Mazapán se formó en 1980 a partir del interés de Carmen Lavanchy, quien convocó a seis colegas, con quienes se había formado en la Pontificia Universidad Católica; Cecilia Álamos, Victoria Carvallo, María de la Luz “Lulú” Corcuera, Cecilia Echeñique, Verónica Prieto y Michelle Salazar, todas con estudios musicales y pedagógicos.
La idea era trabajar un repertorio alternativo al que se ofrecía a la infancia por entonces, más asentado en la música tradicional y en el entretemiento.
Orígenes y Formación Musical
Un primer aspecto que creo importante visibilizar respecto a esta idea de complejidad contenida en el arte de Mazapán, tiene que ver con la formación musical que poseen sus integrantes.
Su principal institución formadora fue el Instituto de Música de la Pontificia Universidad Católica de Chile (en adelante, IMUC), por aquellos años dirigido por Fernando Rosas.
En el caso de Carmen Lavanchy (n. 1951), fundadora, directora y principal compositora y arreglista hasta el año 2010 -año en el que se separa de la agrupación para enfocarse en otros proyectos artísticos y educativos-, ingresa en 1968 a formarse como profesora de música, cursando además estudios en flauta dulce con Mirka Stratigopoulu, instrumento en el cual llega a tener una activa carrera como solista y asumir luego la cátedra.
Poco después de titularse como profesora, Lavanchy desarrolla estudios de perfeccionamiento en análisis y armonía con Carlos Botto Vallarino -figura que por lo demás, marca la formación de prácticamente todas las integrantes de la agrupación, para luego a partir de 1985, profundizar sus conocimientos en orquestación con el compositor José Miguel Tobar.
En 1970, es decir dos años después del ingreso de Lavanchy, ingresan también a Pedagogía en Música María de la Luz "Lulú" Corcuera (n. 1950) y Verónica Prieto (n. 1951), esta última luego de un breve y conflictuado paso por la carrera de arte en la Universidad de Chile.
Un año después lo haría Cecilia Álamos (n.1952). En el caso de Prieto, su formación se inicia siendo una adolescente, con lecciones de piano en su hogar.
Formada ya como profesora de música y en pleno trabajo con Mazapán, se perfecciona entre 1895 y 1986 en flauta traversa con Hernán Jara y posteriormente con Guillermo Lavado entre 1994 y 1995.
No obstante, el vínculo de aprendizaje más extenso y significativo se produjo con Andrés Alcalde (n. 1952), de quien recibió clases entre 1987 y 2001 y con quien mantiene hasta la actualidad una relación de amistad y aprendizaje.
Con respecto a Álamos, luego de sus estudios en pedagogía continúa perfeccionándose en flauta dulce en Londres con Walter Bergmann.
Más vinculadas con estudios de interpretación musical son los casos de Michelle Salazar (n. 1954), Victoria Carvallo (n. 1952) y Cecilia Echeñique (n. 1957).
La primera, si bien ingresa al IMUC en 1972 para formarse como profesora, finalmente decide abandonar dicha carrera, la cual atravesaba un tenso paro estudiantil que finalmente provoca su cierre.
Así decide emigrar un tiempo a Estados Unidos, donde cursa estudios en flauta dulce en la American University y la Toutorsky Academy of Music (ambas instituciones ubicadas en Washington, D.C.).
En cuanto a Cecilia Echeñique, a los once años (1968) inicia sus estudios en flauta dulce, primero con Mirka Stratigopoulu, luego con Octavio Hasbún y en la etapa final de la carrera, con Carmen Lavanchy, relación a partir de la cual se concreta su ingreso a Mazapán.
Una vez egresada en 1979 parte a Londres a perfeccionarse en barroco francés con Ross Winters por un período de seis meses, dentro del cual también pudo acceder a clases magistrales con Frans Brüggen.
Tres años después viaja a Estados Unidos acompañando a su marido, quien debía iniciar sus estudios de doctorado en la Universidad de Princeton.
Es en dicha institución es donde toma contacto con la agrupación residente de música antigua Musica Alta, en la cual participa ejecutando distintos instrumentos de viento.
No obstante, fue su profundo interés en la música popular -sobre todo la latinoamericana-, la que la lleva a dejar Mazapán en 1990 para dedicarse por completo a una fructífera carrera como cantautora.
Complejidad Musical y Diversidad de Estilos
Un segundo aspecto para considerar respecto a esta idea de complejidad tiene que ver con la diversa y amplia gama de tradiciones, períodos y estilos musicales ofrecidos por la propuesta de Mazapán.
A través de sus 14 álbumes de estudio, compuestos principalmente de canciones originales de todas sus integrantes, es posible constatar la apropiación de manifestaciones provenientes, por ejemplo, de la cultura musical estadounidense, tales como el Spiritual en "La rana Inés" (Verónica Prieto, Los instrumentos, 1989); Ragtime en "El viejo salón" (Carmen Lavanchy, Tía Mirlí, 1995); Country y Western en "Jack cara de cuchillo" (CL, Mr. Pugh, 2000); Charleston en "Por favor y Gracias" (CL, saltemos bailemos, 1985); Jazz en ejemplos como "El ratón" (CL, ¡¡vengo a convidarte!!, 1983), la segunda mitad de la "Fuga de la cartera" (CL, La nave espacial, 1987), "¡Ay! Qué tráfico" (Cecilia Echeñique, Li, 1989) o "El feriado de papá" (CL, MP, 2000); Hip-hop en "Doña Dorotea" (VP, La ballena Filomena, 2019) o bien Rock -en distintas variantes- en casos como "El Rock del aburrimiento" (CL, sb, 1985), "Tía Mirlí" (CL, TM, 1995) y de manera más sutil en "Despierta, despierta" (VP, Canta Aleluya, Alelú, 2003).
Asimismo, resulta abundante la presencia de música latinoamericana, ya sea a través de diversos géneros de la música popular, como el bossa nova "Zoológico de Brasil" (VP y María de la Luz Corcuera, Lne, 1987) o el tango incluido dentro de la adaptación del cuento de la escritora e ilustradora británica Beatrix Potter "Pedro el conejo" (CL, Érase una vez, 1991); de estilos de carácter más tradicional, como el joropo "¡Ay! Martín" (Michelle Salazar, vac, 1983), la cumbia "Lávate los dientes" (CL, sb, 1985); o bien, mediante la convergencia libre de diversos estilos en casos como "Miren como el sol" (Cecilia Echeñique, Lne, 1987).
No obstante, son las tradiciones musicales chilenas las que se encuentran prácticamente en toda la producción discográfica de Mazapán, ya sea a través de canciones inspiradas en la zona norte del país, como sucede con "Carnavalito del Ciempiés" (CL, Cuentos y Canciones infantiles, 1980), "Quirquincho" (MS, TM, 1995) o "Manos y pies" (VP, MP, 2000); la zona central con casos como "Refalosa de los animales" (CL, A la ronda..., 1981); "Mazamorra del poroto coscorrón" (CL, Alr, 1981); "Payas del rezongo" (MS, vac, 1983); "¿Qué había en la verde colina?" (VP, LbF, 2019) o en la evocación de la estética del neofolklore a través del arreglo a capella de "Nicolás" (MS, Li, 1989); o bien, la zona sur con "Aillaquén" (CL, MP, 2000) o "Titiriti" (Cecilia Álamos, LbF, 2019).
Al respecto, destaca el álbum De Norte a Sur, donde cada una de sus 19 canciones evoca estampas y tradiciones del acervo tradicional chileno, junto con alusiones directas a culturas como la RapaNui, Chilota o Mapuche.
Cabe considerar aquí también la evocación de músicas tradicionales de culturas geográficamente más lejanas tales como la eslava con "Taco y punta" (CL, Alr, 1981); o bien la evocación de la ascendencia africana, tanto en el cuento musical "Negrito Sambo" (CL y CA, sb, 1985) -cuyos recursos performáticos, visuales, líricos y sonoros resultarían incompatibles en la actualidad con los protocolos y marcos legales vigentes que penalizan el racismo-, como en la versión de la canción tradicional ghanesa "Che-Che-Kole" (TM, 1995) o la adaptación libre del villancico afroamericano "Esa noche yo baila" ("Esta noche bailaré", CL, Esta noche bailaré, 1986), al cual acceden gracias a la recopilación y publicación del musicólogo Samuel Claro Valdés.
Ahora bien, es la música occidental de tradición escrita -en la cual se forman todas- la que posee una presencia predominante, ya sea a través del lenguaje clásico de "Gastón" (CL, Li, 1989) o "El Ocho flojo" (CL, MP, 2000), el pianismo romántico en "Baila Valentina" (MS, TM, 1995) o la berceuse -canción de cuna- escrita por Lavanchy para acompañar la declamación del poema de Rubén Darío "A Margarita Debayle" (Éuv, 1991).
También está presente el uso de un lenguaje más bien asociado a la vanguardia, en casos como la apertura del programa Mazapán -producido y emitido por Televisión Nacional de Chile durante el año 1985-, inspirada en Stimmung (1968) del compositor alemán Karlheinz Stockhausen, la cual es abordada más adelante con mayor detalle.
No obstante, es la música antigua la que atraviesa prácticamente toda la producción de Mazapán, convirtiéndose en el sello sonoro de la agrupación.
Teniendo como antecedentes la participación de Cecilia Álamos y Carmen Lavanchy en el cuarteto Mystrá -conjunto fundado a inicios de la década de 1970 por su profesora Mirka Stratigopoulou que contó también con la participación de Víctor Rondón. Así también hay que destacar la labor artística y pedagógica del cuarteto Fontegara -fundado hacia 1979 y formado por Carmen Lavanchy, Cecilia Álamos, Michelle Salazar y Cecilia Echeñique- (ver imagen 1), este sello se ha manifestado de diversas formas, ya sea a nivel composicional, arreglos y/o en las líricas.
Mazapán en la Televisión
Tras lanzar su primer álbum, las Mazapán fueron contactadas para contribuir con música para espacios como el proyecto Teleduc y el programa El rincón... del Conejo TV.
Por entonces, en algunas entrevistas de la época ya manifestaban su distancia con la televisión convencional dirigida al público infantil, basada en programas de concursos y animación.
En 1983 llegó la chance de un espacio en Canal 11, llamado Masamigos, por iniciativa de la directora ejecutiva Marta Blanco, quien había asumido el puesto ese año.
“Ella contacta a las Mazapán y las invita a contar con una media hora diaria en la televisión. Ahí más que la música, el desafío fue desarrollar movimiento, cuento, exploración, vestuario. Era un programa muy original”, dice Poveda.
Según el autor, el programa marcaba un contrapunto con lo ofrecido en la época.
“Poca gente se acuerda de que en el programa se incluía música de vanguardia; se podía mostrar una escultura de Rebeca Matte para decirle a las niñas que una escultura podía ser mujer, por ejemplo. También encarnaban personajes masculinos.
Con éxito de crítica y sintonía, el programa se mantuvo hasta 1984.
De allí vino el salto de TVN con una oferta que contó con mayor presupuesto y posibilidades técnicas, aunque las integrantes no transaron en una condición: nada de publicidad en su programa.
Una jugada audaz en un momento en que la televisión debía autosustentarse debido al Decreto Ley nº1086 de 1975.
Así Mazapán comenzó a emitirse en un ritmo diario (a las 11.30 de la mañana) desde junio de 1985, bajo la dirección de Gabriela Tesmer.
En esta etapa pudieron incluir animaciones para las canciones, además de personajes de fantasía interpretados por las integrantes.
Pero la incursión en TVN solo se extendió por unos pocos meses.
En septiembre de 1985, cuando el programa gozaba de popularidad y reconocimiento de crítica, las Mazapán recibieron una invitación para participar en un evento aniversario de CEMA Chile, la institución orientada a la infancia precarizada, cuyo rostro era Lucía Hiriart, la esposa del dictador Augusto Pinochet.
“Ellas se excusan de participar. Al día siguiente llegan al canal y un auxiliar les avisa que no les van a pasar más escenografía y no van a grabar más. A duras penas logran grabar los últimos capítulos y para octubre ya están afuera. Ahí lo que hace el canal es repetir episodios.
La situación generó una insólita protesta.
“Irrumpen en una sesión del directorio donde estaba gente como Manfredo Mayol, Osvaldo Riffo, etc. Cantan la canción Vamos a jugar, pero le cambian la letra nombrando a los que estaban ahí para manifestar su queja. Ahí se terminó la pasada de Mazapán por la televisión. Tiempo después hubo algún asomo de posibilidad que las recontrataran pero el tema de que no querían incluir publicidad ya no era aceptado por nadie”.
Según Poveda, el breve paso de Mazapán por la televisión dejó una huella.
“Era una apuesta lúdica y formativa en un contexto de una televisión que ya tenía que sobrevivir con sus propios medios. Una fórmula original y exitosa que solo podría comparar con lo ocurrido años después con 31 minutos, por ejemplo”.
Legado Musical
“En varias entrevistas ellas cuestionan el cómo era posible que les pusieran música disco a los niños en la televisión.
Entonces, hay un contraste muy fuerte entre estas personas profesionales de la educación y la música, y la televisión para niños que, con pocas excepciones, generalmente estuvo en manos de gente muy amateur que improvisaba”, señala Poveda.
Por ello, las Mazapán aprovecharon al máximo su formación académica para diseñar un cancionero original.
Eran composiciones sencillas, pero articuladas sobre estructuras que tomaban rasgos de la música occidental europa, al folklore chileno.
“Son canciones compuestas por todas las integrantes, aunque con los arreglos de Carmen Lavanchy -dice el autor-.
Es una música que tiene mucho trabajo en términos de arreglos, composición y originalidad.
Esta construcción no era casual, pues las artistas trabajaron sobre un concepto base.
“La idea que existía es que el niño no era capaz de hacer y comprender cosas difíciles.
Pero ellas entienden a la niña y al niño como un ente receptor, que son capaces de asimilar un lenguaje complejo, obviamente no de forma racional, pero sí de forma lúdica, en que se puede bailar y recrear con ellos”, dice Poveda.
El cancionero de Mazapán se consolidó en discos de largaduración, desde el debut discográfico con Cuento y canciones infantiles (1980).
Parte de este material fue el que llegó a los espacios televisivos en que la agrupación comenzó a intervenir desde 1981 y hasta 1985.
“Yo creo que los años en la TV inyectan en la memoria de una generación de madres, padres, niñas y niños una serie de canciones.
Hay al menos 8 a 10 hits que se quedaron muy grabados en la mente de las personas, como La Chinita Margarita, La vaquita loca, La Cuncuna -comenta Poveda-.
Pero hay muchas otras canciones que no fueron grabadas para los programas y están en los discos, las que abren más el arco musical de Mazapán.
Es música que suena muy sencilla, pero que tiene una construcción muy fina con recursos orientados para el niño”.
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