La fiesta de Nuestra Señora de La Merced no es solo una celebración religiosa; es parte integral del patrimonio cultural chileno.
Historia y Origen de la Devoción
La devoción a la Virgen de las Mercedes se remonta al siglo XIII, cuando comenzó a ser venerada por su papel en la liberación de cautivos. San Pedro Nolasco, fundador de la Orden Mercedaria, fue inspirado por la Virgen para liberar a los prisioneros cristianos en manos de los infieles. La llegada de la Virgen de las Mercedes a Chile se produjo con la instauración de la Orden Mercedaria en el país.
Con más de dos siglos de historia, se conmemora el último domingo de septiembre, siendo esta una de las festividades religiosas más antiguas de la región.
La historia de la Virgen de las Mercedes se entrelaza con la fe y la devoción de millones de creyentes a lo largo de los siglos.
Celebración en Petorca
El pasado domingo 24 de septiembre, las calles de Petorca se vistieron de festividad y devoción. Las arterias lucieron guirnaldas brillantes y una extensa alfombra de flores y altares, que se extendió por más de 8 kilómetros, esperando el paso reverente de Nuestra Señora de La Merced.
Año tras año, miles de feligreses, provenientes de diversos puntos de la región, se dan cita en Petorca. El propósito es claro: agradecer por las bendiciones recibidas, en especial, las lluvias y las abundantes cosechas.
Uno de los distintivos más notables de esta fiesta son los bailes religiosos. Estos acompañan a la Virgen en su recorrido, brindando un espectáculo de fe y tradición que se entrelaza con la cultura local.
La devoción y el fervor son palpables en cada rincón. La fiesta de Nuestra Señora de La Merced no solo celebra la fe, sino también la cultura y la unión de la comunidad de Petorca.
Celebración en Limavida
La oración a la Virgen de las Mercedes de Limavida es una expresión de fe muy significativa para la comunidad local. Esta advocación mariana tiene raíces profundas en la historia chilena y se celebra con fervor cada año.
La celebración de la Virgen de las Mercedes en Limavida es una muestra de fervor y unidad comunitaria. Los preparativos para la fiesta comienzan semanas antes del evento principal. Las comunidades locales organizan novenas y misas que inician el 3 de septiembre. La Eucaristía ocupa un lugar central durante la celebración. La festividad busca también integrar a los jóvenes, ofreciendo misas dirigidas a ellos.
La peregrinación hacia Limavida es una de las manifestaciones más profundas de la fe de la comunidad. Los caminos que llevan a Limavida son recorridos por peregrinos de diversas localidades. Esta travesía puede realizarse a pie, en bicicleta o en vehículos, y a menudo implica un esfuerzo físico considerable. Durante la festividad, la misa de la luz se convierte en un momento clave. Este acto religioso incluye el encendido de velitas por parte de los fieles, simbolizando la esperanza y la fe. La peregrinación no solo involucra la devoción individual, sino que también fomenta un sentido de comunidad. La interacción entre peregrinos crea un ambiente de solidaridad y apoyo mutuo.
Impacto Cultural y Espiritual
La festividad de la Virgen de las Mercedes de Limavida tiene un impacto significativo en la cultura y espiritualidad de la comunidad. La celebración de la Virgen se ha convertido en una manifestación cultural que trasciende lo religioso. Se forman lazos entre diferentes generaciones y se reafirma la cultura local. La figura de la Virgen de las Mercedes se alza como un símbolo que une a la comunidad. Su imagen motiva a los fieles a actuar con amor y solidaridad.
Mensaje de la Virgen de las Mercedes
Las reflexiones sobre el mensaje de la Virgen de las Mercedes invitan a profundizar en su relevancia en la vida contemporánea. La figura de la Virgen de las Mercedes se asocia con la liberación y la dignidad. Su mensaje trasciende el tiempo, recordando la necesidad de luchar contra las opresiones modernas. La devoción a la Virgen promueve el servicio a los demás y la práctica de la compasión. Los fieles son inspirados a actuar con generosidad y empatía, brindando apoyo a quienes más lo necesitan. La Virgen de las Mercedes es un símbolo de paz y reconciliación. Su mensaje anima a los creyentes a ser agentes de cambio en la búsqueda de un entorno más armónico.
El Escudo Mercedario
A lo largo de la historia el escudo mercedario ha sido presentado en mil formas y expresiones. Los hay clásicos, modernos, vanguardistas; todos expresan el hondo compromiso mercedario con la libertad. “No hay mayor caridad que dar la vida por los hermanos”; por eso cuando veas un escudo en un religioso, religiosa o laico, estarás viendo a un comprometido con la liberación y entusiasta devoto de Nuestra Madre, María de la Merced.
El escudo de la Merced es, sin duda, el elemento más identitario de la Orden. Es blanca PLATA, símbolo de inocencia y pureza, sobre fondo rojo SANGRE. Ocupa la parte superior del escudo. En ella va impresa la decisión entusiasta de la Iglesia de apoyar la labor redentora de Pedro Nolasco en el momento de su fundación. Son rojas SANGRE, símbolo de amor y caridad y amarillas ORO, símbolo de benignidad y nobleza. Ocupan la parte inferior del escudo. Son las barras de la corona de Aragón. El Rey Jaime I, entusiasta colaborador de la Orden de la Merced, presente en su fundación en la catedral de Barcelona el día 10 de agosto de 1218, regala a la Orden su escudo como expresión de su apoyo a la obra redentora. El escudo se convierte así en pasaporte real más allá de las fronteras a la hora de ir a las redenciones y mostrar credenciales de autoridad. Por eso se verá muchas veces el escudo coronado con la corona real.
Las 4 barras color SANGRE en el escudo de la corona de Aragón tienen su origen, según la tradición, en el hecho de que Wilfredo el Velloso, fundador de la dinastía de los Condes de Barcelona, cayó gravemente herido luchando contra los normandos al servicio de Carlos el Calvo, emperador de los franceses entre los años 875-877.
El Nombre "Mercedes"
Aunque lo de Benz tiene mucho sentido, pues hace honor a quien constituyó la empresa, lo de Mercedes (significa "libertadora", "la que libera") tiene una historia bastante sui géneris. Como lo señala la historia de la marca fundada por Karl Benz, el 2 de abril de 1900, Daimler-Motoren-Gesellschaft decidió llamar a sus automóviles Mercedes, en honor a la hija de Emil Jellinek. A partir de ese momento, las letras de “Mercedes” decoraron los radiadores de los automóviles de pasajeros de Daimler. Fue entonces el 23 de junio de 1902 cuando el nombre se registró como marca comercial. Al día de hoy, Mercedes-Benz es la única marca de autos con un nombre femenino.
La Virgen del Socorro en Santiago de Chile
La pequeña figura de la Virgen del Socorro que se venera hasta hoy en el altar mayor de la iglesia de San Francisco de Santiago es reputada como la primera imagen religiosa que llegó a esta capital. Esta escultura fue protagonista de los inicios de la ciudad y concretó el asentamiento de los franciscanos en Santiago de Chile. Se analizará aquí la paradoja esencial anclada en la doble leyenda de su origen y que es común en las imágenes sagradas del cristianismo: Esta escultura habría sido donada en agradecimiento por la aparición milagrosa de su prototipo -la Virgen misma- durante una batalla contra los indios; no obstante, según otras fuentes, una procesión en honor a la escultura habría sido antecedente del mismo milagro. La figura mariana concentró en ella el milagro de la Conquista y contribuyó a instaurar la visualidad cristiana en estos parajes. Ella representó el triunfo español y cristiano sobre los indios en la zona central de Santiago y la consecuente instauración de la ciudad y la apropiación de las élites políticas de la devoción primigenia. Su potencial simbólico fue, además, causa de la polémica apropiación por parte de los franciscanos de un lugar mercedario.
Aunque las versiones documentales no concuerdan por completo, el hito fundacional de la cristiandad y de la devoción mariana en el reino de Chile lo marcó un milagro operado por una imagen de una Virgen María -o por la Virgen misma- en el contexto de un enfrentamiento entre indígenas y españoles. Ya sea que los relatos atribuyan la intervención sobrenatural a la escultura misma -denominada “del Socorro”- o a su prototipo, las narraciones de la anécdota exhiben la ambigüedad característica de la imagen cristiana, en lo concierne a la confusión entre representación y modelo, un fenómeno para el cual existen precedentes de larga data.
La Usurpación Franciscana
En 1554 los franciscanos, asentados en la ladera poniente del cerro Santa Lucía, se apropiaron de modo polémico de la prestigiosa ermita del Socorro de La Cañada, que existía al menos desde 1548 y era custodiada por los mercedarios. Esta temprana usurpación revistió un carácter simbólico y no solo territorial, fundado en la figura excepcional que resguardaba la capilla, a saber, la pequeña escultura de la Virgen del Socorro de 29 cm de alto, que encarnaba el milagro fundacional de la ciudad y el primer asentamiento español y cristiano en Chile. Para comprender este carácter simbólico, es preciso remontarse, entonces, al hecho anterior: la relación entre la aparición de la Virgen del Socorro y su imagen.
El análisis pormenorizado de las diversas fuentes documentales mencionadas da cuenta de contradicciones entre los relatos del suceso maravilloso. Es posible detectar en la leyenda de la Virgen del Socorro una estructura preconcebida que determina el modo de la epifanía mariana y su funcionamiento como fundadora de un culto vinculado a esta ciudad en particular. El hecho milagroso de la aparición y su confusa relación temporal con la imagen arman un relato que sustenta la devoción.
Mientras Rodrigo de Quiroga fue teniente gobernador nombrado por Pedro de Valdivia -entre 1550 y 1554- el Cabildo ordenó al vecino Juan Fernández de Alderete donar a los franciscanos un solar situado al costado poniente del cerro Santa Lucía, además de una ermita dedicada a la misma santa. Juan Fernández de Alderete construyó la capilla Santa Lucía al poniente del cerro Huelén; siendo la donación aceptada en 1553 por el comisario de la orden franciscana recién llegada a Santiago, Martín de Robleda.
Tras la muerte de Pedro de Valdivia en diciembre de 1553, en un enfrentamiento contra los mapuches en Tucapel, Francisco de Villagra partió rumbo al sur junto a los sacerdotes mercedarios Antonio Correa y Miguel de Benavente. En marzo de 1554, Francisco de Villagra, los mercedarios que lo acompañaron y los pobladores de la recién destruida Concepción volvieron a Santiago, y encontraron la Ermita del Socorro y el hospicio homónimo ocupado por franciscanos. En efecto, algunos días antes, estos frailes aprovecharon la ausencia de los mercedarios en viaje para arrebatar el sitio a los que quedaron en Santiago, y apropiarse de la prestigiosa capilla. Esta ocupación se realizó luego de una sigilosa sesión del Cabildo, presidida por Rodrigo de Quiroga, cuando se les cedió la ermita y el hospicio del Socorro. El acta del Cabildo en que se consignan tales cesiones a los franciscanos no fue consignada en el libro del Cabildo en su momento, sino ciento treinta años después.
La usurpación franciscana se enmarca en una dinámica apropiativa de lugares y objetos santos que, como se verá a continuación, está bien acreditada en la tradición cristiana y obedece a una lógica propia del cristianismo.
Pese a su carácter aparentemente insólita, esta apropiación deshonesta de los franciscanos dista de ser un hecho sin precedentes y se ajusta, por ejemplo, a las dinámicas de los “robos de reliquias” muy comunes en la Edad Media; robos que no eran considerados un pecado mortal ni una falta venial, sino “robos santos” (furta sacra, en latín).
En marzo de 1556, dos años después de la usurpación, el Cabildo de Santiago trató la posibilidad de excomulgar a quienes “dieron la casa y hermita de Nuestra Señora del Socorro para monasterio a señor San Francisco”, y discutió “sobre si los clérigos y curas Francisco Gonzalez y el padre Martin del Cazo estan excomulgados o irregulares”.
En este sentido, el propósito superior -la construcción y mantención de un convento y de su iglesia- justificaba este acto ilícito, puesto que la reliquia o imagen sagrada potenciarían el culto y harían posible la sobrevivencia del convento.
La Esclavitud y la Virgen de la Merced
Celebramos la festividad de la Virgen de la Merced y es una tremenda oportunidad para que hagamos un recuerdo que a muchas personas incomoda e incluso puede producirle fastidio. Todo depende desde donde estamos mirando y qué es lo que queremos ver y no ver. La cruda realidad está ahí, impertérrita, al acecho y en todos los puntos donde queremos ver con los ojos de Cristo o los ojos de María, o de Pedro Nolasco o de María Micaela o del P. Hurtado, y de tantos y tantas que intentan ver con los ojos compasivos del Maestro Jesús de Nazaret.
Muchas personas creen que el tema de la esclavitud es algo del pasado. Incluso cuando se abolió la esclavitud, muchos pensaron que la Orden de la Merced ya no tenía nada que decir ni hacer. ¡Se acabó la esclavitud! Se dijo a todos los vientos. ¡Ha sido abolida! Ciertamente se acabó en la retórica del momento, en las declaraciones solemnes que la humanidad acostumbra a anunciar con bombos y platillos. Pero no, desgraciadamente la esclavitud o cautividades siguen viento en popa. Lo que ha pasado es que no las queremos ver, son incómodas, nos dejan al descubierto nuestro rostro feo y deteriorado.
La Fiesta de la Virgen de la Merced es una gran oportunidad para no perder la memoria del triste camino de los cautiverios actuales, más sofisticados que los de otros tiempos, pero igualmente lacerantes. Porque este título de la Madre de Dios apunta al hecho histórico del siglo trece, atravesado por el drama de los cautivos cristianos en manos de los sarracenos, enemigos de la fe cristiana. Un valiente joven cristiano mercader, junto a otros entusiastas “caballeros de la caridad cristiana”, puso la mano en el arado para seguir las huellas del Maestro, y abrió un surco de liberación de los cautivos. Se hicieron “mercedarios” que, en lenguaje del siglo trece, define a los hombres que hacen bien a los prójimos necesitados. La mejor aliada de Pedro Nolasco fue María, la Madre de Dios, y a través de ella, confirmó su vocación de redentor de los cautivos. Esta es la razón por la que Nolasco llamó a María como “Madre de la Merced”, madre de la misericordia con el cautivo.
Que la Virgen de la Merced nos ayude a romper nuestras cadenas y nos envíe a ayudar a otros a romperlas, porque las cadenas atentan contra nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios y destruyen el proyecto del hombre nuevo que Cristo quiere para cada hombre y mujer.
La Palabra de Dios y María
La Palabra que sale de la boca de Dios y que testimonian las Escrituras regresa a él en forma de respuesta orante, de respuesta vivida, de respuesta que brota del amor. Dios y su pueblo viven un diálogo que expresa la liturgia. Dejemos que la Palabra nos ayude a volver a Dios con renovado compromiso, sobre todo, dejémonos acompañar por aquella que es la Oyente de la Palabra por excelencia, María, nuestra Madre.
El plan de la salvación es uno porque todo converge en Jesucristo. Y una referencia esencial es la relación de María con su Hijo Jesucristo. De este modo, lo que se dice de Judit, hay que decirlo con mayor razón de María, la Madre del Verbo eterno del Padre. Ella coopera activa y conscientemente en la obra de nuestra redención desde la aceptación misma de ser Madre del Redentor, sin dejar de ser Virgen Inmaculada, inmersa en los planes de Dios. Su “Sí” es un “Fiat” a la Palabra que se le comunica por el Ángel Gabriel. Aceptación de toda su persona que da origen al “Hágase en mí según tu palabra”. Si Israel felicita a Judit al “contemplar los prodigios de Dios” realizados a su favor (v. 8), no menos hacemos nosotros con María y le decimos: “Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres el honor de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza. Con tu mano lo hiciste, bienhechora de Israel, y Dios se ha complacido. Que Dios omnipotente te bendiga por siempre jamás” (vv. 9-10).
San Pablo, en su carta a los Gálatas, nos recuerda, en la breve lectura que hemos escuchado, que la liberación del hombre que Dios lleva a cabo, se inicia con el misterio de la Encarnación y alude de manera muy discreta a la mujer por medio de la cual el Hijo de Dios entró en el mundo: “Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (v. 4). Continúa el texto señalando que, porque el Hijo asumió la naturaleza humana, ha abierto la posibilidad de un cambio radical de la misma condición del hombre. Así dice San Pablo: “Dios envió a su Hijo…, para que rescatase a los que estaban sometidos a la ley y nosotros recibiéramos la condición de hijos” (v.5). Jesucristo transforma desde dentro la existencia humana, haciéndonos partícipes de su ser Hijo del Padre.
Esta escena se convierte en un hito central de los acontecimientos de Jesús. En primer lugar, la escena se abre con el dato que al pie de la cruz de Jesús hay cuatro mujeres: su madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena (v. 25). Todas ellas son testigos de la hora de la que Jesús hablaba a su madre y que había sido anunciada a lo largo del cuarto evangelio, como en las bodas de Caná de Jn 2,4: “Mi hora no ha llegado todavía”. En segundo lugar, la escena central tiene como protagonistas a la madre de Jesús y al discípulo amado. Con un gesto de inusitada confianza en su Hijo, mostrada por María en las Bodas de Caná, les dijo a los sirvientes: “Hagan todo lo que él les diga” y, de esta manera, María abre la actividad de su Hijo, “adelanta” su misión. Ahora, cierra el programa misionero de su Hijo con su fiel presencia al pie de la cruz. Y Jesús la deja como el más preciado de su testamento a su propia madre, entregándola al discípulo también fiel: “Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo” (v. 26). María, que ha cumplido un tan importante papel en nuestra redención, seguirá siendo el núcleo de la nueva comunidad que nace a los pies del Crucificado Resucitado, precisamente por voluntad de su Hijo. Junto a María el discípulo “a quien él amaba” es asociado a la nueva humanidad: “Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa” (v.27).
La nueva familia de Dios tiene al Padre que reconoce como “Padre de todos” y a la madre que el Hijo Amado del Padre nos entregó al pie de la cruz, razón más que suficiente para sentirnos plenamente hermanos y hermanas entre nosotros.
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