En la obra de María Zambrano, la música opera como un "norte" que orienta su discurso filosófico. Para Zambrano, la música es un paradigma de comunicación de lo racionalmente incomunicable. Si el discurso zambraniano logra parecerse a la música, consigue su propósito de hacer sentir lo que de otro modo resulta incognoscible.
Isabel Balza describe este ejercicio como uno que asume el riesgo de no poder dar cuenta de lo que se quiere enseñar, aquello que ha sido "revelado" u oído. La escritura se alza como recurso que recoge la cadencia y la huella de lo que queda más allá de un posible decir o escribir. La escritura es una apuesta para recuperar algo de lo innombrable y notar la huella de lo pasivo.
La condición de la música como modelo del proyecto filosófico zambraniano es un fenómeno progresivo a lo largo de su desarrollo. La obra de Zambrano transita hacia su propia musicalidad por el cardus que la misma música paradigmáticamente indica y demarca. Este tránsito es una metamorfosis que, iniciándose en el exilio caribeño de la filósofa, alcanzará su expresión concluyente durante los años que pase en el Jura francés. De La Habana a La Pièce hemos de recomponer la genealogía completa de este central libro en sus dos nítidas fases (1946-1953 y 1969-1972) y el final punto de “fuga” hacia una razón musical que hallará sus irradiaciones en los últimos escritos de Zambrano y que explícitamente se expondrá como tal razón musical en Notas de un método.
La noción de "metamorfosis" la aporta la propia filósofa, valorándola como estado inmanente a la totalidad que lo humano integra, no obstante desatendido e invisibilizado por la construcción histórica -pretendidamente uniforme- de la racionalidad moderna. Sucede entre la luz y el agua, onda que se despierta con un desconocido ritmo de la misma creación dentro, pues de su movimiento incesante y a pesar de tanta ciencia, desconocido. Onda y movimiento que puede quedar invisible para nuestra humana mirada, tan remotamente arrojada -desentrañada- de tantos paraísos, pues que el hombre este que somos quizá pudo no haber tenido necesidad de mirar dentro de alguno de sus perdidos paraísos. Invisible, pues, pudiera quedar aquella onda y movimiento, tan invisible como la creación misma, ya que la creación, ella, no ha tenido por qué seguir el orden único y sucesivo, tal como nos la presentan, a imagen y semejanza de la acción de un hombre de ahora, en su fábrica gigantesca, de la que pueden salir, y han salido, algunos productos. Mas la creación, ella, no es un producto, ni puede dar lugar a ninguna producción. Ella no es productora.
Es del todo necesario y significativo observar que Zambrano, una vez centrada en el acontecer humano, explica su noción de metamorfosis recurriendo a dos principios antecedentes. Y así nos quedan algunos nombres de estas visitas y viajes -a los ínferos, al firmamento, y al más allá-: Orfeo y el filósofo de la caverna y otros raptados como Elías por su carro de fuego entrando así en espacios inaccesibles. Elías dejó su manto a su discípulo Eliseo para que pudiese atravesar el río que separa este lugar de lo visible -esta tierra de todos- de aquél ignoto espacio adonde él, Elías, fue arrebatado. Y el viaje de los chamanes, preparado iniciáticamente, es también evidente, así como parecen serlo los viajes de aquellos místicos de todas las religiones -fundadores algunos- que han padecido de éxtasis incontenibles. Y parece evidente que ningún de veras estático lo haya sido por su propia voluntad.
Cuando Zambrano publica Metamorfosis, el 16 de junio de 1985 en Diario 16, se encuentra ya viviendo los últimos años de su vida, de vuelta en su patria tras 45 años de exilio. De lo que en este escrito da cuenta no es una maravilla ajena, sino el proceso que ella misma ha vivido, y el que le interesa que España conozca. Esta ‘metarritmización’ del discurso zambraniano no puede, sin embargo, dejar de relacionarse a una ausencia del todo notable: la filósofa nunca recogió ni dispuso en un libro puntual los escritos que contienen sus reflexiones sobre la música, en contradicción su inmensa relevancia -aquella que hará a Zambrano preguntarse si acaso es el músico, y no el filósofo, el mismísimo “protagonista de la cultura de Occidente” (Notas de un método 99)- con el hecho de no ocupar un apartado específico, salvo escasos y brevísimos artículos. Se trata, entonces, la de la música, de una presencia que, tras ser hallada, se encuentra diseminada a lo largo de toda la obra zambraniana, al modo de las migas de pan que el Pulgarcito de Perrault esparce para orientarse en el bosque, de regreso a su hogar.
Es, no obstante, comenzado el exilio y derruidas las circunstancias de la que hasta entonces había sido su vida, que Zambrano comienza poco a poco a situarse en la que, años después, afirmará como su “senda”, la que ha de rubricar específicamente como “órfico-pitagórica” (De la Aurora 187), dando cuenta así tanto de su musicalidad como de su vocación recuperativa de lo pasado y perdido. Este iniciático descenso a sus propios ínferos, diríase al rescate de la Eurídice que es su propia alma, Zambrano lo experimentará cabalmente durante sus años de estadía en el Caribe, especialmente en Cuba, donde arriba recién comenzado 1940 y desde donde partirá hacia Roma en junio de 1953. Luego, el exilio constituye oportunidad para la inmersión de Zambrano en sus catacumbas internas.
Se nos revela, entonces, el sorprendente isomorfismo entre la figura de la Zambrano exiliada y lo que esta, en su exilio, intenta recuperar; aquello que a partir de su propio yo proscrito se proyecta a todo lo que ha sufrido el mismo destino a manos del definitivo poder humano, que es el poder del raciocinio: la poesía, el alma, la piedad, el pitagorismo, la realidad misma respecto del universo meramente definido por la consciencia. Y lo que iba quedándose fuera no eran cosas, sino nada menos que la realidad, la realidad oscura y múltiple. Al reducirse el conocimiento a la razón solamente, se redujo también eso tan sagrado que es el contacto inicial del hombre con la realidad a un modo único: el de la conciencia.
Y, siempre de manera misteriosamente concordante, el exilio, donde Zambrano desarrolla su filosofía de lo exiliado, es iniciáticamente padecido por la filósofa en un contexto necesaria y absolutamente marginal respecto de las capitales de Occidente; es debido a su insular primitivismo que el Caribe resulta decisivo para que la filósofa emprenda su indagación anímico arqueológica, aportando vivencialmente a su descubrimiento de lo sagrado en cuanto objeto de la primordial experiencia humana, aquella que Zambrano tantas veces mencionará como el relegado “sentir originario” (Notas de un método 99). Si lo sagrado es el tiempo de los orígenes, suerte de prehistoria, o historia ancestral, tiempo entonces poético por excelencia, como ella misma precisa en otra ocasión, toda su experiencia cubana y puertorriqueña (pero sobre todo aquella primera, por su relación con la Poesía) son, para María Zambrano, el símbolo carnal, viviente, físico, encarnado, del mundo de lo sagrado.
Por una parte, ciertamente Zambrano se encuentra en Cuba con el medio poético y literario que es urdido alrededor de la revista Orígenes, escenario donde desarrollará amistades y descubrirá proximidades espirituales e intelectuales. Mas, por otra, la filósofa tiene la oportunidad de conocer la singular cultura de las islas, con todo lo premoderno que en ella subsiste, puntualmente una relación viva entre el hombre y lo divino dominada por un politeísmo sincrético afín, como Arcos apunta, “a las religiones y mitos grecolatinos, tan caros a María” (Islas XXIV). Se trata, específicamente el de la isla de Cuba, de un ámbito que Zambrano ensalzará en cuanto “mundo mágico en que la ‘realidad’ no está delimitada, y aún el sueño puede igualar a la vigilia” (Islas 118), el lugar más propicio como para constituirse en “patria inextinguible de la metamorfosis” (Islas 118) y desde donde hacer partir la senda órfico-pitagórica, que se revelará como ruta de regreso a lo primordial.
María Zambrano tiene treinta y seis años, y más de un pasado detrás. Ha estado, está, están los suyos muy cerca de la muerte, demasiado cerca. Ahora enfrente está Cuba. Allí, Zambrano se siente arropada, arrullada quizá por vez primera, desde hace mucho tiempo. La fraternidad de Lezama y de las gentes de Orígenes, la magia amable pero profunda de La Habana, de toda Cuba, donde del Caldero de Oggún renacen sin descanso los orishas, las siete potencias del panteón yoruba y bantú, los dioses africanos de las religiones del Monte doblados sin la menor violencia sobre el santoral católico: Obatalá (el dios de la concordia, Nuestra Señora de las Mercedes), Elegguá (el mensajero, el Santo Ángel Guardián), Orunmila (el dueño de la Tabla de Ifá sobre la que pronostican los babalaos, San Francisco de Asís), Changó (El Gran Putas y señor del rayo, Santa Bárbara), Oggún (el dios del hierro y la guerra, San Pedro), Yemayá (la diosa del mar de los yorubas, la Virgen de la Regla), y Oshún (la coqueta diosa del amor, la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la Isla de Cuba)… ¿Puede extrañarnos así que, en el seno de este barroco sincretismo, M. Zambrano se encontrara cara a cara con Orfeo, el dios que marcó las cadencias del remo de los Argonautas, el cantor que hechizó a las potencias del infierno para rescatar de sus catacumbas a la ninfa Eurídice?
El orfismo-pitagorismo, entonces, se revela, en Zambrano, como solo la reliquia más próxima de lo olvidado, lo perdido y lo arcaico, en cuanto originario. Si la filósofa avanza en su senda intentando recuperar sus elementos clave, es porque el norte hacia el que se orienta su cardus, vislumbrado en el Caribe mágico y religioso, es, en verdad, el más radical ‘antes’ que pueda imaginarse; un ‘antes’ prehistórico en el más estricto sentido de la palabra. Determina a este ‘antes’ una total ausencia de búsqueda; no hay todavía pérdida alguna que exija reposición.
Cuando la haya, será la rememoración o el intento restaurativo de la plenitud quebrantada lo que, para Zambrano, vendrá a caracterizar el inicio de los tiempos históricos. Antes de los tiempos conocidos, antes de que se alzaran las cordilleras de los tiempos históricos, hubo de extenderse un tiempo de plenitud que no daba lugar a la historia. Y si la vida no iba a dar a la historia, la palabra no iría tampoco a dar al lenguaje, a los ríos del lenguaje por fuerza ya diversos y aun divergentes. Antes de que el género humano comenzara su expansión sobre las tierras para luego ir en busca siempre de una tierra prometida, rememoración y reconstitución siempre precaria del lugar de plenitud perdido, las tierras buscadas, soñadas, reveladas como prometidas venían a ser engendradoras de historia, inicios de la cadena de una nueva historia. Antes. Antes, cuando las palabras no se proferían proyectadas desde la oquedad del que las lanza al espacio lleno o vacío de afuera; al exterior. Y así el que profería, el que ha seguido profiriendo sus palabras, las hace de una parte suyas, suyas y no de otros, suyas solamente, entendiendo o dando por entendido que quienes las reciben quedarán sometidos sin más.
Quizá esté de más aclarar que este es el deber que mueve a Zambrano en su estricto rol de filósofa: rescatar a la palabra de la miseria a la que la ha llevado su progresiva instrumentalización, no sin antes denunciar su apoderamiento por parte de la alineación racionalista de Occidente.
El Pueblo Chango y su Reconocimiento
El proyecto busca el reconocimiento del Pueblo Chango como etnia indígena de Chile. El Boletín N° 11.188-17, da cuenta que el término “Chango” aparece documentado por primera vez a mediados del siglo XVII para denominar a toda la población que ocupaba el litoral costero entre Copiapó y Coquimbo. Señala que el Pueblo de los Changos fue pescador y nómada. Se dedicaban a la extracción de moluscos y peces y a la cacería de lobos marinos. Sus herramientas eran los arpones y los anzuelos. Además, utilizaban balsas confeccionadas con el cuero de los lobos marinos y cocidos con fibras vegetales.
Destaca la singular estructura de sus botes, que consistía en dos odres de forma cilíndrica inflados y unidos entre sí por medio de sogas. Al centro, dejaban un espacio que les permitía poner una tabla sobre la que iban de rodillas. A la llegada de los españoles, en 1536, relata que un grupo de Changos habitaban en la costa de Valparaíso y que más al norte los conquistadores conocieron a Carande (cara grande), jefe de la tribu de Changos que habitaba esa zona costera, rebautizándolo como Papudo.
Pone de relieve que la investigación etnohistórica y arqueológica revelan la presencia en el litoral de agrupaciones étnicas conocidas en Chile como Changos, coetáneos al período de la cultura Diaguita. En esta misma época, señala que también se empieza a usar la denominación de Changos, a partir de 1665, para identificar a las poblaciones de Cobija y de Copiapó. Para la arqueóloga Bente Bittmann "Changos" o "Chiangos" corresponde al nombre utilizado para designar desde mediados del siglo XVII a los grupos de pescadores, recolectores y cazadores costeros, que habitaban la franja del Pacífico entre el sur del Perú y Tongoy en la costa chilena.
Previene que aunque la observación es general para la costa comprendida entre Arica y Coquimbo, se sabe que las denominaciones de Camanchacas y Changos fueron usadas con la misma extensión. Sin duda, hace notar que la problemática de los grupos indígenas asentados en la costa de Chile deja más preguntas que respuestas. Refiere que hoy no existen descendientes reconocidos de los grupos Changos, dado el profundo mestizaje que ha ocurrido en los últimos siglos.
Resalta que el tema no es nuevo para la reflexión antropológica, puesto que existe un reciente e interesante ensayo del señor Antonio Pérez (2001), que acuña incluso una tipología inicial, en la que distingue, entre otras, a las etnias reconstruidas, es decir, a aquellas que perdieron hace poco sus bases culturales identitarias pero que mantienen una continuidad territorial, parental o histórica, y a las etnias resucitadas, cuya relación con el pasado proviene en parte de la memoria y en parte de la literatura existente sobre el grupo. En virtud de este proceso, apunta, se ha logrado la ley Nº 20.117, que integra a la etnia Diaguita en el artículo 1º de la ley N° 19.253.
Al efecto, da cuenta que, en relación con el Pueblo Diaguita, existen diversos testimonios que señalan la pervivencia de formas de vida y de patrones culturales que testimonian la supervivencia del Pueblo Chango. Hoy, refiere los Changos están integrados a las grandes ciudades, unos viven en los puertos y varios permanecen fieles a sus caletas, como Tongoy; Guanaqueros; la Playa Changa de Coquimbo; Obispito en Chañaral, y Carrizalillo más al Norte.
Además, señala que existen diversos estudios que establecen que los Changos presentarían a su vez rasgos culturales de los pueblos de tradición Chinchorro, existentes en esta zona durante el período arcaico, entre 8.000 y 4.000 años atrás. Esta evidencia sugiere una ocupación continua de la costa por cerca de 8.000 años, y una posible vinculación genética entre todas estas etnias. De esta forma, destaca que la etnia Changa no se ha extinguido, por lo que merece su reconocimiento.
El Boletín N° 11.335-17, resalta que la incorporación implícita de los pueblos indígenas dentro de los grupos intermedios que reconoce y ampara la Constitución Política de la República se apoya en la idea de que éstos mantienen sus costumbres, creencias y estructura de organización o rasgos, los cuales deben ser reconocidos y garantizados por el Estado de Chile. No obstante lo anterior, precisa que la defensa de los derechos de los pueblos indígenas se da en la medida de que éstos mantengan sus costumbres y creencias ancestrales.
Actualmente, da cuenta existen nueve pueblos indígenas reconocidos oficialmente por el Estado. Asimismo, comenta que según el CENSO de 2002 el 4,58% de la población chilena, es decir, 692.192 personas mayores de 14 años se declararon como indígenas que pertenecen a uno de los ocho grupos étnicos reconocidos en la legislación en esa época.
Indica que la costa de la Región de Antofagasta y, en particular, la comuna de Taltal ha estado habitada por comunidades de cazadores, recolectores y pescadores desde hace 12.000 años. Durante el período colonial, relata que los Changos que habitaban estas costas sufrieron importantes procesos de mestizaje con los españoles, franceses, criollos e indígenas venidos desde el interior y desde la Región de Atacama, principalmente. Ejemplo de lo anterior, son las formas de uso del espacio de orilleros y de los pescadores que viven en las denominadas “Changuerías” a lo largo del litoral.
Al efecto, refiere que ya se ha perdido la lengua originaria y muchos rasgos de la cultura ancestral de los Changos. En este sentido, destaca que en la actualidad se está ejecutando en la comuna de Taltal el proyecto “Educación infantil para la valorización de la historia e identidad de los Changos en la comuna de Taltal”, el cual es fruto de un convenio entre la Ilustre Municipalidad de Taltal y la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.
El Presidente de la Agrupación Cultural Chango Descendientes del Último Constructor de Balsas de Cuero de Lobo, señor Felipe Rivera, señaló que proviene del norte, de la caleta Chañaral de Aceituno, lugar amado y generoso que ha posibilitado la vida de sus familias y descendencia. Comentó que viven del mar y que sus hermanos, tíos y primos son buzos mariscadores, pescadores o recolectores de orilla, y que sus tías son recolectoras de algas y cocineras. De su historia más reciente, expresó, saben que provienen de un tronco familiar común, compuesto por don Roberto Álvarez, llamado el chango Robe, y por doña Juana Hidalgo, quienes desde el año 1912, fundaron y vivieron permanentemente en la caleta Chañaral de Aceituno, y en sus alrededores, transitando entre Chungungo, en la Región de Coquimbo, hasta el Sarco, en la Región de Atacama.
Resaltó que mientras habitaban la caleta Chañaral de Aceituno vivían del mar y del intercambio, y relató que el chango Robe y su esposa, recibieron centenares de amigos, conocidos, transeúntes, historiadores, arqueólogos, entre otros, personajes de importancia histórica. Uno de ellos, fue el connotado arqueólogo Hans Niemeyer, con quien tuvo una relación de amistad y que fue testigo de la construcción de la última de balsa de cuero de lobo de que se tenga registro. Acotó, esta balsa fue construida en 1967 y luego donada al Museo Arqueológico de La Serena, donde se encuentra hasta el día de hoy.
Dio cuenta que en el año 1986 el historiador Jorge Zúñiga, publicó un artículo titulado “Evolución de los géneros de vida de un sector costero del semiárido”, el cual hace una revisión a través de fuentes primarias y secundarias sobre el proceso de poblamiento desde la caleta Chañaral de Aceituno hasta Chungungo, sectores transitados y habitados por las sociedades cazadoras-recolectoras, donde abundan los recursos hasta el día de hoy. En este trabajo, informó que este historiador evidencia que entre las caletas de Chungungo hasta Chañaral se utilizaba la pesca con majadas, que se reconoce como la última fase aculturativa de los Changos, que se configuró posteriormente al mestizaje.
Al efecto, expresó que en el año 2008 la antropóloga Astrid Mandel publicó su investigación “Los Changos de Caleta Chañaral de Aceituno: dimensiones de una categoría histórica”, trabajo que muestra los procesos de etnogenésis en desarrollo, los cuales corresponden al resurgimiento y a la revitalización de la identidad changa en caleta Chañaral de Aceituno, particularmente de la familia Álvarez-Hidalgo, clan fundador de esta caleta.
Durante el año 2014, reseñó, la familia Álvarez-Hidalgo participó activamente como Pueblo Chango en la “Consulta Indígena para la creación del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio”, la cual finalizó en el año 2015 con el acuerdo de que el Estado se comprometía a impulsar.
Tabla Resumen del Pueblo Chango
| Característica | Descripción |
|---|---|
| Ubicación Original | Litoral costero entre Copiapó y Coquimbo |
| Actividades | Pesca, recolección de moluscos, caza de lobos marinos |
| Herramientas | Arpones, anzuelos, balsas de cuero de lobo |
| Estatus Actual | Integrados en ciudades y caletas, proceso de revitalización cultural |
| Reconocimiento | Proyecto de ley para su reconocimiento como etnia indígena |
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