Mercedes Sosa: Una biografía de luz en la música argentina

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Con la conciencia que tiene de su importancia histórica, para Carlos "Indio" Solari debe ser un poco amargo que, al lado de su país, masivamente se lo asocie con un contagioso rock and roll de apología canina. Pero es así.

Nada más alejado de lo que representa en Argentina, un grupo que desde la independencia logró combinar éxito comercial con un impacto social que, a dos décadas de su separación, no parece menguar.

La fundamental pregunta "¿Por qué si es su rocanrol?", es casi lo único que se ha escuchado de Los Redondos por esta tierra, pero qué diablos.

Estiremos un poco la analogía y digamos, para efectos de este artículo, que el bueno de Dinamita, medio pariente debe ser de Matapacos. Mira que no mueve el rabo con docilidad, no da la patita y no piensen en pedirle que haga el muertito.

O sea, un grupo indie, pero en tiempos que ello significaba morir de hambre, cuando no de invisibilidad o de una infalible mezcla entre ambos.

A esa faena se abocaron Carlos Solari, en voces y textos; Eduardo "Skay" Beilinson en guitarra y música; y Carmen Castro, "La Negra Poly", como manager o "ingeniera psíquica".

En el medio también existieron bailarinas, la entrega al público de unos ravioles llamados "redonditos de ricota", gallinas y momias en escena (nada metafórico, todo literal) e incluso monologuistas, como un ex amigo de la banda llamado Enrique Symns.

Algún tiempo después desaparecerían gallinas, momias y el bacanal formado entre el público, para dar forma a la banda de rock and roll que se insertaría en el circuito de discotecas del Gran Buenos Aires a inicios de los 80s.

Ahí se codearían con sus amigos de Sumo, con quienes compartirían actitud desprejuiciada, canciones ("Mejor no hablar de ciertas cosas") y el alejamiento de los omnipresentes próceres del rock argentino.

"Tocar solos y de noche", era la consigna que impuso el siempre reacio Solari, junto con la ausencia de videos promocionales, fotografías publicitarias o actuaciones en televisión.

Ese cóctel para hundir en la depresión a un encargado de marketing, extrañamente funcionaría. De un modo gradual, a partir de Oktubre (Del Cielito, 1986), la convocatoria aumentaría gradualmente a un ritmo que no pareció tener fin en los siguientes 15 años en activo del grupo.

Bienvenidos sean, entonces, una masa enorme de olvidados que transformaron en camisetas, tatuajes y habla cotidiana las frases de Solari. Siento que tienen una cosa misteriosa (…) como una Logia, pero yo no comprendo nada…y yo conozco de poesía, eh. El día que se desarmen palabra por palabra las canciones, se va acabar el mito…pero yo no me quiero meter con la gente de Los Redonditos, porque son gente muy agresiva".

En su biografía-entrevista Recuerdos que mienten un poco (Sudamericana, 2019), Solari medio afirma y medio niega lo anterior: "Nunca quise transformarme en cantante de protesta. Porque se desmoronan fácilmente, tienen que ser panfletarios. Y el panfleto es fácil de contrarrestar con otro panfleto. En la poesía, en cambio, hay algo oculto. Yo hablo de las mismas cosas de todos, pero desde otro lugar. No hay ninguna barrera entre lo que yo pienso y lo que piensan ellos (su público).", le comenta al escritor Marcelo Figueras, para rematar peleando con la humildad: "Yo lo escribo bien, en todo caso. Por ahora no voy a sumarme a la confusión de ningún libro más".

La referencia a la escasa importancia de su ex partner sólo confirmó la distancia irresoluble entre ambos luego del quiebre, motivado por lo que considera una apropiación indebida de material audiovisual de la banda. Hermético e intenso como es, el Indio ha sacado 5 exitosos discos y se ha presentado manteniendo la lógica de las "misas ricoteras" (pocas actuaciones al año, fuera de la capital y ante cientos de miles de personas movilizándose para ello), preservando como siempre para el final el "pogo más grande del mundo" a los sones de "Ji ji ji".

Todo ello hasta el último concierto en Olavarría en Marzo de 2017, frente a una audiencia estimada en más de 300.000, donde murieron dos personas. Ahí, en una actuación con luces encendidas por motivos de seguridad y con un Solari disperso por la alta tensión, extrañamente el epílogo no fue con "Ji ji ji", sino con "Mi perro dinamita", como desacralizando el encuentro final.

Porque el Indio tiene Parkinson desde hace algunos años y luego de los incidentes prefirió abandonar los escenarios para siempre.

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