Historia de la Parroquia de San Patricio en Mercedes

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La presente intervención corresponde a un ensayo en el que la destacada académica y crítica argentina Margarita Pierini recupera la memoria de un episodio de violencia política y terrorismo de Estado que aún no ha sido suficientemente esclarecido en ese país. Un acontecimiento que nos vuelve a interpelar; por sí mismo expresivo del desastre que implicaron las dictaduras en América Latina, en su obscena ostentación de violencia e impunidad.

La Masacre de San Patricio

El episodio de la Masacre de San Patricio nos invita a repensar los mecanismos de censura, tergiversación y violencia sistemática sobre los que se sostuvieron las instituciones estatales convertidas en máquinas de muerte. La noche del 4 de julio de 1976, un grupo armado entró en la Parroquia de San Patricio, en Buenos Aires, y asesinó a cinco integrantes de esa comunidad religiosa: tres curas y dos jóvenes seminaristas. Lo que se denominó la masacre de los curas palotinos no tenía firma, y fue silenciada tanto por las autoridades eclesiásticas de esos años como por los jueces a cargo de la investigación.

El hecho, que puede leerse como parte de la larga lista de esos años de violencia de Estado, desde el presente promueve también otras lecturas que son las que aquí se proponen. De acuerdo con las escasas imágenes periodísticas relevadas, sobre los cuerpos de las víctimas alguien había depositado un difundido póster de Mafalda, que ironizaba sobre las armas de la policía y sus efectos disuasivos. A partir de esas imágenes borrosas y de los escuetos comunicados policiales dados a conocer sobre la masacre, nos interesa, en primer lugar, intentar descifrar los códigos comunes que construyeron un diálogo macabro entre víctimas y victimarios.

Para la lectura de la fotografía periodística nos interesa tomar la perspectiva de la imagen pobre que proponen Steyerl y otros estudiosos de la cultura visual. Necesitamos armarnos historias. Si no, es imposible proyectar nada. Porque las historias que nos inventamos hablan de nosotros, porque somos lo que elegimos recordar. Para nuestra generación, la historia reciente -más allá de los diversos enfoques teóricos, contenidos disciplinares y pautas que atienden a las exigencias académicas-, es un entramado donde la cronología de algunos periodos está atravesada por memorias personales, pequeñas anécdotas, gestualidades, lenguajes… Desde el presente, esa memoria personal se interroga a sí misma, porque tiene conciencia de los cambios que produce el proceso de recordar, bajo la engañosa apariencia de la verdad de un recuerdo.

Contexto Histórico y Religioso

En esos tiempos por demás convulsionados, y en un clima de grandes y profundos cambios, algunos sectores de la Iglesia Católica Apostólica Romana no se mantuvieron al margen (…) un grupo de Sacerdotes que, tomando en cuenta el Documento producido en Medellín por 18 Obispos y siendo muy críticos de la realidad en la que vivían, introdujeron cambios cualitativos en la acción pastoral (…) En este sentido el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo buscaba, por un lado, recrear la idea de que la Iglesia y la política no eran entidades independientes una de otra, sino que por el contrario la Iglesia formaba parte de la política.

Por otra parte intentaban develar la red en la que un manto de espiritualidad escondía grandes intereses, que no defendían precisamente a los “pobres”, sino que formaban parte de un entramado en el que la acumulación de riquezas y la propiedad privada, no se cuestionaban. Hasta ese momento dentro de la Iglesia no se planteaba ningún cambio estructural, ninguna transformación que pusiera en riesgo el statu quo. Por esto, retomar el mensaje de la Iglesia Profética, el legado de Jesús, en este contexto en el que empezaban a discutirse cuestiones que tenían que ver con las bases mismas sobre las que se asentaba el poder de la Iglesia, era algo que no convenía al poder político, y tampoco a la jerarquía eclesiástica.

Los Sacerdotes del Movimiento buscaron estar al lado de los pobres desde una posición de lucha concreta, y las consecuencias que tuvieron que pagar en muchas ocasiones fue con la propia vida. Algunos de ellos fueron excomulgados, otros torturados, desaparecidos o asesinados y los más afortunados pudieron apelar al exilio, como estrategia de supervivencia5. Se hablaba del “mal sacerdote que enseña a Cristo con un fusil en la mano” en el momento de enumerar a los “enemigos de la patria”. Expresiones de este tipo comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes, alentadas en no pocas ocasiones por los sectores más tradicionalistas de la jerarquía.

Mafalda y su Significado

En otra faceta de esta historia, recordemos ahora algunos datos sobre Mafalda, la protagonista de las tiras humorísticas que Quino dibujó a lo largo de casi diez años. Joaquín Salvador Lavado (Quino), nacido en Mendoza en 1934, se trasladó a Buenos Aires en 1954 iniciando su carrera como dibujante en diversos medios de difusión masiva. Su personaje de Mafalda, inicialmente diseñado para una publicidad de electrodomésticos que no se concretó, se convirtió en la protagonista de una tira de humor que encarnaba las fantasías, expectativas y decepciones de la clase media, observadas desde la perspectiva de una niña curiosa e inconformista.

Mafalda, la chica de pelo negro que odia la sopa y está en contradicción con los adultos, se publicó por primera vez el 29 de septiembre de 1964 en el semanario Primera Plana de Buenos Aires. El final de la tira, el 25 de junio de 1973, se produce, según la página oficial del autor, cuando éste “tome una decisión para algunos desconcertante: no dibujar más tiras de Mafalda, pues ya no siente la necesidad de utilizar la estructura expresiva de las tiras en secuencia”9.Sin embargo, más allá de esta justificación desde lo formal, no podemos dejar de asociar ese final de una historia exitosa, que convocaba el interés de millones de lectores, con los acontecimientos que conmovían en ese momento a la sociedad argentina, y no parece casual la fecha del cese, apenas cinco días después de los violentos episodios de Ezeiza.

Desapariciones, secuestros, atentados, asesinatos de dirigentes políticos y gremiales, eran las noticias que asediaban al lector desde las primeras planas de los diarios.

El 4 de Julio de 1976

4 de julio de 1976. En la madrugada del 4 de julio de 1976 fueron asesinadas cinco personas en una vivienda de Belgrano. El hecho podría insertarse en la larga serie de muertes que jalonan esos años, y en especial en esos meses (“más de 100 extremistas han sido abatidos en los últimos días”, informaba La Razón de Buenos Aires, el 21 de julio de 1976). El parte policial informó que se encontraron los cinco cuerpos tendidos en la sala de estar de la casa parroquial.

Uno de los cadáveres estaba cubierto por un poster. El célebre poster de Mafalda, con la frase: “¿Ven? Más de cuatro décadas después, la historia sigue produciendo preguntas. Las imágenes de muy baja calidad que ilustran el artículo están tomadas de esos diarios. Su escasez y sobre todo su reiteración (todos los medios publican las mismas fotos: salida de los cuerpos en ambulancias; misa de cuerpos presentes el lunes 5; fotos de los cinco religiosos) tienen una razón muy concreta: la censura de prensa, establecida rigurosamente desde el día del Golpe Militar.

A pesar de lo que se esfuerza por explicar en esos días La Razón -el vespertino vocero de los servicios de inteligencia-, frente a “erróneos comentarios” que darían a entender por parte del Gobierno “un propósito normativo de la actividad de los medios de difusión”, las restricciones a la prensa solo apuntarían a las publicaciones “que hacen manifiesto un propósito perturbador” (La Razón, 1 de julio de 1976). Imágenes y palabras, pues, son los dos ejes en los que queremos centrar este trabajo.

La Parroquia de San Patricio

La parroquia de San Patricio está ubicada en la calle Estomba, en el elegante barrio porteño de Belgrano. La comunidad parroquial estaba formada por tres sacerdotes (Alfredo Leaden, 57 años; Alfredo Kelly, 43, Pedro Duffau, 67) y varios seminaristas, entre ellos Emilio Barletti (23) y Salvador Barbeito (29) dedicados al culto religioso y a la docencia. Dos días antes de los hechos que aquí recordamos, se había producido un sangriento atentado en el comedor del Departamento de Policía, con un elevado número de muertos; se atribuyó a la acción de Montoneros. El jefe de Policía, General Corbeta, era partidario de perseguir a los culpables y castigarlos por las vías legales -lo cual contemplaba la pena de muerte, que en esas fechas se incorporaba al Código Penal11.

Su postura no coincidía con la del Gobierno Militar, por lo cual fue desplazado del cargo que había asumido apenas 10 días antes. A partir de entonces, las represalias fueron directas y sin atenerse a ninguna legalidad. Esa misma noche empezaron a aparecer cadáveres no identificados en lugares muy visibles de Buenos Aires: en un estacionamiento en San Telmo, en un auto en Callao y Rivadavia, en un costado del Obelisco. De acuerdo con lo que informaron los partes policiales, a primera hora de la mañana del domingo 4 de julio un ayudante de la parroquia -el joven Rolando Savino, encargado de tocar el órgano durante la misa- se extrañó al ver la puerta cerrada y no percibir ningún movimiento en el interior de la casa.

Cuando logró entrar por una ventana se encontró, en la sala de estar, con los cuerpos acribillados de los tres curas y los dos seminaristas (Emilio y Salvador). Algunos habían sido sacados de sus dormitorios, otros acababan de llegar a la casa cuando fueron sorprendidos por el grupo de tareas. En una mesa estaban apilados en orden los documentos de los cinco, señal de que habían sido cuidadosamente identificados antes de matarlos. Durante la madrugada, la manzana había sido convertida en zona liberada12. Por eso, la denuncia realizada horas antes en la comisaría por dos vecinos jóvenes, informando que habían visto movimientos de autos extraños, fue desestimada.

Frente a la cantidad de proyectiles disparados (se encontraron 35 vainas servidas, 15 proyectiles calibre 9 mm)13 resultó extraño que el vecindario no se enterase de lo sucedido. Una hipótesis verosímil es que se usaron armas con silenciador. Desde los partes oficiales el hecho se atribuyó al extremismo. La misa donde se veló a los cinco muertos antes de llevarlos a sus respectivas ciudades (Mercedes, San Antonio de Areco, Avellaneda) fue presidida por Monseñor Leaden -hermano de una de las víctimas- y acompañada por más de cien curas.

Las máximas autoridades de la iglesia estuvieron presentes, pero sentados a un costado del altar. En el sofisticado y preciso lenguaje del ceremonial eclesiástico, esta ubicación era elocuente: participar, sí, pero no comprometerse con un apoyo firme y visible.

El juez Guillermo Rivarola, que tuvo a su cargo la investigación del crimen, no avanzó demasiado en su pesquisa: con testigos que se retractan de su primera declaración, policías de servicio esa noche que hacen un pacto de silencio para no ser castigados por sus superiores, vecinos que optan por no acudir a la convocatoria del juzgado. En el clima de la época, la palabra de la verdad es un arma suicida. Desde los servicios de información se difunden rumores de que los muertos podrían haber sido “simpatizantes de izquierda”. Algo habrán hecho, es el mensaje. La Congregación deberá emitir una rotunda desmentida para enfrentar la sospecha que ya los medios han hecho recaer sobre las víctimas.

La causa judicial fue tomada desde el inicio por el juez Rivarola; el fiscal actuante fue Julio Cesar Strassera. (…) En 1977 se dicta el sobreseimiento provisorio. Hasta aquí, los datos de una historia todavía impune y sin esclarecimiento, como tantas otras de los años del terror estatal.

Censura y Desinformación

En los tiempos en que la palabra es censurada, justamente es cuando se afinan la lectura y el oído para percibir y descifrar, debajo del discurso visible y explicito, el murmullo de lo apenas dicho, la verdad tergiversada detrás de la noticia, la cuidadosa elección de los términos empleados. Podemos distinguir así, en las noticias que hoy revisamos, en primer lugar, las palabras que transmiten informaciones truncas, contradictorias, falseadas. Entre las múltiples citas que pueden extraerse de las fuentes periodísticas elegimos algunos casos:

  1. La Prensa informa sobre la misa de cuerpo presente “celebrada ayer en la iglesia de San Patricio, donde fueron velados los tres sacerdotes y dos seminaristas ultimados por elementos terroristas”15. Lo confirma enfáticamente, una semana después, la máxima autoridad militar de la zona, el general Carlos Guillermo Suárez Mason.
  2. Consultado por periodistas al salir de la misa de homenaje, el 11 de julio de 1976, sostuvo que: “Este crimen horrendo, cometido contra los humildes pastores de la Iglesia subleva mi serenidad de espíritu. Ruego a Dios ilumine el camino para alcanzar la paz dominando tantos males injustos contra la Nación y su pueblo y permita que la sangre de estos mártires cristianos que caen junto a los hombres de las fuerzas conjuntas demuestren cuáles son los verdaderos propósitos de quienes atacan los más caros principios de la verdad y la vida”16.
  3. Para sustentar desde una autoridad irrefutable alguna culpa que haga justificable el crimen. Un día después de los asesinatos Crónica reproduce un cable de la Agencia Associated Press que señala: “En el Vaticano. La Orden de los Palotinos dijo hoy que los miembros de la orden asesinados en Buenos Aires eran simpatizantes del movimiento de izquierda” (Crónica, 5 de julio de 1976). La desmentida de la agencia oficial católica, que también reproduce el vespertino, va precedida por una pregunta que sigue sembrando sospechas, con una redacción donde abundan los potenciales (habría, podrían) a los que el discurso de los medios nos tiene acostumbrados en estos casos: ¿Simpatizantes de izquierda?
  4. El titular de Crónica del domingo 11 de julio destacaba en grandes letras: Dolor y resignación en la misa. Como veremos más adelante, la homilía pronunciada en esa ocasión convocaba a todo menos a la resignación de la comunidad. Así, el periodismo colaboraba con una forma de “hacer docencia”. La sociedad debería aprender conductas y sentimientos: ante todo, resignación y conformidad.
  5. El magistrado habría dispuesto que se realizara una reconstrucción de los trágicos episodios producidos esa madrugada en la iglesia, todo en base a suposiciones e indicios hallados en el escenario de los crímenes.
  6. Como culminación aberrante de esta historia de encubrimiento e impunidad, el único castigado fue el periodista Eduardo Kimel, autor de la investigación más completa sobre La masacre de San Patricio, como tituló a su libro. El juez Rivarola se consideró ofendido por un párrafo donde se señalaba su incompleta actuación. Kimel fue condenado a un año de prisión en suspenso y una fuerte suma de dinero, condena que la Corte menemista confirmó si...

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