El primer núcleo del grupo data del año anterior, concentrado en el cuarteto de flautas y viola que en 1979 formaron Carmen Lavanchy, Cecilia Echenique, Michelle Salazar y Cecilia Álamos bajo el nombre de Cuarteto Fontegara, para tocar música antigua y dar charlas sobre historia de la música en colegios. Carmen Lavanchy era una alumna aventajada en el Instituto de Música de la Universidad Católica.
«Te recuerdo que no había nada», pone en contexto Lulú Corcuera. «Los primeros recitales del Mazapán eran bien divertidos, porque eran dos o tres canciones infantiles y todo lo demás era música bien seria. Bien cómico», explica Cecilia Álamos. «Súper concentradas, sentadas, nadie se movía. Parecíamos estatuas. Creo que fue en (una presentación en) la Corporación Cultural de las Condes cuando nos paramos por primera vez. Claro, porque éramos músicas serias», coincide Michelle Salazar, y Verónica Prieto atribuye al compositor Carlos Botto, invitado a una de esas funciones, la sugerencia de dejar de usar atriles.
Al año siguiente grabaron su primer disco, Cuento y canciones infantiles (1980), con una mayoría de canciones de Carmen Lavanchy. Tras asociarse con el programa educativo "Teleduc", de Canal 13, para grabar su segundo disco, Yo me expreso (1981), Mazapán editó en el mismo año el tercero, A la ronda (1981). Sólo cinco años de diferencia marcan el rango de edades de las integrantes de Mazapán, y más que líneas de mando hay roles al interior del grupo.
No hay jerarquías, y la autoría de las canciones también es democrática e individual. Todas las integrantes tienen otras actividades, entre el oficio de profesora que varias comparten, el coro que dirige Carmen Lavanchy y las formaciones paralelas de Mazapán que ellas integran para tocar música antigua o religiosa.
Diversidad Musical en la Trayectoria de Mazapán
Más de esa variedad hay en su cuarto disco, ¡¡Vengo a convidarte!! (1983), donde se oye música antigua en "Vengo a convidarte" y "Los pastorcitos", junto a una chistosa cita a los propios éxitos anteriores del grupo en "Andrés el pez", la marcha de Verónica Prieto en "Las polillas", el ritmo de joropo con charango de "Ay, Martín", los arreglos vocales increíbles de "El fantasma" y el modo en que Michelle Salazar recoge la tradición de la paya en "Payas del rezongo" y en "Magdalena perdió un diente". «Salió con ritmo de cumbia.
Pedí unos discos de los Wawancó, un grupo espectacular -explica la directora a propósito de esa canción y de la variedad de fuentes del conjunto-. Hay cosas que no tienen edad. Escuchar a Beethoven no tiene edad. O escuchar a John Cage. Me fascinan las cosas contemporáneas», explica.
El debut como compositora de Cecilia Álamos y una clase de arreglos musicales con cuerdas y vientos son las novedades del octavo disco de Mazapán, La nave espacial (1987). "Amaneciendo" (Michelle Salazar) y "Miren cómo el sol" (Cecilia Echenique) recogen un silvestre aire latinoamericano, y junto al juego de "Muele molinillo" hay más música universal en la excelente y sabrosa bossa nova "Zoológico del Brasil", creación colectiva de Verónica Prieto y Lulú Corcuera, o en la "Fuga de la cartera", de Carmen Lavanchy, que es una verdadera fuga y una maravilla en miniatura que deriva a jazz.
En vez del lado A y el lado B habituales en cualquiera cassette, la edición original del noveno disco del grupo, De norte a sur (1988) tenía el lado Norte y el lado Sur: es la incursión de Mazapán en las canciones folclóricas chilenas, y contiene desde trotes y cuecas hasta valses chilotes. Carmen Lavanchy se revela como compositora en las atractivas armonías de guitarra de la tonada "Don Pepe, el vendedor" y en la melodía de "El organillero".
En el décimo disco, Los instrumentos (1989), vuelve a haber canciones de varias integrantes, y Érase una vez (1991) consiste en cuentos musicalizados como "El conejo Pedro", de Beatrix Potter, y "A Margarita Debayle". A partir de entonces las grabaciones de Mazapán se hicieron al mismo tiempo más espaciadas y elaboradas. Su duodécimo disco, Tía Mirlí (1995), privilegia los arreglos vocales en "Tía Mirlí" (Verónica Prieto), que suena casi a Beach Boys, y en "La vela" (Carmen Lavanchy), un canon que lo mismo coincide con un coro antiguo y con el retropop del grupo inglés Stereolab.
Cinco años más tarde Mazapán grabó Mr. Pugh (2000), un disco desplegado de plano en diversas direcciones. Además de incluir una de las canciones más bonitas del grupo en "Una penita" (Michelle Salazar), contiene música antigua en "Buen día, mi rey" (Verónica Prieto) y "Para dormir bien" (Carmen Lavanchy), la colección de sonidos de "Curilonco", el rock de "El feriado de papá", la instrumentación mapuche de "Aillaquilén" y el country de "Jack Cara de Cuchillo" (todas de Carmen Lavanchy), el juego de "Con los ojos vendados" (Lulú Corcuera) y las estrofas en diversos ritmos con que Verónica Prieto debuta como arregladora en la canción "Mr.
Vendrían luego discos de motivos espirituales y religiosos, entre en los villancicos de Canta aleluya alelú (2003) y el cuento de Cecilia Álamos que da origen al libro y al disco Los juguetes del niño Jesús (2004). Desde temprano el grupo comenzó también a interpelar a más de una generación. Desde su segundo disco, Yo me expreso (1981), participan hijos de las integrantes. Las primeras fueron Catalina y Loreto Barahona, hijas de Lulú Corcuera; luego seguirían Nicolás Faunes (flauta) y Cristóbal Poblete (guitarra y percusión), hijos de Victoria Carvallo y Carmen Lavanchy, y el arquitecto Daniel Rojo, que ha trabajado en lienzos para las escenografías del grupo.
En los recitales nos pasa siempre. Llega gente de treinta (años) que nos dice que les encanta el Mazapán y que les ha servido de inspiración para dedicarse a la música. Ese tipo de feedback es bien impresionante. O hemos tenido público lolo que va a los recitales. O van padres que escucharon a Mazapán con sus hijos. Una ronda ya no es una ronda después de Mazapán: la versión que el grupo hace del juego tradicional "Corre corre la huaraca" es un arreglo vocal disparado y expresivo. Un juego tampoco es el mismo juego con este grupo: el canon vocal de "La vela" es sobre todo un juego de significados entre la vela de cera y la vela de un barco. Y la historia de la música está al alcance del oído en estas canciones, desde la raíz folclórica a la música antigua: en el arreglo del guitarrista y laudista Óscar Ohlsen para la canción "Baila, Valentina", por ejemplo, el piano sirve para aprender a escuchar a Chopin.
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