un Viaje Histórico
Antes de la invención de los microscopios, era imposible observar las bacterias, pero algunos espíritus avanzados fueron capaces de aventurar su existencia.
Desde que Girolamo Fracastoro intuyera en 1530 la posible transmisión de algunas pestes por "semillas" invisibles, pasando por el sabio universal que fuera Athanasius Kircher, quien sostuvo haber visto "gusanillos" en la sangre de pacientes con peste bubónica en 1659, hasta el descubrimiento final por Antony van Leeuwenhoek en 1674, la posible participación de pequeñísimos seres en el contagio durante las epidemias seguramente estuvo en la mente de muchos investigadores, cuyos trabajos no quedaron registrados.
Entre ellos el más mencionado es el italiano Girolamo Fracastoro (1478-1553), a quien debemos una acabada y poética descripción clínica de la sífilis, nombre que derivara del protagonista de su poema Syphilis, sive morbus Gallicus, publicado en 1530.
Detengámonos un momento con este pastor Syphilis, quien habría recibido originalmente esta odiosa enfermedad como castigo de Apolo, por haber erigido altares al sol en un lugar prohibido.
Agradaba en Europa suponer que esta plaga había venido de las Indias, como llamaban a América, traída por los navíos de Colón, pero el poeta rechaza tan acomodaticia teoría: No podía la infección del Occidental Clima coger distantes naciones al mismo tiempo ni pudo la infección cargar por vez primera en España que vio nuevos mundos más allá del dominio Oeste.
Desde el pie de los Pirineos hasta Italia, sembró su semilla en Francia, mientras España estaba libre.
En su tratado médico De Contagione et contagiosis morbi, Fracastoro introduce en 1546 el vocablo "sífilis" para designar a la desgraciada enfermedad, así como fiebre lenticulares para el tifus exantemático o petequial.
En esta obra, que lo convierte en el primer epidemiólogo, aventura la prematura y lúcida hipótesis de la transmisión de las enfermedades contagiosas mediante partículas o "semillas" invisibles y capaces de replicarse por sí mismas.
Dicho Hyerolamus Fracastorius era el sexto de siete hermanos, nacidos en el seno de una familia católica de Verona, todos los cuales destacaron en la carrera de leyes o en el servicio civil, en tanto que él prefirió la medicina, que estudió en la vetusta Universidad de Padua.
Aunque ejerció y hasta fue médico del Concilio de Trento, una buena herencia paterna le permitió una vida holgada y ser el típico genio múltiple del Renacimiento, destacando no sólo como médico, sino también cual escritor, músico, geógrafo, geólogo, matemático y astrónomo.
Nuestro hombre no pudo demostrar la existencia del contagio mediante cuerpos invisibles, pues si bien supuso en 1538 que la combinación de un lente cóncavo con otro convexo podría aumentar las imágenes, no tuvo ni la habilidad ni el deseo para construir un microscopio, precioso instrumento que llegaría a fines del siglo XVI, según algunos italianos gracias a Galileo Galilei.
La inmensa mayoría de los investigadores, en cambio, coincide en atribuir el logro al óptico holandés Zacharias Janssen (1558-1628), quien también sería el padre del telescopio, es decir, del instrumento para ver de cerca y del instrumento para ver de lejos.
Sin embargo, a Zacharias le ha salido un rival al camino, su propio padre, Hans o Jan, quien en 1590 se lucía en las ferias ambulantes con un amplificador de imágenes, el kijker, que pudo representar el primer microscopio conocido.
A favor de Hans Janssen testifican unas ilustraciones de insectos aumentados de tamaño, con detalles que necesariamente requerían el uso de microscopio, hechas por el dibujante flamenco Joris Hoefnagel en 1592.
Pero, ya fuera el padre o el hijo, ninguno de los Janssen "patentó" el microscopio -ni el telescopio- y si se les atribuye en la actualidad algún crédito, es por los amigos del hijo, que a su muerte hicieron los reclamos legales, no sabemos sin con éxito.
Zacharias Janssen fabricó su microscopio en 1608, usando dos lentes convergentes, tal como había postulado el poeta 70 años antes.
Pisándole los talones, Kepler diseñó en 1611 su propio microscopio compuesto, y seguramente otros "ópticos", esto es, talladores de lentes, han intentado lo mismo en esos años, pero los frutos tardarían medio siglo en manifestarse, hasta que Robert Hooke estudiara unos cortes de corcho en 1665 y describiera los poros rectangulares que llamó "células" en su libro Micrographia.
Poco después el médico y fisiólogo italiano Marcello Malpighi (1628-1694) sería el primero en ver tejidos vivos bajo el lente, con su célebre estudio de los capilares, allá por 1660.
La "teoría celular", sin embargo, llegaría casi dos siglos más tarde, con microscopios ya muy similares a los actuales, gracias a Schleiden y Schwann, alemanes geniales y metódicos, quienes vieron células vivas, y no muertas como en el corcho de Hooke, y sostuvieron que la célula nucleada era la unidad de toda estructura en animales y plantas.
Más, en desmedro de Hooke y de Malpighi, y si tenemos voluntad de creer en sus afirmaciones, Athanasius Kircher en 1659, con ayuda de un adecuado microscopio compuesto, habría visto bacterias, que también son células, describiéndolas en la sangre de enfermos de peste como unas culebrillas o pequeñísimos gusanillos.
Y si Antoine Van Leeuwenhoek vió sus seres microscópicos en 1674, Kircher aparece ganando ampliamente la carrera, nada menos que por quince años.
Athanasius Kircher: Un Sabio Universal
A estas alturas los lectores estarán muy intrigados con este Kircher, de manera que forzosa es una digresión para que vayamos a conocerlo.
Athanasius Kircher (1601-1680), jesuíta alemán, fue otro de los sabios múltiples, que tan fáciles de encontrar eran en aquel tiempo en que la ciencia era tan exigua y la especialización escasa.
Buenos antecedentes tenía para ello, siendo hijo del filósofo Johannes Kircher, doctor en teología de la Universidad de Maguncia y, por lo tanto, tan pobre como sabio.
Metido a cura para sobrevivir, Athanasius adquirió en el seminario de Paderborn una sólida cultura, que incluía el dominio del griego y del hebreo, así como alguna maestría en humanidades, matemáticas y ciencias naturales, que adornó posteriores estudios de filosofía y de teología, doctorándose en ambas disciplinas.
En 1635 se estableció para siempre en Roma, realizando todos sus variados estudios en Italia: vulcanología, oceanografía, paleontología... ¡El hombre que vió las bacterias estudiaba los mamuts, "los elefantes antediluvianos" !
Y, como Plinio el Viejo y el Profesor Saknamussen de Julio Verne, descendió al cráter del Vesubio para hacer algunas mediciones...
También se interesó por el magnetismo y por la óptica, desarrollando espejos y lentes, para construir finalmente una buena linterna mágica y algunos espejos solares; por el sonido y la música, estudiando el oído humano y de numerosos animales, desarrollando un arpa eólica; por los idiomas, incluyendo el chino, el copto y los jeroglíficos egipcios, en busca de una escritura universal...
Diseñó una máquina de movimiento perpetuo, tarea en la cual fracasó rotundamente, sin comprender que dicho engendro no era necesario, ya que su vida era la prueba misma del movimiento perpetuo: el incesante oscilar de su mente universal, en medio del cual la visión de las bacterias es apenas un incidente menor, que aparece descrito en uno de los 44 volúmenes de su obra magna, el más célebre de los cuales apareció en Roma el año 1650 bajo el bellísimo nombre de Musurgia Universalis sive Ars Magna consoni et dissone in X Libros Digesta.
Cuando habíamos terminado con este caballero, apareció en El Mercurio del 22 de diciembre de 2011, cuerpo A, página 15, una nota titulada "Reaparecen los valiosos libros de Athanasius Kircher", donde se informaba que Constanza Acuña, una investigadora de la Universidad de Chile, había encontrado en un pasillo de la Biblioteca Nacional, casi petrificados por los hongos y con las encuadernaciones rotas, doce volúmenes de este sabio, entre ellos algunos escasísimos en el mundo, como Mundo subterráneo, Arca de Noé, Edipo egipcio y El arte magna de la luz y la sombra.
Convenientemente restauradas, las obras se exhibieron en vitrinas, para protegerlas de los vándalos.
Anton van Leeuwenhoek: El Comerciante que Deslumbró al Mundo con sus Descubrimientos Microscópicos
Ahora podemos pasar a Anton van Leeuwenhoek (Delft, Holanda,1632-1723), el reputado descubridor de las bacterias.
El contraste con Athanasius Kircher no puede ser mayor: mientras el jesuíta era un sabio y un erudito, ilustrado en humanidades y en ciencias físicas y naturales, profesor universitario, gran filólogo y eminente y sistemático investigador, Leeuwenhoek era sólo un comerciante en telas, un hombre sin educación, que nunca pasó por una universidad ni hablaba otro idioma aparte de su lengua natal, pero dotado de gran curiosidad científica que mal podía ser encausada para resolver alguna hipótesis definida.
Van Leeuwenhoek era un óptico, un tallador de lentes.
Su gran habilidad radicaba en el pulido de sus pequeños lentes, que montaba en estructuras metálicas, de bronce, plata y hasta de oro.
Eran microscopios simples, pues generalmente sólo disponían de un lente, permitiendo un campo de visión muy estrecho; el sistema de iluminación nunca lo comunicó y se llevó el secreto a la tumba, diciendo esto lo guardo para mí solo; el enfoque se hacía gracias a un tornillo que acercaba o alejaba la preparación.
Recordemos que los microscopios actuales, o complejos, llevan un lente cerca del ojo, llamado ocular, que es de 10 aumentos, y al final del tubo lentes intercambiables, hasta de 100 aumentos, llamados objetivos, casi en contacto con la preparación: para evitar la difracción, refracción o dispersión cromática, como queráis llamarla, se coloca una gota de aceite entre objetivo y preparación, cosa que Leeuwenhoek ignoraba y, por lo tanto, se limitaba a usar un solo lente.
En su vida fabricó más de 500 de sus curiosos aparatos, de los cuales el de mayor aumento conocido es el conservado en el museo de la Universidad de Utrecht, capaz de aumentar la imagen 275 veces, con un poder de resolución de 1,4 um., es decir, capaz de ver cuerpos separados por esa distancia.
Seguramente los fabricó más potentes, ya que pudo ver y distinguir distintos tipos de bacterias.
A su muerte legó a la Royal Society of London 26 microscopios montados en plata y con sus preparaciones incluídas, todos los cuales se perdieron misteriosamente tras algún tiempo.
En mayo de 1747, cuando nuestro héroe llevaba 24 años fallecido, su hija María subastó el resto, comprendiendo 419 lentes, de los cuales sólo 247 estaban montados en microscopios completos, dos con 2 lentes y uno con 3; los otros 172 lentes estaban montados entre placa metálicas, 160 de plata, 3 de oro y 9 en bronce, siendo seguramente rematados de acuerdo a su peso o, dicho de manera comercial, valían su precio en oro.
Sea como fuera, con estos instrumentos imperfectos y usando un no esclarecido método de iluminación - que no pudo sino ser un espejo cóncavo bajo el lente, para atrapar la luz del sol, como tenían los antiguos Zeiss que usábamos en el Instituto Bacteriológico allá por los años sesentas-fue quizás el primero en observar bacterias y protozoos y, con toda seguridad, el primero en ver los espermatozoides.
Disponía de un próspero comercio de telas, que le permitía vivir con holgura y dedicarse tranquilamente a sus investigaciones; más tarde fue agrimensor y luego obtuvo el pingüe cargo de inspector y controlador de vinos, convirtiéndose en todo un personaje.
Sus investigaciones, dispersas y diversas según soplaba el viento de su insaciable curiosidad, han merecido juicios diversos de los historiadores, favorables y adversos.
Sin formación académica, sin el dominio de las lenguas extranjeras, sin trato con otros investigadores, difícilmente hubiera logrado resultados mejores de los que obtuvo, que fueron suficientes para merecer la fama en vida y luego la inmortalidad como padre putativo de la microscopia: los reyes visitaban su taller, incluyendo a Pedro el Grande de Rusia y Federico I de Prusia; y la Royal Society -la Sociedad Fantasma- recibía con inusitado interés sus más de trescientas comunicaciones, en las cuales están todos sus descubrimientos, publicados en su revista Philosophical Transactions of the Royal Society.
Siendo, como dijimos, hombre de escasa educación y hablando sólo holandés, difícil le hubiera sido comunicar sus observaciones, de no haber venido en su ayuda un hombre ilustrado, el médico anatomista Regnier de Graaf, quien redactó en inglés la primera carta a Henry Oldenburg, secretario de la Royal Society, más tarde publicada en las Philosophical Transactions y que hemos tomado de un artículo de J.R.Porter5:
Una muestra (especimen) de algunas observaciones hechas mediante un microscopio por M. Leewenhoeck en Holanda, posteriormente comunicadas por el Dr.Regnerus de Graaf.
La persona comunicando estas observaciones, a ser entregadas una tras otra, menciona en una carta suya, escrita desde Delpht, abril 28 de 1673, que un señor Leewenhoeck ha ampliamente construido microscopios que superan a los hasta ahora hechos por Eustachie Divini y otros; además, que él ha dado muestra de su excelencia mediante diversas observaciones...
La carta continúa del mismo tenor, para entrar luego en el tema : la descripción de un hongo presente sobre la piel y de otras cosas, que par...
Vehículos con Nombres Inspirados en el Reino Animal
No es extraño que los fabricantes de autos bauticen sus nuevas creaciones en honor de algún representante del reino animal, ya sea por representar las características del vehículo -como potencia, velocidad o agresividad- o simplemente por su diseño.
Ejemplos hay muchos en la historia automotriz, como es el caso del popular Fiat Panda, que en España también fue construido por Seat.
De ahí que seleccionamos 10 icónicos autos cuyos nombres hacen referencia a algún animal o que en el ideario colectivo lo asoció a uno de ellos.
- Chevrolet Impala: El impala, un pequeño pero ágil antílope africano, inspiró el nombre de uno de los vehículos más longevos de la marca estadounidense. Este auto se fabrica desde 1959 para el mercado del país del norte y a la fecha ya suma diez generaciones. Además ha sido calificado como unos de los autos más íconos de la cultura motor de Estados Unidos. Como si eso fuese poco figura en la lista de los autos más vendidos de toda la historia con más de 14 millones de unidades comercializadas desde su lanzamiento.
- Mercury Cougar (Puma): Este potente "muscle cars" norteamericano nació en 1967 y dejó de fabricarse en 2002 con su octava generación. El nombre Cougar (Puma) comenzó a utilizarse el mismo año que nació este coche y fue usado por distintos modelos durante las tres siguientes décadas. De hecho, era tan importante para la imagen de Mercury que en su publicidad siempre se hizo referencia al felino identificando a sus distribuidores con el eslogan “bajo el signo del gato”. Incluso en la década del 70 la publicidad en televisión mostraba a bellas modelos o actrices, como Farra Fawcett, junto a estos hermosos animales.
- Plymouth Barracuda: La historia cuenta que este potente auto estadounidense iba a ser bautizado como “Panda”. No obstante, gracias a la insistencia de un ejecutivo llamado John Samsen se le cambió el nombre a Barracuda, pez carnívoro de aguas profundas, para mostrar un poco más de agresividad. Este auto de dos puertas fue fabricado desde 1964 hasta 1974 por Plymouth, filial de Chrysler, y compitió directamente con el Mustang de Ford. Hoy es uno de los “pony cars” más demandados por los coleccionistas.
- Lamborghini Murciélago: Si bien el nombre de este superdeportivo de la marca italiana hace pensar que fue bautizado en honor a los quirópteros, lo cierto es que fue en honor a otro animal, específicamente a un toro llamado “Murciélago” de la ganadería Pérez de Laborda que por su bravura y entrega ante el torero Rafael Molina "Lagartijo" fue indultado en 1879 para terminar como semental. Lamborghini suele bautizar sus modelos con nombres ligados al mundo taurino dado el gusto que tenía Ferruccio Lamborghini por esta práctica.
- Shelby Cobra: Este deportivo es para muchos un símbolo de EE.UU. pese a que nace de la combinación de una estructura ligara europea con un potente motor V8 estadounidense. Fue creación del ex corredor Carroll Shelby, quien en 1961 se contactó con la automotriz británica AC Cars y les propone montar en su pequeño roadster llamado ACe un motor V8, ante lo cual acceden. En EE.UU. Chevrolet rechaza participar del proyecto y Ford acepta ofreciéndole un motor V8 compacto de 3,6 litros. Luego Ford le proporciona dos V8 de 4,3 litros del modelo Fairlane para enviarlos a Inglaterra y así armar un auto de prueba. Al tiempo Shelby viaja al Reino Unido para probar en persona el deportivo. A los pocos meses el otrora corredor presenta el primer prototipo del Cobra que lograba unos impresionantes 325 caballos de potencia para alcanzar una velocidad máxima de 246 km/h. y una aceleración que iba de 0 a 100 km/h. en tan solo 4,2 segundos. Carroll lo denominó "Cobra" porque así lo soñó una noche.
- Ford Mustang: No todos saben que este famoso vehículo fue bautizado con ese nombre en honor al avión de combate P-51 Mustang de la Segunda Guerra Mundial. Usted se preguntará que tiene que ver eso con los animales y la respuesta es que mucho, ya que dicha aeronave de guerra fue bautizada precisamente con ese nombre en honor a los “Mustangos” o caballos salvajes de Norteamérica. De ahí que el hasta el día de hoy el emblema oficial de este modelo es un caballo salvaje corriendo a toda velocidad con su melena al viento. Este emblema fue ideado por el diseñador Phil Clark.
- Ford Bronco: Este tosco todoterreno apareció en 1966 para hacer la competencia al Jeep Comando. Con el pasar del tiempo aumentó en tamaño y motorización. Se fabricó hasta 1996 y para 2020 se espera una nueva generación de este 4x4 que, según se ha dicho, volverá asemejándose más a las primeras generaciones con un tamaño más bien mediano para ser usado en ciudad y fuera de la carretera. Su nombre obviamente nace para rendir honor al caballo salvaje e indomable. La palabra "bronco" viene del latín "bruncus" y significa "de genio y trato ásperos".
- Citroën DS 'Tiburón': Oficialmente este vehículo fue presentado simplemente como Citroën DS pero pasó a la historia con el apodo de "Tiburón" debido a sus formas aerodinámicas y futuristas. Nació en 1955 para competir con el Renault Fregate y literalmente barrió con todos los vehículos de la época debido a su innovador diseño, responsabilidad de Flaminio Bertoni, y adelantada tecnología donde se incluye su suspensión hidroneumática con corrector automático de altura. Destacaba por romper los estándares de comodidad en la conducción, seguridad y sistema de frenado. Fue tal el impacto que este coche causó que hasta la fecha muchos lo califican como el auto del siglo.
- Porsche Cayman: Este “pequeño” coupé de dos asientos de la automotriz alemana es una derivación de la segunda generación del Boxster. Su nombre se adopta en honor al caimán o yacaré que se encuentra en las regiones subtropicales y tropicales de América. Cuando este vehículo fue presentado oficialmente Porsche adoptó cuatro caimanes del zoo de Stuttgart (Alemania). Actualmente este modelo tiene tres generaciones que se reparten desde 2006 a la fecha.
- Dodge Challenger SRT Hellcat: Es quizá uno de los modelos más conocidos de la marca estadounidense y hace honor a su apodo de “gato del infierno” debido a su potencia y performance. La marca ha prometido su renovación para 2019 con importantes cambios en su apartado mecánico. Además, incorpora una nueva versión que se acerca peligrosamente al mismísimo Demon y que ha sido llamado Hellcat Redeye. Esta bestia del camino, dijeron en Dodge, no solo difiere del Hellcat normal por el ojo de color rojo que aparece en el emblema del coche, sino que la gran diferencia se esconde tras un motor V8 sobrealimentado de 6.2 litros que aumenta su potencia hasta los 797 caballos con un par máximo de 958 Nm.
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