Plaza de los Coches en Cartagena: Un Vistazo a su Historia y Polaridades

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Cartagena de Indias, un destino referente mundial por su valor histórico y patrimonial, sus cálidas aguas caribeñas y sus atardeceres despampanantes, es un destino que se caracteriza por la polaridad entre lo histórico y el desarrollo contemporáneo.

Aquellos turistas que visitan este destino, probablemente se hospeden en alguna renovación dentro de la ciudad histórica o en las altas torres de Boca Grande y Castillo Grande, cuya reminescencia urbana es más semejante a Miami que a alguna otra ciudad de realidad latinoamericana.

Al llegar a ciudades como Bogotá, donde la Calle 26 o Avenida del Dorado, la cual conecta el Aeropuerto internacional con el centro de la ciudad, esta resguardado por altos edificios corporativos y hoteles a lo largo de la mayoría del camino, aquellos turistas que se dirijan hacia el centro, serán recibidos por un paisaje urbano icónico, hermoso e histórico.

Y así como como son cientos de miles quienes la visitan a lo largo del año, también son cientos las personas tratando de obtener un rédito de este turismo de masas, los más para la difícil subsistencia, pues es claro, lo que vemos es lo que quieren que veamos, y detrás de toda esa gente hay historias de miserias, quizás las mismas que acompañan a su pueblo desde el tiempo de la esclavitud.

La polaridad socioeconómica es la que más se demuestra en el paisaje urbano que refleja la realidad de la ciudad, pues son Boca Grande y Castillo Grande los sectores de mayor valor estratificado (6) y Manga (5) donde predominan los edificios en altura.

En la escala del perfil urbano histórico, donde sus calles jamás fueron pensadas para el automóvil, y aunque desde 2018 la alcaldía había anunciado la peatonalización de 45 calles en el centro, hoy en día todavía prevalece el flujo compartido entre las masas de turistas peatones y los carros, que en altas horas de la noche gozan de la ausencia de restricción de velocidad.

Una de nuestras actividades favoritas en Cartagena es simplemente vagar por las calles adoquinadas de la amurallada Ciudad Vieja, patrimonio de la humanidad de la UNESCO. Comience paseando por la Plaza de los Coches, más allá de la histórica Torre del Reloj hasta el Portal de los Dulces, donde podrá degustar dulces colombianos tradicionales.

Ignorando este hecho, el espacio público demuestra las irregularidades en las prioridades de las administraciones de la región.

Para reconocer la idiosincrasia de un nuevo destino; su paisaje humano y cultural, es necesario contar con una suerte de bisturí mental; bisturí que te permita separar por capas lo que se te ofrece a primera vista, común denominador en este mundo global.

Así encontramos calles tales como: Calle de los Estribos, Calle Estanco del Aguardiente, de la Iglesia, calle de la Amargura, de las Damas, calle de Gastelbondo, calle de la Mantilla, de la Sierpe, calle Tripita y Media, calle Tumbamuertos; en fin, una innumerable lista de nombres que esconden cada uno una historia, y que da para una crónica por sí sola.

Omitiré en mis palabras la presencia visible de la Cartagena moderna; grandes edificios y hoteles por doquier, una amplia infraestructura destinada a recibir a los cientos de miles de turistas que la visitan atraídos por las coloridas promociones del idílico caribe, que en este caso tiene un plus: la ciudad amurallada, vestigios de la primera época del continente conquistado, de la América colonial.

El primer contacto con el atosigamiento que no da tregua de vendedores de todo tipo de comercio, el merchandising de la ciudad, con su amplio abanico de “ofertas”- artesanías de las más variadas, billetes antiguos, sombreros, joyas de fantasías, poleras y un largo etcétera, y en este largo etcétera hay que incluir el comercio que se hace con la figura de Pablo Escobar, el Rey del narcotráfico por más de dos décadas y que puso en jaque al estado colombiano, y cuya imagen aparece en poleras, sombreros, chapitas, billeteras y otros productos-, hasta los enganchadores, ya sea de agencias turísticas- muchas de dudosa credibilidad-, de joyerías con su producto estrella, la siempre codiciada esmeralda, o de restaurantes, constituye la primera capa que de una u otra manera hay que saber eludir.

Esta Cartagena amurallada y colonial, es en sí un colorido caleidoscopio; cada esquina, calle o rincón pareciera ser la acuarela de algún artista; las casas y sus balcones, con sus macetas con flores o cubiertos de enredaderas que suben, trepan, se enroscan y florecen, en un amplio abanico de colores: trinitarias, buganvilias, jazmines y otras más; los detalles arquitectónicos que abundan; fue un deleite la observación de las variopintas formas de las aldabas, que resaltan en cada puerta o portón de las antiguas construcciones.

Estas mujeres morenas son las palenqueras y se nos presentan con sus atuendos típicos y la cesta de frutos que ponen sobre sus cabezas, dispuestas a ser fotografiadas, eso sí con el respectivo pago. Es su trabajo y es de mal gusto y poca ubicación el intentar obtener una fotografía sin su consentimiento.

En el atardecer cartagenino el intenso calor que agobia durante el día se vuelve más soportable, y es el momento que la ciudad se puebla de estampas nostálgicas, al irrumpir decenas de carruajes, tirados todos por un solo caballo- escena no apta para animalistas-, que recorren los principales puntos de la ciudad llevando visitantes, con el cochero en su rol de guía turístico, abarcando desde la Plaza de las Bóvedas hasta la Plaza de los Coches, traquetear de herraduras en cada estrecha callejuela de la ciudad amurallada.

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