Hubo un periodo de tiempo, en mis épocas de estudiante universitario, que tuve la suerte de vivir en Santiago Centro. Al caminar descubrí, por ejemplo, que a pocos metros de donde vivía se encontraba el máximo referente de arquitectura neogótica de la capital, la Basílica del Salvador, que a su vez era un memorial a los fallecidos en el incendio de la Iglesia de la Compañía en 1863.
Si caminaba hacia La Moneda, cruzaba calles con los nombres de los personajes que, horas antes, había estado estudiando. Rodríguez, San Martín, O’Higgins, eran nombres de calles y avenidas, que recordaban y homenajeaban a personajes que tuvieron un rol protagónico en nuestro proceso de independencia. Pensaba, también, que en ello estaban homenajeados los miles de hombres que estuvieron a su mando y se perdieron en el anonimato.
En ese momento, tomé el primer celular con pantalla a color que tuve y pulsé un botón que me llevó a una lentísima navegación por internet. Me pareció interesante la ubicación. Distante de la calle San Martín, paralelo a la avenida Rodríguez y, en un punto, la Alameda Bernardo O’Higgins le ponía fin. -Algún día podré enseñar historia con el mapa de Santiago, pensé.
Desde ese día, Carrera me comenzó a llamar la atención. Un personaje de noble cuna, al que la historiografía lo muestra de fuerte carácter y de sólidas convicciones. Nada más cercano a los retratos que existen de él. Años después y con esas caminatas por Santiago Centro en el recuerdo de mis años de estudiante de Historia, me encontraba guiando a un pequeño grupo de curiosos estudiantes de quinto básico en la sala de documentos del museo donde trabajo.
En ella, daba cuenta de su sufrido tiempo en tierras trasandinas, en las que buscaba darle forma a una estrategia de independencia diferente y lejana a la de San Martín y O’Higgins. Un sentido gesto de tristeza percibí en sus rostros cuando, siguiendo la lectura en voz alta, José Miguel menciona “las tres chiquitas a quienes como a mi Mercedes mando en mi corazón” refiriéndose a sus hijas y su sentimiento de cariño hacia ellas, al que acompaña con su nostalgia de no tenerlas cerca.
La Última Carta a Mercedes Fontecilla
“Mi adorada pero muy desgraciada Mercedes: un accidente inesperado y un conjunto de desgraciadas circunstancias me han traído a esta situación triste: ten resignación para escuchar que moriré hoy a las once. Sí, mi querida, moriré con el solo pesar de dejarte abandonada con nuestros cinco tiernos hijos en un país extraño, sin amigos, sin relaciones, sin recursos ¡Más puede la providencia que los hombres!”
Así comienza la última carta que escribió José Miguel Carrera a su esposa, Mercedes Fontecilla, el 4 de septiembre de 1821, a las 9:00 de la mañana. Esa misma mañana había escrito a su esposa, una carta de despedida a la que se puede acceder en versión digitalizada, gracias a la labor del Archivo Nacional.
Protagonista decisivo en la Patria Vieja, este prócer del que ayer se conmemoró el bicentenario de su fallecimiento recibió siete años más tarde un funeral en Santiago que fue “apoteósico”, según las crónicas de la época.
La historiadora y docente de la Universidad del Desarrollo (UDD), Soledad Reyes del Villar, describe sus últimos momentos en su acucioso volumen “Javiera Carrera y la formación del Chile republicano” (Ediciones El Mercurio). Ahí se lee que el brazo derecho del general fue colgado en una plaza de Mendoza, y el izquierdo fue enviado al pueblo de San Juan, como un verdadero trofeo de guerra.
“Su cabeza fue clavada y exhibida frente al cabildo de Mendoza.
Legado Educacional y el Rol de Carrera
“Así, bajo su influjo, José Miguel Carrera ordenó a los cabildos y conventos la apertura de escuelas primarias públicas y gratuitas para niñas. El decreto que lo ordena, en agosto de 1812, sostiene que es ‘una paradoja en el mundo culto de la capital de Chile, poblaba de más de cincuenta mil habitantes, no haya aún conocido una escuela de mujeres», adelanta la historiadora, y advierte que las monjas tenían que elegir, pagar y dirigir a las profesoras de las futuras alumnas.
En conversación con “Artes y Letras”, la académica de la UDD afirma que en el siglo XXI no cabe ninguna duda de su importancia en el proceso de nuestra independencia, especialmente en la Patria Vieja, donde su figura y su legado son notables.
La también autora de “Manuel Rodríguez. Aún tenemos patria” agrega que al parecer hoy en día a nadie le importan mayormente las viejas rencillas entre Carrera y O»Higgins. “Esta fue mucho más profunda después de todo el proceso. En algún momento llegaron a respetarse, incluso a admirarse. Los dos querían lo mismo y estaban luchando por liberarnos de la tutela española. Fue más bien un problema de egos, de actitud y de temperamento. Diferencias de forma más que de fondo”, expresa.
Pero donde las querellas historiográficas no han terminado, y tal vez nunca lo hagan, es en la responsabilidad que le cupo a O’Higgins en el fusilamiento de los tres hermanos Carrera, y también en el de Manuel Rodríguez.
“Al ser una decisión de la Logia Lautaro, de la que O’Higgins era miembro activo, ¿hasta qué punto estaba enterado de la decisión de eliminarlos? ¿Podría haberlo impedido?, ¿o estaba de manos atadas? Sigue leyendo el análisis donde participó nuestra investigadora Soledad Reyes del Villar. En imágenes la nota completa.
El Contexto de su Muerte
Las palabras de despedida que desde la cárcel de la ciudad de Mendoza, Argentina, escribió el chileno José Miguel Carrera a su esposa Mercedes Fontecilla el 4 de septiembre del año 1821, cobran un significado especial en el marco del Día de los Enamorados. Antes de su muerte, Carrera vivía en el exilio en Argentina y había sido derrotado por las fuerzas del coronel mendocino José Albino Gutiérrez en la localidad de Punta del Médano el 30 de agosto de 1821.
Una vez enjuiciado y condenado a muerte, fue fusilado por orden de Tomás Godoy Cruz cerca del mediodía del 4 de septiembre en la plaza de Mendoza.
La misiva finaliza con algunas frases que parecen ajenas al contexto amoroso, pero a juicio de la coordinadora del Archivo Nacional Histórico, Emma de Ramón, hay que considerar la circunstancia en la que se encontraba el libertador. "Estaba a minutos de ser fusilado y, posiblemente, esto le hacía ser un poco errático en su mensaje, pasando del tema de la despedida a frases relativas a su amor a la Patria, a la libertad y a las leyes.
Mercedes Fontecilla: Una Vida de Sacrificio y Amor
Entre las mujeres hermosas de 1810, descollaba en primera línea Mercedes Fontecilla. Sus facciones eran delicadas y graciosas, su cutis blanco y purísimo, sus ojos y cabellos negros; sus ojos especialmente eran, la expresión de su alma, ardientes, apasionados, deslumbradores; era imposible mirarlos sin inclinarse ante ellos. A los encantos de su rostro unía la majestad de su figura.
Como lo ha dicho María Graham, las mujeres de aquella época parecían reinas. El hombre más notable de entonces, José Miguel Carrera, se enamoró de esta mujer y la hizo su esposa. Ella, enamorada también y seducida al mismo tiempo por la brillante posición que se le ofrecía, unir su hermoso destino a ese genio del bien y del mal que debía lanzarla al través de todos los abismos y desgracias de su vida.
Siguiendo a su esposo por toda la extensión de la inmensa pampa Argentina, formando parte del bagaje de su ejército, corriendo todos los peligros de tan tremenda situación, dando a luz sus hijos en medio del desierto, sufriendo el hambre y la sed, ¡ella que había nacido rodeada de todas las comodidades y halagos de la fortuna!
Jamás las molestias de su vida errante, la pérdida de sus goces materiales, de su fortuna, de su familia, de su encumbrada posición social, turbaron el sueño de esa heroica mujer; nunca sus labios dejaron escapar un reproche ni una queja. Enferma a veces, criando dos hijos, durmiendo entre dos cunas, su alma sólo sufría ante el incierto porvenir de esos niños y el sombrío destino de su esposo. Amaba a ese hombre desgraciado, a ese espíritu fogoso, a ese genio proscrito, con toda la fuerza del primer amor.
Amenazaba constantemente en su cariño por el recuerdo del doble patíbulo de Mendoza, en que perecieron Luís y Juan José Carrera, una secreta voz le decía que él mismo caería derribado a su sombra. Las exigencias de la lucha en que estaba comprometido Carrera separaron un día a los dos esposos; ella se fue a vivir en un rancho solitario mientras él seguía la serie de sus victorias y desgracias.
Sólo de cuando en cuando el destino unía por una hora a los dos esposos. Entonces un rayo de sol descendía sobre la pobre habitación de Mercedes. Una noche, una de esas noches solitarias en que las pasiones profundas asumen de improviso un carácter violento e impetuoso, José Miguel Carrera vio en su pobre estancia una de esas apariciones que nos hacen soñar despierto.
Era la esposa enamorada e impaciente que desafiando todo peligro iba a consolar el alma angustiada del guerrillero. ¿Cuántas veces se repitieron esas dulces sorpresas? Cuatro o cinco en el espacio de algunos años; aquellos corazones se comunicaban sólo por el pensamiento. Se cree que aquella mujer pudo hacer variar el destino de José Miguel Carrera disuadiéndolo de sus empresas temerarias; pero en el carácter dominante de este hombre se ve que tal empresa habría fracasado.
El amor obra prodigios indudablemente; pero Carrera jamás sacrificó al pie de ese altar el más insignificante de sus proyectos, la más pequeña de sus ambiciones. Ella lo comprendía demasiado y de ahí su silencio heroico; o tal vez no quiso jamás ser un inconveniente a la gloria de su esposo. En sus cartas, en sus cartas amables y encantadoras, se dibuja algunas veces una queja; como se dibuja una sonrisa en el rostro de una mujer que sufre.
¿No seríamos más felices viviendo siempre juntos, educando a nuestros hijos, lejos de esta eterna zozobra? No se atreve a más, parece que arrepentida de su falta de valor ante el cumplimiento de un deber se hubiera dicho: ¿Por qué he de ser yo un obstáculo a su gloria?
Mientras tanto el desenlace de la tragedia se acercaba violentamente. En una de las raras visita que Mercedes hacía a su esposo fue capturada por el ejército argentino. La desgraciada había llegado al campamento chileno el día de la sorpresa de San Nicolás, la catástrofe que decidió del porvenir de Carrera.
Sorprendida y aterrorizada por el conflicto de aquel día, se había refugiado en la iglesia con las mujeres del pueblo; pero el general Quintana, que se pagaba de se (¿?) ser un gentil caballero, envió un ayudante a tranquilizarla, diciéndole "que aquella no era guerra de damas". Carrera desesperado, impotente, llevando en su corazón el peso inmenso de sus desgracias y en su cabeza el fuego inextinguible de su genio, se lanzó al desierto, a las tolderías indias, buscando aliados entre los salvajes de las pampas.
Las tribus le proclaman Pichi-Rei. Emprende nuevas correrías; pero ya no da batallas militares; no tiene ejército; es sólo el jefe de montoneras, de hombres desmoralizados. Algún tiempo después una mujer regaba con sus lágrimas esa tumba. Era Mercedes. Lo más tremendo para ella era no haber podido recibir el eterno adiós de los mismos labios de su esposo. Habría querido arrancar del fondo de la tumba aquel cuerpo idolatrado para darle un último y frenético abrazo.
Mercedes Fuentecilla fue la fiel esposa de José Miguel Carrera. Fuentecilla llevó una vida de sacrificio y abnegación, compartiendo los devenires y fracasos de su marido. A pesar de su noble cuna y riquezas familiares, sufrió grandes penurias. Incluso en algunos momentos pasaba apuros para alimentar a sus hijos.
Las cartas de Carrera a su mujer, dan cuenta del gran amor que sentía por ella. Mercedes era su fuente de consuelo y desahogo frente a sus enfermedades y maltrechas condiciones en que habitaba. Las epístolas entre Javiera Carrera y sus cuñadas, también nos permiten conocer sus dolorosas vivencias.
A través de ellas es posible palpar el agobio de estas mujeres que, en el caso de Ana María Cotapos, casada en 1812 con Juan José Carrera, se transformó en sintomáticos padecimientos físicos. Ana María nació en Santiago en 1797, en una familia de abolengo. Mary Graham, una testigo de la época, la describió como una mujer de una belleza deslumbrante.
Doña Mercedes fue una esposa fiel, que compartió valientemente con él todas las experiencias de la lucha y del matrimonio nacieron cinco hijos: Francisca Javiera, Roberta, Rosa, Josefa y José Miguel.
Contribuciones de José Miguel Carrera a Chile
Al conocer el movimiento que culminó con la reunión de la Primera Junta de Gobierno, el 18 de septiembre de 1810 en la que participó su padre don Ignacio, regresó a Chile renunciando a su carrera militar. Fue el primer Presidente de Chile y su gobierno se caracterizó por numerosas obras de adelanto para la nación, como la introducción de la imprenta, la creación del primer periódico La Aurora de Chile, las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, la creación de la primera bandera y escudo nacional, la educación gratuita para hombres y mujeres, el establecimiento de industrias de tejidos y cultivo del tabaco y algodón, la creación del Instituto Nacional, la formación de la Biblioteca Nacional, el hermoseamiento de la Alameda de las Delicias, la creación del Hospital Militar, la fundación de la primera Escuela Militar y la adquisición de elementos para el ejército.
Ante la invasión de Pareja en 1813, el Senado lo designó General en Jefe del Ejército, y bajo su mando se realizaron las primeras campañas en que se llevaron a efecto gloriosos combates como los de Yerbas Buenas, San Carlos, la toma de Concepción y Talcahuano, el sitio de Chillán. Las vicisitudes políticas lo alejaron del mando.
Y el nuevo General en Jefe Bernardo O´Higgins firmó el Tratado de Lircay con los realistas, con lo cual Chile volvía a ser español. Reconciliados Carrera y O´Higgins, afrontaron la guerra contra el Brigadier Osorio, que invadió de nuevo el país. José Miguel Carrera, Comandante en Jefe, nombró a Bernardo O´Higgins comandante de la primera división, a su hermano Juan José al mando de la segunda y a Luis Carrera, en la tercera.
La primera y segunda división tuvieron que encerrarse en Rancagua sitiados por los realistas, y la tercera división acudió en su apoyo, pero no pudo romper el cerco español. Desconocida su autoridad por el Gobernador de Mendoza, General José de San Martín, continuó a Buenos Aires, pero la persecución política a que lo sometieron San Martín y la Logia Lautarina, hicieron amargos sus días en la capital de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Las maquinaciones políticas del Director Supremo de las Provincias Unidas Pueyrredón, dieron como resultado la incautación de sus naves y elementos, y su prisión en Buenos Aires. Perseguido nuevamente, logró fugarse a Montevideo, donde estableció su Imprenta, denominada “Imprenta Federal”, a través de la cual atacó violentamente a las autoridades de Buenos Aires y Chile, cargando la tinta de su pluma al saber el asesinato de sus hermanos en Mendoza el 8 de abril de 1818.
Unido a los caudillos Francisco Ramírez de Entre Ríos y Estanislao López de Santa Fe, es uno de los vencedores de la batalla de Cepeda. Participó en el Tratado del Pilar, que da término a la Constitución Unitaria de 1819, y consagró el régimen federal en Argentina. El Tratado concede soldados, armas y equipo con los que organiza su nuevo “Ejército Restaurador”.
Más puede la providencia que los hombres! No sé porqué causa se me aparece como un ángel tutelar el oficial D... ¿Amáis la libertad, disfrutáis de ella?
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