Este artículo explora el significado y posible origen de la expresión "la mar en coche" a través de una recopilación de vivencias, ideas y reflexiones durante una estancia en Valparaíso, Chile. La ciudad, con sus intensos estímulos y diferencias, sirve como telón de fondo para desentrañar la esencia de esta frase.
Primeros Contactos con Valparaíso
Cruzo el charco por primera vez para llegar a Valparaíso, acompañada de Diane. Destino: BASE, Residencia Tsonami. Sin apenas tiempo de despertar, los colores y sonidos de la ciudad me arrastran en un intenso tiempo presente lleno de estímulos y diferencias. Mi memoria trata de establecer paralelismos y encontrar referencias y hago el esfuerzo de no escuchar esa voz y dejarme absorber por el entorno, sin juicios.
Pablo nos recoge en la estación y atravesamos en auto las calles repletas de mercado, gentío, colores y sonidos, apenas avanzamos 500 metros en 15 minutos. Pronto entramos en el cerro y comenzamos la subida hacia la que será nuestra casa durante el próximo mes de enero. Valpo -así la llaman los locales- es una ciudad de subidas y bajadas, como ya nos advertía con cierto humor Joris Ivens en à Valparaíso -su famoso cortometraje documental sobre la ciudad, con texto de Chris Marker.
Esta morfología es metáfora de mi psique en los primeros días acá. Mi cuerpo, necesitado de descanso después de un año muy activo, pide parar, dormir, letargo. Por otro lado, los oídos bien abiertos y excitados ante los nuevos paisajes. Impulsos de emprender la exploración luchando con la necesidad de parar. No se hace fácil la adaptación y paso días en esa diatriba y con algunos deadlines que atender. Ese ritmo, conocido por los artistas y agentes culturales, que nunca para y que a veces da la sensación de estrangulamiento.
Mi alma atemorizada por un futuro incierto, ansiosa de vivir presente se refugia en el pasado con un mecanismo reflejo de huida y evitación. Me rechazo. Me muerdo los dedos. Logro encontrar descanso y rutina. Siento cómo, de a poco, voy alcanzando balance y sintiéndome más en el sitio. El equipo de Tsonami nos cuida y se hacen familia: Pablo, Jano, Joaquina, Javiera, Juan, Agnes, Jorge, Rodrigo y Fernando. La residencia es un lugar de paz en la mañana y la noche, actividad divertida e intercambio colectivo durante el día, comidas en grupo y cafés en la terracita flotante del patio central.
El océano se hace ver desde la ventana y es una imagen que me ocupa y me ubica (un poco). Con Diane, salimos a pasear y descubrir la morfología del lugar. Encontramos zumos naturales de frutilla y las ruinas de un templo marítimo a unos metros de la costa habitado por lobos marinos que emiten sonidos territoriales en breves e intensas luchas por su porción de suelo.
La Ciudad y sus Habitantes
Al llegar a la estación de autobuses, Pablo de Tsonami nos recoge en coche - breve y larga travesía por el bullicioso y ruidoso mercado; en las mesas se apilan colinas de choclos, patatas, cebollas terrosas por media tonelada. El olor verde de las hojas de cilantro fluye por la calle, los colores se mezclan. En las aceras, las gaviotas arrancan la piel del pescado. Y casi debajo de cada barandilla, debajo de las escaleras, en cada rincón, un perro peludo parece estar observando, dispuesto a ladrar y seguir. Y también en cada rincón, un pequeño recipiente con agua para estos habitantes de la calle. ¿Valpo sería una ciudad de perros?
Más tarde, en la caleta Portales, al norte del barrio donde vivimos, decenas de perros juegan, corretean en la arena, ríen y a veces en jaurías serias. De repente, al ponerse el sol, aparece galopando un pequeño caballo castaño montado por un cowboy (después me dijeron amigxs, que aquí se llama huaso, y en Argentina, gaucho). Silueta icónica en el cielo gris sucio sobre el puerto industrial. Los perros abandonan sus juegos y salen tras ellos, mostrando los dientes, colmillos-lenguas-gruñidos, tratando de morder las patas del caballo, que no se asusta ante las salpicaduras de arena y los ladridos.
Los caballos que he conocido sin duda habrían dado vueltas, arrojando al suelo a su jinete (yo) y huyendo como el viento. Pero este jinete está sentado pesadamente en su silla de cuero, bien echado hacia atrás, con la cara roja bajo el sombrero. Dominio completo entre especies: el estribo confiere a un hombre la fuerza de un caballo. Se dan la vuelta, seguidos por la jauría de perros, y regresan a la nada de donde vinieron.
Reflexiones Personales y el Proceso Creativo
Este viaje es renovación, es nuevo ciclo, es silencio, es mandar al carajo al viejo patrón que sigue increpando y seguirá molestando, pero cada vez con el volumen más bajo hasta casi desaparecer para dejar emerger la constelación completa, la nueva fase, el sol hacia su ascendente y la vuelta a la luna en otro formato. Hoy siento la fuerza del trece, de lo que no tiene nombre y se transforma y los dedos corretean por el teclado para reflejar con retardo la luz de mis pensamientos. Por fin el momento de escribir sin tiempo, de mirar a la pared esperando que la claridad llegué y se conecte con la escritura, tan olvidada aliada entre tanta ocupación.
Entiendo una residencia artística como un cobijo, un abrigo, como una cueva primitiva donde encontrarte de nuevo con el niño, con el juego; un lugar seguro donde poder errar. Y es también un espacio para el miedo, el vacío y el enfrentarte con las dudas creativas y las paradojas de la práctica artística. Tsonami es todo esto para mi.
Valpo, Chile, Sudamérica, un lugar al que tanto había deseado venir y a la vez tan desafiante. Aún confiando en mi actitud de respeto y amor, me inquieta cómo bailar mi máscara de europeo. Imposible no plantearse una práctica que dialogue con lo de-colonial en los tiempos que corren y bajo la intelectualizada mirada de Europa. Esto me hace sentir presión, también mucha responsabilidad y, tanto proceso reflexivo, me frena, me pesa, me espesa. Sinceramente, mi de-colonialismo es más intuitivo que teórico. Houria Bouteldja me mostró con sus palabras cómo opera la culpabilidad y el victimismo y cómo el amor (revolucionario) es la herramienta clave para deconstruir los roles. Actuar desde la empatía, debiendo cada persona encontrar su forma de trabajar en ello. Esta reflexión está muy presente en mi metodología y acompaña cualquier acción artística o, más bien, cualquier acción.
Este país tiene una historia reciente muy fuerte que para mí se hace muy presente tras haber visto las películas de Patricio Guzman, que han quedado en mi memoria de forma inevitable. Una historia a la que no puedo no mirar. Sobrecogido por esta información me planteo cómo quedará fijada en la obra sin que sea explícito. Mi observación es desde ahí, mi sentimiento está ahí en parte. No quiero un texto que hable de ello, o si, pero no quiero profundizar en esa investigación ni remover información. No soy la persona, no soy de aquí. Mi presencia aquí es des-ubicada, es aproximativa, todavía distante, lo que por otro lado, me acerca a lo poético como lenguaje más afín.
El Proyecto en Tsonami
Antes de venir, como parte de nuestro proyecto presentado a Tsonami, escribimos el siguiente párrafo, que sigue muy vigente en nuestras conciencias:
“Como personas extranjeras y europeas, la manera en la que nos relacionamos con el entorno es crucial para entender nuestra presencia más allá de la apropiación, el intrusismo y la asunción. Proponemos la contemplación, escuchar y grabar en diferentes lugares y momentos del día, dando prioridad a las grabaciones consensuadas, atentas y de larga duración para vincularnos más profundamente con el territorio y su comunidad.”
En cuanto a los resultados que voy observando a medida que pasan los días, empiezo a ver un proyecto de memoria personal, el collage sonoro como estética del viaje, la colección de sonidos superpuestos y ordenados temporalmente que van apareciendo como le aparecen a los oídos de quien anda y va atravesando mundos. Una composición a modo de diario sintetizado. Busco un itinerario. El mapa me identifica como un punto acá, en BASE, y después de muchas líneas y áreas de diferentes colores, el otro punto al que estoy tratando de llegar. Subestimo la duración del viaje, no conozco los autobuses, tomo sucesivamente el 506, 507, 508 cuando debería tomar el 520. Tengo la cabeza llena de fiebre, y llego a una colina llena de nubes, más allá de Playa Ancha. En la niebla todo desaparece. Un grupo de música ensaya canciones a lo lejos, las percusiones ondean en el viento gris. Se mezclan distancias y orígenes. Huyo, línea de fuga, me dejo caer desde lo alto del cerro hasta el océano, fin de línea, fin de la ciudad, fin del continente.
Noto los momentos en los cuales se cansa la mente de navegar en oscilaciones, y este es uno. El cuerpo sigue temblando, baja presión. Sara Ahmed nos recuerda que los momentos de desorientación son vitales: Un momento no sigue a otro, como una secuencia de datos espaciales que se despliega como momentos de tiempo. Son momentos en los que se pierde la perspectiva, pero la “pérdida” en sí no es un vacío ni una espera; es un objeto, lleno de presencia (Ahmed 2006).
Un gran bulevar vacío junto a los acantilados, nuevo, el asfalto brilla. Ningún carro. Sólo el canto de las olas batiendo las rocas, invisibles en la niebla. Entro a un cementerio. Largos edificios yacen sobre la hierba. Flores de plástico y copas multicolores que giran con el viento. Tantas tumbas. La amiga Mélanie Garland, que creció acá (en Concon) pero vive allá (en Berlín), señala que en sus investigaciones acá, la gente le habla mucho de esperanza. Pase lo que pase, no saben que mañana les va dar, nos dice. Estamos sentadas en los terrenos del Parque Cultural, una antigua cárcel de Valparaíso tomada por los habitantes, y que fue uno de los puntos destacados de la revolución de 2019. Sin duda, hay secretos, penas, personas desaparecidas que flotan por toda la ciudad. Y sin embargo siento acá una cierta alegría de vivir, ganas de reír, de charlar en las esquinas. El viento lleva fragmentos de voces tranquilas, sonrientes y muy vivas.
Hablamos de descolonización, de resistencia, del patriarcado al pie de la Avenida Ecuador -que es un viaje sonoro increíble dado que cada bar, cada tienda, cada rinconcito impulsa su música-, mil variaciones de reggaeton, cumbia electrónica, rock alternativo. El proyecto que hemos propuesto a Tsonami, hace ya mucho tiempo (Marzo 2023!), estaba descrito así:
Considerando la ciudad como un organismo, nuestro proyecto plantea una investigación site-specific que combina lo sonoro, lo urbanístico y lo poético, centrada en la zona de la Quebrada de Los Placeres que cruza la ciudad desde la colinas en el sureste hasta la playa Caleta Portales. Un lugar que te lanza sobre una escucha social. Se observan contrastes fuertes que levantan nuestro interés sonoro: desde los primeros asentamientos en forma de pequeñas casas humildes y expontáneas hasta los recientes rascacielos, con un cauce que serpentea entre la vegetacion en el fondo del valle. El cemento, la fauna y flora co-evolucionan, se intuye una gran diversidad en las poblaciones “placerinas” humanas y no-humanas. Queremos desarrollar una cartografía sonora de este lugar interseccional, donde los entornos planificados y el pensamiento estructurado se diluyen.
La lengua con la que aquí nos comunicamos a diario es el castellano: un estándar, que ha sustituido a muchos otros lenguajes, ha sustituido formas de pensar, que unifica y borra diferencias, en nombre de la Nación. Hablo castellano no tan mal, pero muchas veces la gente habla rápido y la semántica desaparece. Pero el lenguaje debería ser maleable. Por ejemplo, un ensayo de José Pérez de Arce nos recuerda los patrones de colonización de la lengua, el cuerpo, el pensamiento, los individuos y los grupos, y señala que podríamos escribir lenguas con la misma facilidad como las escuchamos, en lugar de seguir las reglas estériles de cualquier Academia heredada de las monarquías europeas: Pensamos ke escuchamos lo ke oímos, pero no sólo escuchamos sonidos, sino las ideas ke nos recuerdan esos sonidos, como con la escritura, i escuchamos con el cuerpo, el espacio, los otros yo, con la comunidad y mas allá, con el paisaje. (Arce 2023)
En cambio, escucho el canto de voces, las entonaciones, las quejas, las melodías que suben y bajan por los cerros de la ciudad al menos en la misma medida. Primera visita a la Quebrada, atravesando las angulosas y empinadas calles del Cerro Barón, encontramos diferentes accesos a la zona verde. Entramos por uno, salimos por otro, entre medias escalas y pasadizos, ramas salvajes, perros que ladran y basuras. encontramos otro acceso, no tiene salida, vuelta atrás, subida pronunciada, corazón en la mano y la sensibilidad abriéndose a la nueva experiencia fuera del tiempo. Al cabo de la calle Campoamor, que baja en picado hacia el abismo, encontramos a Cindy apoyada en el quitamiedos, una habitante del lugar que se ofrece a mostrar cómo llegar al cauce de agua y avanzar ‘río arriba’. Nos adentramos con ella que iba acompañando el paseo con una improvisada narración de memorias personales. Este momento con Cindy ha sido de extraordinario valor para nosotras, nos hizo entender un modo de vida de esta zona, la espontaneidad de las viviendas y su carácter efímero.
Aproximarnos a una experiencia personal y única ha sido enriquecedor. El factor humano, la relación con personas de la comunidad, dan una mayor profundidad al vínculo con el territorio. Y No todo fue precioso. También vivimos una difícil situación cuando ella nos pidió dinero como compensación. Claro, es evidente que el tiempo cuesta dinero y más cuando hay ciertas desigualdades en la capacidad económica. La relación claramente se monetiza, imperando la necesidad. Algo muy doloroso de percibir y a la vez muy coherente: ¿cómo ella podría dejar escapar la ocasión de pedir dinero sabiendo que, lo que ella pudiera recibir como un ingreso extra cuantioso, para nosotras no es esfuerzo? Y cómo no nos dimos cuenta de antemano… Yo lo pensé pero no lo verbalicé, pasó muy breve por mi cabeza y se fue.
Dias después, volvimos a la quebrada por nuestra cuenta, visitamos una explanada que nos enseñó Cindy, ‘la cancha’, un lugar abierto y tranquilo en medio del valle. La misión era colocar una stream-box, cajita dotada de micrófonos y un sistema de transmisión que dejamos instalada hasta el fin de su batería (unos dos días). Streamboxes, o MobileMics, son herramientas que permiten, para decirlo de una manera infantil pero muy relevante, “dejar una oreja en un lugar”.
tags:



