El Rock Nacional Argentino y la Censura Durante el Proceso de Reorganización Nacional

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El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 en Argentina dejó un saldo de horror en la memoria de un país que ya lleva varias décadas revisitando los hechos e intentando resolver el debate ideológico que aún continúa.

Las consecuencias y las sombras que proyecta este período están vigentes día a día en la sociedad argentina. La búsqueda de una identidad como sociedad y como nación continúa a través de la ya extensa y aún no saldada discusión del significado y las secuelas de la dictadura.

Entre las estrategias represivas de la dictadura militar se encontraba la manipulación del lenguaje y de la opinión pública.

En efecto, el régimen militar se caracterizó por su uso orwelliano del lenguaje en el que la construcción de un “enemigo” y una situación de “guerra” eran los principales ejes de un discurso que iba cambiando según fuera necesario para el alcance de sus fines.

El blanco principal eran los jóvenes y su ideología.

El rock nacional argentino existía desde los años 60 y ya presentaba particularidades locales.

Curiosamente, floreció y se desarrolló con más fuerza gracias a la represión y censura del régimen militar.

Los músicos de la época se encontraron frente a un adversario y objetivo común: librar batalla contra la censura.

Se puede hablar del rock nacional antes y después de la dictadura, ya que los represores militares obtuvieron un efecto inesperado en su plan: en lugar de contenerlo y manipularlo, como era su intención, impulsaron el desarrollo del rock nacional como movimiento de resistencia.

Este resultado se vio aún más beneficiado cuando el General Galtieri durante la Guerra de Malvinas, el mismo día en que fue declarada, el 2 de abril de 1982, dispuso a través de un decreto la prohibición radiofónica y televisiva de música anglosajona o cantada en inglés.

Esto implicó que los musicalizadores de todos los medios de comunicación tuviesen que recurrir a los discos de artistas nacionales para cubrir el espacio vacío.

Y el rock no se reemplazaba con folklore o tango sin riesgo de perder audiencia, por lo tanto, había que buscar más rock.

A partir de ese momento, el rock nacional cobró un protagonismo sin precedentes en el país y alcanzó un nivel de circulación social y artístico muy movilizador que no decayó con la caída del régimen.

En la primera etapa de la dictadura, la primera “guerra” de la que se hablaba era interna, contra la subversión: el enemigo era el “subversivo” y muchas veces el rockero por su aspecto hippie, que para los militares era sinónimo de marxista.

Ya en la segunda etapa, la guerra se desplaza al ámbito externo con motivo del reclamo por la soberanía de las Islas Malvinas/Falklands.

Esta vez el enemigo no estaba solamente en el campo de batalla, sino que era el ciudadano inglés, su lengua, su música.

En una estrategia oportunista los jóvenes argentinos, incluso los rockeros que antes habían sido perseguidos, fueron convocados a colaborar con el régimen y a apoyar la guerra.

A modo de respuesta, un grupo de productores de rock organizó el Festival de la Solidaridad Latinoamericana, donde, lejos de respaldar la aventura militar en el sur, los músicos presentes -e incluso los que se negaron a participar- manifestaron su claro repudio a la guerra.

Algunos, como Charly García, hasta reivindicaron lo que consideraban valioso de los ingleses como artistas y otros, como Raúl Porchetto, nos recordaron que también ellos eran víctimas del gobierno de Margaret Thatcher, como se ejemplificará en breve.

En este estudio se analiza el operar de la censura y la construcción del “enemigo” y de la “guerra” en la retórica del Proceso de Reorganización Nacional; y el desplazamiento del rock nacional argentino en la época mencionada desde su categorización como “enemigo interno” de la Junta para luego pasar a ser convocado para que apoyara la campaña contra el “enemigo externo” durante la guerra de Malvinas, jugada que fracasó para el régimen pero favoreció al movimiento.

El Proceso de Reorganización Nacional

El nombre elegido por los militares para su plan de gobierno es muy significativo.

“Proceso de Reorganización Nacional” implica un plan complejo.

En primer lugar, la palabra “proceso” sugiere un planeamiento lento, organizado, en etapas, abarcando diferentes áreas.

En segundo lugar, “reorganización” indica que hay un caos que es necesario reordenar, reformar, dar nueva forma.

La idea de caos y desorden desestabiliza, lo que da lugar al régimen para que construya su discurso retórico sobre la idea mesiánica de reconstruir la nación.

Es precisamente la tercera palabra, “nacional,” la que abarca la totalidad del país en dicho proceso.

La idea incluyente del término “nacional” no deja afuera a ninguna institución, ya sea eclesiástica, política, social, independiente o privada, cayendo así en la homogeneización de dicha reorganización.

Por lo tanto, el Proceso de Reorganización Nacional indicaba un tiempo lento, con muchos cambios, que abarcaría al total de la nación.

Para asegurar el cumplimiento de sus objetivos -reorganizar y controlar- la censura es el primer paso en este plan.

Lejos de contener normativas, la censura presentaba una problemática compleja ya que la censura misma parecía ser aplicada de forma ambigua.

La retórica oficial utilizaba metáforas y eufemismos que confundían más de lo que aclaraban.

Según analiza Timothy Wilson (s/f), existe un paralelo “horrible e increíblemente fiel” trazable entre el gobierno descripto en la novela 1984 de George Orwell y la dictadura militar argentina:

Las acciones del régimen militar argentino guardaron una relación muy cercana a la ficción distópica de Orwell […] la Junta intentó lograr una reducción orwelliana sobre el lenguaje y la expresión: en una grotesca mímesis de la neo-lengua, quiso obtener el control del pensamiento de los argentinos a través de la limitación del léxico que pudieran tener a su disposición (s/p) (2).

En 1984, publicada en 1949, Winston, el protagonista, es un censor cuyo trabajo consiste en quitar palabras del diccionario, ya que parte del plan del régimen represivo para el cual trabaja es reducir las palabras que se pueden utilizar y, de esa manera, limitar el pensamiento y así controlar a la población.

Cuando Winston tiene pensamientos subversivos (peca de “crimental” -crimen mental-), debe rehabilitarse en el Ministerio del Amor, que en el lenguaje tergiversado del gobierno es el nombre con que se conoce al centro de tortura (Favoretto 2014, 97).

El paralelo que traza Wilson entre la ficción de Orwell y la realidad del Proceso es fascinante.

Otro trabajo minucioso e interesantísimo sobre el uso del lenguaje en esta época es A Lexicon of Terror, publicado por Marguerite Feitlowitz en 1998, que incluye un glosario sobre el uso de términos específicos en la retórica del régimen.

Los militares que encabezaron la dictadura enarbolaban la bandera de los derechos humanos y valores cristianos.

Desde un principio, se mostraron ordenados, previsores y firmes en sus decisiones, adoptando una imagen de figura paternal protectora y disciplinante.

Esta intervención paternal no consentía ninguna disidencia.

El régimen militar imponía su concepción autoritaria en el plano de la cultura, tratando de destruir cualquier vía de resistencia a las políticas impuestas.

Esto se llevaba a cabo a través de un gran aparato censor, que Beatriz Sarlo describe de esta manera: “La censura operaba con tres tácticas: el desconocimiento, que engendra el rumor; las medidas ejemplares, que engendran terror; y las medias palabras, que engendran intimidación” (Sarlo 1988, 101).

El desconocimiento al que se refiere Sarlo ha sido y continúa siendo un tema de debate entre críticos e investigadores de la censura en la Argentina.

Según Andrés Avellaneda, para analizar cómo una producción cultural es afectada por el discurso de censura no es suficiente analizar el discurso cultural y el discurso de censura; también es necesario analizar los mecanismos que incluyen o excluyen al productor de cultura, la organización específica del campo que da la palabra o la niega (1985, 186).

Antes del año 2000, entre los académicos que estudiaron el caso de la censura en Argentina se destacan Andrés Avellaneda y Reina Roffé (1985), quienes coinciden en que la falta de información era un elemento clave para el éxito de la operación censura.

Esta falta de certeza y la ausencia de indicadores precisos, provocaba una represión confusa que llevaba a la autocensura y el terror paranoico de pensar que cualquier cosa podría ser considerada sospechosa o “subversiva.”

Este miedo se vio alimentado por la confiscación de libros con ideas marxistas, la destrucción y quema de miles de libros y las continuas inspecciones a escuelas y bibliotecas públicas, lo que Sarlo identifica como “medidas ejemplares” (101).

Pero no solo los militares actuaron como censores.

La acción de publicistas, bibliotecarios, libreros, editores y del público en general, todos ellos guiados por el miedo, apoyaron al régimen represivo.

Había también organizaciones comunitarias e instituciones no gubernamentales que cooperaban con el régimen en lo que Roffé llama la “paracensura” (1985, 910-915).

Estas asociaciones participaban activamente en el control de los medios de comunicación y colaboraban en campañas masivas de publicidad que apoyaban el llamado Proceso de Reorganización Nacional.

Luego del año 2000 se empezaron a descubrir archivos ocultos, como por ejemplo los encontrados en el sótano de un viejo banco (Banelco) que clarificaron en parte el misterio que existía en torno al operar del sistema censor.

Estas conclusiones fueron publicadas por Hernán Invernizzi y Judith Gociol y desencadenaron una serie de investigaciones al respecto.

Efectos Inesperados de la Censura

José Agustín considera que las dictaduras latinoamericanas no han logrado suprimir totalmente la creatividad literaria, aunque admite abiertamente que “dictatorships in South America take an enormous care in controlling every detail of the educational process […] they keep themselves paranoically vigilant so that they can abort any possibility of a meaningful, cultural or artistic development” (1978, 31).

Agustín compara la censura de la segunda mitad del siglo XX en países como Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile y Brasil con los antiguos regímenes dictatoriales que limitaban la información existente.

Como resultado del escaso conocimiento, dice, la gente era forzada a vivir en la mediocridad, en una cultura de telenovela o cuento de hadas (32).

De este modo, Agustín concede gran poder a la censura, ya que además los gobiernos represores apoyan la producción de películas o trabajos artísticos que alienen a la audiencia o sirvan como vehículo de manipulación de la opinión pública (1978) (4).

Sin embargo, en el caso de Argentina, ocurrió un efecto boomerang ya que los artistas, coartados en su libertad de expresión, encontraron nuevas formas creativas de disentir y evadir la censura.

Los vacíos en la literatura, la música, el teatro y la cultura, los claros y los silencios que se destacan, a menudo no hacen más que provocar el efecto contrario al buscado por los censores.

Por lo tanto, el efecto inesperado por el régimen militar consistió en que se resaltaba exactamente aquello que se quería evitar.

Por otro lado, la conspiración entre el autor y el lector ha creado muy buena literatura (Haugaard 1996, 330).

Si el lector sabe que cierto texto ha sido publicado bajo censura es más fácil para el escritor escribir entre líneas y más viable que el lector decodifique el mensaje.

Lo mismo ocurrió con el rock nacional: los músicos comenzaron a codificar sus mensajes disidentes en sus letras de tal manera que no era posible identificar claramente sus canciones como opositoras al régimen.

Mientras tanto, la audiencia, consciente de tales limitaciones, intentaba descifrar los mensajes codificados disidentes en las canciones; y a la vez, en los conciertos, los jóvenes compartían un espacio comunitario donde disentir era una expresión solidaria (5).

Sin embargo, y confirmando la teoría de Agustín, gran parte de la población se mantuvo ignorante de estas formas de disidencia, ya que no eran consumidores habituales de esos tipos de productos culturales, y además la mediocridad y los relatos sociales impuestos por el régimen alienaban su capacidad de libre interpretación.

Se podría decir entonces que el sistema represor solo tuvo un éxito provisorio, ya que hubo disidencia, altamente sofisticada y de gran calidad literaria, que, lejos de quedar en la mediocridad a la que se apuntaba, contribuyó no solo al desarrollo de recursos retóricos con contenido político disidente, sino también a enriquecer la cultura nacional con obras de alto valor artístico (Favoretto 2010, 39) (6).

El Enemigo Interno: Guerra I

La Junta Militar enfatizaba que la Nación Argentina estaba en una situación de guerra, por la cual las fuerzas armadas gozaban del derecho constitucional de defender al país contra el asalto a su soberanía.

El tema de la guerrilla y la presencia de un enemigo común al que era necesario combatir era repetido una y otra vez, acompañado de reproducciones de fotografías de oficiales asesinados y narrativas de enfrentamientos armados.

El mensaje era impartido a través de las palabras y de imágenes visuales.

El lenguaje metafórico utilizado en la retórica oficial fue ampliamente aceptado y diferentes grupos de la población sintieron este llamado a colaborar con el proceso de “sanación” de la...

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