El Teatro Teresa Carreño es el mérito de la generosidad, dedicación y visión de un grupo de personas de extraordinario talento y calidad humana, que supieron aprovechar un momento único en la historia del país para que éste se hiciese realidad. En lo personal, es también el proyecto más valioso de toda mi carrera profesional.
Esta crónica es un intento por recuperar la constelación tan afortunada que me llevó a estar entre los autores de una obra que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los hitos de la Caracas moderna.
Llegada a Caracas y Primeros Pasos
En diciembre de 1968, llegué por primera vez a Caracas procedente de Nueva York. Estaba el país en pleno auge y en la cálida atmósfera del valle se podía respirar un aire cargado de optimismo. El acuerdo entre los partidos políticos y la riqueza petrolera habían logrado crear condiciones favorables de estabilidad, y existía como un espíritu de contribuir al progreso mediante la construcción de importantes obras de infraestructura.
El Metro de Caracas, la impresionante red de autopistas, e importantes avances en materia de electrificación y comunicaciones se encontraban en proyecto o ya bien avanzadas. Era este un tiempo no solo de fomento de la salud y la educación pública, sino también de las artes, la investigación y las ciencias. Pero además, me veo obligado a repetir aquí sin pudor el lugar común: para un alemán joven como era yo, eran especialmente atractivas su gente amable, el ambiente de prosperidad, por supuesto, el clima, y, por qué no decirlo también, la constante presencia del Ávila. Por eso, como a tantos otros que llegamos desde muy lejos, desde el primer día, Caracas me fascinó.
Mi llegada a Venezuela había sido resultado del azar, producto de una serie de decisiones que eventualmente resultaron en mi mudanza a Caracas, pero que, en retrospectiva, parece responder a un patrón que caracterizó los años de mi juventud. Yo nací en Berlín, en 1938, y frecuentes mudanzas de la familia durante los años de la guerra y la post-guerra me acostumbraron desde muy pequeño a adaptarme a ambientes nuevos y desconocidos. Más tarde pude viajar mucho por Europa y visité el Medio Oriente, con algunas estadías largas en Egipto y Afganistán. Fueron años fascinantes que, después de la Segunda Guerra Mundial, me permitieron disfrutar lo que para mí era un mundo nuevo, abierto -con excepción del bloque soviético y China-, ofreciéndome la oportunidad de conocer otras culturas, otros países y poder compartir sin prejuicios con su gente.
Inicié mis estudios de arquitectura en 1957, en la Universidad Técnica de Aquisgrán, y al aprobar mi pre-diploma, interrumpí los estudios por dos años y medio para trabajar con el arquitecto Peter Busmann, a quien había conocido durante una pasantía en la oficina de otros arquitectos en Colonia. Junto a él, participé en más de una docena de concursos de arquitectura, resultando ganadores en cuatro de ellos y obteniendo varios otros premios y menciones.
En 1965, recibí finalmente mi diploma de arquitecto mientras seguía trabajando con Busmann. Y al año siguiente, con una beca de la Fundación Volkswagen, partí a la Universidad de Princeton, en New Jersey, EEUU.
Experiencia en Planificación Urbana en Nueva York
En Princeton mi intención era pasar un semestre de investigación para un doctorado sobre el efecto de la aparición de los “shopping centers” periféricos de las ciudades sobre sus centros tradicionales. Sin embargo, el encuentro con el profesor Ray Okamoto, quien estaba dirigiendo un estudio de diseño urbano del Midtown Manhattan de Nueva York, para la Regional Plan Association of New York (RPA) me hizo cambiar de planes.
Al finalizar los seis meses de la beca, logré ser contratado por la RPA y pude participar en el estudio. Enfocados en la parte central de la isla de Manhattan, explorábamos criterios y mecanismos de diseño para crear un ambiente urbano funcional, ameno y reconocible, capaz de absorber la demanda proyectada de espacios para oficinas en esta zona de la ciudad. Era una propuesta conceptual con una posición crítica a lo que estaba ocurriendo en nuestra área en estudio: el fenómeno que llamábamos “slab city”, la construcción indiscriminada de torres de oficinas a lo largo de las avenidas, sin un concepto previo de ordenamiento o mejora del espacio público urbano.
Preparamos una exposición de los resultados en la Architectural League de New York (1968), y más tarde se publicó el estudio por la RPA como parte del “Segundo Regional Plan” con el nombre “Urban Design Manhattan”.
Al finalizar el estudio, en 1968, comencé a trabajar en una consultora de tres socios arquitectos/planificadores urbanos que recientemente habían creado una oficina en Nueva York, adicional a su sede en San Francisco. Allí trabajé en una gran variedad de proyectos: de renovación urbana, planes maestros y conceptuales, y en el plan para una nueva ciudad en el Estado de Florida, cerca del proyecto de Disney World, recién dado a conocer en esos años.
En ese tiempo Nueva York era un lugar de un dinamismo vertiginoso, con una vida cultural intensa y grandes cambios sociales. Había allí gente joven de todas partes del mundo. Fue ese el tiempo de las marchas multitudinarias contra la guerra de Vietnam, las protestas estudiantiles, el tiempo de los happenings, los Beatles y los Rolling Stones. En este ambiente conocí a mi futura esposa, Ildikó Fényes, una talentosa y hermosa venezolana de origen húngaro, quien estaba visitando a su hermana, aprovechando que la Universidad Central de Venezuela, donde enseñaba física en la Facultad de Ciencias, estaba cerrada por una huelga estudiantil. Los padres de Ildikó habían llegado a Venezuela con sus dos hijas en 1947. Y al terminar su bachillerato, ambas fueron becadas para estudiar en los Estados Unidos, quedándose la menor allí, mientras Ildikó regresaba a Caracas.
En enero de 1968 nos casamos en Caracas, para volar de inmediato a Nueva York, donde permanecimos hasta finales de año, cuando ella debía regresar para retomar su trabajo en la UCV.
Recomendaciones y Primeros Contactos Profesionales en Caracas
Antes de partir para Venezuela nuevamente, un buen amigo, profesor de Columbia University, el arquitecto Ervin Galantay, quien había formado parte del equipo de planificación de la universidades Harvard/MIT para Ciudad Guayana, me recomendó que contactara en Caracas a dos arquitectos que podrían ayudarme: el primero de ellos era Tomás Sanabria, uno de los arquitectos más reconocidos de la época; el segundo, Anthony (Tony) Penfold, de origen irlandés, quien también participó en el equipo de Harvard/MIT, y fue consultor de la Oficina Ministerial de Transporte (OMT) en la planificación del Metro de Caracas.
Apenas llegar fui a visitarlos, y ambos me recomendaron que, debido a mi experiencia en planificación y diseño urbano, fuera a pedir una cita con el director de planeamiento urbano del Ministerio de Obras Públicas (MOP), el arquitecto Manuel Corao, quien hacía poco tiempo había creado un equipo de trabajo para elaborar un plan de renovación urbana para el Casco Central de Caracas. Mi entrevista, pocos días antes de la Navidad de 1969, fue muy cordial y exitosa: por lo que fui contratado como especialista en diseño urbano y comencé a trabajar en el Ministerio a partir del 1º de febrero de 1970.
El grupo de estudio del Casco Central tenía sus oficinas en la planta baja del Edificio Camejo, en pleno centro de la ciudad. Fue allí donde comencé a dar mis primeros pasos en firme por la ciudad, y a integrarme al nuevo ambiente de trabajo acompañado de un grupo de jóvenes arquitectos que, sin reservas, me acogieron como uno de los suyos (entre ellos estaban Carmelita Brandt, Alfredo Camejo, Lindolfo Grimaldi, Luis González Cárdenas, Tony Brewer). Entre los asesores del ministerio estaba el arquitecto Victor Fossi, y como asesores externos al estudio actuaban los arquitectos Tomás Sanabria y Alberto Morales Tucker. Este último, en su función de director de la Oficina Municipal de Planeamiento Urbano (OMPU) de Caracas (Distrito Federal). Todos ellos serían un apoyo invalorable para mi futuro profesional en Venezuela.
Por otro lado, Tony Penfold me había recomendado que contactara también a los arquitectos Enrique Siso y Daniel Fernández Shaw (S&S), quienes estaban diseñando el conjunto de Parque Central, un gran proyecto de renovación urbana en el sur-este del mismo centro de Caracas, objeto del estudio del Ministerio.
Los visité en su oficina en la Avenida Libertador y, al finalizar la entrevista, me recomendaron aceptar la oferta del Ministerio, ofreciéndome, además, que me uniera a su equipo como asesor en los aspectos urbanos de su proyecto. Fue así como a los dos meses de mi llegada tenía dos empleos fascinantes: el estudio del casco central con el MOP (que además incluía numerosas “misiones” a ciudades del interior del país), y la participación con ideas y propuestas en el proyecto de Parque Central, de Siso y Shaw, junto a su grupo de arquitectos, entre los cuales se encontraban Tomás Lugo y Toni Blanco.
El trabajo en el MOP, organismo considerado en aquella época como una escuela para jóvenes profesionales, me permitió conocer en detalle el sistema de planes regionales y urbanos, y el proceso de su formulación e implementación. Además, gracias a los numerosos viajes, obtuve en poco tiempo una visión más amplia del país, desde Cumaná hasta Maracaibo, pasando por Barinas y Ciudad Guayana; lo que se sumó a mi experiencia diaria en el centro de la capital.
Por otro lado, en la oficina de S&S, constantemente pusimos a prueba nuevos conceptos y tecnologías con un grupo multidisciplinario, dinámico y diverso de profesionales. De este modo estuve completamente inmerso en el ambiente y la vida del país, por lo que muy pronto me sentí como en casa.
Inicios del Teatro Teresa Carreño
Fue un día de noviembre de 1970, al llegar a la oficina de S&S, cuando Enrique Siso me saludó diciéndome: “Dietrich, el Centro Simón Bolívar ha llamado a concursar para una sala de conciertos. Nosotros inscribimos al arquitecto Jesús Sandoval, ex-estudiante nuestro, y por tu experiencia en concursos en Alemania quisiéramos que hagan equipo. Estamos muy comprometidos con Parque Central para dedicarnos nosotros mismos a un concurso, pero nos interesa que se haga una propuesta que tenga una relación armónica con nuestro proyecto, pues el terreno del concurso queda muy cerca”.
No tuve que pensarlo mucho, con enorme generosidad Siso y Fernández Shaw me abrían las puertas al que -solo lo sabría muchos años después- sería el proyecto más importante de mi carrera. Por lo que, sin dudarlo ni un segundo, acepté con entusiasmo.
Al inicio, Jesús Sandoval y yo nos dedicamos a desarrollar las primeras ideas. Nos reuníamos en el Centro Comercial Los Ruices, en la tienda de muebles de su esposa, hasta muy tarde en la noche. Explorando las diferentes opciones para el aprovechamiento del terreno seleccionado, nos dimos cuenta del gran potencial de su ubicación y contexto: situado en el extremo este del casco central, al lado del Parque Los Caobos, adyacente a los museos de Ciencias y de Bellas Artes, parecía el sitio ideal para crear un núcleo cultural-recreativo importante para la ciudad. Muy pronto empezó a cristalizar el concepto de organizar la edificación de la sala de conciertos en torno a un espacio público, sitio de encuentro y de transición entre la ciudad y el parque, que además conectara con los museos.
El Parque Los Caobos había sido recuperado recientemente con un proyecto del arquitecto José Miguel Galia, en cuyo diseño prevalecieron ángulos de 30 y 60 grados. Esta geometría se impuso casi naturalmente en la exploración de la posible configuración del conjunto, ya que permitía la integración armónica con los caminos del parque, ofrecía mucha flexibilidad en el diseño y favorecía la implantación de puentes peatonales para enlazar la sala de conciertos con las edificaciones del otro lado de la Avenida Sur 23, el conjunto de Parque Central y el Hotel Caracas Hilton.
Teníamos reuniones semanales en la oficina de S&S, en las que se discutían y comentaban las ideas con la participación de todos y, gracias a esta dinámica, Tomás Lugo se nos juntó de manera permanente a las pocas semanas, reforzando el proceso de desarrollo del diseño del conjunto.
El programa de áreas del concurso era ambicioso, extenso y complejo. Se planteaban dos auditorios: una sala principal, con capacidad para 2.300 personas, y una sala de ensayos orquestales, espacios de apoyo al escenario como camerinos y baños para los miembros de coros y orquestas y artistas individuales. Además, se pedían numerosas salas de ensayo, individuales y para grupos de músicos, para coro y ballet; sin dejar de mencionar los talleres y áreas técnicas de las instalaciones de servicios de infraestructura, estacionamiento y zona de carga. Finalmente, había que prever los espacios públicos con los servicios de atención a los visitantes y las oficinas de la Orquesta Sinfónica de Venezuela con cafetería y biblioteca.
Una vez ordenados los espacios por sus funciones y relaciones, empezaron a diferenciarse los principales sectores del conjunto y se precisaron los criterios de diseño. Para la implantación, en todo momento prevaleció el concepto inicial de crear el espacio de encuentro entre la ciudad y el parque como vestíbulo y hall de acceso a las salas del conjunto, al parque y a las demás instituciones culturales del contexto, los museos y el Ateneo. Nos imaginábamos un foro techado, amplio y transparente, con visuales entre el espacio verde abierto del parque y el borde urbano del centro de la ciudad.
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