La Ciudad como Sujeto: Historia de Las Mercedes en Graneros

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El propósito central de este texto es colaborar a comprender que la formación de la ciudad en Chile en su interpretación moderna, es decir, en un sentido ilustrado, es una representación cultural cuyo sentido está dado precisamente por su contexto histórico. Desde esta perspectiva, se plantea que es un acontecimiento discursivo no comparable con otros imaginarios urbanos y territoriales precedentes, en tanto presenta manifestaciones, procedimientos y significados particulares, todas estructuras de un proceso temporal que hace que ella tenga una historia propia y singular para el Chile de los siglos XVIII y XIX.

El presente texto es el resultado de una investigación más amplia en torno a la formación de la representación moderna del territorio en Chile, uno de cuyos ejes principales estuvo marcado por la constitución de la ciudad como sujeto protagónico en el contexto de la definición de estructuras territoriales propias de una época que se comenzó a denominar ilustrada.

El interés, por tanto, es detenerse en aquella representación histórica del sujeto ciudad, y cómo, a partir de tal posición, ella se transformó en "discurso verdadero". En otras palabras, se busca identificar aquel proceso histórico, que con su conjunto de reglas, procedimientos y representaciones, derivó en que ella -la ciudad- se volviese una producción de verdad.

Aspectos Conceptuales

Para entender lo anterior de forma más fluida, se cree necesario, a modo de preámbulo, realizar una detención en un aspecto que resulta crucial. Este asunto remite a comprender a la ciudad como un elemento particular que posee una historia también puntual, sin dejar de considerar, evidentemente, su marco temporal del que no puede evadirse. De este modo, historizar la ciudad es escribir y reflexionar sobre un modo de subjetivización, una forma de racionalidad que presenta, por tanto, un carácter de perspectiva temporal.

Pero, a la vez, es entender que aquella "posibilidad ciudad" se impone a través de los años en objetivización, en tanto se transforma, precisamente, en objeto real o, como ya se expesó, en discurso verdadero. Como ha expuesto Várela (2002): "... (el objeto real) es la interpretación entendida como la actividad circular que eslabona la acción y el conocimiento, al conocedor y lo conocido, en un círculo indisociable" (Várela, 2002: 90).

En este contexto, cuando se habla de sujeto ciudad se hace referencia al momento a través del cual una forma de racionalidad -la ciudad- toma conciencia de sí y se define temporalmente. En otros términos, cuando aquella formación histórica adquiere una identidad propia, tornándose, por tanto, cierta para los espectadores (pasados y actuales).

Del mismo modo, para hacerse cargo de parte del título, cuando se habla de modernidad se hace referencia a la instancia cultural que dispuso al hombre como protagonista de la historia y la naturaleza, desligándolo, de esa manera, de la mirada menos ilustrada y más cosmológica de los siglos anteriores al XVIII. Más allá de las notables y abundantes discusiones especialmente en el campo de la filosofía sobre la posmodernidad, se asimila acá la modernidad como una disposición o temporalidad aún en curso, en la medida que algunos de sus rasgos más característicos se encuentran todavía presentes en la vida cotidiana, incluida la actual relación del hombre con su medio ambiente.

Por lo mismo, se entiende, como ha sido estudiado, más como una actitud, una perspectiva, que una época cerrada de la historia: "Aunque circunscrita hacia fines del XVIII, su rasgo más característico es la actitud y voluntad de heroizar el presente desde la racionalidad" (Foucault, 1991: 197). El paisaje urbano característico de la modernidad, desde este punto de vista, vendría a ser por tanto una actitud de la Ilustración prolongada en el tiempo.

Desde esta perspectiva, la ciudad en el reino de Chile tuvo hacia el siglo XVIII, precisamente a partir de la actitud de la modernidad, cierta historia, ella misma fue un lenguaje del saber, del poder y del conocimiento. De parte de esta historia particular se hace cargo este artículo, es decir, de aquella forma de racionalidad que se configuró de determinada perspectiva a partir de la actitud moderna.

En otras palabras, de aquel acontecimiento (la ciudad) que permitió orientar un modo de comprender y representar el territorio como no antes. Se piensa que en la actualidad una lectura de este tipo es necesaria, especialmente cuando, desde el punto de vista de su objetividad, es indiscutible su rol de actor principal y modelador del territorio en su conjunto. Pero a la vez, parece importante fijar su posición desde la relatividad de la representación, particularmente si se la mira desde el prisma o perspectiva del acontecimiento discursivo histórico.

Esto último es relevante, ya que desde este punto de vista, la ciudad no es esencia, en ello se discrepa de Romero (2009), sino más bien se trata de un constructo representacional, una puesta en escena, una disposición epocal. Lo rural y lo urbano han adoptado perspectivas en el tiempo, por lo tanto realidades, a partir de su contexto epocal o histórico.

Ahora bien, y esto es muy importante de comprender, no se trata acá de colocar a la ciudad como original del siglo XVIII y, por lo mismo, establecer que ella es un producto de la modernidad. En la práctica, formas o sentidos urbanos los ha habido, por ejemplo, desde la fundación de Enoc por Caín (Romero, 2009; Chueca, 1997). Lo que se desea expresar, y ese es el interés de este texto, es el hecho de que lo que cambia con la modernidad es la forma de interpretar el espacio, es decir, es la perspectiva la que se modifica haciendo que el discurso ciudad, como su posterior objetivización, se torne no solo real sino inconmensurable con lecturas anteriores de ella. En ello, en el nuevo modo de enfrentar el territorio, la ciudad es, ahora sí, esencial (Núñez, 2009).

En fin, proponerse comprender la ciudad moderna como giro paradigmático; con esto es de interés especificar que el valor que ha tenido a través del tiempo nunca ha sido el mismo. Su sentido ha variado, se ha ido modificando y, por tanto, posicionando de acuerdo a cada época. Se parte de la premisa, por tanto, que "cada época de la historia humana produce, a través de sus prácticas sociales cotidianas y su lenguaje, una estructura imaginaria" (Várela, 2006: 11).

La ciudad en los espacios de la vastedad: diversidad y heterogeneidad territorial

El territorio preilustrado (antes del siglo XVIII) estuvo lejos de ser un horizonte uniforme y homogéneo, tal como se visualiza en la actualidad. Por el contrario, desde los inicios de la colonización española fue una estructura muy fragmentada y diversa. Sin duda, en ese marco espacial, los polos urbanos significaron algo y buscaron, tímidamente, articular y dominar el escenario territorial americano. En el caso del reino de Chile, como se verá, aquella articulación se remitió a escasas fundaciones, todas precarias e inestables.

De allí que si bien se hablará de ciudad, se comprenderá acá todavía como una estructura que significaba y remitía a un discurso muy distinto al que posteriormente, con la actitud ¡lustrada, habría de devenir. Desde cierto punto de vista, se cree que el concepto de ciudad como se entiende en el presente, heredero de la forma de racionalidad moderna, no es asimilable a lo que se comprendía por ciudad antes del XVIII y el XIX. De esta suerte, el imaginario territorial de los siglos XVI, XVII, aunque también buena parte del XVIII, incluso aun parte del XIX (el proceso discursivo fue lento), se remitió a una concepción más bien heterogénea y múltiple del espacio.

De esta pluralidad da cuenta Téllez (1990) al estudiar el espacio pehuenche y definir que la cordillera de los Andes, lejos de semejar un bloque compacto como es reflejada en la actualidad, "se anarquizaba en una pluralidad de reducidas cordilleras transversales" (Téllez, 1990: 11), representando una geografía complicada y diversa. Abundaban a los ojos de aquellos primeros habitantes, colonizadores incluidos, los valles y pasos intercordilleranos, los típicos ríos torrentosos de la cordillera y, por cierto, la multiplicidad de bosques.

Solo en la zona de la pehuenía, del Laja al sur, se han identificado alrededor de 27 pasos que manifiestan la activa comunicación transversal entre grupos de indígenas de ambos lados de la cordillera, definiendo así el sentido del territorio: Buta Mallín, Leña Malal, Picunleo, Trapa-Trapa, Pucón Mahuida, de Rahue, de Pehuenco, de Pino Solo, de Pino Hachado, de Mallín de Icalma, de Icalma, de Llaima, Tres Picos, Pirihueico, entre otros (Ugarte Palma, 1996).

El español a su llegada mantuvo por un buen tiempo una mirada múltiple del territorio, reconociendo lejanías y otredades, variaciones y texturas espaciales, lo que condujo a una imagen amplia y heterogénea de los espacios, algunos de los que, antes desconocidos e incógnitos, poco a poco se fueron incorporando a la representación del territorio colonizado.

Así, por ejemplo, hacia fines del siglo XVI, en la década de 1570, el cosmógrafo y cronista Juan López de Velasco (1901) establecía que "las provincias de Chile es lo más apartado y lejos en lo descubierto de las Indias Occidentales..." (López de Velasco, 1901: 295). El escaso conocimiento de esta nueva zona hispánica se veía proyectado, a su vez, en el nivel de colonización descrito por el cronista: "El obispado de Santiago, tiene el distrito desde el valle de Copiapó... hasta el río Maule, que parte los términos de la ciudad de Santiago y de la Concepción... Hay solo cuatro ciudades, en que hay seiscientos españoles, y en ellas veinte y cuatro mil indios de tributo..." (López de Velasco, 1 901: 295).

La zona sur, vinculada al obispado de Concepción, según carta del gobernador español Martín García Oñez de Loyola al rey, se encontraba hacia fines del siglo XVI en estado de semiabandono, además de carente de recursos. Así, expresaba que "más allá del Maule, que solía ser almacén de bastimentos y pertrechos de guerra por su mucha fertilidad y abundancia de indios, ha venido a tanta disminución y menoscabo, que pasando por ella solo mi casa, estuve detenido cuatro días por no poderme aviar por falta de veinte raciones y seis indios" (Villalobos y Rodríguez, 1997: 107).

La fundación de Chillan o Bartolomé de Gamboa, como se le llamó originalmente, en 1580 no significó conformar un territorio más unitario y solo cumplió el papel básico de asegurar las comunicaciones hacia Concepción y el sur, así como un rol militar, por lo demás objetivo de la mayoría de las villas que se fundaron en el sur durante el siglo XVI y los siglos posteriores.

Fray Diego de Ocaña, al finalizar el siglo XVI, apuntaba: "esta ciudad es pequeña, no tiene más de cincuenta vecinos, y no sirve más de albergue de los pasajeros que van a las ciudades de arriba..." (Villalobos y Rodríguez, 1997: 107).

Por cierto, el panorama se tornó aún más desolador con posterioridad a la rebelión indígena de 1598. El proceso ulterior se vincula, por tanto, a una nueva colonización, asociada sobre todo a oficiales del ejército que buscaban allí nuevas oportunidades para su vida. Como bien expresan Villalobos y Rodríguez (1997), el escaso interés por colonizar y la pobreza local se mantuvieron en la medida en que el espacio quedó ligado a los vaivenes de la frontera bélica de la zona de la Araucanía.

Más al norte, en el área comprendida entre los ríos Maule y Maipo, la organización espacial en el siglo XVII mantuvo la discontinuidad y fragmentación manifestada en la zona fronteriza. Hacia 1657, un informe de Alonso de Solorzano y Velasco mueslra que Chillan aún permanecía en condición ¡neslable, con una ocupación nolablemenle precaria.

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