La Música en Detención Política en Chile: Un Análisis Profundo

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Al asumir el control del país el 11 de septiembre de 1973, el General Augusto Pinochet estableció más de mil centros de detención política.

Decenas de miles de personas estuvieron recluidas en esos recintos, sin derecho a juicios justos o garantías judiciales elementales. La gran mayoría sufrió serias formas de tortura física y sicológica por parte de las Fuerzas Armadas, Carabineros, Policía de Investigaciones, Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y Central Nacional de Informaciones (CNI).

Miles fueron asesinados, sus cuerpos hechos desaparecer.

A pesar del régimen de terror, precarias condiciones de vida y censura, los prisioneros desarrollaron diversas actividades musicales. Para muchos reclusos, escribir, interpretar, enseñar o escuchar música eran formas de registrar, procesar, recordar, olvidar o trascender experiencias difíciles.

La música les ayudaba a mantener un sentido de normalidad, era un medio de distracción y comunicación entre ellos y con el mundo exterior. Estas actividades se insertan de forma central en lo que Jorge Montealegre denomina la resiliencia comunitaria, “para nombrar la oposición contra el aplastamiento de la persona y a ese proceso en que enfrentamos a nuestros propios enemigos internos para levantarnos, incorporarnos, con cierta dignidad”.

Aparte de la trágica muerte del cantautor Víctor Jara en el Estadio Chile (Santiago), poco se sabe acerca de los usos de la música en recintos de detención y tortura por parte del régimen de Pinochet.

El Informe de la Comisión Valech I menciona la música constante y estridente utilizada en recintos en Arica, San Fernando, Curicó, Concepción, Lautaro y la Región Metropolitana, sin embargo no detalla prácticas, repertorios o efectos. Por su parte, el Informe de la Comisión Rettig incluye una breve mención a la música empleada por los agentes de la casa de tortura ubicada en la calle Irán 3037 de Santiago.

El hecho de que la música no deje marcas físicas en los cuerpos de las víctimas de tortura es quizá la principal razón por la cual se le dé poca importancia a este tema. No obstante, el vínculo entre música y derechos humanos ha cobrado nuevo ímpetu recientemente en proyectos conmemorativos tales como “Música X Memoria” (2011) y “Mala Memoria” (2013-2014) del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, y “Cantos con Memoria” (2012) de la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi.

En la última década, los debates acerca de la música como elemento de castigo, tortura y control en recintos de detención se han focalizado en las prácticas de los EEUU y países asociados en el contexto de la “Guerra Contra el Terror”.

En 2008 hubo gran revuelo internacional a raíz de la investigación de la cadena televisiva Al Jazeera, que destapó el uso de la música a volúmenes extremadamente altos y por largos períodos en Guantánamo. Esta investigación produjo una significativa movilización de músicos de fama internacional, encabezados por Peter Gabriel, quienes emitieron una queja formal a la administración de Obama.

El abogado Manfred Nowak, relator especial de la ONU sobre la tortura y otras formas de trato o castigo cruel, inhumano o degradante (CID) entre 2004 y 2010, declaró que en centros de detención clandestinos en sesenta y seis países examinados por su equipo, encontró una gran cantidad de casos de tortura sónica.

Para Nowak, el peor caso es la llamada “prisión de la oscuridad” en Kabul, Afganistán, donde se mantiene a los detenidos esposados, en total oscuridad, escuchando música estadounidense las veinte y cuatro horas del día: “los que eran sometidos a esta música eran sospechosos de ser terroristas islámicos, vistos como personas que tenían cierto odio contra los occidentales y la cultura estadounidense. La idea era realmente bombardearlos con un símbolo de esta cultura”.

Este tipo de prácticas se inserta en la llamada no-touch torture, o tortura sin contacto, la cual ha sido desarrollada por Estados Unidos desde 1950, y descrita por Alfred McCoy como “la primera revolución real en la cruel ciencia del dolor desde el siglo dieciséis” [“the first real revolution in the cruel science of pain since the sixteenth century”] (2012, 22).

Entre sus métodos se cuenta una mezcla de saturación y privación sensorial a través de la manipulación de factores simples tales como calor y frío, ruido y silencio, con el objeto de causar daño sicológico (McCoy 2012, 22).

Algunas de las técnicas de no-touch torture que utilizan sonido están descritas en el manual Kubark Counterintelligence Interrogation de la CIA (Central Intelligence Agency, 1963). Traducido al castellano en la década de 1980, este manual fue ampliamente diseminado en Latinoamérica por la CIA a través de la School of the Americas, creada en Panamá en 1946, y posteriormente rebautizada como Western Hemisphere Institute for Security Cooperation.

Hasta el año 1975, nota Javier Rebolledo (2013, 96), 71.651 oficiales latinoamericanos -entre ellos, 6.322 chilenos- viajaron a los EEUU para recibir entrenamiento de la CIA.

Las principales fuentes primarias de mi investigación sobre música en detención política en el Chile de Pinochet son mis entrevistas con personas que estuvieron en dichos recintos. Este material es utilizado como base para construir información sobre el pasado.

El tema de la música en conexión con castigo y tortura ha sido difícil de explorar con las víctimas que he entrevistado. Mi percepción es que los ex presos están mucho más abiertos a hablar de sus experiencias musicales en relación a actividades que ellos generaron por iniciativa propia: el discurso que predomina es uno que presenta la música como algo positivo y noble, que destaca su rol como herramienta de resistencia.

En la mayoría de los casos, los propios sobrevivientes quitan importancia al hecho de haber sido obligados a escuchar música por largos períodos y a decibeles nocivos para la salud, o no reconocen que esto haya sido una forma de tortura en sí misma. Las víctimas también tienden a restar importancia al canto obligatorio (principalmente del Himno Nacional y marchas militares), utilizado como forma de dominación y adoctrinamiento.

Algunos han recordado episodios en los que sus torturadores cantaban o ponían discos de canciones específicas antes o durante los interrogatorios. Otros se han referido a castigos sufridos a raíz de haber cantado canciones que estaban prohibidas. Ex presos también han mencionado el haber cantado o escuchado clandestinamente en radios de bolsillo canciones particulares para afrontar inminentes sesiones de tortura y calmarse después de estas.

El restarle relevancia a la música como forma o fondo de tortura y otras formas de trato o castigo CID no es exclusivo al caso chileno. Un fenómeno parecido se describe en el estudio de Anna Papaeti sobre relatos de ex presos de la dictadura griega (1967-1974):

En el contexto griego, se ha hecho hincapié en colocar a la música invariablemente en el lado de la resistencia [...] La reconstrucción del empleo abusivo de la música que hizo el régimen implica ir en contra de la corriente de narraciones coherentemente construidas de los hechos, que se han transmitido durante 40 años Si bien [los ex prisioneros] admiten en sus descripciones el efecto perjudicial que les causó la música y el sonido [durante sus detenciones], cuando al comienzo se les preguntaba acerca de su uso, lo consideraban principalmente como un medio para enmascarar acústicamente la tortura. Sin embargo, durante el transcurso de las entrevistas recordaban otras instancias en que [los torturadores] usaban la música, ocasionando efectos perjudiciales (Papaeti 2013, 68-79).

Es posible que el fenómeno anterior esté influido por la falta de tipificación de la tortura en Chile, que ha sido reclamada recientemente no sólo por organizaciones de ex presos políticos sino también por el Colegio Médico.

A eso se añade el lapso sustancial de cuatro décadas entre la época de las detenciones y la invocación de recuerdos, y la disminución de la capacidad de recordar de los entrevistados debido al envejecimiento y a los efectos del trauma mismo. En relación a estos últimos factores, un estudio siquiátrico (Golier et al., 2003) con sobrevivientes del Holocausto que comparó la capacidad de recordar información traumática de personas con y sin trastorno por estrés postraumático concluyó que los individuos pertenecientes al primer grupo tienen una capacidad de recordar información explícita sobre el Holocausto significativamente menor que el segundo grupo.

Desde el campo de la sociología, Elizabeth Jelin señala:

Tradicionalmente, este proceso de recordar y la mediación de subjetividades humanas plantean algunas cuestiones técnicas y metodológicas, centradas en la fiabilidad o confianza que la información recogida de esa manera merece. El problema está en que se pueden cometer “errores” en el recuerdo y en la transmisión, sea voluntaria o involuntariamente -incluyendo los lapsus y “malas jugadas” del inconsciente (Jelin 2002, 64).

La historiadora Shirli Gilbert, en su estudio sobre canciones de campos de concentración nazis, nota otros factores que evidencian la complejidad del material testimonial:

Las víctimas sobrevivientes generalmente son incapaces de describir mucho más allá de sus experiencias inmediatas: la mayoría relata sus calvarios personales, destacando de manera selectiva algunos eventos pero tergiversando u omitiendo otros, consciente o inconscientemente. Pocos intentan proporcionar un análisis general de los acontecimientos. Además, debido a que las víctimas tenían una capacidad limitada para aprehender el contexto más amplio en el que se situaban sus experiencias, las discrepancias y contradicciones que a veces se manifiestan en sus relatos tampoco son de extrañar. Sus intentos de hablar acerca de eventos traumáticos mucho después de que éstos ocurrieran conlleva a que los problemas generalmente relacionados con la transmisión y trato de la memoria se magnifiquen (Gilbert 2005, 121)

Considero que para investigar los usos de la música como parte y contexto de torturas y otros tipos de trato y castigo CID, es imprescindible examinar los relatos de los perpetradores ya que en ellos se encuentran importantes claves para comprender la violencia, y a partir de este conocimiento es posible construir un argumento más persuasivo en contra de las violaciones a los derechos humanos.

Creo que actualmente un porcentaje significativo de la sociedad chilena concuerda que darle la voz a los que idearon, participaron en o facilitaron estos graves abusos no conlleva la justificación, relativización o validación de estos hechos, o mancha la memoria de las víctimas.

Comparto la opinión de Michael Lazzara quien, en referencia al gran revuelo que causó la aparición de Osvaldo Romo en una entrevista televisiva (publicada bajo el título de Romo: Confesiones de un torturador [2000]), concluye que “no hay una sola forma de escribir la historia de las víctimas, aun por parte de aquellas voces del afuera que concuerdan que ésta debiera escribirse” (2007, 58)

Con esta perspectiva, en diciembre de 2012 entrevisté a un ex suboficial del Ejército y agente de la DINA, a quien llamaré por el seudónimo de González.

Como funcionario de baja jerarquía de la DINA, González operó en notorios centros de tortura: Tejas Verdes y Rocas de Santo Domingo (región de Valparaíso), Villa Grimaldi, Londres 38 y Rinconada de Maipú (Santiago).

También tuvo contacto con personal de otros centros emblemáticos de la DINA, a saber, Irán 3037, José Domingo Cañas 1305, Cuatro Álamos y Marcoleta 90 (Santiago), y la secta alemana Colonia Dignidad (región del Maule), liderada por Paul Schäfer, ex coronel de la Armada de Hitler.

González ha hecho declaraciones para las Comisiones Rettig y Valech, y para varios procesos criminales en Chile y en Europa. Actualmente se encuentra procesado en un caso de violaciones a los derechos humanos.

Siguiendo la sugerencia de González, nos encontramos en el área de las calles Teatinos y Huérfanos en el centro de Santiago. Esta área alberga los edificios políticos y financieros más importantes del país, así como una gran concentración de un tipo de cafeterías llamadas café con piernas, en donde el café es servido por atractivas mujeres que visten ropas muy ligeras y, en algunos casos, atienden a sus clientes desnudas. Fue en el sótano de un café con piernas donde tuvo lugar nuestra primera entrevista.

Ciertamente, la elección del lugar hizo que yo me cuestionara hasta qué punto quería encontrarme con González. Me preocupaba que este no fuese el lugar apropiado para una entrevista, más aún sobre el tema de la tortura. Me sentí muy incómoda de estar en ese tipo de lugar, especialmente porque tuve que esperar sola por media hora ya que González estaba atrasado. Sin embargo, mi entrevistado parecía muy a gusto y relajado en este ambiente, y nuestra conversación resultó muy fluida. Su actitud fue distinta en la segunda entrevista dos días después, la cual tuvo lugar en el Parque por la Paz Villa Grimaldi. Todos los funcionarios del Parque con quien nos topamos lo saludaron por su nombre, lo cual sugiere que es un visitante regular. Parecía bastante tenso, abrumado e introspectivo, y sus respuestas fueron mucho más pensadas y sucintas que en el café con piernas.

Durante nuestro segundo encuentro, González mencionó varias veces que él era y seguía siendo muy amigo de varios presos políticos que estuvieron recluidos en los recintos en que él operó. Hasta ahora, no he podido confirmar esta última aseveración.

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