Siempre han existido dudas acerca de cuándo y dónde comenzaron los trabajos mineros en Tamaya. Por ejemplo, en fechas tan tempranas como 1843, el gobernador de Ovalle indicaba que Tamaya había sido descubierta alrededor del año 1700 y Panulcillo en 1800.
Estos errores han convivido, además, con la noción de que todo habría comenzado en el auge minero e industrial de mediados del siglo XIX, haciendo escasas menciones a su historia colonial y menos aún a sus antecedentes prehispánicos. Esta confusión aumenta en la medida que muchos testimonios orales parecen compartir algunos elementos en común, el más notorio es aquel que destaca al mismo Urmeneta como el iniciador de casi toda la minería del sector.
Este imaginario fue forjado lentamente en la forma de relatos populares alrededor de un fogón, un mate y el silencio de la montaña, mientras alguien -quizás el único funcionario público del sector- leía párrafos del Libro del Cobre de Vicuña Mackenna o las crónicas de José Silvestre.
Periodo prehispánico
Hasta ahora no se han hecho estudios sistemáticos acerca de la presencia indígena en el Cerro Tamaya mismo, sino solo en sus alrededores, pero a distancias que no indican una relación directa. Muestra de ello es que el sitio arqueológico del periodo Arcaico Tardío y bautizado como “Tamaya 1”, se trataría de “…campamentos residenciales a cielo abierto que aprovecharían su emplazamiento en espacios aptos para la recolección de frutos vegetales y su posterior procesamiento”.
Otras evidencias han sido encontradas en los alrededores de Cerrillos de Tamaya. Dada la naturaleza geológica de las formaciones minerales en esta parte de la Cordillera de la Costa (con una marcada zonación vertical que coronan en afloramientos oxidados de alta ley) es muy probable que hayan existido manifestaciones superficiales de minerales cupríferos que fueron explotados, especialmente aquellos de uso ceremonial por su vistoso color (p.e. turquesa o crisocola).
Existen testimonios de hallazgos ocasionales de piezas arqueológicas en el cerro mismo, lo que da un frágil indicio que sus faldeos y cumbres no estuvieron ajenos a alguna actividad extractiva prehispánica o al menos de su presencia.
Época Colonial
A fines del siglo XVI, el Cerro Tamaya quedó dentro de los deslindes de las numerosas y extensas propiedades recibidas y adquiridas por el conquistador Francisco de Aguirre, bajo la denominación de “Hacienda de Limarí”, además de la estancia de Tongoy hacia la costa. El modelo impuesto se basó, como era la costumbre, en el traslado indios encomendados a las zonas de extracción minera, creándose pueblos.
Según Vicuña Mackenna, el “…fundo de los descendientes de don Francisco de Aguirre, que a las veces trabajaban una corta vena de metal para menesteres domésticos, o cultivaban la valiosa hacienda de Limarí, situada en deleitoso valle a su pié. Esta, así como la mina, eran beneficiadas por unos pocos indios, últimos vestijios de numerosas encomiendas…”
Al fallecer Pedro Pastene, se menciona la continuación de trabajos mineros en el Cerro Tamaya en una escritura de compañía entre Francisco Cortés de Monroy, Lázaro Martín Redondo y Doña María de Aguirre para sacar cobre en una mina en el Cerro Tamaya (no se especifica qué lugar preciso). María Aguirre, viuda del capitán Pedro Pastene, aparecía en 1619 como propietaria de unas minas de cobre en Tamaya, llamada Descubridora, con 10 indios, “una carreta y dos barretas grandes”, la que iba a ser trabajada en conjunto con el capitán Francisco Cortés y el alférez Lázaro Martín Redondo, quienes a su vez ponían otros 10 trabajadores cada uno, una carreta, 12 mulas y 7 barretas grandes, 2 pasadas de fuelles, almocafres (herramienta para sacar hierbas, plantar o trasplantar), tenazas, garabatos (probablemente, herramientas para colgar o asir algún objeto pesado), almadanetas (mazo de fierro o bronce usado en los ingenios de minas para moler los metales) y una buena cantidad de vino para los indios y negros dedicados a la fundición.
Toda esta faena iba a estar dirigida por un mayordomo español. Todos los trabajadores “…han de vivir y tener sus ranchos en el asiento de las dichas minas”. Consta en el documento que hasta se llevaría una especie de libro de control de asistencia de los indios.
“Don Ignacio de la Carrera e Irigoyen (1620-1682), abuelo del General José Miguel Carrera y sus hermanos, hizo su fortuna en las minas de Tamaya.
“Otra gran estancia de esta familia, era la de Tamaya, al pie del célebre cerro de este nombre, donde poseían una viña pequeña y algunas minas de cobre de labrar, que comercializaban en La Serena, para la fabricación de utensilios domésticos y de trabajo, tales como: alambiques, fondos, etc.” La propiedad agrícola cercana al Cerro Tamaya fue recayendo en diferentes nombres familiares.
Bartolomé Pastene y Salazar (1672-1722), casado con María Argandoña, vecina de Tucumán, matrimonio que tuvo un solo hijo que fallecería a temprana edad, es mencionado como alguien que mantuvo importantes inversiones en Tamaya y Los Choros, negocios que terminarían fracasando. Bartolomé era hijo de Jerónimo Pastene y Aguirre.
Evidencias de instalaciones artesanales para trabajos en cobre labrado al interior de la “Estancia de Limarí”, de acuerdo con un inventario hecho para arrendar el lugar a Joseph de la Vega en 1723. El inventario señala la existencia de una fragua de labrar cobre, compuesta de 4 paradas de fuelles con sus cañones, 4 yunques grandes de bronce y dos cuartos, uno para guardar el cobre que se labraba y el otro para las herramientas.
Ambos estaban cubiertos de totora y “…son de tapias con sus puertas cada uno que tiene llave de lobaz (sic) otro candado francés y los techos maltratados”.
José Guerrero y Carrera “… que tenía más inclinaciones por la minería que por la agricultura, fue enajenando sus propiedades para solventar empresas mineras, que no siempre fueron exitosas. Así, vende en 1763, la estancia de Tamaya a otro minero hacendado, Ventura Marín”.
Según el informe de los hermanos Heuland (1795), en el cerro Tamaya se trabajaban “minas de cobre” y, si bien no especifica su número, nos menciona una llamada “Arenillas” de propiedad del teniente José Fermín Marín y Aguirre, quien fue su descubridor hacía 26 años (es decir, hacia 1769). A su vez, Marín era Alcalde Provincial, tenía encomienda de indios mineros y su nombre se relacionó fuertemente con el trabajo esclavo con documentados maltratos laborales.
Continuando con Heuland, se menciona que su hijo Félix Marín trabajaba otra mina descubierta, a su vez, por Ventura Marín. Se indica que la “…veta nombrada Campanil y titulada hoy de San Lázaro”, era trabajada por Ramón Guerrero, que existía otra llamada «Faluero Falguen, distante cinco leguas de Huamalata», trabajada por Bernardo del Solar y Juan Antonio Torrejón.
La noción de que “Arenillas” fue uno de los primeros trabajos, se ve confirmada por testigos de la segunda mitad del siglo XIX, tal como Varas Campaña (1877:142) y Aracena, que indicaba que: “La mina Arenillas, situada en la parte sureste del cerro, es la considerada como la más antigua, como Pizarro, Campanil, etc.”, criterio similar al de Chouteau (1887:182), quien agrega las minas Mercedes y Merceditas, mientras que las “…minas Pique, Rosario, San José, Dichosa, Guías, etc., no se trabajaban 40 años atrás” (1887:182), es decir, no antes de 1840.
Juan Egaña en su conocido informe de 1803 indica que el “Mineral de Tamaya” estaba en la Diputación de Coquimbo y era “…árido y de difíciles caminos, aunque no le faltan aguas; es escaso de leñas;…”
Compra de 504 quintales de cobre a Bernardo del Solar por José Antonio Astorga (8 ½ pesos por qq), alquilando 115 mulas (Álvarez Cortés, 2007:26).
Pedimento de la Mina San José por Bernardo del Solar, concesión que le fue hecha en forma definitiva en 1821.
Se funda el Baile Chino de Guamalata “…por la familia Monterrey, apellido que fue en el siglo XVIII parte de la encomienda de don José Fermín Marín quién, por su parte, mandaba a sus indios explotar minas de cobre en Tamaya y Andacollo. Los Monterrey eran un linaje indígena que formaban parte del pueblo de indios de Guamalata, tal como se aprecia en un listado confeccionado con ocasión de la visita de Ambrosio O’Higgins al norte en 1788, el cual fue parte del fundamento para la abolición de las encomiendas y la reducción de estos indígenas a pueblos de indios”. Este mismo año, se funda también el “Baile de Danzantes de Tamaya”.
Hay evidencias de la difusión del culto a la Virgen del Rosario en el Limarí, ya en etapas muy tempranas de la Colonia (alrededor del año 1600), práctica asociada a una antigua tradición de los sacerdotes dominicos.
Aristía denuncia una mina de cobre en la veta Arenillas. “Ese mismo año compró la mina Almagre, también en Tamaya, por $524.
El Baile de Danza nº 5 de Andacollo habría sido organizado a partir de una agrupación de familias mineras tamayinas y devotas de la Virgen “…en 1825 en honor a la Virgen, aunque su inscripción en el santuario data recién de 1932 (…). El primer jefe de este baile habría sido un señor de apellido Araya.
Urmeneta denuncia la mina Mollacas que había pertenecido a su cuñado Mariano Ariztía y, al año siguiente, la mina El Pique, que terminaría siendo una de las más ricas de Tamaya. Con las ganancias obtenidas en Mollacas, pudo continuar sus trabajos en la mina Pique. Urmeneta no tenía experiencia como minero, pero se es estima que su trabajo con Ariztía lo interiorizó en estas labores.
La fortuna beneficia rápidamente a Urmeneta, cuando se descubre un gran alcance de minerales en La Mollaca, entregando unos 200.000 pesos de la época (la cifra la estima Vicuña Mackenna, 1883:177). Se habría construido la célebre casa en el sector La Placilla.
Época de grandes lluvias que obligan a construir socavones de desagüe.
Construcción del “Socavón Lecaros”, comenzado por Calixto Guerrero y Ramón Lecaros en este año y comprado por J. T. Urmeneta en 1864. Hasta la década de 1970 existía una placa de bronce en su entrada con la inscripción “Socavón Lecaros / Principiado en el año de / 1840 por Don Ramón Lecaros, / y continuado por Don José Tomás / De Urmeneta, desde las 600 varas / en que lo recibió en el año de 1864” (citado de Pederson, 1966:180). 600 varas corresponden a 500 metros aprox.
Urmeneta alcanza la “Veta Real” en la Mina El Pique, específicamente en las labores del frontón Campino (frontón = parte del muro de una veta).
Conclusión de los trabajos de la mina El Pique. Durante su auge, el cerro de Tamaya “…contenía tres sistemas de vetas: la veta oriental, relativamente pobre en minerales; la veta central, extremadamente rica; y las vetas occidentales, de poca importancia.
La veta central fue explotada en toda su extensión durante el siglo XIX y en ella se situaban algunas de las minas de cobre más productivas de Chile en el siglo XIX. Entre ellas se contaban la mina Pique, de José Tomás Urmeneta; la Rosario, de Ramón Lecaros; la Chaleco, de Bernardo Solar Marín; y la San José, de la sociedad de Silva y Rivas.
Esta veta consistía en dos vetas paralelas que se inclinan hacia el oeste (…), uniéndose en ciertas partes formando grandes bolsones de mineral. De estas vetas centrales, la ubicada hacia el este tenía un grosor de cerca de dos metros en promedio, alcanzando en algunos lugares un grosor de 6 metros y contenía mineral de hasta 50 por ciento de ley”.
La ley promedio de los minerales extraídos en Tamaya sin embargo variaba de acuerdo a las diferentes minas y periodos. Por ejemplo, el intendente de Coquimbo informaba en 1854 una ley media de 40 por ciento para las minas de Tamaya pero en 1867 esa ley media había bajado a 20 por ciento mientras que en 1872 era de tan sólo 16,2 por ciento”.
Se funda un Baile Chino en el mineral de Tamaya, vinculado al nombre de su jefe Francisco Lizardi Monterrey, pero que Albás no menciona. “El baile estaba compuesto por un abanderado, cargo que desempeñaba el propio Lizardi, quien además hacía de alférez, es decir, versificaba sus promesas, la historia del baile, las contingencias sociales, solicitando gracias y favores. Se sumaban un tamborero y dieciocho flauteros, que eran quienes tocaban y ejecutaban los pasos de danza”.
Urmeneta compra la mina Guías de Pizarro, propiedad de Bernardo Solar Vicuña.
“La mayoría de los administradores de las minas grandes de Tamaya solicitaron a las autoridades el cierre de las fondas y chinganas abiertas en ese mineral unos pocos meses antes.
Cénit de la actividad minera en Tamaya. Desde este año, los índices de producción y demográficos comienzan a bajar lentamente.
Según el Anuario Estadístico, en Tamaya estaban trabajando 3.045 trabajadores directos, siendo por lejos la mayor faena minera de la Provincia en comparación con otras (La Higuera, 1.255; Brillador, 480; Panulcillo, 604).
Se instala una oficina del Registro Civil en el pueblo de El Oro, cuyo oficial fue Juan Eusebio Lujan. Esta dependencia sería trasladada a la Mina San José en 1894 hasta 1930.
La producción minera del Cerro Tamaya “…comienza a decrecer (…) la extracción de minerales por el socavón Lecaros no superaban las 1.000 Ton.
El cronista “José Silvestre” (cuyo verdadero nombre era Pablo Galleguillos), describe el estado de abandono de las instalaciones: “Una visita al mineral de Tamaya, hoy en día, contrista el alma al contemplar lo que queda de tanta grandeza, de tanta actividad de seres humanos ocupados en otro tiempo en la explotación de metales de cobre por valor de muchos millones de pesos. De lo que fue Tamaya ahora 30 años queda como testimonio, innumerables escombros de habitaciones, casas en ruinas que dejan todavía conocer su fastuosa construcción, maestranzas abandonadas, desmontes e...
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