La lucha por el derecho al voto femenino fue un movimiento significativo en Inglaterra y Estados Unidos a principios del siglo XX. Mujeres valientes desafiaron las normas sociales y políticas para exigir igualdad de derechos.
El Movimiento Sufragista en Inglaterra
Las sufragistas aparecieron en el escenario británico en 1903. Integraban la Women Social and Political Union, WSPU, cuya divisa era arremeter contra todo, incluso contra la persona misma de los políticos. La respuesta no se hizo esperar: arresto y trabajos forzados propios de presos comunes. Indignadas, las mujeres recurrieron en masa a la huelga de hambre.
La estructura del movimiento estaba protegida por una organización de primera categoría, con su propio semanario (Voces for Women), comité directivo, oficina de propaganda y otras instancia, pero, sobre todo, por una singular y mística entrega de sus militantes a la causa.
En los años posteriores a 1906 ningún ministro del gobierno inglés estaba a salvo del acoso de aquellas belicosas damas. Si se presentaba como candidato a las elecciones parciales, sus discursos al electorado se veían interrumpidos por agudas voces femeninas que, a gritos, exigían saber por qué razón las mujeres no podían votar.
La policía acudía a llevarse a las alborotadoras, pero no siempre resultaba fácil porque las señoras se solían encadenar a sus asientos. Cuando lograban sacarlas a rastras del local y al poco rato volvían a interrumpir otras integrantes de la denominada Hermandad de las Gitonas.
Las cosas llegaron a tales extremos que los ministros acabaron por dirigirse exclusivamente a audiencias sin mujeres, pero siempre algunas de ellas lograban eludir los controles horas antes y ocultarse de alguna manera hasta poder interrumpir el acto. Los políticos decidieron entonces hacer registros previos, pero sufragistas aparecían en los tejados de los edificios contiguos con carteles y megáfonos.
En lo más áspero de las refriegas, desde 1912 a 1914, la inventiva destructora de las mujeres cundió en diversas ciudades. En sigilosas salidas nocturnas, armadas con tarros de pintura y brochas, borraban los números de las casas, desgarraban el tapizado de los asientos de los coches del ferrocarril, echaban jalea en los buzones, destrozaban vitrinas y jardines, invadían las galerías de arte y mutilaban los cuadros, cortaban los hilos del telégrafo, colocaban bombas de fabricación casera e incendiaban objetivos de todo tipo.
En 1910 Emeline Pankhurst era la cabeza del movimiento. Incitaba a las sufragistas a una lucha cada vez más violenta, hasta que se transformaron en un verdadero peligro público. El 8 de noviembre de 1911 tuvo lugar el “viernes negro”: la policía las maltrató brutalmente y apresó a muchas. Pero el incendio de edificios, de vagones llenos de mercadería y la destrucción de varias obras de arte en los museos, mostraron que la violencia no se apagaba sino que recrudecía.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, Jorge V amnistió a las sufragistas y les presentó la oportunidad de reemplazar la obra de mano masculina. Y así lo hicieron, con entereza incontestable y un auténtico éxito. En 1928, por fin el voto fue concedido a todas las mujeres mayores de edad.
El Movimiento Sufragista en Estados Unidos
En Estados Unidos la lucha por la emancipación de la mujer empezó a tomar cuerpo bajo la instrucción. El siguiente paso fue la integración al movimiento de abolición de la esclavitud, con lo que aseguraron una especie de doble tribuna que les garantizaba un nutrido auditorio.
Las primeras oradoras, las primeras que se atrevieron a romper la tradición de que una mujer jamás debía dirigirse al público desde una tribuna, fueron precisamente una mujer blanca y una mujer negra: Francis Wright y María Stewart. En las “lecturas públicas” -en lo que fueron imitadas por Angelica Grimke y Lucy Stone- abordaban tanto el problema de los esclavos como el del estatus femenino.
Pocos años más tarde hacía su entrada triunfal al campo de batalla Elizabeth Cady Stanton, agresiva y lúcida organizadora de convenciones en que el punto principal a tratar era el derecho a sufragio.
Los congresos nacionales que se realizaban anualmente, las reuniones provinciales con cientos de delegadas, y el hecho de que más de 200 mil mujeres trabajaban en 1850 en la industria, más el apoyo concreto de la prensa abolicionista, fortalecieron la causa feminista norteamericana. Había llegado el momento de que las mujeres reclamaran reformas directamente a la legislatura de estado.
Reemplazando en el trabajo a los hombres ocupados en el fragor de la lucha, las mujeres desplegaron sus capacidades tantas veces negadas y empezaron a exigir el derecho a voto. En julio de 1868 el voto fue otorgado a los hombres de color. La desilusión que se produjo en las filas femeninas acarreó el rompimiento con la Sociedad Americana por la Igualdad de Derechos, mientras las dirigentes Staton y Anthony fundaban el periódico The Revolution, con el lema: “Los hombres, sus derechos y nada más; las mujeres, sus derechos y nada menos”.
Un grupo de aguerridas y tozudas mujeres decidió por su cuenta depositar sus votos para la elección presidencial en noviembre de 1866. Sus votos fueron anulados sin más trámite que sacarlos y tirarlos al canasto. La indignación lógica las hizo organizarse para dar la lucha en la calle con marchas espectaculares, llamando la atención en cualquier forma, y arreglándose para ingresar de alguna manera a leer sus escritos a las grandes reuniones.
Superadas las diferencias entre radicales y conservadores se formó una gran liga internacional que vio la luz en Berlín en junio de 1904 y estaba integrada por Estados Unidos, Inglaterra, Dinamarca, Alemania, Australia, Holanda, Suecia y Noruega bajo la presidencia de la norteamericana Charry Chapman. Pero la burocratización fue inevitable y condujo a la Liga a la inoperancia. Entonces surgió al primer plano de la vanguardia la hija de Elizabeth Staton, Harriet, con una línea más agresiva y un programa dinámico que dio origen a la Unión Política de las Mujeres.
Las mujeres salían a marchas unidades portando carteles y antorchas, desafiantes y eufóricas en la pelea por el voto. Otras veces en forma silenciosa para promover una lectura obligada de sus carteles, bautizados como los “centinelas mudos”. En 1911 fue otorgado el voto en California. En 1917 en Nueva York.
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