Mercedes Valdivieso y La Brecha: Un Hito en la Literatura Feminista Latinoamericana

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Mercedes Valdivieso, escritora nacida en Santiago, centró su obra literaria en la temática de la mujer y su papel en la sociedad chilena de la época. Sus ideas la posicionaron como una de las precursoras del pensamiento femenino independiente, sobre todo porque se abocó al proyecto de recuperar una memoria literaria de mujeres y sacar del olvido la voz femenina.

Si bien, desde muy pequeña manifestó una inclinación por las letras, recién con la publicación de su primera novela en 1961, fue conocida como escritora. La brecha, considerada la obra fundacional del feminismo hispanoamericano, reflejó su total madurez frente a la temática de género.

Posteriormente, se entregó por entero al trabajo literario, dedicándose a colaborar en diarios y revistas nacionales e internacionales con artículos sobre diversas autoras chilenas, escritores extranjeros y temáticas feministas. La mirada de género siguió latente en toda su creación posterior.

En 1963, dio a conocer su nueva producción, La tierra que les di, la que pretendió ser una desmitificación de la clase latifundista chilena, al mismo tiempo que el retrato de una mujer que defiende la tierra que sus hijos malgastan. En 1966, Mercedes Valdivieso se hizo cargo de una publicación sin precedentes en el periodismo chileno.

En 1968, viajó a Estados Unidos, donde cursó un master en literatura hispanoamericana en la Universidad de Houston y, además, desarrolló una brillante carrera académica. En este país permaneció durante veintitrés años, dedicándose por entero a la docencia, por lo cual fue invitada constantemente a dictar clases a países como México y China.

En 1989 volvió definitivamente al país y fue colaboradora literaria de la revista Mensaje. Mercedes Valdivieso publicó su última novela Maldita yo entre las mujeres, basada en una investigación de tres años sobre la vida de Catalina de los Ríos y Lisperguer (La Quintrala).

Pero hubo un instante, hubo una decisión, hubo un acto en que la mujer alcanzó a conciliar su conducta con sus apetencias más secretas, con sus estructuras más verdaderas, con su última instancia. La literatura escrita por mujeres en Latinoamérica venía desarrollando, a partir de los sesenta -hay excepciones a la regla- un trabajo más expuesto y “profesionalizante” de la escritura.

Como ha sido ampliamente estudiado por la crítica de la generación del 50, este es un periodo en el que aparecen una serie de escritores en diferentes publicaciones que, con el paso del tiempo, se convirtieron en los referentes de la literatura nacional. Junto con explicar el concepto de “generación” y los criterios metodológicos definen, como uno de los rasgos que caracteriza a este grupo, el “escepticismo radical frente a la vida y a la literatura anterior”.

Este “escepticismo radical”, aun cuando Promis no quiera relacionarlo con la coyuntura social, tiene como telón no solo la “angustia existencial” proveniente de las generaciones europeas y norteamericanas de la posguerra, sino también los cambios sociales recién iniciados en América Latina, que inician el desmoronamiento de los valores aristocráticos locales y, sobre todo, los primeros movimientos sufragistas en Chile.

Estos códigos culturales tenían ejes en común que difuminaban las barreras geográficas de las escritoras, como lo fueron el campo doméstico y la búsqueda del amor como realización personal, presentado como una prisión que sofocaba a personajes sensibles y creativos. Teresa de la Parra publica Ifigenia en 1924, obra con pinceladas feministas, y, posteriormente, en los años treinta se presenta la producción de María Luisa Bombal, para luego llegar a las escritoras del 50, donde todas coinciden con un panorama que incluye protagonistas de clase social acomodada -al igual que las escritoras-, casadas muy jóvenes por razones económicas y con matrimonios desgraciados.

A pesar de que son mujeres sensibles, creativas y bellas, no trabajan fuera del hogar y viven una cotidianidad doméstica que deben fisurar con la imaginación. Las escritoras del 50, como vimos previamente, ponen el sexo en la tarima literaria, principalmente mediante el tema de la infidelidad, que llamó mucho la atención, llegando a producir éxitos de ventas como La brecha de Mercedes Valdivieso.

Sin embargo, es necesario reconocer que las figuras menos acomodadas de la sociedad ya habían comenzado a aparecer en manera incipiente en el panorama literario. Por ejemplo, en la obra de Marta Brunet, donde las protagonistas deben trabajar para ganarse la vida. En Latinoamérica hay más ejemplos similares en obras calificadas como rurales o “neocriollistas” para desviar el foco a las relaciones de poder de un sistema mayoritario.

Este es el caso de Sara Gallardo con la novela Enero (1957), donde la visión utópica del campo es subvertida por la estructura opresora de los jornaleros. Más tarde, el cuento “Modesta Gómez” (1960) de Rosario Castellanos presenta a las mujeres casi en el último escalafón socioeconómico.

Por esta razón, es necesario dejar en claro algunos puntos para analizar este periodo. En primer lugar, debemos cuestionar algunas censuras y eventos que se han impuesto, como aquellas que argumenta Promis, desde un sentimiento existencial de exportación. Es más, muchas de las obras de este grupo se publicaron entre los sesenta y los setenta, como sucede con Mercedes Valdivieso, que publica La brecha en 1961.

Sin duda, es importante mover el eje para enmarcar la noción de época a las condiciones históricas, no solo desde la sumatoria de los acontecimientos internacionales, sino desde el campo de las ideas expuestas en ese tiempo. Claudia Gilman afirma que este periodo contiene un espesor histórico propio que permite identificarlo temporal y conceptualmente.

La Revolución Cubana, la descolonización africana, la guerra de Vietnam, la rebelión antirracista en los Estados Unidos y los diversos brotes de rebeldía juvenil permiten aludir al haz de relaciones institucionales, políticas, sociales y económicas fuera de las cuales es difícil pensar cómo podría haber surgido la percepción de que el Se trata entonces de un periodo en el que se vive y percibe intensamente político, con el convencimiento absoluto de una transformación radical en todos los aspectos de la sociedad.

El despertar de la conciencia sobre los problemas de la dependencia -económica, de género, colonial- afianzó las obras de las escritoras en los cuestionamientos de los problemas políticos en el continente. En este punto hay que subrayar que las escritoras mostraron una intensa preocupación social y participación política, por lo que esta formación de una conciencia -subalterna, de clase, económica, de género, etcétera- es parte de un proyecto emancipador global en el que las escritoras participaron activamente.

El acceso de la mujer a la educación y al trabajo fuera de la casa, que venía gestándose desde los inicios del siglo XX, permiten la resignificación del espacio cultural e intelectual con la creciente inclusión de nuevas escritoras y periodistas más “profesionalizadas” que participaron activamente en el espacio público del debate nacional. Se escribía preferentemente en revistas y editoriales independientes autofinanciadas, que luchaban contra los prejuicios de las publicaciones tradicionales.

Es decir, como afirma Montero, “las normas sociales que definían que las lecturas sobre filosofía o política estaban dirigidas a hombres, y la ficción de lo doméstico a las mujeres”. Resignificar el espacio, entonces, no solo era el ingreso al campo cultural -como lo entiende Bourdieu-, sino también provocar un malestar, una impostura.

A partir de mediados del siglo XX en Chile ya existían nombres reconocidos en el ámbito literario y cultural, con escritoras como Marta Brunet, María Luisa Bombal, Flora Yáñez y María Carolina Geel, junto a la aparición de las escritoras del 50. Sin embargo, las formas de exclusión, sobre todo desde la crítica, se centraron en la exposición de sus vidas personales, sus comportamientos morales, o focalizándolas en temas propiamente “femeninos”, a lo cual “ellas responden oscilando entre la autocensura y la destrucción de estos presupuestos masculinos”.

Bajo este escenario aparece La brecha (1961) de Mercedes Valdivieso. Esta labor de Valdivieso abarcó toda su producción literaria y cultural, creando posteriormente variadas revistas y diarios en los que se destacaba la temática de corte feminista y emancipador con una visión del mundo más amplia que la visión genérica de la desigualdad entre los sexos, que elabora una crítica a las circunstancias materiales que determinan la vida individual.

La visión del mundo de Valdivieso se basa en sólidos principios teóricos, en un profundo sentido de la historia y una conciencia política. En este sentido, ella representa un feminismo que se aleja conscientemente de los modelos europeos y norteamericanos, focalizando la crítica hacia la estratificación social y de clase de las sociedades latinoamericanas.

En una entrevista para de la revista Ercilla, la autora afirma que la misión del escritor en la actualidad es “Denunciar los males de nuestra realidad social, que está en profunda crisis, y abrir nuevos caminos”. Desde su lugar de enunciación, Valdivieso se suma a lo que se ha denominado la “fracción crítica” de intelectuales progresistas que se sumaron a una producción literaria estético-ideológica compatible con los nuevos valores que se promovían.

Esta predisposición de los escritores por asumir una responsabilidad política -como afirma Valdivieso en la entrevista- ya aparece en un congreso de escritores realizado en Chile en 1960, un año antes de la publicación de La brecha. Debido a las características de la época, y sobre su compromiso político e ideológico, es que observamos en esta primera novela un análisis desapasionado, casi sintético, de la sociedad inspirada en los debates teóricos y sociales de la izquierda de los sesenta/setenta.

Utilizando su modelo, es capaz de centrarse en la dinámica del cambio social. Así, en su modelo de pensamiento no hay lugar para abstracciones, las generalizaciones ni recursos intimistas muy propios de las escritoras “femeninas”.

Entonces, ¿por qué La brecha es considerada la primera novela feminista en Chile y América Latina? ¿Por qué, sesenta años después de su primera publicación, nos convocamos a seguir hablando de ella? Por ello es una obligación revisar los códigos culturales como una práctica para determinar los temas, las restricciones, censuras y exposiciones que abren las posibilidades de relaciones semióticas e histórico-sociales y sus repercusiones.

Con estos antecedentes, podemos comprender las respuestas a la aparición de La brecha en el campo literario chileno en 1961 y, posteriormente, con su reedición en 1991. Su primera publicación fue equivalente a lo que hoy llamaríamos un best seller, con cinco ediciones consecutivas en un año.

Su fuerte exposición significó diversas posturas de la crítica, desde aquellos que afirmaron que se trataba de una “escritura con sabiduría [...]. Sus primeros cuatro capítulos, agilísimos, de ritmo cinematográfico, lleno de frases sugerentes y exactas, aprisionan hechos y personajes en una síntesis que envidiaría un escritor experimentado y maduro”, hasta opiniones como la del Diario Ilustrado, cuyo artículo titulado “Proceso a la morbosidad” afirmaba: “La venta de libros (morbosos) no disminuye: aumenta. Y los escriben, hecho sugerente, mujeres, mujeres que antes no habían hecho aparición alguna en el mundo literario, que mantenían discreto y dibujado silencio. Pero que ahora emergen para contar dramas conyugales, para hablar de ‘brechas’ y liberaciones, de culpabilidades secretas y secretos de alcoba”, nos dice en forma indirecta, sin siquiera nombra la novela.

La recepción de la reedición treinta años después no difiere mucho y, como si el tiempo se hubiese detenido, Carlos Iturra afirma: “La (des)ventaja de -así lo escribiría un crítico amigo- de leer esa protesta de este libro, se encuentra en que la sintetiza y la esquematiza. He aquí la situación de una mujer que, por desgracia, no ama a su marido. Tal es la causa de todo, porque si lo amara... Como ya ha analizado previamente la crítica, el abandono de las cuatro paredes domésticas aún denotaba un paso liberador para la protagonista de La brecha, que realiza un agudo examen crítico a la institución familiar.

La mujer-personaje anónima del relato declaraba, luego de su decisión de dejar el hogar conyugal: “Empezaba a ensancharse la retina como si me quitaran vendajes de mucho tiempo sobre los párpados. El sol era más amarillo y brillante”. Con esta afirmación de la protagonista, podemos plantear que La brecha es un relato ficcional político que intenta formar una conciencia libertaria en dos sentidos: una conciencia feminista, que se despliega en la primera mitad de la novela; y una conciencia de clase, presente en la segunda parte.

El proceso de formación o Bildungsroman de la protagonista surge cuando la integración armoniosa con su mundo se resquebraja. Me casé como todo el mundo se casa. Ese mundo de horas de almuerzo, del dedo en alto, guardián de la castidad de las niñas. Antes de los veinticinco años debía adquirir un hombre -sine que non- que velara por mí, me vistiera, fuera ambicioso y el que se esperara, al cabo de cierto tiempo, una buena posición: la mejor posible.

En la primer parte de la novela, como hemos afirmado, la protagonista -que recordemos, no tiene nombre porque “podría ser cualquier mujer de nuestra generación”- la sujeto del enunciado ya tiene una postura política frente al problema de la mujer y la institución, de ahí su crítica aguda al matrimonio entendido como una transacción comercial para elevar la posición familiar.

Inicia su relato comprendiendo que su vida es parte de ese brutal mecanismo económico en el que la virginidad, la docilidad, la tradición y la obediencia son características que realzan el valor de las mujeres como objetos de intercambio. Para Julieta Kirkwood, la perspectiva feminista no se reduce a la participación de las mujeres en la política, sindicatos o gremios, sino de “captar su más profundo significado de constatación frente a un orden tradicionalmente discriminatorio hacia las mujeres”.

El primer paso, por lo tanto, es desacralizar el análisis de lo femenino. el matrimonio es un acuerdo económico, un pacto de seguridad. Asimismo, la comprensión del espacio privado/doméstico es fundamental para “entender la decisiva división entre las esferas pública y privada, entre la esfera de la polis y la de la familia y, finalmente, entre actividades relacionadas con un mundo común y las relativas a la conservación de la vida, diferencia sobre la que se basaba el antiguo pensamiento político como algo evidente y axiomático”.

Además, como ya se ha analizado minuciosamente por la crítica feminista, en la caracterización de estas esferas existe “una invariante estructural que articula las sociedades jerarquizando los espacios: el espacio que se adjudica al hombre y el que se adjudica a la mujer”. Por ello, el motivo del encierro y la prisión son fundamentales en las escritoras de esta época. En la primera parte de nuestra novela, el tema del aislamiento está representado por el domicilio conyugal.

La joven esposa pronto se siente prisionera de las innumerables prescripciones establecidas por la costumbre. En muchos aspectos, su situación en cuanto a la libertad personal ha empeorado desde sus días de soltera. El resultado de esta represión sentida es la aparición de un estado depresivo que acompaña a la heroína durante la mayor parte de su vida de casada: “Deje de pertenecerme por fuera y me amurallé por dentro. La libertad esperada ingenuamente a vuelta del contrato matrimonial se hacía lejana. ¿Era mejor esto que la severidad de mi madre?”.

Esta sensación empeora con el primer embarazo inesperado y no deseado: “No podía resignarme. El calor de esa tarde de marzo, denso, pesado, se hizo un círculo que me envolvía y del que no podía liberarme. Todo estaba obscuro dentro de mí [...] el embarazo era un nudo de angustia y desolación, cuestionando, de este modo, la identidad ontológica maternal de las mujeres cuando no se trata de una elección personal.

En La brecha, la intención es clara y directa desde el principio. Por ello, la crítica a la institución del matrimonio conlleva un desenmascaramiento de los símbolos religiosos para desmitificar el aspecto religioso de la existencia humana.


Cronología de Mercedes Valdivieso

Año Descripción
1924 1 de marzo. Mercedes Valenzuela Álvarez, cuyo seudónimo es Mercedes Valdivieso, nace en Santiago
1931 Inicia sus estudios en el Colegio de la Inmaculada Concepción. Completa su enseñanza secundaria en el colegio Universitario Inglés. Posteriormente, se gradúa de Bachiller en Letras en la Universidad de Chile
1943 Contrae matrimonio por primera vez. Tiene dos hijos: Roberto y Pablo
1958 Celebra segundas nupcias con el escritor chileno Jaime Valdivieso. Adopta el apellido de su marido para darse a conocer como escritora
1960 Es invitada a China por la Asociación de Periodistas Chinos desde Londres. Recorre este país por alrededor de diez meses
1961 Mercedes Valdivieso, publica La brecha, considerada la primera novela feminista latinoamericana
1962 Su cuento "Babel" aparece en la Antología del nuevo cuento realista. Ese mismo año comienza su actividad académica como profesora visitante de Lengua y Literatura Latinoamericana en la Universidad de Pekín, China
1964 Publica Los ojos de bambú, novela inspirada en el viaje efectuado a la China
1966 Es fundadora y directora de la primera revista cultural chilena dirigida al público masculino, cuyo título es Adán: la revista del hombre latinoamericano
1968 Parte a Estados Unidos con su marido y sus dos hijos. Después de un tiempo se divorcia, sin embargo permanece en este país y efectúa un Master en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Houston, Texas. Posteriormente, forma parte del departamento de español y portugués de la Universidad de Rice de la misma ciudad. Allí, dicta clases de literatura y desarrolla una carrera académica
1971 Publica Las noches y un día, bajo el sello editorial español Seix Barral
1976 Se funda el periódico feminista Breakthrough en la ciudad de Houston, en honor a su libro La brecha
1983 Mercedes Valdivieso dirige el primer taller de escritura femenina en el antiguo Círculo de Estudios de la Mujer, en el que participan muchas intelectuales reconocidas en la actualidad, tales como Diamela Eltit, Adriana Valdés, Eugenia Brito y Nelly Richard
1985 Es invitada a México para dar una charla sobre literatura en el Instituto Nacional de Bellas Artes
1989 Después de dos décadas como docente en la Universidad Rice se retira con el honroso título de Profesora Emérito
1991 Se establece en Chile, después de estar 23 años residiendo en Estados Unidos y se incorpora a la sección literaria de la revista Mensaje
1991 Mercedes Valdivieso publica su última novela Maldita yo entre las mujeres, basada en una investigación de tres años sobre la vida de Catalina de los Ríos y Lisperguer (La Quintrala)
1993 3 de agosto. Mercedes Valdivieso fallece. Deja inconclusos: Greda - Mujer de dos mundos y Mañana de furia

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