La contaminación producida por la ganadería bovina supera a la generada por toda la industria de medios de transporte. De hecho, la industria de la carne de vacuno contamina más que el transporte. En 2013 la ONU publicó un segundo informe respecto al tema, titulado «Enfrentando el cambio climático a través de la ganadería». En él, la entidad señala que las medidas tomadas por los gobiernos sólo lograrían disminuir en un tercio la emisión de gases de efecto invernadero, aumentando en 2ºC la temperatura del planeta para el año 2020.
Si quieres cambiar el mundo súmate al LunesSinCarne es una campaña internacional que alienta a las personas a no comer carne los lunes para mejorar su salud y la salud del planeta. Miles de ciudadanos de todo el mundo se han sumado a los Lunes Sin Carne desde el año 2003, y actualmente las escuelas públicas de Los Angeles y Nueva York (Estados Unidos, Sao Paulo (Brasil) y Medellín (Colombia) adhieren a la campaña. También la Casa Rosada, en Argentina, hospitales públicos de todo el mundo, y el Ministerio de Medio Ambiente de nuestro país.
El impacto ambiental de la producción de carne
La ONU estima que en los últimos 25 años se ha talado una superficie boscosa equivalente al tamaño de la India. El impacto ambiental de un alimento es el efecto que tiene toda la cadena de producción y consumo de un alimento sobre el planeta. Este efecto puede traducirse en calentamiento global (cambio climático o huella de carbono) originado por la emisión de gases de efecto invernadero. También se puede medirlo en términos de agotamiento de recursos, debido al uso de materias primas como la madera, el agua o los combustibles fósiles, y con parámetros como la degradación de la capa de ozono originada por la emisión de clorofluorocarbonos CFC, entre otras.
Uso de la tierra y recursos
Muchos se sorprenden de que el vacuno requiera de cien veces más tierra que la soya para producir una caloría. Si lo reflexionas por un momento, es de sentido común. Piensa lo increíblemente distinto que es alimentarse de vegetales frente a hacerlo de animales que a su vez hay que alimentar con vegetales. Todas y cada una de las calorías que ese animal no transformó en tejido biológico a lo largo de su vida -cada exhalación de CO2, cada ineficiencia en las excretas- se ha perdido.
Su impacto comienza en la producción de piensos que se darán a los animales. Para obtener un litro de leche se necesita alrededor de un kilo de pienso para alimentar las vacas lecheras, concluyen los expertos investigadores. Tanto el uso de fertilizantes y pesticidas, como la quema y el consumo de combustibles fósiles necesarios durante las labores de campo y el transporte de las materias, producen un impacto ambiental e influyen en el cambio climático.
Emisiones de gases de efecto invernadero
Algo similar ocurre con la emisión de gases de efecto invernadero. Además, la granja es una explotación lechera donde es necesario realizar las tareas de ordeño y limpieza de instalaciones, así como gestionar el estiércol producido por las vacas. Además, los gases de metano debidos a la propia digestión del ganado contribuyen al cambio climático.
Para que compares con números que te son familiares, imagina el siguiente ejemplo macabro: una fábrica de carne humana. Todos serían inútiles hombres, fácilmente sustituibles por un puñado de sementales seleccionados, pues las mujeres son la mitad útil de la humanidad que permite la reproducción. Así las cosas, supongamos que carneamos tan pronto el producto alcanza los 66 kilogramos. Esto ocurre en torno a los 16 años de edad. Un cuerpo humano de esas características contiene unas 144 mil kilocalorías, y vamos a suponer generosamente que la industria alimenticia aprovecha el 100%. Veamos ahora, ¿cuánto comió esa persona para acumular 66 kilogramos? Para un hombre de estilo de vida sedentario (el caso de quien legará su cuerpo la industria ganadera), el Centro para las Políticas y Promoción de la Nutrición del gobierno de Estados Unidos recomienda una ingesta que va desde las 1.000 kilocalorías diarias a los 2 años de edad hasta las 2.400 a los 16. Para edades menores a dos años, hay que usar tablas mes a mes. Resultado: 9,4 millones de kilocalorías a lo largo de la vida, ¡66 veces más que lo que su cuerpo ahora contiene!
Por supuesto, los humanos exhibimos una de las peores tasas de conversión del reino animal, pero el ejemplo ilustra el principio básico: en el traspaso de vegetal a animal habrá siempre una pérdida gigantesca.
Consumo de agua
Además, en España lo habitual es consumir leche llamada UHT, sometida a ultrapasteurización, un proceso que consiste en un calentamiento de la leche cruda con el fin de eliminar posibles microorganismos y ofrecer un producto seguro. Estos métodos, sin embargo, consumen grandes cantidades de agua. Los expertos estiman que el consumo durante esta etapa es de entre uno y tres litros de agua por cada kilo de leche tratada, según el estudio 'Prevención de la contaminación en la industria láctea', elaborado por el Centro de Actividad Regional para la Producción Limpia.
Análisis de costos: Carne vs. Alternativas
¿Dubitativo de la veracidad de las cifras? Piénsalo de esta manera: si ascender un peldaño en la cadena trófica es tan ineficiente, esto debiera reflejarse en los precios ¿cierto?
Quizás estés pensando, “Ah, pero eso porque no es lo mismo un simple paquete de tallarines, pura harina, que un buen pedazote de carne rico en proteínas”. Pues bien, piensa de nuevo. Es más barato adquirir una proteína comprando tallarines que incluso el corte más barato de carne de vacuno. Por supuesto, para alcanzar el cerca de 20% de proteínas que requiere la dieta habrá que ingerir también alimentos con porcentajes mayores. Ningún alimento basta por sí solo y los tallarines no son la excepción. Pero no pierdas de vista que los carbohidratos en los tallarines no son inútiles polizontes que por desgracia vienen adosados a las útiles proteínas. Son necesarios: en torno al 55% de la dieta deben ser carbohidratos. ¿Sorprendido? Ocurre que la carne, si bien está compuesta en un muy alto porcentaje por proteínas, contiene una elevadísima proporción de agua. Los asados son mucho más caros que las tallarinatas, pero lo serían aún más si no fuera porque buena parte de las calorías que nos sacian durante esos almuerzos provienen del pan, papas y otros vegetales con que suplementamos la más bien modesta densidad energética de la carne.
Sin entrar a la compleja explicación nutricional, el cuerpo humano no puede digerir todas con la misma facilidad, y no todas contienen los mismos aminoácidos. La proteína de tallarines ya no es más barata que cualquier corte, aunque sigue siendo más económica que la mayoría. La carne de soya sigue ganando por paliza. ¡Mira el alto precio metabólico que se paga por subir un peldaño en la cadena trófica!
Todas estas cifras, podrás imaginar, no son precisas al quinto decimal. Otros estudios y otros supermercados darán números diferentes. Además, hay zonas que soportan ganadería residual pero no agricultura. Pero, por favor, no le hagas el quite a esta verdad incómoda escudándote en casos límite o ajustes metodológicos menores. Calorías más o calorías menos, es un dato irrefutable que subir un peldaño en la cadena trófica genera un impacto inmensamente mayor, y que dentro del espectro animal hay algunos mucho más nocivos que otros. Momento para repetir el mantra: cada uno puede tener su propia opinión, pero no sus propios datos.
Estrategias para reducir el impacto ambiental
Es aquí donde me desmarco de la mayoría de quienes suelen mostrar esos gráficos. Aunque el ideal para la biósfera sería que todos nos convirtiéramos al veganismo, abogar por posturas de ese tipo es no solo inviable, sino peor: es paralizante. Un cambio así es tan radical, y conlleva para la mayoría un sacrificio tan gigantesco, que ni siquiera lo contemplamos, y continuamos parrillando con la tranquilidad de conciencia que nos otorga la pertenencia a la mayoría.
Como con el monto que se dona a la Teletón, los minutos mensuales de gimnasio o la frecuencia de uso del hilo dental, la consigna es que todo aporta, por pequeño que sea. Más es mejor, pero no es un juego de “todo o nada”, porque siendo humanos eso terminaría en nada. Ir al próximo asado de amigos con un pote personal de hamburguesas de garbanzos es de un heroísmo supremo, pero no así reemplazar el bistec semanal por pollo. Ordenar platos vegetarianos cuando te invitan a cenar requiere de un compromiso que es para pocos, pero relegar la carne a ocasiones sociales es algo que casi todos podemos evaluar. Cocinar carne de soya cuando invitas a comer puede ser mucho pedir, pero reemplazar el lomo vetado por un trozo de salmón es algo que a nadie habría de choquear. De paso, ahorrarás no poca plata.
Hay una charla en TED llamada “vegetariano de día de semana” que plantea algo parecido. El punto es que si reemplazas la carne en cinco de cada siete días el cambio es muy significativo para efectos ambientales, pero no vivirás el tormento de cargar con una cajita de tofu mientras tus amigos hacen circular la bandeja chorreante de costillar.
Lo que es más, este sacrificio hay que entenderlo como un periodo de transición. Le guste o no, en el mediano plazo la carne cultivada se va a terminar por imponer, porque será mucho más barata y de mucho menor impacto ambiental. El rechazo visceral que suscita de buenas a primeras durará solo un par de años, y de ahí en más, como casi siempre ocurre, mandará la billetera. No digo que la carne tradicional desaparecerá, pero terminará siendo un lujo algo excéntrico, de la misma manera que los autos no hicieron desaparecer a los caballos pero sí los redujeron a unos pocos que practican equitación o que poseen un campo en las afueras.
Cada uno sabe hasta dónde puede llegar, pero no hay argumentos ambientales para rehusarse incluso al cambio más milimétrico. Si ese es su caso, tenga al menos la hidalguía de reconocerlo y no escudarse en argumentos espurios, como “no estamos seguros de las cifras” o “total, la vaca ya está muerta”. Otros dicen “¿qué tiene que ver un bovino criado en el sur de Chile con las selvas de Gabón?”, pese a la obvia circunstancia de que se trata de un fenómeno global con sustitutos perfectos. Cuando advierta la tala del Amazonas o la devastación de las selvas de Indonesia, mírese al espejo y reconozca su rol: “mientras no esté dispuesto siquiera a reemplazar el bistec por pollo los días de semana solo porque no excita con la misma intensidad mis papilas gustativas, no me puedo quejar”. Por algo se parte.
El papel del consumidor y la información ambiental
¿Estarías dispuesto a limitar tu consumo de carne? Los alimentos también tienen un impacto ambiental: su producción puede implicar contaminación y consumo de recursos. Un grupo de expertos ha creado un proyecto de investigación llamado Life Ecolac, un laboratorio con el que quieren averiguar cuál es el impacto ambiental de la leche y, lo más importante, cómo reducirlo, con conceptos como el "ecodiseño" y la elección de productos alimentarios más sostenibles.
Los consumidores reciben información medioambiental de los alimentos por medio de diferentes etiquetas que, a menudo, generan confusión y, en ocasiones, desconfianza. Además, conceptos como sostenibilidad e impacto ambiental son términos complejos que no son conocidos por la gran mayoría de los compradores.
Además, hay que considerar el envase en el producto. El impacto dependerá del tipo de transporte utilizado (camión, tren, barco), así como de los kilómetros recorridos para hacer llegar el producto al consumidor. Y aún queda más. Gran parte del impacto ambiental se origina durante la venta y consumo de los alimentos debido, sobre todo, al desperdicio alimentario originado en los hogares. Los expertos afirman que un consumidor español medio desperdicia alrededor del 18% de la cesta de la compra, lo que supone unos 250 euros anuales de comida, según el estudio 'Save Food'.
La medición de la envergadura de estos impactos ambientales de los alimentos permite a las empresas implicadas en su producción diseñar medidas y estrategias para reducirlos, centrando los esfuerzos en las etapas donde los impactos son mayores. La introducción de estas medidas de mejora a lo largo de toda la cadena de producción genera un nuevo escenario de menor impacto ambiental. Los consumidores tienen la oportunidad y responsabilidad de incluir pequeñas acciones de disminución del impacto ambiental de los alimentos.
| Factor | Ganadería Bovina | Transporte |
|---|---|---|
| Emisión de Gases de Efecto Invernadero | Mayor | Menor (en comparación con la ganadería bovina) |
| Uso de Tierra | Significativamente mayor que la soya | Relativamente bajo |
| Consumo de Agua | Alto, especialmente en la producción de leche UHT | Variable, dependiendo del tipo de transporte |
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