El vehículo de dos ruedas tirado por caballo, conocido como "carretón" o "cabrita" en Chile, tiene una rica historia ligada a las costumbres y necesidades de la población, especialmente en zonas rurales y urbanas durante el siglo XX.
El Carretón de los Borrachos en Santiago
Al comenzar la década de 1940, mientras el mundo estaba en guerra, en Chile, Carabineros implementó un servicio peculiar en Santiago. La legislación de la época prohibía el desplazamiento de ebrios en la vía pública, y Carabineros de Chile controlaba esta inconducta. En tanto, la disponibilidad de vehículos motorizados era reducida y el traslado de los ebrios caminando hacia el cuartel se tornaba dificultoso.
Frente a ello se implementó un servicio sobre la base de un carretón de madera, gruesas ruedas de fierro, tirado por caballos, debidamente cerrado y protegido, tripulado por tres o cuatro carabineros. Uno de ellos oficiaba de cochero y el resto se encargaba de las detenciones. Como el grueso de la clientela que utilizaba esta modalidad de transporte de imputados eran los ebrios, al poco tiempo, este singular vehículo, fue bautizado popularmente con el nombre de “el carretón de los borrachos”. De tarde en tarde, por las adoquinadas calles santiaguinas, se sentía el girar de las ruedas, acompañado del uniforme golpe de los cascos de los percherones que con mucha fuerza tiraban el carro generando un fuerte ruido y a la vez la voz de alerta a los bebedores.
Las Cabritas de Pichilemu
Las cabritas introducidas por los europeos hace aproximadamente dos siglos, fue un medio de locomoción muy usado por los pobladores de los distintos sectores próximos a Pichilemu, en especial de aquellos que se movilizaban desde Ciruelos, Cáhuil, Las Comillas, El Copao, La Villa, Barrancas, Playa Hermosa y muchos otros pueblitos próximos que debían trasladarse hasta este centro urbano a objeto de realizar sus compras o bien realizar cierto trámite de su interés.
Las cabritas eran fabricadas de un eje con ruedas de madera y con un fierro circular que la envolvían. Un asiento para el conductor y dos espacios adicionales a su lado izquierdo y una parrilla tras los asientos que servía para colocar los bultos. Un caballo en el centro y dos varas a las alturas de las costillas que le permitía arrastrar el carruaje. En algunas oportunidades también se les agregaba un caballo adicional al lado del otro, provocando una mayor ligereza preferentemente para los recorridos largos o cuando los caminos se encontraban en pésimo estado.
Con el correr del tiempo fueron perfeccionadas manteniendo la misma estructura, pero cambiándole sus ruedas por las usadas por las de los vehículos motorizados, permitiendo con ello una mayor amortiguación ante la dureza de los caminos. Fue a finales de los sesenta y principio de los setenta cuando los cocheros vieron que trabajar transportando veraneantes era un buen negocio incrementándose en ese periodo hasta más de un centenar la cantidad de cabritas que comenzaron a realizar dicho servicio.
Siendo así, ese medio de transporte se constituyó en un medio de locomoción necesario para llevar y traer desde la estación de trenes a los pasajeros, además de otorgarles el servicio de turismo transportándolos de un punto a otro que fuera de interés para el veraneante. Entregaban el servicio de guías llevando a los veraneantes a las pensiones, residenciales y hoteles facilitándole la llegada al lugar que la familia deseaba.
La Municipalidad les otorgaba un permiso anual y velaba porque las calles por donde transitaban se mantuvieran limpias de los excrementos que el animal defecaba, y es ahí donde destacaba la figura de Víctor Riveros Cornejo un estimado trabajador municipal que además de limpiar las calles decoraba con un singular corte los pinos de la Avenida Ross y Aníbal Pinto. Además de lo anterior el municipio les instaló un bebedero público frente a la estación de ferrocarriles para que los animales se abastecieran de agua.
El cochero de la cabrita portaba un capacho con alfalfa para alimentarlos en los ratos de descanso y un farol con una vela interior que les ayudaba a guiarse por las noches. Cambiaron los tiempos y con ello las exigencias, puesto que se les obligó a convertir esos carruajes en un coche de dos ejes con cuatro asientos y ahora tirado por dos caballos, denominándose coches o victorias como las que recorren las calles de Viña del Mar. Debieron numerarse y llevar una bolsa para retener los excrementos de los caballos y se les ha otorgado lugares de embarque como los que se encuentran en la Avenida Costanera y Cáhuil, pueblo lacustre al sur de Pichilemu.
El ingreso de taxis y colectivos para trasladar a los viajeros ha disminuido notoriamente el trabajo que realizan estos vehículos de tracción animal, pero lo que no han podido borrar son los recuerdos que han quedado grabados en familias enteras y muy especialmente en todos aquellos niños que disfrutaron con esos paseos.
Pichilemu creció en extensión uniendo pueblos alejados como Pueblo de Viudas o Playa Hermosa por el otro sector, el comercio se ha multiplicado, los visitantes han aumentado exponencialmente, el surf le ha dado un reconocimiento mundial y las playas actualmente se repletan de veraneantes, pero todo ello, no es ni será suficiente para ignorar la historia y los medios que se utilizaron para crecer. Las cabritas aún son historia viviente porque detrás de cada cabrita y detrás de cada cochero hay una historia que forma parte de la historia de Pichilemu.
Siendo así, resulta imperioso retribuirles con un digno recordatorio a todos aquellos coches y cocheros que dieron vida a aquel Pichilemu de antaño que hasta hoy forma parte de la memoria de quienes lo vivieron cuando recorrieron las calles de aquel amistoso Pichilemu.
Evolución y Transformación
A lo largo del tiempo, las cabritas evolucionaron, reemplazando las ruedas de madera por las de vehículos motorizados para mejorar la amortiguación. Finalmente, se transformaron en coches de dos ejes tirados por dos caballos, similares a las victorias que se ven en Viña del Mar, adaptándose a nuevas regulaciones y exigencias.
Impacto cultural
En el mejor cuento de este ramillete narrativo, «Carretón panadero», Guillermo Martínez recrea un aspecto costumbrista del servicio de entrega del pan a domicilio, como se hacía hace más de un siglo, con un vehículo de dos ruedas tirado por un caballo. Una historia narrada con perfección discursiva, vívida y realista, donde los sueños de un muchacho discurren en el afán cotidiano de su encomienda, para dejar un final abierto a las posibilidades de la esperanza.
tags:



