El 12 de diciembre de 1893 apareció en el periódico Patria un texto de José Martí dedicado a Mariana Grajales, la madre de los líderes militares afrodescendientes José y Antonio Maceo, quienes habían luchado por la independencia cubana en la guerra de los Diez Años (1868-1878). Mariana Grajales había muerto en Jamaica pocos días antes de que Martí publicara este sentido homenaje a “aquella madre de héroes”. Dice Martí en este texto que Mariana “amaba, como los mejores de su vida, los tiempos de hambre y sed, en que cada hombre que llegaba a su puerta de yaguas, podía traerle la noticia de la muerte de uno de sus hijos”. El deseo de ver la liberación de Cuba supera en esta “madre patriota” el afecto maternal, haciéndola idónea para encarnar el heroísmo femenino acorde al proyecto revolucionario de Martí.
Mariana, la madre heroica que muere en el exilio, se convierte así en un poderoso símbolo en torno al cual debatir los modelos de ciudadanía para la nación cubana. La aparición de esta figura de heroicidad en el momento en que líderes militares e intelectuales afrodescendientes aspiraban a ocupar posiciones de relevancia en la sociedad no es casual.
La figura de esta mujer anciana estratégicamente desvía la atención de la masculinidad heroica representada por destacados revolucionarios afrodescendientes, entre los que se cuentan sus hijos, además de Flor Crombet, Guillermo Moncada y Jesús Rabí. Además, al celebrar a la madre oculta otras formas de heroísmo femenino construido por letradas y representado por las mambisas, es decir, las mujeres que, como Mariana, participaron en la guerra.
Contexto histórico y literario
Esta crónica póstuma sobre Mariana Grajales es contemporánea a la publicación de Los poetas de la guerra. Colección de versos escritos en la guerra de independencia de Cuba (1893), publicado por Martí en Nueva York como parte del proyecto propagandístico de Patria, el periódico oficial del Partido Revolucionario Cubano (PRC) fundado un año antes. En el prólogo de esta colección de veinticinco poemas referentes a la guerra de los Diez Años (1868-1878), Martí señala la necesidad de conservar la memoria de “los días en que los hombres firmaban las redondillas con su sangre”. Este compromiso de la literatura con los ideales de sacrificio y abnegación en pro de la emancipación política de Cuba constituye el eje de la retórica heroica construida por Martí.
La celebración de la heroicidad, tanto en el prólogo como en el resto del poemario, no deja dudas: se trata de la construcción de una masculinidad épica que celebra el poder revolucionario de la palabra. Escribir “con la espada en la historia” (Los poetas 9) es tarea de hombres y para la mujer se reserva el rol de receptora entusiasta del accionar heroico de los poetas patriotas. Estos textos eluden mencionar que desde los inicios de la guerra de independencia la poesía patriótica escrita por mujeres, como Juana Borrero, Mercedes Matamoros y Nieves Xenes, había sido leída en tertulias y aparecido en la prensa, aportando una visión del proceso independentista que cuestionaba las construcciones de una masculinidad heroica hegemónica y destacaba el poder de convocatoria obtenido por letradas revolucionarias.
Para la década de 1890 ya habían comenzado a aparecer en el imaginario cubano los primeros “monumentos” discursivos que organizaron la narrativa de la historia literaria en busca de lograr lo que Beatriz González-Stephan ha llamado el “efecto de unidad nacional”. A este respecto, el esfuerzo compilatorio que significó la publicación de Historia de la literatura cubana (1889), de Aurelio Mitjans, pone de manifiesto el deseo de crear una historia cultural común que, desprendida de la metrópoli, permitiera imaginar una comunidad de ciudadanos.
Por estos años circularon, tanto en Cuba como en las diversas comunidades de exiliados cubanos, una serie de publicaciones que reorganizaron en torno a la categoría del héroe las jerarquías de poder. Episodios de la Revolución Cubana (1890) de Manuel de la Cruz, A pie y descalzo (1890) de Ramón Roa y Desde Yara hasta el Zanjón: apuntaciones históricas (1893) de Enrique Collazo son algunos ejemplos de esta literatura de “campaña” vinculada a los hechos de la guerra. La proliferación de figuras heroicas en la literatura del período da cuenta de la utilidad de esta entidad discursiva para dar coherencia y legitimidad a los anhelos de unidad nacional. El héroe, convertido discursivamente en protagonista de la historia colectiva, constituye, como ha señalado Agnes Lugo-Ortiz, la “categoría privilegiada para la producción de saber y ser de la nacionalidad”.
De este modo, estudiar la heroicidad que surge en los grupos que permanecieron al margen tanto de las esferas de poder gubernamental como de los altos cargos de organización revolucionaria aporta nuevas perspectivas para entender la dinámica cultural cubana hacia finales del siglo XIX.
Cristina Ayala: Heroísmo y conciencia racial
Para estos efectos, este artículo examina la obra de la poeta y maestra afrocubana Cristina Ayala (1856-1936), enfatizando el valor político de su construcción de una retórica heroica que enmascara su demanda de reconocimiento de los derechos de la mujer y de los afrocubanos. A través de la manipulación estratégica de la figura del héroe y la inscripción de la mujer letrada “de color” (para conservar la nomenclatura con la cual la autora se identificó) como modelo de heroicidad, esta poeta intentó intervenir en la elaboración de la memoria nacional. El mayor mérito de sus textos, que datan de 1885 y se prolongan hasta 1926, es la construcción de una posición discursiva que reconstruye el pasado de esclavitud para narrar la peripecia revolucionaria y crear una visión utópica de un futuro en el que los afrocubanos son integrados, por sus propios méritos, al resto de la sociedad.
A partir de una constante revisión de los mecanismos de enunciación retórica, su trabajo poético problematiza la relación entre poesía e identidad, incorporando a las formas poéticas heredadas de la tradición hispánica los contenidos que enfatizan el legado histórico de la esclavitud. Esta letrada reflexionó sobre las desigualdades sociales basadas en categorías raciales y de género y las combatió creando un discurso de recuperación de figuras heroicas que hicieran visible la contribución de los afrocubanos, y la suya propia, a la sociedad y a la cultura cubanas. Al articular su doble condición como mujer y como persona “de color”, Ayala fue capaz de reclamar para sí la representatividad de ambos grupos.
Esto hace que la obra de esta autora ofrezca una valiosa oportunidad de aproximación a la experiencia de una mujer afrodescendiente durante el proceso de organización de la sociedad civil cubana. Teniendo en cuenta que mantener silencio en torno a las experiencias e ideas de mujeres afrodescendientes contribuye a perpetuar su invisibilidad y reforzar la injusticia social (Hill Collins 3), este artículo sostiene la necesidad de incorporar la producción cultural de Ayala a los estudios latinoamericanos. Más aún, la escasez de textos escritos por mujeres afrodescendientes en el siglo XIX en América Latina hace que el estudio de su poesía sea crucial para diseñar un panorama más completo de la dinámica de poder entre identidad racial y de género, escritura y disidencia política, en el período que va desde la abolición de la esclavitud en Cuba (1886) hasta los primeros años de la república (1901-1926).
Sin duda, Cristina Ayala constituye una voz excepcional de la literatura escrita por afrodescendientes en América Latina no solo por haber nacido en cautiverio, sino también porque su labor literaria la vinculó a reconocidos intelectuales como Juan Gualberto Gómez, Miguel Gualba, Vicente Silveira y Úrsula Coimbra de Valverde. De Ayala, así como también de su particular aporte a la historia cultural cubana, se sabe muy poco. La información biográfica referente a esta escritora aparece dispersa en estudios sobre Minerva: Revista Quincenal Dedicada a la Mujer de Color, publicación en la que colaboró activamente.
Según María del Carmen Barcia, Ayala nació en 1856 en la ciudad de Güines, Cuba, concurrió a la escuela pública y comenzó a escribir poesía a los siete años. A partir de 1885 y hasta su muerte publicó textos poéticos en más de veinte periódicos cubanos. Trabajó como maestra y participó en reuniones culturales y mítines políticos en los que leía sus textos. Cristina Ayala, además, fue un seudónimo adoptado por la escritora, siendo su nombre de nacimiento María Cristina Fragas. Con este gesto se incorporó a la esfera letrada al mismo tiempo que ponía fin a una identidad recibida al nacer en cautiverio.
En 1926, Ayala publicó una colección que recogía algunas poesías que habían aparecido de forma dispersa en la prensa. Esta colección, titulada Ofrendas mayabequinas, constituye un documento único ya que da cuenta del nivel de difusión de la obra poética desarrollada durante más de cuarenta años por una mujer afrocubana. También, esta publicación revela un proyecto coherente e incansable en demanda de atención pública para temas relacionados con el derecho a la educación y la equidad de género.
Del mismo modo que su biografía solo puede ser reconstruida de manera fragmentaria, el reconocimiento de su labor ha sido escaso e incompleto. Luego de su muerte en 1936, el municipio de Güines decidió cambiar la denominación de la calle Hospital por calle Cristina Ayala, dando cuenta de un reconocimiento local que no tuvo alcance nacional. Su nombre desaparece hasta 2001 cuando Nancy Morejón, en su discurso de aceptación del Premio Nacional de Literatura, señaló que “[e]ntre las elegías de Nicolás Guillén y el gesto rumoroso de la poetisa güinera Cristina Ayala, ha fluido mi voz buscando un sitio entre el violín y el arco, buscando el equilibrio entre lo mejor de un pasado que nos sometió sin compasión a la filosofía del despojo y una identidad atropellada en la búsqueda de su definición mejor” (Cuerda 8). A pesar de este reconocimiento, la obra de Ayala aún aguarda ser estudiada desde perspectivas que revindiquen su contribución a la sociedad.
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