Una de las razones que contribuye a otorgarle a La brecha de Mercedes Valdivieso el lugar destacado de una de las primeras novelas feministas de Latinoamérica, es su particular estilo. Se trata de una novela breve y condensada que, en pocas páginas, desarrolla el devenir de una vida femenina, que se aleja, sin dudarlo mucho, de los moldes provistos para una mujer en el Chile de los años sesenta.
La Ruptura con los Moldes Tradicionales
La protagonista-narradora relata sin afectación, sin mayor culpa, sin continuos cuestionamientos, sin sentimentalismo ni lirismo los sucesos que marcan su vida: desde que contrae matrimonio hasta que abandona a su marido y emprende una vida sola con su hijo, se introduce en la vida laboral y consigue, finalmente, la anulación de su vínculo marital. No son tanto las temáticas que tejen la trama del texto -descontento en el matrimonio, malestar en y con el embarazo, la realización de un aborto, el deseo de independencia tanto económica como sentimental, la búsqueda de un trabajo remunerado que permita la vida autónoma- las que determinan la visibilidad de La brecha en el canon de la literatura de mujeres.
Pues, al revisar la escritura de mujeres o las temáticas que podríamos calificar de feministas en la tradición literaria chilena, nos encontraremos con textos que muy tempranamente -ya desde principios del siglo XX- giran en torno a estos mismos tópicos. Lo rupturista de La brecha, entonces, no sería tanto el reconocimiento -casi programático- de los grandes pilares que han sustentado el sistema patriarcal y han marcado la posición subordinada de la mujer en él, sino más bien la forma de ponerlos en juego.
Temas Precedentes en la Literatura Chilena
Deseos de separación, anulaciones efectivas, e incluso la insistencia en la necesidad de contar con un divorcio legal, los podemos rastrear mucho antes en la literatura. Infelicidad e insatisfacción sexual, pero también la contraparte -la celebración del placer sexual femenina-, asimismo están presentes en varias narrativas publicadas con anterioridad a la novela de Mercedes Valdivieso. El tema del trabajo -la urgencia de encontrar, tener y sostener un trabajo remunerado, por reconocer en él la única forma de conquistar y garantizar la autonomía-, puede, a su vez, ser hallado en numerosas obras previas.
El Estilo Único de "La Brecha"
Lo que sí pareciera ser bastante único de la novela de Valdivieso es que va tratando estos temas desde una voz que prescinde de toda una carga afectiva que solía acompañar la aparición de estas problemáticas en literaturas que le preceden. Nos encontramos acá con una mujer, que, si bien a ratos duda y cuestiona sus decisiones, sintiendo miedo e inseguridad, en general avanza con resolución por una serie de decisiones difíciles que conllevan costos a todo nivel: sociales, económicos, emocionales.
Estos son asumidos con entereza por la protagonista, sin tampoco alzarse como figura heroica. Es, así, ese estilo desprovisto de moralismo, de culpa, de afectación, pero también libre de un tono que se pretenda modélico, lo que convierte a esta novela en un texto que se instaló como un hito indiscutible en la historia de la literatura en Chile y América Latina.
La Torsión al Destino Femenino
Es Mercedes Valdivieso, en su novela La brecha, quien señala una torsión al destino de las mujeres. Sin dejar de ingresar al deber ser histórico, la protagonista -anónima representante de una actitud de género- asume otro destino, rompe el habitus, decide elegir aunque lo nuevo sea desconocido y vago, sin importar los efectos ni el desprestigio, la narración produce otros “efectos de femineidad” (Cixous, p. 61) por el emprendimiento de una acción de políticas corporales, como el divorcio, el aborto, una segunda pareja y el ingreso al mundo del trabajo, entre otras.
Lo que nos proponemos en las siguientes líneas es recorrer La brecha a partir de las problemáticas que la configuran en tanto novela leída como señera para el imaginario feminista. Reconocemos tres hitos fundamentales desde las cuales la narradora-protagonista de la obra traza el relato de su vida, marcando la autonomía con relación a un hombre que la sustente y valide.
- En primer lugar, el aborto que decide hacerse, tras quedar involuntariamente embarazada por segunda vez de su marido y haber tenido ya un primer embarazo experimentado con distancia y hasta cierta repugnancia.
- En segundo lugar, la separación de su marido, insistiendo la narradora hasta las páginas finales del texto en que esta no solo sea efectiva, sino que obtenga estatuto legal.
- Y, en tercer lugar, el reconocimiento de la importancia del trabajo como medio para la independencia económica, que, con gran lucidez, la protagonista afirma en tanto condición sine qua non para poder llevar una vida verdaderamente autónoma.
Lo que proponemos en nuestro análisis es tejer relaciones entre La brecha y otras novelas publicadas con anterioridad en el campo literario chileno, para ir viendo semejanzas y diferencias en el tratamiento de los temas identificados. Es decir, quisiéramos dibujar un panorama que le otorgue no un lugar eminente de singularidad a la novela, sino más bien trazar una constelación de obras, donde La brecha se verá en compañía de otros textos en los que reconocemos movimientos parecidos.
Movimientos necesarios para atender a obras que, con tonos diversos y acentos diferentes, han aportado a sensibilizar a lectores y lectoras frente a las desigualdades de género, los moldes patriarcales y las múltiples trabas que para muchas mujeres han resultado en lugares y posiciones de subordinación. En una era donde una de las más importantes consignas de los movimientos feministas reza “Aborto libre, seguro y gratuito” merece la pena revisar las formas en que la literatura ha trabajado el tema del aborto.
El Aborto en la Literatura Chilena: Un Tema Recurrente
Ya en 1902, Augusto D’Halmar denuncia, con sorprendente clarividencia, la desigualdad de clase con relación al tema del aborto. En su novela Juana Lucero -cuyo subtítulo en su primera edición prometía familiarizarnos con Los vicios de Chile, y que se entiende, según el prólogo del propio autor, como un “estudio social”-, la protagonista es forzada a someterse a un aborto. D’Halmar reconoce de forma muy clara que la problemática del aborto no es tan solo un tema que atañe a las mujeres como sexo y/o género, sino uno que se anuda de forma indisoluble a una condición de clase.
Esa falta de libertad y de opciones, provenientes de la ausencia o escasez de recursos, son carencias que D’Halmar acusa desde su prólogo para el Chile de los primeros años del XX. De hecho, propone un epígrafe opcional para su novela, destinado a subrayar los amarres que restringen elecciones y decisiones para su protagonista, incluyendo las que atañen el devenir del propio cuerpo: “Carne de esclava”.
Palabras encarnadas, cuerpo que se hace eco de las condiciones que marcan la vida de Juana Lucero, una biografía que para su autor no solo saca del anonimato a la protagonista de su novela, sino a toda una clase de mujeres que comparten el destino infeliz de Juana, cuya libertad, nuevamente en palabras de D’Halmar, solo se alcanza al morir. No solo se trata así de entender la posición de “esclava”, es decir, no ser dueña de sí, en un sentido figurado, sino, y, sobre todo, en su dimensión corporal: el cuerpo de Juana no le pertenece, no es propietaria de su sexualidad ni tampoco de la decisión de su maternidad. Es, literalmente, “carne de esclava”, lo que implica que es carne esclavizada, convertida en ajena para el propio sujeto.
Juana Lucero: Un Ejemplo de Despojo Corporal
Recordemos el devenir de la protagonista de esta novela, la historia de la huacha más insigne de la literatura chilena. Juana hereda de su madre Catalina la “culpa” femenina de haber cedido su sexualidad a las promesas de un hombre que luego no las cumple. Un hombre rico, ahora diputado de la República, que no se hace cargo de que ha dejado embarazada a la costurera de la casa y que nunca (re)conocerá a la hija que engendró con ella.
Catalina cría sola y con entereza a su amada hija, a quien cariñosamente llama la “Purisimita”. Al estar agonizando por una enfermedad que le costará la vida, Catalina intenta contactar al padre de la chica adolescente para pedirle apoyo económico. El diputado Alfredo Ortiz se desentiende, marcando así el comienzo de un camino de padecimiento y paulatina caída para Juana.
Es maltratada por su tía Loreto, primer lugar del peregrinaje que la huérfana Juana debe emprender tras perder a su madre, y luego es instalada en la casa de unos conocidos, donde será violada, quedando embarazada, más allá de sufrir la deshonra de la familia, cargando ella con la culpa de los actos brutales ejercidos por otro.
Cuando se celebra en la ciudad la conmemoración de la batalla de Yungay y los integrantes de la casa donde Juana vive de allegada/ sirvienta salen a celebrar a la plaza pública, será atacada por don Absalón, el dueño de casa. El narrador denuncia con este tipo de pasajes que se repiten, una y otra vez, en su relato, la hipocresía de la sociedad santiaguina de comienzos del siglo XX, que aplica brutales divisiones tanto de género como de clase, produciendo sujetos totalmente desiguales entre sí.
Las mujeres populares ocupan el escalafón más bajo en la escala social, lo que se evidencia, en última instancia, en que no tienen potestad sobre su cuerpo, que es puesto al servicio, incluso por las mujeres de las clases acomodadas, de los apetitos de sus maridos e hijos, en tanto medida higiénica. No será la primera vez que misiá Pepa haga la vista gorda con relación a las consecuencias que dejan las acciones de sus hombres en los cuerpos y vidas de las sirvientes.
Filomena y el Aborto Casero
Filomena ya había corrido la misma suerte, sin que se supiera, cuando comenzó a abultársele el vientre, si el embarazo había sido producido por el padre o el hijo de la casa. ¡Discreta mujer la Filomena! Filomena se somete a un aborto casero, claramente sin los recursos que permitirían el cuidado debido para su seguridad y salud. Los gritos sofocados, acallados, son la imagen que denuncia el dolor de la intervención. Y la aparición de un feto encontrado en las cañerías que recorren la ciudad es el símbolo de lo que ocurre subterráneamente en ella.
La apariencia finge una armonía social que no se corresponde con lo que verdaderamente sucede, que queda reducido a basura marginada. A Juana, en tanto, le espera otra suerte, si bien igualmente marcada por la imposibilidad de decidir ella sobre su destino, su sexualidad y su maternidad.
Abandona la casa de misiá Pepa y se vuelve amante de Velásquez, un joven de la clase alta que la instala en un departamento que funciona como nido de amor para esta relación oculta. Sin embargo, cuando Velásquez se entera del estado de Juana, decide deshacerse de ella y la entrega al burdel regentado por Madame Adalguise. Solo de a poco y con el transcurso de los días, Juana se dará cuenta en qué tipo de establecimiento se encuentra e, ingenua como es, alberga la esperanza de poder tener a su hijo y redimir sus culpas a través de él.
Llega incluso a tejer una gorrita con bullones de gasa y lacitos de mariposas para el innato hijo: “¡Con qué ternura pensó en aquel hijo!” (D’Halmar 211). Pero el destino resulta inevitable y un día es llevada por Adalguise a realizarse el aborto, en el “Instituto Ginecológico, pensionado a cargo de Mme.
La Trenza de la Desigualdad
Ya estaba todo arreglado y siguieron conversando las dos mujeres, cuyos oficios guardaban tanta relación. La una, extrangera, (Impunidad y preferencia), hacía medrar la clínica, tras del biombo chino con que, sus clientes, las aristócratas ocultan sus crímenes y aún sus sangrientos castigos. La otra, amparada por las leyes confiaba en la forzosa protección de los hombres para la prosperidad del prostíbulo, y ambas, la doctora y la alcahueta, convergían amistosamente en su fin común de explotar a la misma sociedad depravada. El laboratorio de Mme Rigault prepararía las esposas del porvenir; el jimnasio de Adalguise educaba los futuros maridos.
La novela de D’Halmar evidencia una trenza que asegura el aborto seguro para las mujeres de la elite, que cuentan con una clínica en la que pueden someterse a una operación supervisada médicamente, por un lado, y que les permite, por otro lado, a los hombres de la clase alta tener sexo con mujeres cuyos embarazos, a su vez, pueden ser interrumpidos en el mismo lugar, intervención pagada por la dueña del prostíbulo.
Lo que D’Halmar denuncia a través de su narrador y con la historia de Juana Lucero es que el aborto es uno de los muchos mecanismos que la sociedad de principios del siglo tiene para asegurar a la elite el lugar de privilegio con el que cuenta y la total subyugación del pueblo a sus determinaciones. Tanto Filomena como Juana Lucero son retratadas como víctimas de una red de relaciones de poder, donde ellas son forzadas por las circunstancias a someterse a un aborto.
El cuerpo se muestra como un lugar de disputa, en el cual se evidencian diferencias de género y de clase. Si bien el tono del narrador pareciera considerar el aborto como un crimen y una matanza, se compadece de las mujeres que deben someterse a uno, y no las culpabiliza a ellas de tal falta a la moral. Esta última marca un sistema vicioso, un Chile que no permite que las mujeres de extracto social popular sean dueñas de sus cuerpos.
Las mujeres son víctimas, objetos más que sujetos, sin capacidad de tomar decisiones. Sus cuerpos se ven atravesados por fuerzas que las despojan de la facultad de encarnar ellas su propia corporalidad. La paulatina sustitución y sustracción del nombre propio de Juana, que pasa de la denominación materna “Purisimita”, a ser Juana, adoptando finalmente en el prostíbulo el nombre de la cocotte homenajeada por Émile Zola en su novela Nana (1880), marca a su vez la imposibilidad de la protagonista de ser dueña de sí.
La pérdida del nombre va de la mano con el despojo de su cuerpo -maltratado, violado, vendido, intervenido para mantener su valor de mercado-, caída que se sella con la locura de Juana Lucero, que deja de reconocerse como viva y se piensa como muerta.
María Nadie: Otra Perspectiva sobre el Destino Femenino
En la novela María Nadie de Marta Brunet, publicada en el año 1957, nuevamente nos enfrentamos a la historia de un destino de mujer marcado por la desgracia y la imposibilidad de huir de una trama vital que se inscribe en el cuerpo femenino. También en este texto se insiste en una cifra tejida en torno al nombre de la protagonista, recogida en su título.
María Nadie es en realidad María López, nombre de mujer común que hace extensible su experiencia a cualquier otra biografía femenina en el Chile de la década del 50. El “López”, apellido que no logra diferenciar a esta María -nombre que aquí adquiere un carácter casi genérico para lo femenino- de otras Marías, será sustituido en la experiencia de la protagonista por “Nadie”, es decir una borradura del nombre propio. También en esta novela, como en Juana Lucero, los juegos que se efectúan con y sobre el nombre de la figura literaria son decisivos para las vivencias de la mujer que lo encarna.
tags:



