Escuela Mercedes Fontecilla: Historia y Legado

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Entre las mujeres que participaron en la gesta independentista, Javiera Carrera es una de las más recordadas. Sin embargo, su noble y preciada intervención, se asemeja a la valiosa contribución de otras patriotas que arriesgaron su vida o que trabajaron arduamente por la causa.

La memoria histórica rescata la labor de otras patriotas, tales como Luisa Recabarren de Marín, Mercedes Fontecilla y Ana María Cotapos, las dos últimas esposas de José Miguel y Juan José Carrera, respectivamente. Asimismo, se rescata a algunas hijas y esposas de patriotas reconocidos.

La historiografía es más ingrata con la labor patriótica de las mujeres de estrato popular, quienes numéricamente eran superiores. Pero, si se trata de reconocimiento y afecto popular, quien secunda a Javiera Carrera es Paula Jaraquemada, mujer que gozó de una elevada instrucción por su condición social elevada.

Mercedes Fontecilla y su conexión con José Miguel Carrera

Mercedes Fontecilla, esposa de Carrera, quien había tenido a su cuarta hijita en Montevideo, remontó en un penoso viaje en barco el Paraná, y se estableció en La Bajada, frente a Santa Fe, bajo la protección de Ramírez.

Carrera, como embajador de Ramírez, logró convencer al Gobernador Bustos, de Córdoba, de mantenerse neutral, con lo que Ramírez, junto al Gobernador López de Santa Fe y asesorado por Carrera, enfrentó a los unitarios de Buenos Aires en la batalla de Cepeda, despejando así su camino hacia la capital.

José Miguel Carrera nació en Santiago de Chile en 1785, a los 23 años viajó a España para ingresar al Ejército de la Península a combatir la invasión napoleónica. Entonces, José Miguel decidió ir a Estados Unidos para conseguir una flota y liberar a su país por mar.

Desde su destierro en Montevideo, José Miguel Carrera vislumbró que el centralismo, cada vez más absorbente de Buenos Aires, dañaba los intereses de las provincias, y comprendió que le convenía tomar partido por la federación y apoyarlas. De esta época datan los grandes caudillos federales; Artigas, López, Bustos y Ramírez.

Al embarcarse hacia Norfolk dejó a su mujer, Mercedes Fontecilla, sumida en la pobreza más desoladora.

Paula Jaraquemada: Un Ejemplo de Valentía

Esta valiente dama nació en Santiago en 1768 en una familia santiaguina adinerada. Sus padres fueron Domingo Jaraquemada y Cecilia de Alquízar, quien era pariente de los célebres Carrera.

Según cuenta la historia, hacia el final del proceso de la Independencia de Chile, cuando bordeaba los 50 años, Jaraquemada recibió al Ejército Patriota en su hacienda de Paine y los refugió tras su derrota en la batalla de Cancha Rayada (1818). Los malogrados soldados de José San Martín se recuperaron en su hacienda, allí se alimentaron y curaron sus heridas.

También les suministró pertrechos y, para revitalizar las tropas patriotas, facilitó caballos y ordenó a sus inquilinos sumarse a la campaña. Se rememora esta generosa acción por la causa, pero su gran hazaña fue encarar altivamente a un oficial realista que llegó a su hacienda para abastecer a su tropa.

El capitán le exigió las llaves de su bodega y ella se negó a hacerlo, concediendo, si lo deseaban, una voluntaria cooperación. El oficial hizo caso omiso de esta respuesta y nuevamente le espetó la orden. Ella no cejó y poniendo en juego su vida, acercó su pecho a las bayonetas de los soldados para aclararle al oficial que prefería morir antes que ceder.

Con la misma altanería, dio vuelta un brasero con la punta de su pie para demostrar que estaba dispuesta a quemar su casa si ellos insistían en despojarle de sus bienes violentamente.

Es sabido que el futuro presidente Manuel Montt, un niño en ese entonces, presenció este episodio porque visitaba en esos días a Paula Jaraquemada, su madrina.

Al término de la guerra, Paula se dedicó a obras de caridad. Acudía a hospitales, hospicios y a cárceles para dar aliento a los condenados, y en lo posible intervenir para evitar las penas de muerte. También trabajó para lograr mejoras en la Cárcel de Mujeres de Santiago y finalmente creó una corporación de caridad.

El Diario de José Miguel Carrera

Buenos Aires, 7 de septiembre de 1815. José Miguel Carrera termina de redactar su “Diario Militar”. Sobre la mesa de trabajo se acumulan cientos de documentos y apuntes utilizados para la elaboración de un libro compuesto por muchas capas. La columna vertebral está constituida por el relato, bellamente manuscrito, minucioso y ordenado, de los cuatro intensos años que corren entre 1810 y 1814.

En el amplio margen izquierdo de las fojas se ensamblan, además, breves textos escritos o adheridos en trozos de papel, cumpliendo la función de las actuales notas al pie. Y sobre todo ello, cruzando, abriendo y sustentando al cuerpo principal, se insertan cartas, partes militares, proclamas, bandos, oficios, procesos judiciales y otros papeles, hasta acumular 136 piezas documentales. Porque este Diario no es, en estricto rigor, un diario.

Si bien está organizado en orden cronológico, con fechas precisas que encabezan cada jornada, no es el fruto de una labor de registro cotidiano. Carrera en Buenos Aires ha descendido desde la condición de exiliado a la de proscrito.

Como una forma de reivindicar su actuación y así convencer a los argentinos de que le restituyan su apoyo, compone el Diario. Las últimas palabras que traza reflejan su incertidumbre. “Permaneciendo mucho tiempo en estas provincias, no sé lo que nos suceda”.

El Diario arranca con la proclamación de la Primera Junta de Gobierno, cuando Carrera se encontraba en Europa. Lo mismo ocurre con el motín de Figueroa y la instauración del primer Congreso Nacional. Pero a pesar de su ausencia, Carrera no escatima juicios lapidarios hacia sus protagonistas.

A partir de 1813, con la llegada de la expedición militar realista bajo el mando de Pareja, el Diario sufre un cambio radical: empieza a dar testimonio casi cotidiano de cómo el valle central chileno es repasado una y otra vez por los ejércitos en lucha, dejando una estela de asesinatos, saqueos e incendios que afectan principalmente a la población civil.

El calamitoso sitio de Chillán durante el invierno de 1813 hace tambalear el prestigio militar de Carrera, pero el golpe de gracia lo recibe en octubre siguiente en la batalla de El Roble. Allí, un ataque sorpresa del ejército realista está a punto de aniquilar a la fuerza patriota. Carrera, en la confusión del ataque, acaba zambulléndose en el río Itata para salvarse.

De aquí en adelante, Carrera se desliza, irremediable, en la catástrofe, hasta tocar fondo en el desastre de Rancagua. En su éxodo a Mendoza, se preocupó, sin embargo, de transportar un voluminoso archivo.

Este rasgo demuestra la importancia que le adjudicaba a su acervo documental y la pasión que mostró por recopilar documentos que referían a su persona y a los acontecimientos en los que había participado. Incluso en los pasajes más accidentados de su vida, mantuvo su correspondencia rigurosamente ordenada y clasificada, junto con otras muchas piezas de inestimable valor histórico. Gracias a estos afanes su archivo personal llegó a ser muy abundante y valioso. Con él compuso su Diario en Buenos Aires, adonde llegó a principios de 1815.

Desde esta fecha y durante seis años, Carrera desplegó una energía inagotable con el propósito de organizar una fuerza armada para retornar a Chile.

En febrero de 1817 regresó desde EE.UU. a Buenos Aires con una flotilla naval cargada de armas; el Director Supremo Pueyrredón confiscó sus barcos y lo apresó; Carrera huyó a Montevideo y se dedicó al periodismo de trinchera, ahí se enteró de la ejecución de sus hermanos en Mendoza y decidió sumarse a las guerras civiles argentinas para derrocar al gobierno de Buenos Aires. Se convirtió en líder del bando federal y logró ocupar Buenos Aires.

Durante estos dramáticos años, Carrera llevó siempre consigo su Diario. Asombra la importancia y cuidados que les prodigó a estos documentos en condiciones tan difíciles.

Tras la muerte de Carrera, la familia fue autorizada para regresar del exilio. La suegra preservó el Diario y la viuda, Mercedes Fontecilla, trajo un valioso archivo epistolar. Este material fue traspasado a José Miguel Carrera Fontecilla, único hijo varón del prócer.

Cercano a las ideas liberales revolucionarias, fue muy amigo y camarada político de Benjamín Vicuña Mackenna, a quien entregó parte importante del archivo de su padre.

Por estos motivos, a lo largo de todo el siglo XIX el Diario estuvo disponible solo para unos pocos ojos privilegiados o como fuente documental para la confección de obras historiográficas, como la Historia general de Chile, del propio Barros Arana.

Para estos fines más bien eruditos y de investigación se confeccionaron tres copias manuscritas del Diario, las que aún se conservan en el Archivo Nacional en las colecciones “Vicuña Mackenna”, “Gay Morla” y “Varios”.

Al año siguiente, arrancando el siglo XX, se publicó el primer volumen de esta colección, destinado nada menos que al “Diario militar del general don José Miguel Carrera”. Los 136 documentos anexos citados en el Diario fueron publicados en la misma colección, en el año 1913.

Tras el golpe de Estado, Luz Fierro Toro, descendiente de los Carrera que conservaba el Diario en su poder, dispuso que fuera entregado al Museo Histórico Nacional. Esta donación está documentada mediante un escrito fechado en abril de 1974.

Pasaron los años, hasta que en 1980 un funcionario lo descubrió y se lo enseñó al entonces ministro de Bienes Nacionales, general de Carabineros René Peri. Este jefe policial había realizado una serie de estudios históricos relacionados con su institución y supo reconocer el valor del manuscrito. Ante el sorprendente hallazgo, decidió, por propia voluntad, entregárselo a su jefe, el general Augusto Pinochet.

En 1986, la Academia de Historia Militar publicó una tercera edición impresa del Diario. En el prólogo se advierte que fue publicada “por disposición expresa de S.E. el Presidente de la República”, es decir, por orden de Pinochet. Esta edición contiene tres versiones complementarias: a) una transcripción del texto existente en depósito legal en la Biblioteca Nacional, o sea, una de las copias manuscritas realizadas en el siglo XIX, b) una edición facsimilar fotografiada del manuscrito original de Carrera y c) una transcripción de ese mismo manuscrito.

Cuando el juez Carlos Cerda decretó la incautación de los bienes del general, fue necesario realizar un catastro de sus posesiones para hacer efectiva la medida. A esas alturas, ya era insostenible prolongar la usurpación del Diario. Sin embargo, voceros militares declararon que se considerarían “antecedentes legales, históricos y jurídicos” antes de resolver su destino.

Augusto Pinochet falleció el 10 de diciembre de 2006. Diez días después, el ministro de fuero Juan González dictó el sobreseimiento permanente de Pinochet, luego de recibir el certificado de defunción respectivo.

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