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Durante el mes de febrero de 1917, el periódico La Prensa se promocionaba en la cabecera con el siguiente lema: “The best medium to practice Spanish”. Tras presentar brevemente el periódico y su director, veremos a continuación los motivos históricos y socioculturales que hicieron que este rotativo, uno de los más importantes dentro de la panorámica periodística hispanófona neoyorquina, pusiera un gran énfasis en la promoción de la enseñanza de la lengua española, sobre todo entre 1917 y 1928.

El periódico La Prensa fue fundado el 12 de octubre 1913 por el español Rafael Viera y Ayala y su propósito inicial fue “contrarrestar «las malas doctrinas publicadas por varios periódicos anarquistas que se publica[ba]n en español en la ciudad de Nueva York»”. Poco se sabe de esta primera etapa fundacional, ya que no se conservan números de ella. Tras una serie de cambios internos y de propietarios, será durante el año 1917, con la llegada de José Camprubí (1879-1942), un ingeniero español-puertorriqueño, que este órgano, aún modesto y de difusión semanal, se convertirá finalmente en diario, el 04 de junio 1918.

Es aún incierto cuándo Camprubí realizó exactamente la compra del periódico, tuvo que ser entre los años 1917-1919. El caso es que no será hasta 1921 que abandonará sus otras ocupaciones laborales para dedicarse por completo a la dirección del diario. Durante este periodo, la empresa “La Prensa Printing Co.” (fundada en enero de 1919) se hará con una imprenta propia y tanto el servicio cablegráfico, como la plantilla laboral y las instalaciones técnicas serán ampliados, fruto de todo lo cual se aumentarán las tiradas de 5 000 ejemplares en 1918 a 13 000 en 1921.

A lo largo del año 1920 se empieza a publicar en el directorio una lista de países para los cuales el rotativo ofrece suscripción, la lista se va ampliando hasta llegar en 1928 a los siguientes países: “Estados Unidos y posesiones, Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, Honduras, Méjico, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Santo Domingo y Uruguay”. Camprubí, que había sido director de la Unión Benéfica Española (UBE) desde 1914, usó el rotativo desde 1917, “como plataforma de información de los derechos de los hispanos en los Estados Unidos”.

La compra y las funciones informativas comunitarias del periódico se hicieron aún más urgentes cuando, desde la entrada de EE.UU. en la Primera Guerra Mundial, muchos barones hispanos fueron acusados de desertores y la oficina de abogados defensores establecida por la UBE no daba abasto con la atención.

Este destacado miembro de la colonia hispano-neoyorquina fue asimismo miembro de las sociedades más importantes de la ciudad tales como la Hispanic Society, el Instituto de las Españas de la Columbia University, la Pan American Society o la Spanish Chamber of Commerce y la Pan American Business Association. Como ingeniero, empresario y periodista fueron múltiples las esferas en las que se movió: la intelectual, la social-cultural, la comercial; “era liberal y demócrata por convicción y republicano aún desde los tiempos de la monarquía”, de ideología moderada y ecléctica, siempre a caballo entre el proyecto hispanista y el panamericanista.

El programa de La Prensa fue desde un comienzo, por una parte, el “de servir a la colonia española e ibero americana en Estados Unidos”, informando y ofreciendo servicios para unificar esta comunidad por esos entonces ya bastante heterogénea. Por otra parte, el periódico también se vio como embajador del mundo hispano, queriendo “servir a todos los norteamericanos que tienen interés en nuestro arte, cultura, comercio y civilización en general”; en un ejercicio constante de tender puentes entre ambas sociedades: la de origen y la de acogida y las comunidades resultantes del movimiento migratorio.

El 12 de marzo de 1942 fallece Camprubí; años después, en 1960, sus hijas venderán el diario al empresario Fortune Pope, cuya familia era propietaria desde 1928 del también diario neoyorquino Il Progresso Italiano-Americano. Con todo, la era Camprubí, que es la que aquí trataremos, se puede considerar como una etapa muy fructífera para el rotativo al expandir y profesionalizar sus servicios a pesar de las carencias económicas por las que también tuvo que pasar. En 1963, La Prensa se fusionará con El Diario de Nueva york, diario que se había fundado en 1948 y que en pocos meses se había afianzado en el mercado periodístico neoyorquino.

Serán una serie de factores de índole histórica, geopolítica, socioeconómica y cultural los que hagan que durante las primeras décadas del siglo XX se viva en EE.UU. Este será en realidad un segundo boom de hispanofilia; el primero había tenido lugar ya durante el siglo xix y había sido fomentado por una serie de filólogos estadounidenses, estudiosos de lenguas modernas, entre ellas el español, tales como Washington Irving, Henry Wadsworth Longfellow, William H. Prescott o George Ticknor entre otros. Dos guerras desempeñarán un papel fundamental en este segundo auge.

Por otra parte, desempeñará un papel fundamental la entrada de EE.UU. en la Primera Guerra Mundial en 1917 en el “intensified interest in the spiritual and political ideals of the twenty other sovereign states in the western hemisphere, in eighteen of which Spanish is the official language”. Este interés por los países americanos hispanófonos no fue aleatorio; la gran guerra había dificultado el comercio con Europa lo cual llevó a que EE.UU.

Si bien el movimiento del hispanismo surge ya durante el segundo tercio del siglo XIX, las consecuencias de la derrota de la Guerra hispano-estadounidense y la consecutiva pérdida de los últimos territorios de ultramar españoles, sentarán las bases para su posterior desarrollo. El hispanismo postulaba la pertenencia de españoles e hispanoamericanos a una misma raza, una raza formada por una cultura, una historia, tradiciones y una lengua compartidas, más que por sangre o factores étnicos. Este movimiento ha sido interpretado como una reacción al imperialismo cultural, económico y político de EE.UU.

Pero, según los intelectuales hispanófilos e hispanistas de la época, fueron precisamente el aliciente práctico-comercial del panamericanismo en Latinoamérica, junto con la imagen de una España sujeta a retraso y decadencia vinculada a la leyenda negra, los principales factores que hicieran que el español careciera inicialmente de estimación, al menos durante las dos primeras décadas. Por lo cual hubo que lanzar toda una campaña para dotar a esta lengua de prestigio, como se había hecho previamente con otras lenguas como, por ejemplo, el alemán.

El interés por la América española se encauza siempre a través de España, pues mientras más estudiamos vuestra literatura y vuestra civilización y las de Hispano-América, vemos que éstas no son más que el trasunto de las de España. Las siguientes instituciones desempeñaron un papel fundamental en dicha campaña de prestigiamiento: la Hispanic Society of America (1904; fundada por Archer M. Huntington), la American Association of Teachers of Spanish (a partir de 1944 se le añade “and Portuguese”, 1917; fundada por Aurelio M. Espinosa y Lawrence A. Wilkins) y el Instituto de las Españas (que posteriormente pasará a llamarse Instituto Hispánico) de la Columbia University (1920; dirigido por Federico de Onís); que surgen en Nueva York a comienzos del siglo del siglo xx como reflejo y reacción a este boom de hispanofilia y a la creciente demanda de aprendizaje de esta lengua.

Con la nueva institución, heredera de los principios de la Institución Libre de Enseñanza, se pretendía terminar con el aislamiento español y enlazar con la ciencia y la cultura europeas, además de preparar al personal encargado de llevar a cabo las reformas necesarias en las esferas de la ciencia, la cultura y la educación. Esta voluntad de ruptura con el aislamiento y regeneración de las ciencias y educación se plasmó de diferentes maneras en el caso del hispanismo estadounidense.

Mientras tanto, había explotado la gran guerra, y en nuestro pequeño mundo lingüístico-pedagógico ocurrió, como en otros muchos mundos del planeta, un trastorno completo. Desde 1914 hasta 1918 se manifestó un verdadero cataclismo en nuestra enseñanza de lenguas, que dejó por resultados los siguientes: 1.° decadencia del alemán, que había ocupado el primer lugar en el programa de casi todas las instituciones docentes del país, decadencia tan marcada que poco faltó para que desapareciese por completo la enseñanza de este idioma; 2.° ascensión del francés al puesto de lengua predilecta en la mayor parte de las Universidades y escuelas secundarias; 3.° aumento casi increíble de la adhesión al castellano, llegando esta lengua a ocupar el primer puesto en muchas partes y en otras corría parejas con el francés y en todas partes excedía al alemán en el número de los que estudiaban.

Si los discursos mediáticos representan ya de por sí espacios discursivos o actividades en las que determinados agentes sociales deciden sobre la legitimidad de la(s) lengua(s) y de los hablantes, lo mismo es válido para el ámbito de la enseñanza de lenguas en el que operan diferentes relaciones de poder en un complejo nexo de relaciones de factores sociales, culturales, económicos y políticos. Ambos ámbitos funcionan como importantes agentes o instituciones que contribuyen a la organización lingüística de la esfera pública y de los grupos sociales que la constituyen, por lo tanto, participan en los procesos de planificación, regulación y estandarización de una lengua.

De esta forma contribuyen a la construcción y reglamentación del ciudadano y de la nación- Estado en la que éste se inserta. Son por ende asimismo importantes espacios discursivos en la producción y reproducción de ideologías lingüísticas mediante prácticas lingüísticas, pero también a través de discursos metalingüísticos.

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