Cofradías, Indígenas y Diversidad Étnica en el Chile Colonial

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En los orígenes del Chile colonial, encontramos numerosos indígenas andinos que trabajaron para los españoles, se establecieron y se integraron en los espacios laborales y sociales de este "nuevo mundo" periférico. Establecieron redes y relaciones locales, y tuvieron descendientes. Muchos se convirtieron en artesanos y algunos dejaron testamentos o rastros en documentos eclesiásticos y notariales que nos permiten observar su participación en las cofradías creadas en la capital de Chile.

Siguiendo la tradición medieval que subyacía a las estructuras y a las formas de las prácticas religiosas desplegadas por los españoles en América, la experiencia devocional reproducirá aquí los ribetes corporativos propios del paradigma europeo dominante en la época de la conquista; paradigma que luego será reforzado por la cultura contrarreformista que se desplegará desde fines del siglo XVI.

Las cofradías serán, pues, aquellas instancias privilegiadas para canalizar la devoción de los laicos en el escenario festivo, para intentar un seguimiento tridentino de las prácticas católicas -vinculando la piedad colectiva con las instituciones eclesiásticas- y para brindar un apoyo espiritual y material a la hora de enfrentar los ritos de la muerte. En esta misma línea, también servirán para cultivar la memoria de los cofrades difuntos -a través de misas anuales- o para asistir a los miembros activos ante algún problema económico circunstancial.

Para esto último se contaba con los pagos regulares de los integrantes, las limosnas recolectadas entre los habitantes locales y -dependiendo de su grado de importancia- con las rentas provenientes de préstamos o del arriendo de bienes inmuebles que formaban parte de su capital institucional, dejados como legado por cofrades fallecidos.

Cofradías: Espacios de Sociabilidad y Diversidad Étnica

Junto con ello, las cofradías otorgaban la posibilidad de generar un espacio de sociabilidad para personas vinculadas por lazos sociales, laborales o étnicos. Habrá algunas de gran prestigio -integradas por lo más granado de la élite local-, otras que refrendaban las redes gremiales de determinadas especialidades artesanales y otras que, en el contexto de la realidad americana, vinculaban a personas clasificadas por el sistema colonial en determinadas categorías "étnicas" -"morenos", "indios", "castas".

También habrá, por cierto, como veremos en los casos estudiados más adelante -y como también sucedía en otras ciudades de la época- cofradías mixtas y plurales, donde convivían y practicaban su religiosidad integrantes de diferente origen y condición, respondiendo así a las complejas realidades pluriétnicas que se articulaban en las urbes americanas y, al mismo tiempo, a las dimensiones demográficamente más reducidas de ciudades como Santiago.

De esta forma, el esquema de cofradías implantado en América tuvo que comprender, además de los criterios profesionales y sociales característicos del mundo europeo, el criterio étnico. La institucionalidad religiosa se impregnaba, así, del mestizaje biológico y cultural que estructuraba la sociedad colonial, y tanto los neófitos indígenas como los africanos y las "castas" fueron incorporados plenamente al sistema de signos y de prácticas desplegado por la Iglesia en el conjunto de la sociedad.

Esta institución, en efecto, se prestó fácilmente para canalizar esa integración, pues el organigrama de cofradías era lo suficientemente flexible como para diseñar criterios de selección que incluyesen a los nuevos actores americanos. Y será a través de estas organizaciones que se orientará institucionalmente el adoctrinamiento y la preparación para la actuación devocional de aquellos grupos en el calendario litúrgico.

La cofradía era, entonces, una instancia que aportaba un marco identitario a sus integrantes; una identidad corporativa bajo la cual los no hispanocriollos podían presentarse ante el sistema colonial, definir su nivel de compromiso con él y, por lo tanto, reivindicar cierto grado de integración simbólica y de prestigio; elementos que podían ostentar frente a la Iglesia, al Estado y a los otros grupos de la sociedad.

Una instancia útil sobre todo en el período temprano de la posconquista, cuando las cofradías "de indios", particularmente en los espacios rurales, pudieron erigirse como nuevas instancias de integración comunitaria, ante el quiebre de los mecanismos tradicionales prehispánicos que delineaban, por ejemplo, las redes de parentesco y de solidaridad en los ayllu andinos. Una instancia, en fin, que brindaba "un sentido de pertenencia", tanto más efectivo en la medida en que el despliegue de las nuevas formas coloniales de organización laboral y administrativa -las reducciones del virrey Francisco de Toledo en el Perú, por ejemplo- conllevó el desplazamiento y reubicación de numerosas poblaciones indígenas y, para el mundo urbano, la convivencia cotidiana entre personas de diferentes orígenes, colores y estatus.

En estos contextos "caóticos" de la Colonia temprana, entonces, las cofradías se alzaban como una suerte de "familias", unidas por un parentesco espiritual, que otorgaban cohesión social y seguridad económica, por ejemplo, a los indígenas del Cuzco, debilitados por las epidemias y la depresión económica. Las corporaciones surgidas en la capital inca fueron, así, más allá de las delimitaciones del barrio parroquial o de determinadas lealtades étnicas, congregando en torno a una advocación particular a poblaciones étnica y socialmente diversas.

En otras palabras, ser miembro de una cofradía, sobre todo para aquellas personas de grupos discriminados, subvalorados y desarraigados -en el caso de los individuos o grupos desplazados geográficamente- no solo implicaba una mayor cercanía con la posibilidad de salvación post mortem, sino también una determinada forma de integración, de regeneración comunitaria, de movilidad social y de reconocimiento, pensando en aquellos que estaban en proceso de asentamiento y ascenso.

Para los que ya lo habían logrado, podía ayudar a refrendar y enriquecer la nueva condición, actuando como una fuente adicional de posicionamiento socio-rreligioso. Esto último también lo veremos en los casos que estudiaremos más adelante, toda vez que las cofradías donde se insertarán los inmigrante andinos de Santiago pueden ser vistas no solo como instancias de producción de identidad corporativa, sino también, en sentido inverso, como espacios que más bien la cristalizan, que contribuyen a una integración ya manifiesta y que posibilitan una socialización de individuos que ya muestran vinculaciones previas -especialmente en relación con sus actividades artesanales-.

De ahí la importancia que tenía para sus miembros -fuesen grandes encomenderos, modestos albañiles, indios urbanos o negros libertos- no solo el pago regular de la cuota que les aseguraba un entierro digno y con las necesarias solemnidades, sino también acceder a los cargos internos y participar activamente en el calendario litúrgico de la Iglesia. Dentro de este, se daba una especial atención a la fiesta de la advocación tutelar de la corporación -cuya imagen generalmente era venerada en la capilla "propia" que se ubicaba al interior del respectivo templo-, saliendo al espacio público con la ostentación de sus mejores ropas y atuendos, y conforme al orden jerárquico de cada uno de sus miembros.

Porque, sin duda, la jerarquía visual -como la social- era una regla fundamental a la hora de descifrar los matices de poder que circulaban entre sus integrantes. Poderes que se cristalizaban en los cargos de mayordomo -que administraba los ingresos y gastos, organizaba las actividades y servía de nexo con la comunidad religiosa que la albergaba-, de procurador y de veinticuatro, el grupo de mayor influencia, con voto activo y pasivo en las elecciones y en las decisiones de la hermandad.

Estructura administrativa que, por cierto, respondía a las formas tradicionales de las cofradías europeas; pero que también, observada a nivel local, implicaba la reivindicación de prestigios simbólicos y la asignación de espacios de poder entre pares sociales y étnicos; espacios que, a su vez, permitían acrecentar su estatus y prestigio.

De ahí la importancia del análisis que podamos hacer respecto de las elecciones internas y de los posicionamientos relativos que puedan adoptar, a través del tiempo, los inmigrantes andinos que integraban las cofradías santiaguinas. Dicha jerarquía no solo definirá la organización interna de sus integrantes, sino que también alimentará el organigrama del conjunto de las cofradías de una localidad. Esto porque cada una de ellas pugnaba por posicionarse en el escalafón que definía la ubicación en las procesiones -y, por lo tanto, en el prestigio y la consideración social de cada corporación- de acuerdo a la antigüedad en su fecha de fundación.

Situación que muchas veces daba origen a litigios y competencias ventiladas ante la autoridad eclesiástica, y donde se verán comprometidas, también, las órdenes religiosas bajo cuyo alero estaban constituidas. Desde la perspectiva de la Iglesia y del Estado, por su parte, estas corporaciones se mostraban funcionales al paradigma corporativo bajo el cual se pretendía organizar a la sociedad colonial. La Iglesia abarcaba a todos los grupos sociales, canalizando la religiosidad colectiva en forma diferenciada, mientras que el orden y las jerarquías se mantenían en su objetividad cotidiana y en la subjetividad de las formas y estructuras festivas, dando al mismo tiempo la sensación de unión social y espiritual.

Religiosidad y Cofradías en el Santiago Barroco

Las cofradías, en efecto, permitían, al menos teóricamente, vigilar a los fieles y aplicar las disposiciones eclesiásticas dispuestas por el Concilio de Trento, a partir de su implementación americana con el III Concilio limense (1582-1583). El mundo contrarreformista, además, daba una alta validación a la experiencia pública de la devoción volcada a la calle a través de las procesiones, que reforzaban en la práctica, por medio de la experiencia visual y corporal, los avances del adoctrinamiento y de la incorporación a los parámetros conductuales que el sistema colonial definía para los distintos segmentos de la sociedad; aunque, sabemos, se trataba de una incorporación siempre "negociada" en términos culturales, pues los no hispanos estaban lejos de ser actores pasivos de un proceso cuyos resultados híbridos, si bien pudieron acomodarse al paradigma barroco vigente, estuvieron bastante lejos de concretar la aspiración de las autoridades.

Así, por ejemplo, a propósito de los indígenas de las cercanías rurales de Santiago, que se trasladaban cada año a la ciudad para participar en Corpus Christi, el jesuita Alonso de Ovalle señala que recorrían las calles inundando el espacio público con danzas y música, insertos en la gran procesión general que comprendía a todo el universo sociocultural de la ciudad: "Es tan grande el número de esta gente y tal el ruido que hacen con sus flautas y con la vocería de su canto, que es menester echarlos todos por delante, para que se pueda lograr la música de los eclesiásticos y cantores y podernos entender con el gobierno de la procesión".

Siendo las procesiones uno de los canales tradicionales a través de los cuales se expresaban las cofradías, ellas se transformaban en útil herramienta para el proceso de cristianización que se desplegó, en particular, sobre las poblaciones indígenas. Es en este contexto estratégico que podemos observar a las distintas órdenes de regulares que poblaron el espacio eclesiástico de la capital chilena esmerándose por apoyar la fundación y ostentar la existencia en su seno de cofradías que, al menos nominalmente, estaban diferenciadas por origen social o étnico.

Corporaciones que podían verse desfilar por las calles durante la Semana Santa, en Corpus Christi y durante las respectivas festividades anuales de sus santos y advocaciones votivas. No debe extrañar, por cierto, que el mayor peso demográfico relativo que tenía la población urbana de indígenas, "negros" y "castas", así como el papel asignado por la Iglesia a la cofradía "étnica" -como instancia de vivencia colectiva y vigilada del catolicismo y como canal devocional para la experiencia de la procesión penitencial- hayan determinado que fuesen las corporaciones integradas por dichos grupos quienes protagonizaran, por ejemplo, la mayoría de las catorce procesiones que circulaban por las calles de Santiago para Semana Santa, a mediados del siglo XVII, recordando la muerte de Jesús con autoflagelaciones, llantos y sonoros gemidos.

Estas formas devocionales no se limitaban, en todo caso, a la Semana Santa. De hecho, a escala menor, las formas tensionales e integrativas de esa festividad se repetían en buena parte del año. En los conventos y monasterios se organizaban, así, eventos similares para celebrar a "sus" santos, advocaciones y vírgenes ligadas específicamente a cada orden y a los patronos de sus cofradías; ceremonias que se sumaban a las propiamente diocesanas del calendario litúrgico anual, entre las que destacaba, como hemos dicho.

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