Mercedes Halfon: Biografía y Obras

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MERCEDES HALFON nació en Buenos Aires en 1980. Es licenciada en Artes por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Escritura creativa por la UNTREF. Ha publicado poesía, ensayo y narrativa breve. Sus novelas El trabajo de los ojos y Diario pinchado fueron editadas en Argentina, Chile, Bolivia y España.

El 19 de enero de 2019, recibí un mensaje de Mercedes Halfon, un contacto que se convertiría en una conexión significativa. Fue el primer mensaje que recibí de Mercedes Halfon.

En ese mensaje, Mercedes me decía: «Hola, Felipe, ¿cómo estás? No nos conocemos personalmente, pero creo que tenemos algunos amigos en común. Te escribo porque me gustaría mandarte mi libro: El trabajo de los ojos. Salió el año pasado por editorial Entropía de Argentina y ha tenido una cálida recepción en los lectores locales. En 2019, si todo sale bien, saldrá en España. Dime si te parece apropiado y perdón la intromisión por este medio. Intento irme de FB, pero siempre algún motivo me trae de vuelta. Va abrazo trascordillerano».

Al día siguiente le respondo, por la misma red social en casi desuso: «Mercedes, vi, en el celular y por encima, tu libro. Entre celebraciones familiares y el cumpleaños de mi hija no he tenido mucho tiempo, pero lo que leí me pareció hermoso y me gustó, me encantaría publicarlo, estas pensando en Lecturas Ediciones, ¿cierto? Cuéntame cuál es tu idea, plazos, tipo de contrato, etc., muy agradecido por la confianza».

Obras Literarias

Cuando me toca vender sus libros en las ferias del rubro digo que esta es su obra de ficción y El trabajo de los ojos de no ficción (trato siempre de esquivar la manida idea de la autoficción), aunque uno tenga forma de diario y el otro de novela ensayo.

Entremedio, publicó su primera novela: Diario pinchado. Diario ficticio sobre un viaje a Berlín, perderse en una ciudad y «un amor que se desinfla», como dice Pedro Mairal en la contratapa de la edición chilena. Y que tiene un epígrafe premonitorio de Witold Gombrowicz: «Este diario, a pesar de las apariencias, tiene igual derecho a la existencia que un poema», que tan bien sintetiza y caracteriza al resto del libro.

Luego escribió un libro, que más que nada es uno sobre ser hijo, lo difícil que es serlo, que está pronto a publicarse en Argentina, España y acá, casi al mismo tiempo.

Vuelvo a pensar en mis primeras lecturas de El trabajo de los ojos, Diario pinchado, Extranjero en todas partes y, ahora, Vida de Horacio. En la extraña cercanía que siento con ellos, y también en el epígrafe de la biografía de Gombrowicz: «Que la leyenda la escriba un extraño», que es, a la vez, un homenaje y una despedida a una amiga en común: Rosario Bléfari.

En agosto de 1939 un buque de bandera polaca arriba a Buenos Aires. En él venía una delegación de empresarios, diplomáticos y periodistas de ese país que, a los pocos días, recibe la orden de volver con todos sus tripulantes y pasajeros, frente al inminente comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En el último momento, uno de ellos, obnubilado por la curiosidad que le producía esta nueva urbe, decide desembarcar y quedarse en sus calles. Este, a su vez, es el comienzo de Extranjero en todas partes, en el que se repasan los días argentinos del autor de Ferdydurke, a través de la personal y sutil investigación de Mercedes Halfon.

Otros Proyectos

Dicta talleres de escritura, lectura y poesía de forma privada y en la Universidad Nacional de las Artes de Buenos Aires. Son tres por semana: «es medio lo que hago…», me dice, es medio lo que hace para vivir, pienso. Dos veces quiso hacer su Wikipedia.

En 2021, se le encargó la biografía de un personaje complicado y, por momentos y comentarios, polémico. No le sacó el bulto a las balas.

Dirigió, en colaboración con Laura Citarella, el documental Las poetas visitan a Juana Bignozzi, ganador del premio a Mejor Director en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y el Silver Dove Award del Festival DOK, Leipzig.

Su relación con Juana Bignozzi

Tuve una amiga que me llevaba 43 años. Fue una amistad especial, heterodoxa, de esas que en las películas norteamericanas llaman pareja-dispareja. Ella era una poeta realmente genial, con libros centrales para la poesía argentina publicados desde la década del 60. Había nacido en 1937 en Buenos Aires y en su juventud había formado parte del Partido Comunista. Dos años antes de que empezara la dictadura, se exilió en España, donde vivió durante 30 años. Nos conocimos a comienzos de los 2000, cuando la entrevisté para el diario en el que yo trabajaba.

En ese momento, Juana ya era una estrella: su poesía había vuelto a circular gracias a la publicación de una obra reunida que rápidamente encontró nuevos y jóvenes lectores. Antes de conocerla, de hablar con ella, la había visto en algunas ocasiones. También la había escuchado leer. A su alrededor brillaba algo. Era de las pocas consagradas que circulaba por los mismos lugares que nosotros, los y las jóvenes poetas. Iba a las lecturas que había que ir, en bares o centros culturales polvorientos, y nunca pasaba desapercibida. Tenía una lengua muy afilada que la convertía en el centro de las reuniones. Y era la última, o casi última, en irse, cuando clareaban las luces del otro día y ya no quedaba vino blanco.

Pero, más allá de cualquier detalle característico, estaba su obra, inoxidable, repleta de versos insignia, emblema, una ironía insobornable y un corazón roto y oculto tras mil velos. Con un poema de Juana podías reírte con ruido o salir muy malherida. O una cosa después de la otra.

Yo era una poeta en ciernes, con algunos fanzines en mi haber, una periodista cultural freelance reincorporándose al trabajo después de la maternidad: básicamente una chica corriendo para pagar las cuentas. Mi relación con la escritura era nocturna e impredecible. No me tomaba en serio y el día a día me pasaba por encima. Fue en ese momento, de algún modo decisivo, que me crucé con Juana Bignozzi.

Fuimos amigas, o eso quiero imaginar. Porque de ningún modo la pienso como una maestra, ni me pienso como su discípula. Sería demasiado decir. Yo más bien iba a su casa a charlar, a tomar el té, a veces con mi hijo, íbamos al teatro, a comer, tomábamos vino blanco, caminábamos por avenida Corrientes tomadas del brazo. Juana era una personalidad de las fuertes, una mujer demandante que llamaba en cualquier horario y hablaba como mínimo una hora. Yo bañaba a mi hijo. Le daba de comer. Mandaba notas al diario. Todo con el teléfono sostenido entre el hombro y la oreja. De esas charlas, maledicentes y graciosas, recuerdo más su forma que su contenido. Me esforzaba por llevarle algún chisme que extraía de la calle, de las lecturas de poesía, de las novedades editoriales. Ella sentenciaba cosas. Buenas, malas, difíciles de desoír, porque su modo de formular sintagmas era perfecto. Me daba consejos fundamentales. Por ejemplo: que tenía que usar crema para la cara «Es muy difícil envejecer cuando se fue bonita». Juana: en eso tenías razón. También insistía con que no tuviera otro hijo. Mi bebé iba transformándose en un niño inteligente y dulce, y eso fascinaba a Juana, que no había tenido hijos, del mismo modo que no había tenido hermanos. Era fanática de los hijos únicos. «Si no lo tratas como un estúpido va a ser un líder», decía «Es más: ya lo es».

Por supuesto que también hablábamos de poesía. Me recomendaba lecturas. Criticaba a todos los consagrados. Me hablaba con nostalgia de su más querido y viejo editor. «La poesía es una escuela del carácter», solía decir. Y yo me quedaba pensando qué significaría eso. Al mismo tiempo, entendía algo observándola a ella: hacía del no, del decir que no, una forma de política.

En algún momento, me pidió que le mandara poemas míos. Recuerdo que ese mismo día los leyó y me dijo una serie de cosas muy reveladoras que hoy, tantos años después, se me borraron casi por completo. En esos años fueron saliendo libros de ella, Si alguien tiene que ser después, Las poetas visitan a Andrea del Sarto. Libros poderosos que la mostraban como una poeta que todavía, a su avanzada edad, tenía mucha tinta para escribir y mucha boca para decir.

Juana había pasado la frontera de los setenta años y la editorial en la que publicaba le propuso armar su obra completa, con todos sus libros, los primeros, que permanecían inéditos, y los últimos. Me pidió que la ayudara a hacerla, yo accedí y en ese contexto me comentó que había pensado ponerme en su testamento como albacea.

Hacía poco tiempo que había muerto su marido Hugo, y Juana pensaba y hablaba constantemente de la muerte. Pero eso no ocurrió. Juana se enfermó y en menos de un mes murió en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires.

Hace ocho años, el 5 de agosto de 2015, me convertí en la heredera de su obra literaria. Ese día Juana me pasó esa posta, una antorcha con fuego.

Fue una semana de mucha lluvia la de su muerte, la lectura del testamento y el sepelio. Recién el viernes salió el sol. Fuimos con un grupo de editores y poetas a despedirla al Cementerio de la Chacarita. Teníamos flores amarillas en las manos y los zapatos llenos de barro. Era la primera vez que enterraba a alguien querido, todo me resultaba abrumador. Creí, realmente, que ya no la volvería a ver.

Tardé semanas en ir a su departamento para encontrarme con lo que había allí, con aquello de lo que se suponía tenía que encargarme. Todo esto: la muerte, la herencia, el encuentro con los papeles de alguien, las decisiones que se tomarán de ahí en más, es algo de lo que no se suele hablar. Un manto de pudor recubre esa escena. Por un lado, el roce con la muerte es siempre difícil, incómodo, doloroso. Por otro, la herencia tiene implicancias familiares, legales, económicas, intrincadas e igualmente embarazosas. No olvidemos que los papeles pueden revelar cuestiones de las que en vida se ha preferido callar.

Ahí comienza una nueva historia: la de lo que queda en el escritorio, en los placares, dentro de los cajones, sobre la mesa. Esa es la foto inicial, el comienzo de la trascendencia. Cuando volví al departamento de Sarmiento y Uriburu, me encontré con impresiones de sus poemas, recortes de diarios, revistas, correspondencias, libros, adornos. Eran muchas cosas desordenadas, llenas de polvo, tiradas por el piso. Me pregunté qué tenía que hacer con ellas. El departamento se estaba vaciando para ser vendido, por lo que había que actuar con rapidez. Lo que hice fue a llevármelas, ponerlas en un lugar seguro, para después pensar con claridad el origen, el orden y el destino de cada objeto.

Sin reflexionar demasiado, sin evaluar qué era lo importante y qué no, me llevé todo a un taller que alquilaba en el Abasto. Las cosas iban entrando en cajas de cartón, en bolsas negras de consorcio, en una valija con rueditas.

Hay escritores que tienen muy claro que sus borradores serán examinados por alguien, que sus cartas serán leídas, que sus fotos serán miradas, que todo aquello será valioso material de estudio. Es decir, los escritores piensan en la muerte, del mismo modo que todos pensamos en la muerte. Juana estaba obsesionada, pero creo que no imaginó su archivo como un modo de sobrevida; para ella los borradores tarde o temprano irían a la basura, como todo lo frágil, como todo lo que no se hubiera endurecido con el paso de los años.

Dos mudanzas a un lado y otro del océano, uno a sus treinta años y otros a sus setenta hicieron que muchas de sus pertenencias hayan sido descartadas, regaladas, perdidas, destruidas, incluso quemadas. Los procesos de escritura que pude reconstruir fueron de sus últimos libros, de los primeros no había huellas de ningún tipo. Tampoco llevaba un diario, ni guardaba sus correspondencias. Me llama la atención esto: ¿tiraba sus correspondencias? Y quizás sí, las tiraba. Tuve ocasión de ver las postales que le envió a su amiga íntima, Marcelina Jarma, porque ella sí las conservó. Era una pila de cerca de treinta postales escritas con lapiceras de colores. Marcelina le debe haber escrito, como otros amigos y amigas desde Buenos Aires, como los editores de sus libros. Ese estudio era la verdadera escena de su trabajo de escritora, espontaneista, vital, desentendida de los protocolos literarios, como era Juana.

¿Qué era ese montículo de papeles que alguien acumuló a lo largo de su vida? ¿Qué contaban, qué mostraban, en qué había que detenerse, cómo había que leerlos? Lo primero que me di cuenta y a ustedes les parecerá obvio, pero no lo fue para mí, es que esos papeles, papelitos, esas fotos y diapositivas, eran un archivo. Que no necesitaba estar en ninguna universidad al cuidado de ningún especialista, para recibir ese nombre. Simplemente era eso. Era el archivo Juana Bignozzi. Y que no era algo mío, si no que estaba temporalmente a mi cuidado.

Pasaba tardes sentada moviendo papeles de lugar, sacando el polvo con un pincel, haciendo pilitas, poniendo etiquetas, volviendo a desarmarlas. El tiempo se prolongaba mientras estaba con los papeles, que no es estar con la persona que los engendró, pero es algo cercano. Estar con un archivo: mirar, tocar, quedarse pensando, unir cabos sueltos, tratar de entender, imaginar posibles acciones que podemos hacer con él, encontrar algo así como una melodía que una esas palabras.

Me acuerdo el día que, a partir de unos telegramas, reconstruí que el casamiento de Juana y Hugo había sido el 5 de agosto, la misma fecha que Juana había muerto.

Una noche, después de pasar muchas horas en el taller del Abasto, soñé con Juana. Estábamos en el living de su departamento de Sarmiento y Uriburu. La mesa grande estaba tapada de cuentas por pagar, documentos, paquetes de galletitas, vasos de plástico, una imagen muy similar a los días del desarme de esa casa. Juana agarraba el teléfono fijo e intentaba hacer un llamado, pero no lo lograba. No había tono, la línea estaba co...

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