Odiseo Creativo: Un Capítulo en la Historia Remota de la Creatividad

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En la historia antigua, griegos y troyanos se enfrentaron en una lucha de muchos años. Los primeros sitiaron la ciudad de Troya hasta destruirla a sangre y fuego. La mayoría de los detalles se perdieron, pero nuestra cultura conservó fragmentos importantes gracias a la composición oral y al canto público de poetas errantes de prodigiosa memoria, llamados aedos o rapsodas, que luego fueron la base de textos que aún podemos leer. En el centro de esta historia, emerge la figura del primer pensador creativo del que tenemos recuerdo.

Se trata de Odiseo, o bien Ulises en su forma latina, cuya sinuosa vida está extraordinariamente bien documentada, considerando la distancia que nos separa de ella. Transgrediendo prácticas habituales y esquemas consagrados, propios de su época, introdujo sistemáticamente nuevas formas de enfrentar los peligros y resolver los problemas. En cada acción representó un ejemplo de prudencia, tenacidad y capacidad de respuesta, pero en sus empeños jamás sometió el núcleo permanente de su existencia, su sentido de vida, a ganancias pasajeras. Ningún poeta habla todavía de creatividad, en cambio encontramos el vocablo metis, seguramente su antecedente más lejano.

Una Manzana Dorada y un Caballo de Madera

Hacia el año 1200 de la era antigua, coincidiendo con el término del período micénico, llega a su fin la guerra de Troya. Tras un largo asedio y diez años de violencia inútil, los griegos logran ingresar a la ciudad y doblegar a sus ocupantes. El conflicto se cierra mediante una trampa cuidadosamente planeada. Todo comenzó con un crucial descuido. La leyenda cuenta que las cosas se desatan en el Olimpo durante la boda del mortal Peleo y la diosa Tetis, a la cual no se invitó a la diosa Eris, quien en venganza envía una manzana dorada con la inscripción: "Para la más hermosa".

Sin demora, las tres diosas más importantes, Atenea, Afrodita y Hera, reclaman su mejor derecho a recibir el regalo. Zeus, jefe del Olimpo, obligado a resolver la disputa, determina prudentemente escoger un juez. Para tal efecto designa al bello París, hijo de Príamo, rey de Troya. Las tres diosas intentan seducir a Paris para conseguir su preferencia: Atenea le promete sabiduría, Hera le ofrece poder y Afrodita a la mujer más hermosa de la tierra. Por supuesto, Paris entrega la manzana a Afrodita y ésta, a su vez, le corresponde otorgándole el amor de Helena.

Infortunadamente la bella Helena, hija de los reyes de Esparta, estaba casada con Menelao, de modo que cuando la pareja huye se agravia a todo un pueblo. Al fracasar una embajada diplomática que aspiraba a resolver pacíficamente el conflicto, el poderoso Agamenón, rey de Micenas y hermano de Menelao, convoca a los restantes reyes de Grecia, quienes disponen de inmediato a sus ejércitos y los envían a bordo de más de un millar de barcos. Por primera vez, los distintos reinos griegos se reúnen en una gran empresa común.

Troya fue, probablemente, el principal centro comercial de la edad del bronce. Su ubicación geográfica le permitía dominar la navegación hacia el Mar Negro, y con ello el intercambio entre Oriente y Occidente. Todo el comercio de metales, piedras preciosas, maderas, telas y alimentos, que debía pasar por el estrecho del Helesponto, ocurría con la autorización de los troyanos. Mucho antes del conflicto que provocan Helena y París, los griegos tenían por tanto poderosas razones para mirar hacia Troya con recelo. Es posible, incluso, que las negociaciones entre Agamenón y Príamo se relacionaran principalmente con los derechos de navegación en el sector. Otro antecedente a tener en cuenta es que Helena era el vínculo con el poder en Esparta, dado que Menelao había llegado a ser rey al casarse con ella.

El número de guerreros que ocultaba el caballo de madera es un misterio. Por varios siglos, desde luego con Homero como principal autor, las creencias comunes y la imaginación poética se alimentaron de los distintos sucesos de esta guerra y del singular caballo. Durante el gran esplendor de Atenas, en el período clásico, el sofista Gorgias escribe un texto para exculpar a Helena (Encomio a Helena); y la poesía trágica detiene su mirada en los personajes de la guerra y sus dramas, proyectándolos en nuevos formatos desde una perspectiva ciudadana, como puede apreciarse en la Orestíada de Esquilo o Las Troyanas de Eurípides. Incluso, mucho después de la Odisea, el empuje de la fantasía estimulada por estas historias no se detiene. En los últimos años de la era antigua, Virgilio todavía incapaz de sustraerse a la fascinación de estos hechos, vuelve a relatar la historia mil veces contada.

Según su versión, cansados ya del modo habitual de la guerra, los griegos quiebran la rutina y optan por un nuevo curso de acción:Construyen un caballo tan alto como un monte, cuyos costados forman con tablas de abeto bien ajustadas. Fingen que es un voto para su feliz regreso; este rumor se divulga. Furtivamente encierran, tras echar suertes, en su flanco tenebroso, los mejores guerreros y sus enormes cavidades y su vientre llenan de soldados revestidos de armas (Virgilio 15-20; II).

La idea fue de Odiseo, si bien se supone inspirado por la diosa Atenea. Fue él quien propuso a los jefes griegos una elaborada estrategia tejida en torno a un caballo de madera, que el diestro carpintero Epeo consigue fabricar en pocos días. El objetivo era el mismo desde el principio: ingresar a la ciudad amurallada, pero ahora utilizando un recurso inusitado, en nada parecido a las formas consagradas para desarrollar la guerra.

La habilidad retórica de Odiseo hizo la primera parte frente a sus compañeros. La cultura griega, ya en ese tiempo, era sensible al valor de la palabra, mucho antes de que el arte de persuadir se convirtiera en materia de enseñanza, y en un recurso obligado del ejercicio ciudadano. Originalmente la idea debió parecer absurda, como suele ocurrir con las propuestas que violentan las percepciones familiares. No tenía antecedentes, y rompía una forma tradicional de ejecutar la guerra mediante el enfrentamiento cuerpo a cuerpo y el choque del bronce. Aun así, el poderoso Agamenón, jefe de la expedición, el rubio e indignado Menelao y el sabio anciano Néstor, entre otros, cedieron ante la palabra persuasiva de Odiseo.

Todos ellos, hombres duros con muchas batallas en el cuerpo, se abrieron a la nueva fórmula, y optaron por la promesa y el riesgo que ofrecía. La idea nunca fue simple, exigió larga meditación, manejo de información específica y un refinado sentido del cálculo. Odiseo eligió la figura de un caballo porque este animal era el símbolo de la ciudad, y era objeto de veneración por parte de los troyanos. Una vez terminado, se dispuso agregar una inscripción que lo consagraba a Atenea: "Con su agradecimiento y en la esperanza de regresar al hogar, sanos y salvos, al cabo de nueve años de ausencia, los griegos dedican esta ofrenda a Atenea" (Graves, La Guerra 115).

Su apuesta era que los troyanos llevarían el caballo al interior de la ciudad, pensando que así recuperarían el esquivo apoyo de la diosa, que hasta entonces se había inclinado por los griegos. A fin de dar un contexto de credibilidad, la idea se completó levantando el campamento y embarcando a todos los hombres, con la sola excepción de Sinón, quien sería dejado en la playa para dar un testimonio frente a los troyanos. En efecto, al amanecer los troyanos descubren el gigantesco caballo y una rápida expedición advierte que la playa está vacía. Por cierto, las naves griegas se encuentran ocultas en un recodo cercano, tras la isla de Teneros.

Príamo y sus hombres están confundidos. Unos han creído el engaño, otros desconfían. Sinón explica que ha sido abandonado a causa de sus diferencias con Odiseo, pero asegura que el caballo es una auténtica ofrenda. El engaño está lejos de ser obvio. El tejido del ardid se desarrolla con sutiliza, acude a la paradoja, y juega con la razón y los sentimientos. El sabio Príamo no logra ver con claridad. Destruir el caballo sería un insulto a la diosa. Dejarlo fuera de la ciudad, podría ocasionar su molestia, en tanto que llevarlo al interior podría ser la oportunidad de recuperar el favor que últimamente les ha negado. Sinón parece auténtico, pero no deja de ser un griego.

La expectativa de recuperar la paz después de tanto tiempo, inunda los espíritus. Distintas voces aconsejan destruir el caballo, pero otras están por ingresarlo a la ciudad. Imponiendo su autoridad, Príamo resuelve el dilema y toma la ofrenda. Se destruye una parte de la muralla y el caballo ingresa al corazón de la ciudad. La alegría domina entre los troyanos; se liberan y beben más de la cuenta. Después de tanto sufrimiento, ahora pueden dormir. No son capaces de ver más allá de la apariencia y bajan la guardia. Han cavado su propia tumba.

Caída la noche los soldados griegos salen sigilosamente del vientre de madera y toman posiciones, mientras el disciplinado Sinón, que no por casualidad en griego significa plaga, ruina o desgracia, utiliza una antorcha para avisar al ejército oculto. En una feroz arremetida los griegos caen sobre sus indefensos enemigos, matando sin piedad a hombres, mujeres y niños, incendiando todo a su paso, saqueando y violando. Entregados al exceso, dominados por la hybris, los griegos cometen los peores crímenes. A fin de eliminar el riesgo de una futura venganza, Odiseo arroja por las almenas al pequeño Escamandrio, hijo de Héctor, nieto del rey Príamo.

Concluye el largo asedio gracias a su astucia, y luego que la fuerza de Aquiles por sí sola resultara infructuosa. La destrucción fue total, con excepción de un pequeño grupo que logró huir encabezado por Eneas. El poeta Homero no duda en reconocer a Odiseo todo el mérito que le corresponde: "Canta la gesta del caballo de madera, el que Epeo construyó con la ayuda de Atenea, el que entonces el divino Odiseo llevara como trampa hasta la ciudadela habiéndolo llenado de los guerreros que arrasaron Troya" (Homero, Odisea 492-498; VIII).

Más tarde, parte de esta sangrienta historia sería relatada por algunos de sus protagonistas. Así habla Menelao: Ya he conocido el talante y la inteligencia de muchos heroicos guerreros y he recorrido amplio espacio de tierras. Pero nunca vi yo con mis ojos a ningún otro con un corazón igual al del sufrido Odiseo. ¡ Cómo actuó y cómo resistió en el interior del caballo de pulida madera el bravo guerrero, cuando estábamos allí metidos todos los mejores de los argivos, llevando a los troyanos la matanza y la destrucción! (Homero, Odisea 266-275; IV).

Entre lo Conocido y lo Desconocido

La poesía heroica es generosa en reconocer las virtudes de Odiseo, más allá del tradicional recurso de la fuerza. Alcínoo, rey de los feacios, no oculta su admiración al escuchar sus narraciones: "Hay belleza en tus palabras y es noble tu pensar, y, en cuanto a tu relato, has narrado de modo tan experto como un aedo las desdichas funestas de todos los argivos y las tuyas" (Homero, Odisea 367-370; XI). Mucho antes de la victoria sobre Troya, mientras otros héroes son descritos a través de rasgos externos o cualidades físicas, numerosos versos lo presentan como un hombre prudente, sagaz, dotado de inusuales habilidades retóricas, y "que sabe pensar mejor que nadie" (Homero, Ilíada 246-248; X).

Aquiles es el héroe "de los pies ligeros", Agamenón es "rey de hombres", Ayax "el mejor en aspecto y estatura", y Héctor "de penacho tremolante"; pero tratándose de Odiseo, el poeta elige la comparación más exigente: "Odiseo, que en prudencia igualaba a Zeus" (Homero, Ilíada 138-139; X). Incluso antes de Homero su fama era evidente. Un viejo relato da cuenta de un brillante consejo suyo, para un problema en extremo difícil.

Tindareo, entonces rey de Esparta, debía elegir un marido para Helena. La situación era delicada dado que había mucha pasión enjuego. Los distintos candidatos estaban dispuestos a todo para cumplir el doble propósito de tener a la mujer más bella de Grecia y acceder al trono. Tindareo temía que su elección, cualquiera que fuese, desataría un enfrentamiento. En ese momento interviene Odiseo ofreciendo una solución: "Rey Tindareo, si yo te explico cómo evitar una pelea ¿apruebas que me case con tu sobrina Penélope?" El rey acepta y entonces presenta su fórmula: "Muy bien. He aquí lo que tienes que hacer: oblígales a jurar que defenderán a quienquiera que se convierta en el marido de Helena contra todo aquel que le envidie su buena suerte" (Graves, La Guerra 28).

Todos aceptan, seguramente porque cada uno confiaba en ser elegido. Más adelante estos pretendientes, prisioneros de la palabra empeñada, formarán parte de la campaña para rescatar a Helena. Pero será después de la guerra, durante la travesía de regreso, cuando Odiseo tendrá que enfrentar los mayores desafíos. Diez años demora el viaje de vuelta a su tierra natal. Un tiempo excesivo, capaz de liquidar a cualquiera, durante el cual vivirá experiencias inéditas, en las que cruzará las fronteras del mundo conocido para entrar en un espacio poblado de seres extraños, de pronto divinos, otras veces monstruosos o subhumanos. Lo característico será una secuencia casi interminable de apremiantes problemas, que junto con poner a prueba todos sus recursos, le permitirá mostrar nuevas facetas de su condición de héroe.

En este recorrido tormentoso, Odiseo exhibe una resistencia y tenacidad en grados increíbles, una insobornable curiosidad, y una firme consistencia respecto de sus convicciones básicas. Una vez en el mar, todos confían en llegar pronto...

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