Mercedes Lasarte: Una Biografía en el Contexto de la Crítica Literaria Chilena

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Este artículo se propone exhibir las condiciones materiales, simbólicas y discursivas que permitieron el ingreso, desarrollo y consolidación del trabajo teórico/crítico de una generación de mujeres que, desde los años sesenta hasta hoy, ha contribuido a diversificar y ampliar la disciplina de los estudios literarios y la crítica, y con ello, el campo cultural e intelectual chileno.

Se trata de la primera generación de mujeres que penetra de manera masiva a la institución universitaria (la academia) y que hoy, teniendo a su haber una producción crítica contundente, configura un colectivo que constituye un cuerpo visible formado por muchos cuerpos (Castillo). Una totalidad heterogénea (Cornejo 1982) que comparte intereses disciplinarios, el posicionarse con su autoría en la academia y en el campo crítico, y ser señaladas -como la gran mayoría de las mujeres públicas- como excepcionales y pioneras dada su diferencia sexo-genérica (Doll, «La crítica literaria de mujeres en Chile»).

Para dar cuenta del proceso, el texto se organiza en torno al gesto de historiar la experiencia obliterada por el registro oficial. Para narrar esas historias y, a la vez, develar cómo el contexto permite, obstaculiza y modifica las formas en que los sujetos conocemos, nos relacionamos o conseguimos o no pertenecer a los campos donde se dirimen las posiciones de poder, analizamos dos dispositivos claves en ese proceso de intromisión de las mujeres al campo intelectual y disciplinario de las humanidades y los estudios literarios: los territorios de ingreso y las fórmulas de incorporación, ambos fuertemente supeditados a la acción de los catalizadores: el habitus de clase y los agentes.

Pensamos que, a través de la descripción de la historia de la transformación de esos espacios, de sus condicionantes y de la configuración y administración de esas estrategias, podemos dar cuenta de una batalla discursiva que hoy tiene efectos epistémicos potencialmente revolucionarios.

El Contexto Histórico y la Educación de las Mujeres en Chile

Entre 1986 y 1987 la socióloga Josefina Rossetti realizaba una investigación acerca de la educación de las mujeres en Chile. Después de un largo silencio, paradójicamente provocado por la conquista del derecho a voto que, según Julieta Kirkwood, había adormilado y suspendido las contiendas «femeninas», a principios de los ochenta, comenzaron a re-emerger las voces y proliferar las articulaciones motivadas por la necesidad de la acción política antidictatorial y la reflexión intelectual que había despertado la experiencia viva de la ruptura democrática.

Siguiendo la lectura de Kirkwood, Rossetti, Holas, Díaz, Arteaga, Guzmán, Munizaga, Montecino y Valdés, habiendo sido testigos y sobrevivientes del golpe de estado y del autoritarismo impuesto por la gramática dictatorial, en los ochenta ya serían parte del proceso de desocultamiento del dispositivo de resignación de la liberación global, y que ahora, desvestido por las lógicas literales de represión del régimen, despejaba y exhibía el por qué había sido insuficiente el derecho a sufragio: no se trataba solo de ser ciudadanas, tampoco solo de acceder a la educación formal.

El segundo capítulo de La Educación de las mujeres en Chile Contemporáneo, «Hitos en la educación de las mujeres», se inaugura con una declaración que es, para nosotras, una convicción: para dar cuenta de un fenómeno u objeto es necesario revisar, analizar, reconstruir y re-narrar su historia. Ahí mismo Rossetti admite que, sin embargo, hallar registros del pasado del quehacer de las mujeres en el sistema educativo no ha sido fácil, pues sus experiencias no están escritas: «Volverse a la historia no debiera por lo tanto tener por objetivo único rescatar del silencio a las mujeres injustamente enmudecidas (aunque es sin duda una de las metas), sino intentar comprender los mecanismos de silenciamiento de la creatividad femenina» (170).

Espacios de Ingreso y Desarrollo: Salones y Tertulias Literarias

En «La crítica literaria de mujeres en Chile: las precursoras y las contradicciones frente a la literatura nacional», Darcie Doll trama una importante lectura acerca del tránsito espacial de la escritura crítica (literaria) de las mujeres en Chile. Aprovisionándose de la fecunda y práctica categoría de espacio que ofrece Michel De Certeau, que lo describe como «el cruzamiento de movilidades» (De Certeau 129), plantea que desde fines del siglo xix y a principios del xx el primer territorio que se legitima, como «una unidad polivalente de programas conflictuales o de proximidades contractuales» (129), es el salón.

Por otra parte, este espacio liminal que describe Doll configura un territorio en el que confluyen cambio y conservación. El salón será un sitio en el que se mantiene el tutelaje del modo domiciliar (no hay exposición total), pero en el que también comienzan a discutirse las nuevas manifestaciones aristócratas-burguesas del feminismo liberal metropolitano. Por otro lado, se transformará en un lugar de prácticas intermedias en las que se cruzan cultura «femenina», vida social, goce, pero también reflexión intelectual.

En este sentido, como señala la autora, este territorio generará una «tradición propia» que facilitará la construcción de un canon compuesto de autores y obras europeas, y la práctica o hecho material mismo de reunión, que favorecerá la configuración de un nuevo colectivo social. Es importante añadir que estas actividades público-privadas de construcción de redes se producirían en el contexto de una no-ciudadanía, elemento importante a la hora de ejercer con libertad el juicio, pues proporciona cierto relajo respecto a las opiniones vertidas y las posiciones asumidas.

El anverso de esta relativa insubordinación discursiva en y sobre lo público será la subyugación oculta o implícita del discurso proferido por estas mujeres al dictum de la reproducción cultural oligárquica de los modelos metropolitanos y que, en el campo literario, se manifiesta en la selección y canonización de la producción cultural transatlántica.

En primera instancia como una transgresión en la medida en que sus elecciones estéticas e intelectuales corresponderían a las de las corrientes emergentes y pujantes del arte y el pensamiento europeos. De este modo, el primer espacio al que acceden las mujeres en el campo cultural será este salón, al que se ingresa en el marco de la socialización tradicional de clase iniciando un proceso que las lleva, inicialmente, desde la lectoría (privada) a la escritura y al comentario público de textos.

Para fines del siglo xix, pero con certeza en las primeras décadas del xx, el espacio que acoge un nuevo ejercicio de localización de las mujeres es la tertulia literaria: «Hacia fines del siglo, los salones decaen para dar paso a otras instituciones, entre ellas las tertulias literarias, actividad que forma parte de la tendencia hacia la especialización literaria, como parte del proceso de autonomización del campo literario» (Doll, «La crítica literaria» 69). Las tertulias literarias como práctica y como territorio de posicionamiento público del discurso y la escritura literaria y crítica hecha por mujeres comienzan a instalarse en un momento en el que Chile y América Latina inician un tránsito hacia su segunda modernidad (Rojo, La cultura moderna de América Latina), periodo que se extiende hasta 1973, y en el que se producirá paulatinamente la ampliación y proliferación de los territorios de intercambio y transacción cultural.

Para Kirkwood, precisamente, entre 1915 y 1924 se define el instante en el que se formará lo que hoy es reconocido como el Movimiento Feminista, que de modo casi orgánico y relativamente espontáneo, al requerir y ejercer prácticas de aglutinamiento, aceleró la organización de formaciones (Williams 1982), redes (Cabello-Hutt) y comunidades de mujeres.

Esta progresiva institucionalización de la práctica crítica general -su especialización-, y la de las mujeres en particular, tiene su causa en el proceso inherente a los contextos de modernización, la «autonomización del campo literario» chileno propiamente tal (Bourdieu 2002). En el escenario de las repúblicas recientemente formadas y marcadas por su condición (post-neo) colonial, la embrionaria y acotada discusión crítico-literaria versará sobre el carácter (verdaderamente) nacional de sus nuevas obras, ciñendo los criterios de valoración estética al modelo europeo.

Pero, sobre todo, en búsqueda de la autonomía política y de la construcción de la identidad nacional, el debate se centrará en las relaciones de dependencia u originalidad respecto de la producción metropolitana que poseía la hegemonía material (distribución) y simbólica (valor) del campo. Así, el ingreso de la «novedad» de las escrituras locales a esos nuevos espacios de (des)encuentro está ligado al naciente proceso de movilidad social y configuración de las capas medias nacionales.

Esta incorporación de nuevas subjetividades de clase al campo cultural y literario y sus territorios permitirá la consagración del debate incrustado en las sociedades (post-neo) coloniales, y que se halla atado a la discusión de la dicotomía civilización/barbarie que recorre el discurso político y cultural de nuestras jóvenes repúblicas (y en muy distintas modulaciones, hasta hoy).

En este sentido, tanto para Kemy Oyarzún (2000) como para Doll, el debate sobre la literaturiedad, el valor y la legitimidad de la creación local (regionalismo) versus la metropolitana (francesa o afrancesada) inclinará tanto a la producción literaria como a la crítica hecha por mujeres al costado de la admiración y defensa de los cosmopolitas. Una vez localizada su voz, esta se institucionaliza y entra al campo en disputa.

Caracterizados así, el salón y la tertulia se configuran como territorios primordialmente históricos, frutos de sus momentos, efectos de las disputas del poder simbólico y de las condiciones de posibilidad que se despliegan para configurarlos. Se tejen como áreas de conflicto en las que culturas, hablas y experiencias particulares se (des)encuentran y producen nuevas formas de mirarse. Las «zonas de contacto» incitan y convocan la legibilidad recíproca.

Apogeo del Movimiento Feminista y la Relación entre Política y Cultura

Luego de su «momento de formación» entre fines del siglo xix y las dos primeras décadas del xx, el Movimiento Feminista enfrentará su apogeo en los años treinta. En su Historia de las ideas y de la cultura en Chile, Bernardo Subercaseaux plantea que uno de los elementos que marca significativamente este periodo de álgidas transformaciones sería la nueva relación entre política y cultura.

Explica que la formulación de una identidad nacional aparejada al proceso de construcción de las repúblicas independientes habría estado en Chile en manos de la oligarquía, de la hegemonía de su discurso ilustrado y del accionar de un Estado centralista omnipresente. Subercaseaux señala que el Estado chileno considerará en alta estima su democratización pues entiende que, en el contexto fundacional de un nuevo momento histórico, la cultura se convierte en un dispositivo fundamental de cohesión, regulación social, crecimiento y desarrollo.

Por otro lado, agregamos, la fuerza inusitada que desplegaba el movimiento obrero, que por primera vez amenazaba seriamente el privilegio de la élite, obligó a los administradores del estado a replicar las fórmulas adoptadas antaño por la socialdemocracia europea atrincherada por la emancipación de las trabajadoras y trabajadores organizados. Así, el convulsionado escenario de la efervescencia popular y sus demandas se convierte en el gatillante primordial para la construcción de un indispensable pacto social que abre siquiera la puerta a la distribución y circulación de las culturas.

La asociación Estado-universidad se transforma en una alianza virtuosa y estratégica tanto para la democratización de la cultura como para dar inicio al proceso de construcción hacia una democracia cultural que tendrá un funcionamiento pleno pero breve en la Unidad Popular. La consolidación de la institución educacional estimuló y favoreció la modernización del campo, un proceso a partir del cual se hace circular y difunde masivamente la «alta cultura» (occidental, metropolitana, tradicional), a la vez que la creación y experiencias de las diversas tradiciones locales.

Así, la Universidad, una nueva, fértil y más democrática «zona de contacto», permitirá la profesionalización de saberes y prácticas, entre otros, en los campos de las humanidades y las artes; modernizará su investigación poniendo énfasis en la exploración, producción y difusión de las expresiones antes excluidas o lisa y llanamente ignoradas; promoverá la creación artística de diversos sectores de la sociedad a lo largo del país; fortalecerá editoriales, inaugurará otras, así como abrirá nuevos medios de comunicación masiva (radio, y televisión fundamentalmente) y robustecerá los ya existentes.

Concluimos también de sus cifras que, mientras el número de mujeres que fueron ingresando a la Educación Secundaria de enseñanza científico-humanista y que, por tanto, era probable que preparara una carrera universitaria aumentaba exponencialmente, el de hombres disminuía, y se mantenía superior y estable en el sistema técnico-profesional.

Así, la cobertura de educación universitaria entre hombres y mujeres se mantiene persistentemente con una diferencia de uno o un punto y medio porcentuales a favor de los primeros y, como señala Rossetti, en 1950 se verifica un aumento para ambos géneros. En los siguientes veinte años siguen elevándose los porcentajes de ingreso, hasta que ya en 1975 encuentra su peak, consecuencia, según la autora, del fenómeno de arrastre de las políticas de educación estatales aplicadas por los dos gobiernos anteriores a la dictadura civil-militar.

Respecto al aumento del acceso de las mujeres a la Educación Superior, subrayamos con Rossetti dos elementos que habrían incidido en el aplazamiento de su ingreso al campo cultural vía universitaria. El primero, relacionado con el carácter orgánicamente elitista de la institución académica y, el otro, con que su incorporación hubiese sido permitida solo 35 años después de su fundación (Rossetti 120).

De todos modos, y a pesar de estos números, para Subercaseaux el avance del proceso hacia la democracia cultural y su desarrollo pleno parece ir dejando al borde del camino dos actores cuyas existencias y reivindicaciones particulares no son consideradas prioridades para el proyecto emancipador: mujeres e indígenas.

Como apuntábamos antes, el periodo de silencio que Kirkwood distingue entre 1949 y 1980 es uno de fuerte contradicción, en el que es muy probable que nosotras mismas, en un ejercicio de reafirmación ilusorio, naturalizamos y reprodujimos la desigualdad y el trato excluyente, pues nos pensamos parte de una ciudadanía y de una ciudad letrada que solo abrió un espacio al aprendizaje de un lenguaje que hubo que aprender.

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