Mercedes Sosa y la Censura Durante la Dictadura Argentina (1976-1983)

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El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 en Argentina no es una más de la serie de dictaduras militares que ocurrieron en la República Argentina desde 1930. Las características particulares de este período de gobierno militar entre 1976 y 1983 dejaron un saldo de horror en la memoria de un país que ya lleva varias décadas revisitando los hechos e intentando resolver el debate ideológico que aún continúa. Las consecuencias y las sombras que proyecta este período están vigentes día a día en la sociedad argentina. La búsqueda de una identidad como sociedad y como nación continúa a través de la ya extensa y aún no saldada discusión del significado y las secuelas de la dictadura.

Entre las estrategias represivas de la dictadura militar se encontraba la manipulación del lenguaje y de la opinión pública. En efecto, el régimen militar se caracterizó por su uso orwelliano del lenguaje en el que la construcción de un “enemigo” y una situación de “guerra” eran los principales ejes de un discurso que iba cambiando según fuera necesario para el alcance de sus fines. El blanco principal eran los jóvenes y su ideología.

El Proceso de Reorganización Nacional y la Censura

El nombre elegido por los militares para su plan de gobierno es muy significativo. “Proceso de Reorganización Nacional” implica un plan complejo. En primer lugar, la palabra “proceso” sugiere un planeamiento lento, organizado, en etapas, abarcando diferentes áreas. En segundo lugar, “reorganización” indica que hay un caos que es necesario reordenar, reformar, dar nueva forma. La idea de caos y desorden desestabiliza, lo que da lugar al régimen para que construya su discurso retórico sobre la idea mesiánica de reconstruir la nación. Es precisamente la tercera palabra, “nacional,” la que abarca la totalidad del país en dicho proceso. La idea incluyente del término “nacional” no deja afuera a ninguna institución, ya sea eclesiástica, política, social, independiente o privada, cayendo así en la homogeneización de dicha reorganización. Por lo tanto, el Proceso de Reorganización Nacional indicaba un tiempo lento, con muchos cambios, que abarcaría al total de la nación.

Para asegurar el cumplimiento de sus objetivos -reorganizar y controlar- la censura es el primer paso en este plan. Lejos de contener normativas, la censura presentaba una problemática compleja ya que la censura misma parecía ser aplicada de forma ambigua. La retórica oficial utilizaba metáforas y eufemismos que confundían más de lo que aclaraban. Según analiza Timothy Wilson (s/f), existe un paralelo “horrible e increíblemente fiel” trazable entre el gobierno descripto en la novela 1984 de George Orwell y la dictadura militar argentina: Las acciones del régimen militar argentino guardaron una relación muy cercana a la ficción distópica de Orwell […] la Junta intentó lograr una reducción orwelliana sobre el lenguaje y la expresión: en una grotesca mímesis de la neo-lengua, quiso obtener el control del pensamiento de los argentinos a través de la limitación del léxico que pudieran tener a su disposición (s/p) (2).

En 1984, publicada en 1949, Winston, el protagonista, es un censor cuyo trabajo consiste en quitar palabras del diccionario, ya que parte del plan del régimen represivo para el cual trabaja es reducir las palabras que se pueden utilizar y, de esa manera, limitar el pensamiento y así controlar a la población. Cuando Winston tiene pensamientos subversivos (peca de “crimental” -crimen mental-), debe rehabilitarse en el Ministerio del Amor, que en el lenguaje tergiversado del gobierno es el nombre con que se conoce al centro de tortura (Favoretto 2014, 97). El paralelo que traza Wilson entre la ficción de Orwell y la realidad del Proceso es fascinante. Otro trabajo minucioso e interesantísimo sobre el uso del lenguaje en esta época es A Lexicon of Terror, publicado por Marguerite Feitlowitz en 1998, que incluye un glosario sobre el uso de términos específicos en la retórica del régimen.

Los militares que encabezaron la dictadura enarbolaban la bandera de los derechos humanos y valores cristianos. Desde un principio, se mostraron ordenados, previsores y firmes en sus decisiones, adoptando una imagen de figura paternal protectora y disciplinante. Esta intervención paternal no consentía ninguna disidencia. El régimen militar imponía su concepción autoritaria en el plano de la cultura, tratando de destruir cualquier vía de resistencia a las políticas impuestas. Esto se llevaba a cabo a través de un gran aparato censor, que Beatriz Sarlo describe de esta manera: “La censura operaba con tres tácticas: el desconocimiento, que engendra el rumor; las medidas ejemplares, que engendran terror; y las medias palabras, que engendran intimidación” (Sarlo 1988, 101). El desconocimiento al que se refiere Sarlo ha sido y continúa siendo un tema de debate entre críticos e investigadores de la censura en la Argentina.

Según Andrés Avellaneda, para analizar cómo una producción cultural es afectada por el discurso de censura no es suficiente analizar el discurso cultural y el discurso de censura; también es necesario analizar los mecanismos que incluyen o excluyen al productor de cultura, la organización específica del campo que da la palabra o la niega (1985, 186). Antes del año 2000, entre los académicos que estudiaron el caso de la censura en Argentina se destacan Andrés Avellaneda y Reina Roffé (1985), quienes coinciden en que la falta de información era un elemento clave para el éxito de la operación censura. Esta falta de certeza y la ausencia de indicadores precisos, provocaba una represión confusa que llevaba a la autocensura y el terror paranoico de pensar que cualquier cosa podría ser considerada sospechosa o “subversiva.” Este miedo se vio alimentado por la confiscación de libros con ideas marxistas, la destrucción y quema de miles de libros y las continuas inspecciones a escuelas y bibliotecas públicas, lo que Sarlo identifica como “medidas ejemplares” (101). Pero no solo los militares actuaron como censores. La acción de publicistas, bibliotecarios, libreros, editores y del público en general, todos ellos guiados por el miedo, apoyaron al régimen represivo. Había también organizaciones comunitarias e instituciones no gubernamentales que cooperaban con el régimen en lo que Roffé llama la “paracensura” (1985, 910-915). Estas asociaciones participaban activamente en el control de los medios de comunicación y colaboraban en campañas masivas de publicidad que apoyaban el llamado Proceso de Reorganización Nacional. Luego del año 2000 se empezaron a descubrir archivos ocultos, como por ejemplo los encontrados en el sótano de un viejo banco (Banelco) que clarificaron en parte el misterio que existía en torno al operar del sistema censor. Estas conclusiones fueron publicadas por Hernán Invernizzi y Judith Gociol y desencadenaron una serie de investigaciones al respecto. (3)

Mercedes Sosa: Voz Prohibida

Mercedes Sosa, una de las voces más emblemáticas de la música folclórica argentina y latinoamericana, no escapó a la censura impuesta por la dictadura. Su música, cargada de contenido social y político, la convirtió en un blanco para el régimen militar.

El álbum resulta un verdadero testimonio histórico. El arte de tapa contiene una fotografía del pasaporte de la “Negra” Sosa y su huella digital, sintetizando el concepto de censura en el período 1976-1983.

Repertorio Censurado

  • Te recuerdo Amanda (Víctor Jara)
  • Adiós a Belgrano (Félix Luna - Ariel Ramírez)
  • Canción de lejos (Armando Tejada Gómez-César Isella)
  • Corazón (Saúl Quiroga)
  • Niño de mañana (F. Izquierdas)
  • O cio da terra (Milton Nascimento-Chico Buarque)
  • San Vicente (Milton Nascimento-Fernando Brant)
  • Como la cigarra (María E. Walsh)
  • Como un pájaro libre (Adela Gleijer-Diana Reches)
  • Canción de las simples cosas (A. T. Gómez - César Isella)
  • Sueño con serpientes (Silvio Rodríguez)
  • Fuego en Anymaná (A. T. Gómez - César Isella)

El Exilio y la Resistencia Artística

Ante la imposibilidad de expresarse libremente en su país, Mercedes Sosa se exilió en Europa. Sin embargo, su voz no se silenció. Desde el exilio, continuó denunciando las injusticias y defendiendo los derechos humanos a través de su música.

En febrero de 1982 volvió al país Mercedes Sosa. En abril de 1987, el por entonces muy joven periodista Marcelo Figueras contaba la ficcional historia de un académico sueco que recopilaba términos en peligro de extinción: uno de ellos, que se había difuminado en Buenos Aires y “las capitales de las provincias interiores”, era el de “psicobolche”. Dícese, sugería el académico sueco, “del individuo que reclama para sí la pertenencia al izquierdismo” pero, aclaraba, “no todos los izquierdistas son psicobolches”. ¿Qué más hacía falta? En primer lugar, una gama de prácticas y consumos culturales entre los cuales destacaban, en principio, la utilización de cierta jerga psicoanalítica (como lo indicaría el “psico”) y también el privilegio de ciertos gustos musicales: “¿escuchaste el último de Silvio?”, preguntaría el psicobolche, mientras “sentiría culpa si se encuentra tarareando un tema de Prince”. En segundo lugar, hacía falta una modalidad de vinculación con la política donde predominaban ciertos slogans antiimperialistas pero, según el académico sueco, poca indagación más profunda ya que “el psicobolche no se preocupa por preguntarse qué quiere decir ser de izquierda a un paso de los noventa: alcanza con parecerlo”.1 De acuerdo a Figueras, el término y la figura que evocaba ya estaban en franca retirada.

El Legado de Mercedes Sosa

Mercedes Sosa regresó a Argentina con el retorno de la democracia en 1983, donde fue recibida como un símbolo de la resistencia. Su legado perdura hasta nuestros días como un ejemplo de compromiso social y artístico.

El 15 de abril llega en exclusiva a Star+ un nuevo episodio de Bios. Vidas que marcaron la tuya, dedicado a la leyenda del folclore argentino Mercedes Sosa. La entrega forma parte de la nueva temporada de la serie documental del sello National Geographic Original Productions, que reconstruye la historia de las personalidades más destacadas de la cultura popular latinoamericana y se revelan anécdotas y detalles desconocidos de su vida artística y personal. En este episodio, el cantante y compositor argentino Abel Pintos, es cronista y testigo del legado de Mercedes Sosa, la mujer que revolucionó el folclore argentino. Mediante entrevistas a amigos, familiares cercanos y colaboradores musicales, Abel guía a la audiencia a través de un emotivo recorrido de la vida, la obra y el legado de quien fue su madrina musical, mientras trabaja junto con otros colegas en un tributo a “la Negra”, con el tema “Razón de vivir”.

A lo largo de este episodio, Abel explora los diferentes momentos de la vida de Mercedes para descubrir aquellos hitos que la fueron transformando en un ícono de la música. Para conocer su costado más familiar, se encuentra con Araceli y Agustín Matus, nietos de Mercedes, con quienes habla sobre su infancia, sus orígenes musicales, su historia de amor con Óscar Matus y la intensa relación con su único hijo, Fabián. También se encuentra con el cantautor argentino Víctor Heredia, a quien Mercedes impulsó como músico interpretando y haciendo conocidas sus canciones, para hablar acerca de la militancia de Mercedes, su censura durante la dictadura argentina y su exilio en Europa.

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