María de las Mercedes de Orleans: Una Biografía Detallada

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La línea paterna de la primogénita del rey Felipe VI y la reina Letizia atesora una historia reciente que no se puede obviar ni borrar.

El día en que nació Leonor de Borbón y Ortiz -el 31 de octubre de 2005-, su padre, el rey Felipe VI, dejaba en evidencia la historia de las sucesiones al trono de España.

“¿Ha nacido una reina?”, le preguntó un periodista. Hoy, a sus 16 años, Leonor es princesa de Asturias y la indiscutida pretendiente a la Corona española, pero si su madre, la periodista Letizia Ortiz, hubiese dado a luz a un varón, otra sería la historia.

La historia de la monarquía española ha estado marcada por gobernantes que mueven los hilos a favor de sus herederos.

De hecho, la Ley Sálica -originaria de Francia y que decreta como herederos solo a legítimos descendientes masculinos- no fue puesta en práctica a su cabalidad en España, ya que Fernando VII -a través de la Pragmática Sanción de 1830- declaró que las mujeres podían reinar si no tenían hermanos y en caso de tenerlos, las situó por detrás de ellos, aunque estos fuesen de menor edad.

Don Juan de Borbón nació el 20 de junio de 1913; el tercer hijo del rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia (nieta de la reina Victoria del Reino Unido).

Las renuncias del primogénito, Alfonso -hemofílico y enamorado de una plebeya cubana- y de Jaime -hemofílico y sordomudo-, lo convirtieron en el sucesor natural.

Un año después de su matrimonio, en España estalló la Guerra Civil. El joven heredero intentó combatir en el bando liderado por el sublevado general Francisco Franco, pero su ofrecimiento no fue aceptado.

Fue jefe de la Casa Real de España en el exilio, desde el 15 de enero de 1941 hasta el 14 de mayo de 1977. Franco se convirtió en su principal enemigo y el conde de Barcelona firmó un manifiesto en su contra.

Años después, en un momento de calma, ambos coincidieron en que Juan Carlos, de tan solo 10 años, estudiaría en España bajo la tutela del dictador.

Sin embargo, aquella decisión solo pauteó el camino de una complicada relación padre e hijo en la cual los sentimientos quedaban relegados ante su obsesión por España, marcada también por el trágico accidente ocurrido en Estoril en 1956, cuando, en medio de un juego, al rey emérito Juan Carlos I se le disparó una pistola provocando la muerte de su hermano pequeño, Alfonsito.

Se dice que Don Juan no tuvo ni una sola palabra de consuelo para su hijo mayor y que incluso llegó a culparle de lo ocurrido.

En 1947, el dictador español proclamó la Ley de Sucesión en la Jefatura de Estado, que lo facultaba para elegir al monarca del reino. Así, descalificó completamente al conde de Barcelona ofreciéndole más tarde a su hijo Juan Carlos sucederle como rey.

El joven se vio entonces en una difícil posición: seguir a su padre o secundar a Franco.

El 19 de julio de 1969, Juan Carlos aceptó ser el sucesor al título de rey, desplazando a su padre del trono.

La reacción de don Juan fue terrible y se negó a cederle sus derechos dinásticos a su hijo. Lo que derivó en la proclamación del rey Juan Carlos I -el 22 de noviembre de 1975- sin estar legitimado.

Y no lo estaría hasta el 14 de mayo de 1977, cuando don Juan dio su brazo a torcer y cedió sus derechos en una ceremonia extremadamente íntima en La Zarzuela.

“Majestad, todo por España”, dijo mientras se cuadraba ante su hijo, abdicando así los derechos históricos a la Corona, que había custodiado, en dictadura, durante 36 años.

Un sabor que lo acompañó su vida entera y que su hijo no podría olvidar. Quizá por ello Juan Carlos I decidió que su padre, fallecido el 1 de abril de 1993 a los 79 años debido a un carcinoma de laringe, fuera enterrado en el Panteón de Reyes de El Escorial, junto a 24 monarcas españoles de las dinastías Austria y Borbón, pese a que como conde de Barcelona le correspondía ser enterrado en el Monasterio de Poblet, junto a los reyes de Aragón.

Juan de Borbón y Battenberg era un símbolo para los monárquicos y gran parte de la oposición al franquismo lo consideraba el legítimo monarca tras la muerte de Franco. No así a su hijo, al que reprochaban haber sido enaltecido por el dictador.

Sus cercanos solo tenían palabras de admiración y la historia confirma que no hizo una sola declaración que enturbiara su memoria.

Don Juan era un Borbón, con lo que eso implicaba: estatura corpulenta y nariz aguileña incluidas. La mala relación entre Franco y el conde de Barcelona provocó que el primero decidiera saltarse una generación para continuar con el legado y el ahora rey emérito aceptó, sin el valor de decírselo a su padre a la cara.

Lo hizo por medio de una carta que le mandó a Estoril: “Me resulta dificilísimo expresarte la preocupación que tengo en estos momentos. Te quiero muchísimo y he recibido de ti las mejores lecciones de servicio y de amor a España.

La proclamación como rey, separó aún más a Juan Carlos I de su padre, pero supieron mantener la compostura.

Los condes de Barcelona aparecieron en cada evento familiar, más no así en los de carácter oficial. “¿Cómo voy a ir a una recepción de palacio protocolariamente por detrás de un sub- secretario?”, se quejaba don Juan.

El último encuentro padre e hijo tuvo lugar un 7 de marzo de 1993, al día siguiente el conde cayó en un coma del que no despertó.

Los expertos aseguran que la historia es cíclica, y en el caso de los Borbón parece que se cumple hasta en las relaciones personales.

El rey Juan Carlos I abdicó al trono el 18 de junio de 2014 y un día después su hijo Felipe fue proclamado nuevo rey de España. Algo inesperado para el entonces príncipe de Asturias.

“Un rey, me dijo mi padre, nunca debe abdicar. No tiene derecho a hacerlo.

En su primer discurso, Felipe VI prometió “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”, y siguiendo esa línea no debería sorprender que hace dos años retirara la asignación pública de casi 200 mil euros que su padre recibía de los Presupuestos Generales del Estado.

En sus siete años de reinado, Felipe VI ha logrado sostener la imagen de la monarquía española, pese a todo tipo de contratiempos -y escándalos familiares-, tal como pretendió hacer su abuelo. Dos reyes que sacrificaron a sus padres por la institución.

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