Ante nuevos viejos temores de guerras, en especial en América Latina, vale la pena adentrarse en esta novela, para tener presente lo que significa, el horror que produce. El tema del libro es la crónica realista de la guerra y su verdadero sentido y el trauma posterior, pasando por la camaradería entre los soldados, la pérdida de la juventud y el paso a la madurez.
Este libro se publicó por primera vez en Alemania en 1929, editado por la editorial alemana Propyläen Verlag, y podría estar inscripta en el movimiento post expresionista llamado Nueva Objetividad (Neue Sachlichkeit), que trascendió al expresionismo, donde se incluyen los veristas, que “rasgan la forma objetiva del mundo de hechos contemporáneos y representan la experiencia corriente en su tiempo y febril temperatura”, produciendo un arte crudo, provocativo y ásperamente satírico, destacándose en la pintura.
El autor, Erich Paul Remark, más conocido como Erich María Remarque, cuyos padres tenían ascendencia francesa, participó en la Primera Guerra Mundial, hecho en el cual se inspiró para escribir la obra. En 1932, Remarque abandonó Alemania debido al ascenso del nazismo (este régimen quemó este mismo libro al año siguiente), viviendo primero en Austria y posteriormente en Estados Unidos, donde se naturalizó en 1947.
Escrita en primera persona y con un tono confesional, sin rodeos estilísticos ni huecos evasivos, del modo más directo y verídico nos da a conocer el testimonio de aquella guerra, junto a sus camaradas de armas. Nos habla desde un yo pero trata sobre ellos.
Al principio, tuvo algunas polémicas, ya que hubo quienes veían en ella una glorificación a la guerra, por su minuciosa descripción. Si bien es claramente una obra pacifista, no tenía intenciones políticas a pesar del momento convulso que reinaba en Alemania al momento de la publicación.
En el clima de un verano tardío, entramos de lleno en el escenario de la guerra, pero nos lo narra desapasionadamente, con un realismo escueto, simple y sin intencionalidad alguna. En este caso la edición que tengo, sin fecha, es bastante antigua (impresa en Buenos Aires, probablemente de 1932 o 1933), y la traducción utiliza palabras que no son de uso corriente en la actualidad.
Muy descriptivo, sin necesidad de ser condescendiente: “el suministro estaba preparado para toda una compañía de ciento cincuenta plazas. Pero justamente el último día hubo sorpresas; se nos tenían preparados cañones de largo alcance y metralla de gran calibre. La Artillería inglesa tamborileó sin descanso en nuestra posición, así que hubo muchas bajas y sólo regresamos ochenta hombres”.
Paul Bäumer (en la edición que tengo lo nombra como Pablo Bacumer -aunque se trata de un error evidente-), el personaje principal, es quien cuenta, y cuando describe a su grupo (en el que todos, menos el último, son estudiantes) se trasluce la personalidad de cada uno de ellos: “el pequeño Alberto Kroop, que de todos nosotros es quien más claras tiene las ideas, y por eso apenas llegó a ascender a cabo; Müller V, que aún arrastra consigo los libros de texto […] y estudia sus teoremas de física en medio del fuego de tambor; Leer, que gasta una enorme barba y padece una singular predilección por las muchachas de los burdeles para oficiales; Tjaden, un cerrajero muy flaco […] el tragón más grande de toda la compañía; Haie Westhus, hornaguero (es decir que saca carbón de piedra), y Detering, un campesino, que sólo piensa en su finca, en su mujer”.
Lo que bien empieza -y es un decir-, esa “suerte” de la doble ración y tabaco (por la muerte de la mitad de la compañía), mal termina. Entonces nos contará la rutina de la retaguardia y luego poco a poco lo que sucede en el frente de batalla, estacionado a nueve kilómetros de distancia. Hay un lenguaje particular, grosero, fuerte pero directo. Cosas como comer o hacer las necesidades (a la vista de todos) terminan siendo naturalizadas, con una especie de “chismes de letrinas” que se dan entre ellos: “todos estos procedimientos recuperaron entre nosotros su carácter de inocencia, por tener que ejecutarse forzosamente en público”.
El profesor Kantorek, patriota de la primera hora, es “un hombre menudo, severo, con una levita gris, con una jeta de musaraña”. “Para nosotros -jóvenes de dieciocho años- los profesores debían ser guías, mediadores, para entrar en el mundo de la edad madura, en el mundo del trabajo, del deber, de la cultura, del progreso. Del porvenir”, y ellos vienen siendo “los jóvenes de hierro” para los mayores, como el profesor Kantorek. Es claro que esos jóvenes confiaban en lo que les decían los que ya eran hombres maduros.
“Al concepto de la autoridad -cuyos representantes eran- se enlazó en nuestras ideas una mayor claridad, una sabiduría más humana. Pero el primer cadáver que vimos hizo astillas esa convicción”. Además, “mientras ellos escribían y discurseaban, nosotros veíamos hospitales, moribundos; mientras ellos proclamaban el servir al Estado como lo más excelso, ya sabíamos nosotros que el miedo a morir es mucho más fuerte”, y también: “pero ahora habíamos aprendido a ver, nos dábamos cuenta, y vimos que del mundo suyo no quedaba nada. Que de repente nos quedábamos terriblemente solos”. El dolor, la cara de la muerte, el olor a fenol, a sudor y a pus de la enfermería hacen su obra, explican más que mil palabras.
De un herido (Kemmerich) dice: “Es él todavía; pero ya no es él. Su fisonomía se ha ido borrando, difuminado (en esta edición dice difundiendo, claramente un error), como una placa fotográfica en que se superponen dos retratos. Se darán cuenta, muy rápidamente, que “a partir de nuestra llegada aquí se ha cortado nuestra vida anterior…”, y ello nos muestra la sensación de irrealidad en la que se encuentran. Además, ellos, con solo veinte años, no tienen lazos tan fuertes que los una al pasado, apenas sus padres, alguna amiga. Porque ellos estaban, como diría el profesor Kantorek, “en el umbral de la vida”, aún no había echado raíces, y por eso “nos embrutecimos de un modo extraño, melancólico, aunque muchas veces ni siquiera estamos tristes”.
Este suboficial les hace la vida imposible, exigiéndole tareas ominosas hasta que estos demuestran más temple y sin contrariar las órdenes -“porque las órdenes tienen que cumplirse”- finalmente este los trata con cierto respeto. Su profesión civil era la de cartero” (pág. 15). Este suboficial “sentía un particular encono” contra ellos, porque “se dio cuenta de nuestro oculto despecho” hacia él. La disciplina era rígida, “y muchas veces llegamos a llorar de rabia”. E incluso, “a alguno le costó una enfermedad, y Wolff murió de neumonía” (hay que recordar que en ciertas épocas del año hay un clima gélido). Como resultado, “nos hicimos duros, desconfiados, impasibles, sedientos de venganza, brutos…”, y estas características, aprendidas sobre la marcha, les permitieron enfrentar la guerra de la mejor manera posible.
Poco a poco el horror de la guerra se nos muestra entero. A Kemmerich, herido, le han amputado una pierna y, por lo que éste cree, tiene gangrena. Dice el narrador de él: “se han borrado sus labios, se agranda su boca, con sus dientes alargados, como de greda. Se le funde la carne, le abulta cada vez más la frente, cada vez son más salientes los pómulos. El esqueleto trabaja por salir a la superficie. Se le hunden los ojos”. Y afirma: “dentro de unas horas habrá acabado”.
La reflexión lo lleva al pasado: “llevaba él en el colegio, de ordinario, un traje marrón, con cinturón, que tenía brillo en las mangas. Era también el único que supo haber la plancha en la barra alta. Cuando la hizo, el pelo le revolaba, como seda, por la cara. Kantorek estaba orgullo de él por esas cosas. Pero no le sentaron bien los pitillos. Era su tez muy blanca, tenía algo de muchacha” (pág. 19). “Está muerto. La cara aún mojada de llanto. Los ojos entreabiertos, amarillos, como botones viejos de hueso”. Hay, en esta descripción, un contraste evidente con la juventud del que está por morir y la calidad de hueso del ya muerto -con la sensación de esos ojos, amarillos, enfermos, como si fuera vaciando la cuenca y cerrándose el lagrimal-.
Y nuestro héroe piensa, al salir, “respiro tan hondo como puedo, y percibo, en mi cara, como nunca, el roce blando y cálido del aire. Al grupo inicial se le une Katczinsky, de cuyas cualidades dirá: “si algún año, en ciertos parajes, sólo en una hora determinada se pudiese hallar algo de comer, en esa hora precisa y en ese punto, se pondría Katczinsky su gorra y, como empujado por una iluminación, iría directamente a buscar la comida, y guiado por su infalible brújula, la hallaría”. En el transcurso de la narración demostrará esa cualidad y lo necesaria que puede llegar a ser.
Otro personaje de ese grupo, Kropp, “en cambio, es un pensador. Propone que una declaración de guerra debería ser una especie de fiesta popular, con desfile y música, como en las corridas de toros. Entonces, los ministros y generales de los países deberían salir al ruedo en traje de baño, armados de estacas, y luchar. El país del que quedara vivo, ese sería el vencedor. Esto sería más sencillo y mejor que lo que ahora se hace aquí, donde pelean quienes no deben hacerlo” (pág. 25-26).
Una vez en el frente, “el humo de la pólvora y la niebla enrarecen el aire. Se percibe el sabor amargo del vaho de la pólvora… Nuestras caras cambian ligeramente de expresión”, pero, con todo, dice: “Esto aún no es miedo”. “De tanto rodaje, las carreteras están estropeadas, llenas de profundos baches. Los camiones no pueden encender sus faros, así que nos vamos hundiendo en ellos, hasta el extremo de que estamos a punto de caernos del camión. Esto nos preocupa. No puede suceder gran cosa; mejor es un brazo roto que un agujero en el vientre, y algunos llegan a desear una ocasión así para poderse marchar a casa”.
La observación, aguda, aún en medio de los disparos de cañones, aunque ellos no están exactamente en el frente, porque sólo vienen a fortificar: “Nuestras caras no están ni más pálidas ni más rojas que siempre. Tampoco están más tensas ni más flojas. Y con todo, son otras”. “Pienso muchas veces que acaso es el aire movedizo, vibrante, el que salta en silencio dentro de nosotros. O que del frente mismo emana algún fluido que pone en danza redes nerviosas desconocidas”, donde se muestran las sensaciones de la guerra, que son explicativas, yendo de lo general a lo particular: “Para mí (dice el narrador), el frente es un siniestro vórtice.
Y esto otro, que llamaríamos la conciencia de pertenencia, y que nos debe mover a reflexiones sobre lo poco que somos y de todo lo que nos debemos a la tierra: “Pero de la tierra, del aire, llegan hasta nosotros energías defensivas; de la tierra ante todo. Para nadie es la tierra tanto como para el soldado. Si el soldado se abraza a ella largo tiempo, fuertemente; si hinca en la tierra hondamente su cara, sus miembros, transidos del pánico que inspira el fuego, entonces la tierra es su único amigo, es su hermano, es su madre. El soldado encierra sus gritos y su miedo en el corazón de aquel silencio, en aquel recinto acogedor. La tierra abraza al soldado y lo devuelve luego para que viva y avance otros diez segundos. Y vuelve a recogerlo, a veces para siempre” (pág. 33).
Y también, junto al miedo, algo que podríamos definir, junto a Jung, como algo arquetípico, de reacción innata: “De un brinco nos saltamos hacia atrás miles de años, al estallar el primer racimo de granadas. Es el instinto bestial quien despierta en nosotros, quien nos guía y protege. No es conciencia, es algo más rápido y más certero y más infalible que la clara percepción”, que él (Remarque) llama “instinto clarividente”, por el que el cuerpo (en esa situación de peligro extremo) actúa como por fuera de la conciencia.
Remarque no nos ahorra detalle, conmoviéndonos de la misma forma que él se ha conmovido. No necesita dar discursos ni emitir panfletos, sólo con mostrar la realidad le basta. Hay un recluta miedoso, que esconde la cara entre las manos y se hace encima, y estará el grito horroroso de los caballos, heridos por las granadas. “Es toda la miseria del mundo, es la tortura de todos los seres vivos, el dolor espantoso, feroz, el que brama”, y un poco después van hacia donde están esos caballos, quizá con la esperanza de matarlos y así acabar con sus horribles sufrimientos: “algunos galopan más allá, caen a tierra, siguen corriendo. Uno lleva abierto el vientre, le cuelgan los intestinos; se enreda en ellos las patas y cae”. Luego algún soldado, piadoso, rematará a los caballos malheridos: “el último se apoya en sus patas delanteras y gira en redondo, como un peón; se sienta y sigue girando; seguramente lleva destrozado el lomo. El soldado se acerca de prisa y le dispara un tiro. Lento, sumiso, se desliza hasta quedar tendido”. Todas estas escenas se ven reforzadas por el simbolismo que damos al caballo, de libertad (durante toda la guerra murieron ocho millones de caballos).
En todo este escenario, es cuando Detering, que es agricultor y por eso “está acostumbrado a andar entre caballos”, dice: “es la más horrenda infamia el que los animales tengan que venir a la guerra”. Y ahora aparecerá en acción uno de los últimos inventos de esa guerra, el gas venenoso. Los gases utilizados iban desde el gas lacrimógeno a agentes incapacitantes como el gas mostaza y agentes letales como el fosgeno. En la historia sobre tipos de gases hay informaciones de que los espartanos utilizaron gas sulfuroso en el siglo V a. C. Durante la Primera Guerra Mundial, los franceses fueron los primeros en emplear gas, utilizando granadas de mano rellenas de gas lacrimógeno (bromuro de xililo).
La muerte por gas era especialmente terrible. De acuerdo con Denis Winter, una dosis letal de fosgeno producía al final una «respiración entrecortada y náuseas, el pulso hasta 120, una tez cenicienta y la secreción de cuatro pintas (2 litros) de líquido amarillo de los pulmones cada hora, de las 48 que duran los espasmos de ahogamiento». Con todo, en la Primera Guerra Mundial las muertes por gas venenoso no superaron el 3%, aunque este tipo de arma se perfeccionó con el tiempo (por ejemplo el uso de Ziklón B en los campos de concentración nazis) y actualmente hay agentes bacteriológicos (cloro, gas sarín, tabun, VX) que se siguen produciendo, bajo cuerda, y usando.
Dice, al respecto: “Conozco las terribles imágenes del hospital; enfermos de gas, que en una asfixia de días enteros vomitan en jirones los pulmones quemados”. Y después, cuando ya el aire que se filtra por la mascarilla tiene siempre “el mismo aire caliente y gastado”: “el viento dispersó el gas, el aire está limpio… Y ya me arranco entre jadeos la mascarilla y caigo a tierra. El aire penetra dentro de mí como un chorro de agua fría. Se nublan los ojos, me siento inundado por una ola que me sume en la oscuridad”. En el caso de los soldados de que habla la novela, se habían tenido que refugiar en el cementerio a...
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