El Coche de Caballos en la Historia de Chile

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Las carreras a la inglesa casi cumplen 150 años en nuestro país y septiembre sigue teniendo mucho de esa nobleza británica que trajo consigo la hípica. Fue en septiembre de 1864 cuando se corrió la primera carrera a la inglesa en Valparaíso.

En esa época el puerto parecía más una colonia británica que chilena. El comercio, los nacientes y futuros clubes, y los deportes de elite comenzaban a instalarse. Por eso no fue extraño que se dejaran a un lado los juegos coloniales y las destrezas prehispánicas, ya no eran tan atractivos.

Las crónicas señalan a los llanos de Placilla, colindante al lago Peñuelas, como el sitio exacto donde se hizo esta carrera. Se hablaba de más de doscientos asistentes y más de ochenta carruajes. Fueron apenas dos pruebas y una carrera a pie.

En 1885 se llamaba en la prensa a celebrar el primer “Derby Chileno” y en los paseos y salones se comentaba con entusiasmo: “¡Será a la manera del Derby de Epsom!”. Las entradas se compraban en la librería Wescott, en el Café del Pacífico y en la garita del Ferrocarril Urbano. Se programaban trenes especiales durante todo el día desde Valparaíso a la misma cancha.

“Jamás hemos visto una variedad más grande en trajes, sombreros y zapatos de las señoras. Aun en los de los hombres predominaban telas claras y los vistosos sombreros”; decía un cronista de la época. También había ramadas.

Eran cinco hileras sobrepuestas en la ladera del cerro, instaladas a modo de tribunas. “Eran como palcos llenos de beldades porteñas y santiaguinas. La gran masa de paseantes sin ramadas se extendía alrededor de la cancha, donde también se había situado un centenar de coches de alquiler llenos de familias. Por último, las carpas, fondas y chinganas, formando un campamento, ocupaban el centro del recinto, la cancha de la pista (…).".

Así se percibía y de alguna manera sigue inalterado desde sus comienzos. No importa que hayan pasado más de cien años. Es la única carrera que no ha sufrido modificaciones en su reglamento, y como tradición de fiesta popular también sigue intacta. Cada año se instalan carpas en la misma cancha, no el mismo día, sino el anterior. La idea es gozar el espectáculo y verlo en primera línea, y, por qué no, hacer un asado y celebrar con una copa de vino.

Santiago no se quedaba atrás. Dos años después de que se corrieran las primeras carreras a la inglesa en Valparaíso llegaban a la explanada Campo de Marte, en La Pampilla; en ese sector se fundó después el Parque Cousiño, lo que hoy se conoce como Parque O’Higgins.

Llegó pronto el Centenario de la Independencia como una gran fiesta. Dicen que en el Club Hípico no cabía ni un alma más. La gente se ponía de pie y las bandas tocaban los himnos nacionales de Chile y Argentina. “Al frente -escribe Joaquín Andrés Bello-, un panorama del Olimpo, pasan los presidentes, el de la Casa Rosada y el de La Moneda, ambos de frac con sus bandas nacionales en el pecho y sus chisteras en las manos (…).". Era hora del clásico “Centenario”.

Se cuenta que corría el champán Veuve Clicquot, la etiqueta favorita de la alta burguesía y la nobleza del viejo continente desde su fundación en 1772. Fueron cinco días de banquetes y recepciones. También Roosevelt apareció en las celebraciones. Un baile fue dado en su honor. “Después de las 10 comenzaron a llegar los invitados. Una hora después, los salones se hacían estrechos para contener a la numerosa y escogida concurrencia. Un buffet fue instalado en el gran patio central entre un bosquecillo de palmeras y bambúes y su servicio, a cargo de la casa Gage, nada dejó que desear.

El Príncipe de Gales, Eduardo de Windsor, también asistió a las carreras en el Club Hípico, en 1925. Se decía que más de alguna dama presionaba por conseguir alguna invitación a alguna de las recepciones con Su Alteza Real. «Eduardo -relataban- era joven, soltero, bailarín eximio, bebedor asombroso, mujeriego, de conducta impredecible y extravagante para los gustos locales».

También junto a su presencia nunca faltó un valet que lo escoltaba con una bandeja de plata con un vaso, hielo y una botella de un exclusivo whisky. Le ponía de muy mal humor no tener a mano su licor favorito. Casi seis años después, en 1931, Eduardo volvería al país junto a su hermano menor, el tímido y tartamudo Jorge de Kent. Sin embargo, el heredero seguía siendo el centro de atención.

No fueron los únicos de la realeza británica en venir al país. En 1968, la reina Isabel II y su marido, el príncipe Felipe de Edimburgo, partió en un coche landó de cuatro caballos desde el Hotel Carrera, pasaron por la Alameda, la calle Ejército, hasta llegar el Club Hípico. Las calles estaban absolutamente llenas de gente con banderas.

Cuando los cascos se sienten acercándose a la recta final, todos se ponen de pie, las manos se levantan y las muñecas comienzan a girar, es hora de chasquear los dedos, la manera más característica que tienen los asistentes de animar su ejemplar. Apenas son unos segundos. Esa es la imagen intacta que se genera en cualquier hipódromo y que no ha cambiado en este siglo y medio de presencia en estas tierras.

Quizás la modernidad de los tiempos le haya quitado esa formalidad, presencia y elegancia tan característica, pero ni el hipódromo de Ascot, tan íntimamente ligado a la casa real británica, ha logrado mantener la tradición. Consecutivamente tiene que endurecer el código de vestimenta. Acá se ha relajado mucho más.

Este magnífico escenario en las tierras de Lolol, es el marco adecuado para recordar jirones de nuestra historia. Una grata sorpresa me depara abrir las páginas de la obra carruajes. No es un simple álbum, como señalan sus autores, es un ejemplar único, del cual surgen coloridas y brillantes imágenes, y entrañables textos de quienes cultivan este singular torneo de carruajes: prueba de adiestramiento, destreza, resistencia, coraje, un verdadero arte que inicia una tradición.

Tal como en la faena del rodeo, trabajo anual para marcar y contar el ganado, que juntaba en los corrales cercanos a la casa a arriesgados jinetes que realizaban la aparta, luciendo sus mejores chamantos y arreos; el paso del tiempo dejó de lado la funcionalidad de esta faena agrícola. Sin embargo, mantuvo el torneo de los jinetes en una medialuna enquinchada, donde los huasos en sus caballos corraleros demuestran su destreza para montar y atajar animales. Hoy día el rodeo es la más típica fiesta criolla.

Orígenes y Evolución del Carruaje

Los carruajes, eran el medio de transporte comúnmente utilizado desde el siglo XVIII, cumplían una función esencial, y con el paso de los años se ha querido rescatarlos de los museos y las abandonadas cocheras y convertirlos en partícipes de un deporte noble y respetado. El carruaje surgió en Europa, se cuenta que se hizo muy popular el fabricado en Hungria en la ciudad de Koczi, de allí el origen de su nombre que derivó en coche.

El carro ligero, descubierto, fue sustituido por coches con techo para los largos viajes, más tarde con cabinas cerradas con puertas y ventanas y para las importantes ceremonias se requirió de bellas y ornamentadas carrozas. En la América hispana, su introducción fue más tardía. El medio de transporte más común era el caballo y la mula.

En la Lima virreinal, en los inicios del siglo XVIII, hicieron su aparición los primeros coches, utilizados por virreyes, a funcionarios, condes, marqueses y familias adineradas. En el Santiago colonial, pocos carruajes circulaban por las calles, aunque, según Carvallo Goyeneche, las familias nobles y ricas vivían “con mucha decencia y aparato”, no solo en el interior de las casas, sino fuera de ellas. “Usaban costosos coches y buenas libreas” para ir a los paseos públicos, hacer visitas o concurrir a bailes.

Rudimentarios caminos comenzaban a comunicar el territorio. El más utilizado fue el Camino del Centro o Real, que corría al pié de los primeros cordones de la cordillera de la costa y se internaba al sur-poniente, hacia el Corregimiento de Colchagua. También fue muy frecuentado el Camino de la Costa o Real Antiguo, que recorría los espacios abiertos del litoral.

Posteriormente, el llamado Camino de la Frontera fue la principal vía de comunicación y desplazó en importancia a los dos anteriores. Recorrió el país de norte a sur y con puentes o balsas cruzó los ríos Maipo, Cachapoal, Tinguiririca, Lontué y Maule. Por él transitaron las tropas españolas en dirección a la Frontera, las carretas transportando las cosechas, las tropillas de mulas, el correo a cargo de un jinete o postillón y, desde fines del siglo XVIII, los coches y calesas de los hacendados, los altos funcionarios y los habitantes más pudientes de las villas.

Viajeros que llegaron a comienzos del siglo XIX, señalan que “en los días de fiesta, las jóvenes van al Tajamar, muy elegantes en sus sencillas calesas, arrastradas por una mula, con un negro o mulato como postillón, que la cabalga”. Las libreas eran chillonas: calzones rojos, casaca verde, sombrero de picos con forro amarillo. Los carruajes se estacionan en largas filas en un costado para mirar las carreras de caballo, y los jinetes se acercan a ellas, haciendo proezas ecuestres.

En los paseos a las quintas cercanas, las mujeres de edad asisten en pesadas carretas con toldos y los jóvenes tanto hombres como mujeres a caballo.

El Siglo XIX: La Edad de Oro del Carruaje

El siglo XIX, fue la edad de oro del carruaje, diversos modelos llegaron del extranjero y otros se fabricaron en el país, de acuerdo a los usos y necesidades requeridos. Los birlochos de dos ruedas frecuentaban la ruta de Santiago a Valparaíso. En el paseo de la cañada, y en la fiesta de la pampilla, durante el gobierno de Bulnes, pintada por Charton de Treville, entremezclados en la abigarrada multitud, se observan los jinetes, carretas y calesas mas refinadas en forma de bandeja con sopandas y capota.

Los elegantes coupé fueron posteriormente empleados por las familias de alcurnia. Pero, definitivamente el carruaje está estrechamente unido al mundo rural. Enlazó los dispersos pueblos, surcando los rústicos caminos, y con la llegada del ferrocarril, unió las estaciones con los cercanos caseríos y haciendas. Su uso permaneció por más tiempo en estas zonas rurales, donde era muy común hasta hace pocos años, la frecuente circulación de las llamadas cabritas.

Y justamente en estas tierras de Colchagua, donde se encuentran mis raíces, tierras arcillosas, de suaves lomajes cubiertos de vastos espinales y hermosas quebradas de boldos, quillayes y maitenes. Con la llegada de las primeras lluvias, las áridas llanuras se cubren de verdor, se tapizan de florecillas silvestres, y en la primavera los espinos se llenan de alegres botones color oro viejo.

Cuentan que mi tatarabuelo, Pedro Felipe Iñiguez, en la década de 1870, se bajaba en la estación de Palmilla, donde lo esperaba la victoria arrastrada por los caballos tordillos, el coche de trompas y la carreta con las petacas y los almofreces, e iniciaba el largo viaje hacia San José de Marchigue, que abarcaba, La esperanza y Los maitenes. A mitad de camino lo aguardaban los caballos de refrescos, y al atardecer llegaba a las casas junto al rio rapel.

Esta obra abrió para mí un mundo de recuerdos adormecidos de infancia y juventud, que acuden a mi mente e impregnan mis retinas de vívidas escenas: los afanosos preparativos para partir al campo a las anheladas vacaciones. Tomar el tren y luego de cinco horas, que incluían el traslado hacia el ramal de Mario Manríquez en su coche por las calles de Lo Abarca.

Pichilemu, llegar a la estación de Alcones. Allí esperaba el coche cerrado y cuatro caballos enganchados en forma horizontal, lo que producía gran expectación; según los entendidos era un rock-away. Detrás venía el landó con empleados y baúles. Llegábamos a las casas de Mallermo, rendidos, mareados, pero felices.

Nuevas imágenes se agolpan de aquellos años: coger el caballo y cruzar los campos al galope, alegres baños en tranques y esteros, participar en las vendimias y trillas, saltar en los fardos de paja, competir en las carreras de ensacados, y participar en las misiones. Sana convivencia junto a los que fueron nuestros compañeros de juegos, los habitantes de la hacienda.

Quisiera rendir un especial homenaje a los dueños de carruajes. Conocer de sus esfuerzos, desvelos y constante preocupación para mantener estos coches, fue un ejemplo inspirador.

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