Gerald Ford asumió la presidencia de los Estados Unidos en un período de gran turbulencia política y social. Su mandato estuvo marcado por la necesidad de restaurar la confianza en el gobierno tras el escándalo de Watergate, así como por importantes desafíos económicos y de política exterior.
Contexto Político y Social
Hace exactamente 40 años, el 20 de enero de 1981, Ronald Reagan asumió como Presidente de Estados Unidos. Ford fue derrotado en la elección por Jimmy Carter, lo que permitió a Reagan convertirse en el líder del movimiento conservador norteamericano, y previsible candidato presidencial para las elecciones de 1980.
El Ascenso de Ronald Reagan
En 1964 Reagan apoyó la campaña de Barry Goldwater a la Presidencia de los Estados Unidos, cuyas consecuencias serían decisivas para el naciente movimiento conservador norteamericano. Desde entonces, Reagan se dedicó a la vida política activa, y en 1967 fue elegido como Gobernador de California. Eso le permitió no solo ser reelegido, sino transformarse en una figura nacional.
A esto se sumaba que no solo era un líder relevante, sino que las ideas que habían comenzado a crecer desde 1964 habían ido permeando al electorado republicano. Carter, quien postulaba a la reelección, debió enfrentar las críticas de Reagan sobre “el malestar”, y apelaba con entusiasmo a restablecer el “Sueño Americano”, frente a una economía deprimida, un excesivo gasto estatal y -en materia internacional- el pesimismo que siguió a la guerra de Vietnam y el mal manejo de la crisis de los rehenes en Irán.
Finalmente, Ronald Reagan triunfó en la elección del 4 de noviembre de 1980, cuando logró casi 44 millones de votos (51%), frente a los 35 millones de Carter (41%). En cuanto a los electores, Reagan triunfó en 44 estados, y Carter solo en 6 (489 votos del colegio electoral contra 49).
El Discurso Inaugural de Reagan
En su Discurso Inaugural el nuevo Presidente de los Estados Unidos precisó el sentido de su administración: “El objetivo de este gobierno es una economía sana, vigorosa y creciente que ofrezca igualdad de oportunidades a todos los estadounidenses, sin barreras surgidas de la intolerancia y la discriminación. Que Estados Unidos vuelva a trabajar significa que todos los estadounidenses vuelvan a trabajar. Acabar con la inflación significa liberar a todos los estadunidenses del terror de un costo de la vida descontrolado. Todos debemos ser parte del trabajo productivo de este ‘nuevo comienzo’ y todos debemos compartir la recompensa de una economía recuperada.
En sus palabras y en su imagen, el nuevo gobernante mostraba optimismo, esperanza, sentido de futuro, confianza en el pueblo norteamericano y en su programa de gobierno. Estaba convencido de que las soluciones a los problemas no vendrían del Estado, aunque este debía ofrecer oportunidades y fomentar la productividad.
Política Interna de Reagan
En el plano interno, Reagan adoptó algunos conceptos de la economía de la oferta, como el control del gasto público y desregulación de los mercados, coincidente con el pensamiento del movimiento conservador. De hecho, desde el primer año hubo una gran reducción de impuestos; con el tiempo disminuyó la inflación y se inició un crecimiento histórico destacado. En otro plano, hubo un aumento del gasto en defensa.
Por otra parte, también se inició lo que se ha llamado la “revolución conservadora”, que tenía como uno de sus ejes la defensa de la Constitución. En esta línea, en 1981 nombró a la primera mujer, Sandra Day O’Connor, como magistrado de la Corte Suprema: el objetivo era detener el activismo de los jueces liberales y hacer respetar la carta fundamental.
Política Exterior Durante la Guerra Fría
Paralelamente, Estados Unidos enfrentaba un escenario internacional incierto, en el contexto de una duradera Guerra Fría, que había marcado al mundo por décadas. La Unión Soviética había comenzado la década de 1980 con variados problemas, representados por un régimen gastado, gobernados por una gerontocracia poco creativa y que se enfrentaba a un Occidente renovado por los liderazgos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, a quienes se sumaba el Papa Juan Pablo II, elegido en 1978.
En el caso del líder norteamericano, desde un comienzo dejó muy claro que para él el comunismo no era simplemente un problema de organización política o de modelo económico, sino que encarnaba un aspecto moral fundamental: Estados Unidos no solo enfrentaba a una gran potencia, sino a “un imperio del mal”, como expresó en su discurso del 8 de marzo de 1983 a la Convención Anual de la Asociación Nacional de Evangélicos.
Pese a ello, Reagan sostuvo tres cumbres con Gorbachov, encuentros que captaban la atención mundial, al reunir a dos figuras decisivas del siglo XX, quienes procuraban poner fin a la Guerra Fría defendiendo sus respectivas convicciones y procurando solucionar por vías pacíficas el grave conflicto que había enfrentado a ambas potencias desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial.
Con toda transparencia, durante su visita a la Unión Soviética el Presidente de los Estados Unidos expuso en la Universidad de Moscú sobre las virtudes de la democracia norteamericana, y “recibió una ovación de pie cuando terminó”. En 12 de junio de 1987 Reagan tuvo otro momento estelar en su desafío al mundo comunista, cuando visitó Berlín. En esa oportunidad, en un discurso ante la Puerta de Brandenburgo, el Presidente norteamericano afirmó: “En la década de los 50, Kruschev predijo: ‘os enterraremos’. Pero en Occidente hoy vemos un mundo libre que ha alcanzado un nivel de prosperidad y bienestar sin precedentes en toda la historia humana. En el mundo comunista vemos fracaso, retraso tecnológico, niveles sanitarios en declive, incluso necesidad del tipo más básico: demasiada poca comida. Incluso hoy, la Unión Soviética no puede alimentarse a sí misma… Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si usted busca la liberalización: ¡Venga a este muro! ¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, derribe este muro!”
Apenas un par de años después, cuando Reagan ya había dejado la Casa Blanca, el Muro de Berlín fue derribado, anunciando el fin de los regímenes comunistas.
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