El Significado Bíblico de "Fiat": Un Análisis Profundo

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El término "Fiat", proveniente del latín, significa "hágase". En la Biblia, esta palabra clave aparece en el relato de la creación de Dios en Génesis 1:3, donde se lee: “Y dijo Dios: ‘Sea la luz’; y fue la luz”. Este “dijo” es un ejemplo del “fiat” de Dios, donde su palabra tiene el poder de crear y traer a la existencia lo que no existía previamente.

Este artículo explorará el significado profundo de "Fiat" en el contexto bíblico, su conexión con la creación divina y la importancia de María como un modelo de fe y obediencia a la voluntad de Dios.

El "Fiat" de Dios: La Voluntad Divina en Acción

El fiat de Dios es una expresión que se refiere a la voluntad divina en acción. Es una manifestación de la capacidad de Dios para crear y transformar el mundo a su voluntad. El fiat de Dios se puede observar en varios pasajes de la Biblia, como en el Génesis, cuando Dios creó el mundo con su palabra, o en el Nuevo Testamento, cuando la Virgen María aceptó la voluntad de Dios de ser la madre de Jesús.

La voluntad divina es un concepto muy importante en la religión cristiana, ya que se cree que Dios tiene un plan perfecto para cada persona y que seguir su voluntad es la clave para alcanzar la felicidad y la salvación.

Descubrir el significado del fiat de Dios implica tener una actitud de humildad y apertura a la acción de Dios en nuestras vidas. Es un llamado a confiar en la providencia divina y a estar dispuestos a aceptar los desafíos que se nos presentan como oportunidades para crecer y desarrollarnos como personas.

María: Ícono del Misterio y Espacio Activo de la Epifanía Trinitaria

María, la mujer “ícono del misterio” como la define el teólogo napolitano Bruno Forte, es la criatura que vive radical y conscientemente su pertenencia al Dios que se ha revelado en las particularísimas circunstancias de su vida, como Padre, Hijo y Espíritu Santo y a quienes ha dado siempre una respuesta libre y permanente, desde el primer instante de su inmaculada concepción, hasta el último respiro que la introdujo en la gloria de su Señor. La biografía total de María es vida In Trinitate y por eso resulta ser vida de bienaventuranza.

Si María, por su íntima participación en el desvelarse salvífico del Dios cristiano, se concretiza como espacio activo de la epifanía trinitaria, es, a la vez, también la persona que contrae vínculos relacionales y existenciales con el Dios uni-trino. Estos vínculos ayudan a comprender cómo se realiza la dinámica vital de la criatura nueva y del creyente en Dios comunión de personas.

Anticipando el contenido y la razón de las bienaventuranzas (Lc 6,20-23: Nt 5,1-12), ofrece a todos los bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, la imagen densa de la respuesta que el hombre ha sido capaz de dar a Dios y el atractivo que ella suscita en todos aquellos que se esfuerzan por querer ser verdaderamente humanos.

La Triple Condición de María: Virgen, Madre y Esposa

La respuesta de María, como mujer concreta, ofrecida en la realidad histórica de su irrepetible humanidad, no podemos olvidar que se ha expresado en su triple condición de Virgen, Madre y Esposa.

Virginidad: Pertenencia al Totalmente Otro

La condición virginal de María identifica de manera tan radical y personal la figura de la Madre del Señor, que este título se vuelve su nombre y con ese nombre la Iglesia la confesará como “siempre Virgen”. Este es un dato histórico irreductible que los evangelistas Mateo y Lucas, de manera independiente entre sí, refieren acerca de la muchacha de Nazaret.

En primer lugar en el acontecimiento de la concepción virginal de Jesús, el Padre manifiesta su iniciativa. En este hecho brilla la sencilla e inmediata verdad de que todo viene del Padre para nosotros propter nos homines et propter nostram salutem. El natus ex Virgine manifiesta el poder de Dios sobre cualquier proyecto o poder humano. Sobre la absoluta incapacidad y pobreza que revela la condición de virgen en que se encuentra María, Dios realiza una fecundidad extraordinaria y salvífica por medio de la generación del Hijo. Esta es la primera consecuencia en Dios al dirigirse a una Virgen.

Con su virginidad perpetua María expresa la sencilla verdad de que existir es pertenecer a alguien más grande: “llegar a ser siempre más verdaderos significa cambiar nuestra falsa conciencia de ser los dueños de nosotros mismos y alcanzar así el convencimiento de pertenecer a otro. Este cambio no es, como podría aparecer a la mentalidad actual, como penalizante para el hombre, porque él ha sido hecho para esto ya desde el origen. María pronuncia su sí virginal en la certeza de que Dios no es un intruso, una “hipótesis inútil”, como pareciera sugerir la cultura de la sospecha, sino el Dios en quien se puede abandonar.

La pregunta de María por el ¿cómo? Y no por el ¿por qué?, es el inicio inmediato que nada teme y nada opone a la iniciativa del Padre. No es sin una clara razón que sobre esta óptica de fe, la reflexión de la Iglesia realizó el primer esbozo de comprensión de María y de su fe, después del dato bíblico, comparándola con la misma condición de la “Virgen-Eva” que, sin embargo, dudó y temió y por eso ató nudos de desobediencia.

La virginidad de María consiste en estar frente a la Iniciativa del Padre con la actitud de los “pobres de Yawké que perseveran en la radicalidad del abandono en Dios vivo. En la óptica de la fe que la invade, su virginidad adquiere de este modo el valor de “signo” de consagración para el servicio exclusivo de Dios; signo de pobreza que reclama la plenitud de Dios, signo de novedad del reino que bien a sacudir las leyes de lo viejo. María es virgen, porque es toda de Dios y toda para Dios, revelación de la criatura en su postura más transparente y certera ante la vida y l historia.

De esta forma la virginidad deja de ser un tema moralista, fisiológico o exclusivo de un reducido grupo de consagrados, aunque estos últimos están llamados a recordar y representar permanentemente en la Iglesia esta actitud profética, para asumir una condición antropológica valiosa para todo estado de vida. La virginidad no es, ni puede ser en sentido cristiano, sólo una ausencia de sexo o un rechazo del mismo.

Maternidad Divina: Garantía del Realismo de la Encarnación

Toda la grandeza de María y su inserción en el designio histórico-salvífico de Dios se funda en su maternidad divina, hacia la cual tiende también su virginidad. El Concilio de Efeso llevó a plena maduración el testimonio normativo de la Escritura y la fe ininterrumpida de la Iglesia cuando afirmó: “Pues no decimos que la naturaleza del Verbo, transformado, se hizo carne; pero tampoco que se trasmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo, sino, más bien, que habiendo unido consigo al Verbo, según la hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado hijo del hombre… Porque no nació primeramente un hombre vulgar de la Santa Virgen y luego descendió sobre él el Verbo; sino que unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne… De este modo los santos Padres no tuvieron inconveniente en llamar Madre de Dios (Teothokos) a la santa Virgen”.

Ya san Juan Damasceno advertía que: “el solo nombre de la santa Theotokos, encierra todo el misterio de la economía divina”. Ese nombre traduce, en definitiva, todo el actuar trinitario y su plena revelación en la encarnación y en el misterio pascual. A ese nombre hay que acudir para la comprensión completa y profunda de la lógica de Dios, pues en el testimonio de esa maternidad se encuentra la densidad de la naturaleza del evento cristiano.

“El que buscase a Dios fuera del hijo de María no tendría ninguna posibilidad de acceso pleno al misterio de la divinidad. La madre de Dios es, en este sentido, centinela del carácter absoluto del cristianismo, la señal humilde, pero sumamente indicativa, de la presencia del Eterno en el tiempo, de Dios en carne humana”. La función maternal biológica de María se vuelve garantía del realismo de la encarnación, como ya lo había visto san Agustín, contra toda forma de docetismo y de monofisismo.

En primer lugar es necesario decir que la maternidad de María no fue una fatalidad. El Fiat de la Virgen al llamado divino se produjo en medio de una radical libertad y no de una coacción violenta. La característica fundamental del nuevo mundo que nace es siempre ésta: la libertad, el amor, el abandono al otro.

En segundo lugar María responde al amor fontal del Padre con todo su yo humano y femenino, ofreciendo esta concreta condición al proyecto de Dios sobre su maternidad. Lo femenino que se da en María es también asumido por Dios y está hecho vehículo de salvación y de auto-revelación de Dios.

Son las palabras más hermosas, porque son las más verdaderas que un ser humano pueda pronunciar. Son palabras dichas por una mujer que vive de acuerdo a la plenitud de la verdad de su ser don: “en la encarnación la poesía de Dios se une al poético Fiat en el cual la virgen Madre está presente como mujer en el mundo. El hombre comprenderá así su propio ser a condición de que comprenda a la mujer. No lo podrá lograr nunca si ella no se comprende a sí misma. La autocomprensión de la mujer acontece en el Fiat con el cual se revela su saber de don”.

Esposa: Misterio de Alianza y Fidelidad

En la Biblia el símbolo constante de esta alianza o pacto, es la unión del hombre con la mujer en el matrimonio. Dios es el esposo e Israel (llamado con frecuencia la Hija de Sión) es la esposa: Sucesivamente Cristo será el esposo y la Iglesia la esposa (Cf 2 Cr 11,2: Ef 5,32). Ahora bien el Concilio nos invita a situar a la Virgen María precisamente en este contexto del misterio esponsal de Cristo con la Iglesia.

Quizá fue esta arraigada conciencia acerca de la relación entre el Espíritu Santo y María que llevó, sobre todo en Occidente, incluso a tribuir a la Virgen funciones idénticas a las que la Sagrada Escritura atribuye ante todo y únicamente al Espíritu Santo. ¿Cómo revela María en su condición de esposa este misterio de Alianza que tiene en el Espíritu Santo su divino artífice? ¿Cómo ofrece desde su condición de esposa respuestas personales y valiosas para toda criatura y para la Iglesia que quieran dar su adhesión de fidelidad al Dios de la Alianza?

Las sutiles alusiones que el evangelista Lucas emplea a través del procedimiento midrashico, permiten percibir una profunda simbología en María que se expresa en términos de alianza y de presencia nueva del Espíritu. La imagen del arca de la alianza, o de la tienda de la reunión sobre la cual bajaba la nube del Espíritu (Ex 40,35) parecen concretizarse de manera muy personal en María, a quien el Espíritu Santo cubrirá con su sombra (Lc 1,35) para hacerla arca de la Nueva Alianza.

El Espíritu presente en la creación, por medio del cual las cosas pronunciaron su sí a la existencia ante la iniciativa creadora del Padre, en esta nueva creación envuelve a María como tierra virgen que con su sí debe dar comienzo a los tiempos de la plenitud. El Espíritu, llamado a producir la Nueva Alianza, de acuerdo con las expectativas proféticas (cf Ez 11,19s; 36,27s) vuelca su fortaleza en la “pequeñez” de esta sierva de Yawhé que contesta con la fuerza del Espíritu: “Sí, heme aquí”.

Su sí, hecho posible gracias a la acción del Espíritu que la envuelve, acompaña y está al servicio del sí de la Alianza nueva de su hijo: “entonces dije: He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad. La respuesta al pacto de la Alianza que Israel realizaba tanto al concluir la celebración de la Alianza en el Sinaí (Ex 19,8: 24,3-7; Dt 5,27), como en ocasión de su renovación más tarde (Cf Los 24,24) es también la que María utiliza en el contexto de las bodas de Caná para simbolizar el sí de la esposa María-Iglesia a Cristo.

“Las palabras ‘haced lo que él os diga’ (Jn 2,5), pueden ponerse en paralelo con la fórmula de la Alianza: ‘nosotros haremos todo cuanto Yawhé ha dicho’. A partir de aquí, podemos concluir que María, en las últimas palabras que de ella recogen los evangelistas, utiliza la fórmula de la Alianza; ella personifica, en cierto modo, al pueblo de Israel en un contexto de Alianza”. Lo primero que esta condición de María anuncia sobre la criatura humana por medio de su esponsalidad es el carácter relacional que ésta posee. La persona humana está llamada a la alianza, al encuentro, al sí que la consagra en un pacto de fidelidad. Esto quiere decir que el hombre es constitutivamente un “ser dialógico”.

Esta fundamental postura que María asume en el diálogo esponsal de la nueva alianza, desmiente toda visión de una falsa libertad que se concibe como ausencia de respuesta a una relación de diálogo, tan característica de la antropología de la modernidad.

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