Durante estas últimas décadas, hemos asistido a un proceso de renovación y reordenación en el terreno de los estudios literarios a partir de la incorporación de nuevos objetos, problemas y orientaciones de la teoría y la crítica. Ello ha permitido el desarrollo de nuevas percepciones y la revalorización de prácticas discursivas que anteriormente eran situadas al margen de la mayoría de los estudios literarios o no constituían objetos de estudio específico.
La Carta Privada y los Estudios Literarios
Entre estas orientaciones, una de las más difundidas consiste en el empleo de la carta como fuente documental para reconstruir la biografía de un individuo (artista, personaje ilustre). Se utiliza la correspondencia escrita o recibida como fuente para completar o reconstruir la vida o entorno. El interés reside en el contenido o el contexto de las cartas y funciona para documentar las afirmaciones del biógrafo, resultando importantes para abordar aquellos momentos vitales que aparecen difusos o complejos y ante los cuales las cartas pueden llegar a constituir pruebas irrefutables de algunos hechos.
La gran mayoría de los estudios que abordan la forma carta, corresponden a visiones que no consideran su especificidad como práctica discursiva o su modo de ser como discurso, y obedecen a perspectivas que hacen uso de la carta como forma al servicio de otros objetos e intereses.
No obstante, la carta privada, ubicada entre los diferentes géneros menores, constituidos por el testimonio, la memoria, la crónica, el diario de viaje e íntimo, entre otros, sigue siendo uno de los menos estudiados, aun cuando posee una larga tradición que en Occidente se remonta hasta la Grecia Clásica, por lo menos, sin perder su vigencia.
La Carta Privada como Práctica Discursiva
La carta posee como función más evidente una función pragmática comunicativa: se trata, en términos simples, de un mensaje escrito que se envía desde un emisor a un destinatario. En esta función básica de comunicación, la carta puede abarcar distintos tipos de acciones, que originan distintos tipos de cartas, aspecto que refiere a una gran amplitud de contenidos en oposición a su unidad formal.
Como forma escrita de comunicación, la carta es parte de una amplia tradición, y una serie de autores enfatizan este aspecto; si la escritura surge como necesidad de transmisión a distancia y de preservación, la carta cumple con una función transmisora, a diferencia de la función de conservación correspondiente a formas como la ley, las memorias, o los anales.
La misma autora afirma como premisa invariable de la carta el hecho de ser una "vía de comunicación (escrita) entre un emisor y un receptor separados por la distancia." Esta fuerte determinación funcional, será la que asegure su existencia y continuidad, aun en los casos en que la carta sea incorporada como factor estructurante de otros géneros, como la novela y otros tipos de relato.
Por otra parte, el aspecto comunicativo de la carta, implica también su posibilidad informativa Alain Pagès7 considera la carta como medio de difusión ideológica, en este sentido, "(...) diario y carta no son más que dos soportes posibles de un mismo modo de escritura de la información", destacando la posibilidad de pasar rápidamente de lo privado de la situación de comunicación de dos sujetos a una comunicación abierta que involucra a varios emisores y destinatarios, poniendo el énfasis en su aspecto de transmisora de información.
La tendencia comunicativa de la carta, que a simple vista aparece como el rasgo más visible de esta práctica, no implica sólo la consideración de un rasgo que remite a una funcionalidad externa. En este sentido, más allá de lo comunicativo como intercambio entre un emisor y un destinatario "reales", es "la necesidad estructural de asumir interiormente el eje comunicativo" aquello en lo que radica la especificidad misma de la forma epistolar, es decir, en la inscripción textual de la estructura comunicativa.
El Diálogo Diferido en la Carta
La carta, entonces, no es reducible a la consideración exclusiva de su aspecto interaccional, ella incluye, en su interior, el intercambio dialógico. Aplicadas estas condiciones a las cartas, observamos que hay plena existencia de dos interlocutores (postulados en el texto), existencia de un sistema lingüístico, y la atención (lectura/escritura) concentrada en el texto.
El requisito referente al intercambio de papeles presenta una particularidad: está diferido en el tiempo y en el espacio (rasgo que aparece comentado desde temprano en la tradición de la forma epistolar). La respuesta del destinatario está mediatizada por la distancia temporal y espacial de su respuesta o, de su toma de palabra; la otra "parte" del diálogo transcurre en otro sitio y otro momento, aun cuando la carta pueda ser entregada en el momento mismo en que se ha terminado de escribir.
Esta distanciación inevitable de su destinatario es uno de los aspectos que constituyen la riqueza particular de la carta como discurso. Al respecto, Claudio Guillén señala que el "topos principal ha sido durante siglos, y desde luego durante el XVI, que la carta es un lado, o una mitad de diálogo o conversación entre amigos ausentes o separados." Erasmo señalaba: "epistola absentium amicorum quasi mutius sermo." Y Vives: "epistola est sermo absentium per litteras".
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