Apariciones de la Virgen de las Mercedes: Historia y Devoción

  • Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:blog

Los vínculos entre los hombres y los seres dotados de sacralidad suelen estar mediados por la devoción, que en el catolicismo genera culto a la Virgen María, a Cristo y a los santos. William Christian sostiene que en la raíz de algunos actos de devoción, como los votos y los patronatos, se encuentran percepciones de indefensión frente a situaciones o vivencias vinculadas a enfermedades, plagas y desastres. Se trata, en estos casos, de una religión en forma de pacto con los dioses que permite controlar los desastres a partir de lo que este autor identifica como “responsabilidades corporativas”.

Las rogativas, las procesiones, los patronatos de ciudades, los actos de coronación de imágenes tienen este carácter. Son esas prácticas devocionales las que nos proponemos indagar a partir de considerar las invocaciones de devotos del Noroeste argentino, en los espacios provinciales de Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero, en el transcurso del siglo XIX al XX. En este trabajo abordamos las promesas formuladas en situación de enfermedad y las prácticas realizadas por los enfermos, sus familiares o personas cercanas para lograr la curación. Dado que la sanación fue un resultado logrado mediante la promesa y la terapéutica casera, ambas resultan distintivas de la relación entre religión y medicina, presente en varias culturas a lo largo de la historia.

No obstante esta generalidad, las promesas pueden dar cuenta de particularidades en prácticas y representaciones de los devotos en lo que atañe a aspectos significativos de sus vidas, como son las sacralidades, la salud y la enfermedad. Algunas evidencian una densidad histórica que abreva en las religiosidades católicas. Las promesas realizadas por los devotos “a nombre de” alguna advocación religiosa viabilizaron la sanación de enfermos mediante las imágenes milagrosas y la activación de las capacidades medicinales de objetos en contacto con ellas.

Otras materialidades empleadas tenían en sí mismas propiedades para curar, conocidas y utilizadas por quienes oficiaron como interlocutores de procedimientos terapéuticos. Se trata de pedidos de sanación que evidencian un carácter ritualizado en la formulación verbal y en el uso de estos objetos. Las promesas tenían como destinatarios a advocaciones de la Virgen María y de Cristo representadas en imágenes valoradas como milagrosas, por lo que, en primer lugar, prestamos atención al culto tributado a las efigies religiosas.

Exploramos las representaciones y prácticas de sacerdotes y de devotos respecto a este culto y los sentidos que le atribuían a la promesa a la cual acudían en busca de curación del cuerpo y salvación del alma. Por último, analizamos casos en los que los promesantes usaron imágenes devocionales y otros elementos en situaciones de enfermedad.

La Virgen María y la Devoción Mariana

La tradición católica reconoce diversas formas de veneración jerarquizadas de acuerdo con la importancia del destinatario. La Virgen María, por la dignidad que le confiere ser madre de Dios, tiene un especial grado de veneración por el cual le corresponde culto de hiperdulía, inferior al de latría, que es exclusivo a Dios. Asimismo, es superior al que se le rinde a los santos que reciben devoción de dulía. Esta tipología, que es solo de grado y surgió de las reflexiones de los teólogos, podría trasladarse a las prácticas de los creyentes si tenemos en cuenta que las formas de devoción se encuentran entre los temas tratados por los catecismos publicados durante los siglos XVIII y XIX y cuyo uso estaba previsto tanto para sacerdotes como feligreses.

Sin embargo, es necesario considerar que las adhesiones religiosas de los feligreses hacia alguna advocación mariana, de Cristo o de santos por la cual evidenciaban particular predilección, no obedecía a deferencias especiales producto de reflexiones en torno a veneraciones que deberían diferenciarse por su intensidad, sino que se configuraron a partir de las prácticas mediante las cuales hombres y mujeres se acercaban y se relacionaban con estos seres en una diversidad de advocaciones. Estas advocaciones receptivas a los pedidos de curación de enfermedades, de socorro en situaciones de peligro o de conversión de incrédulos son las que los feligreses identificaban como “imágenes milagrosas” a las que se les tenía “mucha fé, devocion y confianza”.

En el transcurso del siglo XIX al XX fueron varias las consideradas milagrosas por las feligresías en los espacios provinciales de Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero. Advocaciones como la Virgen del Valle de Catamarca, la Virgen de la Viña y la Virgen del Milagro, el Cristo del Milagro, el Cristo de la Salud, el Cristo de Vilque y el Cristo de Sumalao de Salta, se hallan entre las devociones reconocidas por la concesión de gracias a los devotos, consistentes en sanaciones de los cuerpos aquejados por diversas dolencias físicas.

Se trata de advocaciones religiosas que se originaron en distintos momentos de la etapa colonial y cuyas adhesiones devocionales por parte de los feligreses se extendieron más allá de los lugares primigenios de culto en capillas, santuarios, parroquias o la iglesia catedral. En el periodo de estudio, estas advocaciones abarcaron un amplio espacio de dispersión devocional que integró imágenes, objetos y prácticas a partir de cultos locales que se configuraron como lugares de peregrinación.

La Promesa como Práctica Devocional

De manera general, hacia fines de siglo XIX el Diccionario de la Real Academia Española definía a la promesa como el “ofrecimiento hecho á Dios o á sus santos de ejecutar una obra piadosa”. Es esta una noción que elude la condición intrínseca que involucran las promesas de los devotos de algunas advocaciones marianas y crísticas y la cual está vinculada a las acciones conjuntas del pedir y ofrecer, del recibir y devolver que derivan en un compromiso.

Esa condición de la práctica de los promesantes estaba explicitada en versiones anteriores de diccionarios de principios de la centuria decimonónica, como aparece en la definición de 1803 que entiende a la promesa como: “La expresión de la voluntad de dar a otro, o hacer por él alguna cosa, que hecha con la debida deliberación, y aceptada por el otro, induce obligación á su cumplimiento”. Se trata de una práctica devocional que no era para nada extraña a los agentes de pastoral, quienes señalaban la importancia de la invocación y mencionaban incluso las condiciones que debía mantener.

Los catecismos, como expresiones de lo normado por el Concilio de Trento, insistían en “el correspondiente honor y veneración” de las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos, y que la invocación a estos últimos se relaciona con el tipo de veneración diferenciada de la que debe dirigirse a Dios. Esto implica reconocer su condición de “medianeros”, según expresaba hacia mediados del siglo XIX el párroco de la iglesia matriz de la ciudad de Jujuy y vicario foráneo entre 1838 y 1866, Escolástico Zegada en el catecismo Instrucciones cristianas.

Si bien el sacerdote rescata el culto a las imágenes, sostiene que la veneración debe dirigirse a lo que representan: “mirar á las imájenes solamente como á un recuerdo de las personas que estan en el Cielo”, hacia quienes los devotos tenían que orientar las intenciones, en lugar de destinarlas a las imágenes advocadas en varios títulos. Su mirada crítica daba cuenta de la forma de relacionarse con las imágenes que solían tener los devotos al acudir a las advocaciones crísticas y marianas, cuya estimación variaba al ser consideradas más milagrosas que otras y diferentes entre sí.

Aparición de la Virgen de la Merced a San Pedro Nolasco

La nota mariana de la redención de cautivos aparece completamente lógica, ya que, cruzados y caballeros medievales invocaban a la Madre de Dios para obtener las diversas mercedes o gracias especiales como la victoria en una batalla o la sanación frente a una peste o la redención de los cautivos como san Pedro Nolasco. Este aspecto se ha encarnado en un relato popular en que se establece un dialogo entre la Virgen y san Pedro Nolasco, la escena acontece en el clima de oración en que se encuentra el joven Nolasco.

La aparición de la Virgen de la Merced a San Pedro Nolasco es un evento fundamental en la historia de la Orden de la Merced. Fray Héctor Guerrero O. de M. reflexiona sobre esta celebración, indicando que se trata de una intervención especial de la Madre de Dios en la vida del fundador, San Pedro Nolasco. Nolasco, un laico piadoso con recursos materiales, dedicó su vida y bienes a socorrer a los cristianos cautivos de los musulmanes en España y África. Sin embargo, los recursos se agotaban, y la situación parecía no tener solución.

La fe y la oración sostenían a Nolasco en esta difícil coyuntura. En la noche del 1 al 2 de agosto de 1218, en Barcelona, España, mientras se encontraba en profunda oración, la mente del santo fundador se iluminó. Descubrió una perspectiva insospechada: comprometer no solo los bienes, sino la vida, en el servicio de Dios y del prójimo. Así fue como algunos días después, el 10 de agosto de 1218, Pedro Nolasco y sus compañeros dieron inicio a la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced para la redención de los cautivos.

Indudablemente que esta Aparición de la Virgen María de la Merced confirmó la vocación de su hijo Pedro Nolasco para dedicar su vida, sus energías, en bien de sus hermanos cautivos. Y en su vocación no estuvo solo; fue secundado por sus religiosos en esa ardua y hermosa tarea durante el tiempo de su vida terrena y a través de los siglos. Pues el problema de la pérdida de la libertad no sólo es algo que existió en esa época -siglo XIII- sino que también es un fenómeno que dura hasta nuestros días, es como una plaga que no se ha logrado erradicar; aparece siempre , a través del tiempo, con distintos nombres, bajo diversas formas pero con tanta virulencia como al principio.

tags:

Deja una respuesta