La seguridad es una de las mayores inquietudes para una persona que decide vender su vehículo. Por lo mismo, automotoras ofrecen la “consignación”, que consiste en que la persona entregue su auto usado y sea esta quien se encargue de todo el proceso de venta. Esto fue lo que hizo José Caamaño el 2 de junio de 2023 a través de la automotora MG Automotriz, ubicada en Concepción, región del Bío Bío.
La automotora le entregaría un total de $10 millones por su vehículo una vez realizada la venta. “Empezaron con puros problemas. Tenían un documento atrasado y por eso no podían pagarme. Cuando lo solucionaron, me dijeron que tenían bloqueadas las cuentas del banco.
En esta línea, ante la negativa del pago, la automotora ofreció entregar vehículos como forma de saldar la deuda. Así le pasó a otra persona, que prefiere reservar su identidad. “Perdí, además del tiempo, dos millones de pesos. Entregué mi auto por el que me pagarían $8.200.000 y finalmente, vendí el que me entregaron en seis millones. Al ser consultada, dijo que “hubo demoras porque la persona encargada de pagos tenía un desorden.
El año 2010 proliferaron las actividades conmemorativas con motivo del bicentenario de la Independencia de las excolonias hispánicas. Abundante reflexión académica ha abordado los modos en que los países latinoamericanos, a través de sus diversas políticas de conmemoración, disputaron representaciones de la historia de cada nación. Si bien pensadores como Jorge Larraín (2010) invitaron a ver en estos festejos una oportunidad para repensar nuestros Estados e incluso nuestro continente, las celebraciones parecen haber desaprovechado tales oportunidades.
Como comentan algunos expertos, esto se debió principalmente a un exceso de nacionalismo (y poco desarrollo de trabajos a escala continental), por un lado, y, por otro, a la primacía de una lógica mercantil en el uso del concepto "bicentenario". Entre tales políticas conmemorativas (ceremonias públicas, monumentaria, turismo, etc.), los museos suelen destacar como lugares significativos para trabajar dichas coyunturas al estar asociados a su uso moderno como dispositivos eficaces para la estabilización de sentido.
En Chile, el Museo Histórico Nacional (MHN en adelante) participó de las celebraciones del año 2010, principalmente a través de su exposición "La razón del Bicentenario", en la que se expuso la construcción de una nueva subjetividad durante la Independencia de nuestro país, el proceso de auto-comprenderse como ciudadano (en lugar de súbdito) y chileno (a pesar de las enormes diferencias sociales que este concepto englobaba).
Si bien Chile tradicionalmente celebra su Independencia cuando se conmemora la Primera Junta Nacional de Gobierno (18 de septiembre de 1810), es el día 12 de febrero de 1818 cuando se firmó y ratificó el acta de Independencia públicamente. El MHN vio en este "segundo" bicentenario la oportunidad de abordar la construcción nacional con una mirada más reflexiva.
Por ello, produjo el año 2018 la exposición "Hijos de la Libertad. 200 años de Independencia", atendiendo a la necesidad de ir más allá de la ritualidad conmemorativa y preguntándose por los discursos y materialidades que han performado dicho ideario en nuestra cotidianeidad como ciudadanos. Inaugurada el 5 de abril de 2018, esta exposición era parte de un proyecto más amplio que establecía abordar las ideas ilustradas de libertad, fraternidad e igualdad que gatillaron el proceso revolucionario francés, pues es a ellas a las que la república ha apelado de manera recurrente desde sus inicios, incluso en sus momentos más críticos y violentos.
El concepto de libertad posee diversas vertientes: política, social, económica y/o cultural, las que muchas veces son contrapuestas e incluso antagónicas, y cómo, por otro lado, la cultura material vinculada a estos idearios se expresa a través de soportes conmemorativos y simbólicos que buscan hacer perdurar la memoria. El objetivo de la propuesta museográfica fue proveer al público la posibilidad de reflexionar acerca de la libertad como un concepto que itera al ritmo del ejercicio constructivo constante de nuestra independencia.
En base a dicha imagen, y a espaldas de la muestra misma, las autoridades de importantes instituciones arremetieron contra la exposición. Las y los máximos representantes del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (MMDH), el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) y del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, señalaron que la exposición constituía una apología al dictador, un negacionismo ciego o, al menos, un revisionismo irresponsable. Estas críticas derivaron en columnas de opinión y ponencias académicas donde expertos en la materia reflexionaron desde miradas sociológicas, historiográficas y filosóficas (Estefane et al., 2019, pp. 275-300).
En tales debates es posible identificar dos núcleos de disputa principales. Uno que versa acerca de los límites y desafíos de la representación de la figura de Augusto Pinochet (y con él del pasado reciente), y otro que versa acerca de la función y/o rol social del MHN (qué puede y debe, o no, ser y hacer un museo estatal de historia). En este último punto llama la atención que, mayoritariamente, se le pide al MHN ser aquello que ha sido desde sus inicios, a saber: un dispositivo de poder donde lo que ingrese a sus arcas sea legitimado como verdadero, clausurado y comunicado unidireccionalmente sin fisuras que permitan interpretaciones alternativas por parte de los visitantes.
Se le pide tomar las riendas de la construcción de una (auto)imagen colectiva como si los flujos de lo social no estuvieran haciendo lo propio fuera de los muros del museo, reclamaría Laseca (2015). Para quienes hemos trabajado en museos, sorprende que se acuse al MHN no solo de transgredir un (aparentemente) estabilizado consenso social respecto a cómo representar el pasado reciente, sino también de transgredirse a sí mismo en ello. Para explorar dichas preguntas se indagará a grosso modo en la trayectoria del MHN como tecnología moderna y su lento proceso reflexivo.
Las fuentes de las que me valdré son principalmente las discusiones académicas derivadas de las columnas de opinión que se publicaron en diferentes medios y que fueron condensadas en una serie de foros en el marco del Coloquio Memorias en Conflicto, patrocinado por el Centro de la Cohesión Social y el Conflicto (COES) (ver Jara, Aguilera y López, 2020, pp. 181-188) y el libro de visitas de la exposición.
El modelo de museo implantado en Latinoamérica es aquel museo moderno europeo que abre al público los tesoros reales y se consagra a la construcción de una idea de lo público y nacional tras la Revolución Francesa. Entusiasmados con los análisis foucaultianos y post-foucaultianos, gran parte de la investigación sobre museos se ha dedicado a observarlos como parte de una serie de instituciones disciplinarias que interpretan y organizan las subjetividades, materialidades, corporalidades y temporalidades modernas.
El historiador del arte Douglas Crimp en su ensayo Sobre las ruinas del museo (1993) y el sociólogo Tony Bennett (1995) en The birth of museums han extendido la comprensión del fenómeno principalmente como "complejo expositivo" (p. 59) y la anglosajona Sharon Macdonald como "politics of display". Autores como Beatriz González y Jens Andermann (2006), en nuestro continente, lo han denominado "galerías del progreso".
Básicamente, se observa bajo este prisma al museo como un dispositivo de adiestramiento de la mirada que orienta al visitante sobre formas correctas e incorrectas de dar sentido al nuevo mundo (moderno y republicano) y sus nuevas subjetividades. Desde esta perspectiva, derivada de los estudios culturales, son la Exposición del Coloniaje (1873) y la Exposición Histórica del Centenario (1910) las experiencias fundadoras del complejo expositivo en Chile.
Ambas con un gran éxito de acopio de colecciones y de afluencia de público, pavimentan la firma del decreto que crearía al Museo Histórico Nacional volviendo esta tecnología disciplinar permanente en 1911. Las múltiples formas en que estas tecnologías modernas han tenido efectos performativos es un hecho que ha sido deconstruido y observado críticamente por expertos en Chile y el mundo, al menos desde la realización de la Mesa Redonda de Santiago de Chile en 1972, conferencia del International Council of Museum de la Unesco (ICOM en adelante).
Dicha conferencia supuso un giro en el modo de comprender el museo teniendo como derivas concretas los ecomuseos y museos comunitarios entre otras experiencias que pretendían desanclar los museos de su concepción tradicional como edificio, colección y público. Hugues de Varine, museólogo participante de esa instancia reflexiva, explica que la nueva museología se sostiene en una concepción expandida y complejizada de dicha triada moderna: territorio, patrimonio y comunidad.
Sin duda, el concepto de museo y sus prácticas han cambiado a lo largo del tiempo en función de los contextos sociales y las reflexiones disciplinares. Desde su creación en 1946, el ICOM no cesa de reconceptualizar su definición. Para el actual presidente del comité de teoría museológica de ICOM (ICOFOM), el brasileño Bruno Brulon et al. (2018), es imprescindible que la pregunta por el museo gire de un ontologismo estático a una pregunta por su capacidad de agencia sobre la(s) experiencia(s) humana(s).
En ese movimiento conceptual es posible aprovechar la propuesta de Jean Davallon (2006) de comprender el museo como un "tecnología patrimonial", es decir, como parte de una red de discursos, materialidades y prácticas que permiten construir valores que orientan la construcción de sentido colectivo, pero con el foco en su capacidad de agencia. Si el museo moderno busca orientar hacia una determinada dirección, hoy el museo aspiraría a una auto-comprensión como ámbito fluido de negociación del sentido a través de la vivencia (Morales, 2009).
El museo permite un "efecto de realidad", diría Brulon et al. (2018), que otros medios de comunicación de la narrativa histórica no pueden ofrecer. Esto es lo que lo convierte en espacio idóneo de negociación de las diferencias culturales y elaboración de los traumas contemporáneos. A pesar de haber sido sede de un profundo proceso transformador en la museología internacional en la Mesa de Santiago, nuestro país no lleva adelante estas críticas y propuestas de transformación principalmente debido a la dictadura que irrumpe al año siguiente, dictadura que, mientras reprimió la acción y creación colectiva, promovió la construcción de patrimonio como elemento fundamental para un rediseño forzado del pacto social (Brunner, 1988).
El MHN entonces sirvió, entre otras políticas patrimoniales (monumentos, fiestas nacionales, folclor, etc.), para la refundación simbólica del régimen dictatorial entregándole legitimidad y adhesión social además de habituación a las pautas de un nuevo orden autoritario y, con ello, perpetuó la estructura disciplinar de la institución museal decimonónica. Como da cuenta Alegría et al. (2020), los regímenes dictatoriales no modificaron la institucionalidad y normativa patrimonial, sino que la utilizaron en beneficio de su visión de país.
El MHN proporcionó a las autoridades militares patrimonio religioso para el acto performativo de la jura de una nueva constitución en 1980. Una escultura de madera del siglo XVIII, representando a un Cristo crucificado, ante el cual "juró S. E. el presidente de la República el 11 de marzo pasado (...). Posteriormente, S.E. tuvo la deferencia de enviar a este Museo el original de dicha Acta de Juramento, significativo testimonio que enriquece nuestro patrimonio histórico" (M.H.N., 1981, Boletín N° 7, p. 4).
Durante esa época el MHN comenzó un intenso trabajo de profesionalización de sus áreas y metodologías de trabajo, sin embargo, la exhibición permanente continuaba la decimonónica mirada presidencialista y militar de una historia política. Sin desmerecer estos desarrollos, es recién durante la preparación del aniversario número 40 de la Mesa Redonda antes mencionada, que la museología en Chile parecía remontar el camino crítico.
En ella se dio cuenta del origen de sus colecciones y las políticas de patrimonialización que lo han configurado a lo largo de un siglo, además de sus modos de operación (funcionamiento interno de la institución) actual, develando, sin criticar explícitamente, su constitución material y discursiva asociada a lo que denominamos recién como complejo expositivo (véase figura 4). Dicho trabajo curatorial constituye la primera vez que un museo en Chile se sitúa a sí mismo como objeto de exhibición y declara con ello que un museo performa en su ejercicio constructivo y expositivo lo que un museo es.
Basándonos en una lectura preliminar de la prensa de la época es posible afirmar que este ejercicio autorreflexivo no tuvo mayor impacto en el público, no obstante, sí lo tuvo en los funcionarios, los cuales comenzaron a impulsar coloquios, seminarios, recorridos comentados, foros y exposiciones donde se ensayasen ángulos posibles para una actualización conceptual del museo. Historiadores conocidos por su conservadurismo fueron quienes alzaron la voz crítica cuando se hizo público el proyecto de cambio de guion y la metodología participativa proyectada para ello.
En la editorial del diario El Mercurio del 8 de agosto de 2013 el historiador Sergio Villalobos (2013) expone que "este cambio de guion parece envolver más riesgos que ventajas", y se pregunta: "¿A qué reinterpretaciones más o menos antojadizas o ideológicas de la historia pueden dar lugar tales diálogos con la comunidad? ¿No es el museo el que ha de cumplir una función orientadora para la comunidad y no a la inversa?". Esta reacción al cambio que teme a los efectos performativos del diálogo y deslegitima la capacidad reflexiva de los visitantes, llama públicamente al museo a continuar su misión disciplinar en el siglo XXI.
Sin embargo, muchos de los profesionales del museo se resisten a ello. La brújula apunta a comprenderse y convertirse en un laboratorio cívico distinto al decimonónico, como indica Bennett (2005). Un laboratorio de código abierto, con mecanismos museales no clausurados (Pinochet Cobos, 2016), donde la co-construcción del imaginario social sea dinámica, contextual e híbrida.
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