Poemas sobre el Automóvil: Una Exploración Lírica

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La poesía, a menudo, se nutre de lo cotidiano, de lo que nos rodea y define nuestra existencia. En este contexto, el automóvil, un elemento omnipresente en la vida moderna, ha encontrado su lugar en la lírica, inspirando a poetas a explorar sus múltiples facetas.

Claudio Bertoni es uno de los pocos poetas chilenos que habla de sus viajes en micro. Teillier habla de sus viajes en tren, Gonzalo Rojas de algún viaje en barco, Lihn del subway, Huidobro en paracaídas, Óscar Hahn tiene un poema en el metro y Maquieira en jet. Al acordarme de Bertoni, con frecuencia lo veo esperando micro en un paradero o sentado en la cuneta con cara de estar pensando en cualquier cosa, por ejemplo en que la micro no pasa o en un sánguche de queso con lechuga.

Donde también se habla de la micro es en «Dios es mi copiloto», de Bruno Serrano, poema dedicado «a Yuri Silva, chofer del recorrido Nuevo Amanecer». Se trata de un texto donde la palabra intenta ir a la siga del vertiginoso y múltiple quehacer del micrero de antaño: «Hombre mira por retrovisor, / cuenta monedas, estira billetes, / entrega vueltos, mira por el lateral, embala la segunda, / toca la bocina, embraga, adelanta, insulta, prende un/ cigarrillo».

¿Aparecen autos en la obra de Neruda? ¿Y en la de Gabriela Mistral? No recuerdo; pero creo que en Neruda es más probable que en la Mistral. En la de Pablo de Rokha, por el contrario, hay una buena cantidad. Solo en U, por ejemplo, «por la rajadura inferior del comercio van saliendo automóviles / van saliendo automóviles / y a u t o m ó v i l e s / y automóviles / y AUTOMÓVILES», gentileza de Henry Ford y «con sebo de burgueses incontestables y hediondos».

Antes, eso sí, «el burgués, florido de babas comerciales, / conduce sus motocicletas dementes por los caminos académicos, / rebuznando de alegría»; y luego, fundidos en un mapa donde desfilan transatlánticos, trenes, aviones, tranvías, «pájaros automáticos», «almas a bencina», motocicletas e hidroaviones, van apareciendo más y más autos, y el poema concluye: «las ciudades enloquecieron mi tristeza / con la figura trepidante y estridente del automóvil».

¿Habrá sabido manejar Pablo de Rokha? En El Paseo Ahumada de Lihn aparecen, desde luego, guanacos y micros de pacos, y en el poema «Curso rápido para disparar y manejar al mismo tiempo» hay un Peugeot 504 desde donde los ratis disparan (un argumento a favor de mi padre cuando le decía al mecánico que no solo de Chevrolet Opala vivía la represión). En la tradición automovilística de Kerouac, Cassady y Ginsberg (con aquel «automóvil verde / que he inventado/ imaginado y divisado / en las carreteras del mundo»), poemas y relatos autobiográficos se alternan mientras los viejos remolques van de un lado a otro de Texas, Nuevo México, Nevada y California.

Es raro estar tan alejado de los autos; es raro verlos pasar y esquivarlos peligrosamente todos los días sin saber nada de ellos, sin saber siquiera cómo realmente funcionan. Pero también es raro tener que subirse a un auto, a un bus o al metro para trasladarse, para ir a cualquier parte, y luego volver. ¿Por qué esa urgencia terca por llegar? ¿No basta con estar? No, no basta; hay que ir, hay que volver.

En la Calzada de Tlalpan han aparecido unas pintadas: «No + coches», junto a un sténcil donde un tipo le asesta un hachazo a un auto. Parece el comienzo de una novela. ¿Es esto una auto-biografía?

Mi abuela rompió fuentes en la casa y como estaba sola salió a la calle con la esperanza de parar uno de los pocos taxis que por ese entonces circulaban en Ovalle. De milagro pasó uno y el chofer, con mi abuela aullando en el asiento del copiloto, metió la chala, tomó peligrosamente un atajo y superó su propia marca; sin embargo, no alcanzó a llegar al hospital y debió frenar y colaborar en las labores de parto antes de la llegada de la ambulancia.

En un poema de Rodrigo Landaeta («El cuerpo alucinado»), un hijo recuerda cuando acompañaba a su padre «en viajes interprovinciales por la isla de Chile». La aparición en la calle de un hombre cuyo cuerpo es «igual» al cuerpo de su padre provoca en el hijo la evocación de la «apariencia de mi padre a una edad en que yo no existía». El cuerpo del padre, cuando uno no estaba, cuando uno no existía, ¿cómo es? «No sé mucho de ese momento / como si todo se tratara de recuerdos falsos / de vagas reminiscencias improbables», concluye el poema.

Una mañana el poeta Alfonso Alcalde salió furioso a decirle a mi padre que se dejara de hueviar con los frenos del Citroën. Dijo: yo me duermo tarde y me despierto tarde y no hueveo a nadie con ningún ruidito culiao. Desde dentro del auto mi padre se lo quedó mirando en silencio hasta que detrás del poeta apareció el Hernán con cara de sueño, saludándonos. El poeta Alfonso Alcalde estaba en calzoncillos y se le veía un caminito de pelos blancos entre el pecho y la guata. Mi padre le devolvió el saludo al Hernán y aprovechó que el poeta se dio vuelta para arrancar sin responderle. Después, al acelerar por avenida La Florida, soltó una carcajada pegándole al manubrio. Manerita de hablar, dijo, menos mal que el viejo huevón es poeta, y se siguió riendo.

En Guayaquil mi padre andaba en una camioneta Datsun azul con la que viajaba todas las semanas a Portoviejo, en la provincia de Manabí. Con esa camioneta fuimos también a la playa, a la sierra, a la frontera con Colombia. Una noche se la robaron en el centro de Guayaquil. Eso le dolió: quería mucho esa camioneta y además se sentía, a su modo, un guayaco más.

¿Vieron la carrera?, preguntaba el vecino mecánico los domingos a mediodía. El Alain Prost yo creo que ya está medio viejo. Igual es un maestro, pero como que ya no le da el cuero, ¿no? Lento pero seguro, como el sacoehueas del Eliseo. ¿Se acuerdan cuando el Nelson Piquet le pegó el comboenlocico? Por hueón, por andar metiéndose en peleas de perro grande, por eso le pasó. El mecánico hablaba de Bacigalupo y de la Fórmula 3. Hablaba de motos Enduro. Hablaba de competencias de motocross en el cerro Chena.

Después de una concentración del NO en Vicuña Mackenna, el Citroën Visa blanco se nos perdió. Simplemente mi padre no podía recordar dónde lo había estacionado, y estuvimos dando varias vueltas en medio de la gente con banderas del pepedé, el pecé y la democracia cristiana, sin resultado. Una vez, hijo, durante la upé, me agarré a combos con Ravinet en la calle, en plena Alameda… Puta, qué manera de pelear en ese tiempo. ¿Y quién pegó?, pregunté. Los decé, siguió diciendo mi padre, ahora se hacen los pacíficos, los muy moderados, pero en realidad son unos huevones bastante violentos. ¿Quién ganó?, insistí, ¿tú o Ravinet? Frei, por ejemplo, era un gran conchesumadre, un viejo golpista, y hoy el perla es un mártir de la democracia. Mejor vámonos en micro, le dije, cansado de caminar. Ni cagando, respondió, y seguimos dando más vueltas hasta que no pude más y me senté en la cuneta de una calle chica. Ándate en micro tú mejor, dijo mi padre de pie, enojado, tendiéndome una moneda de cien pesos. Bueno, le dije, enojado también, tomando la moneda. Salí a Grecia, caminé lentamente hasta Pedro de Valdivia y ahí tomé la MaculPalmilla.

Se quedó en pana, quedarse en pana, la pana del tonto, la pana de copete, el hocico caliente. Mucho después supe que ese chilenismo provenía del francés en panne: algo que no funciona, algo que falla o está roto. En el diccionario francés-español vienen muchos ejemplos de artefactos y dispositivos en panne, además de este: «C’est vous, vous êtes en panne».

Los agentes de la ceneí no solamente usaban el Opala, le dijo mi padre al mecánico, también tenían unas camionetas Ford y unos jeeps, ¿se acuerda? El mecánico se secó la frente con las manos engrasadas y se quedó pensando. ¿Y usté se acuerda del auto que utilizaban los ratis antes del golpe?, preguntó. No, no recuerdo, respondió mi padre. El Opala más viejo es un modelo del año sesenta y nueve, dijo el mecánico. No sabía, dijo mi padre. Este auto era picador para su tiempo, por eso era el preferido de los ratis, creo yo. Tiene un arranque potente pero ya no tiene ná que hacer contra uno de esos Volkswagen armados en Brasil, como el Amazon o el Santana… Cuánto le apuesto a que ahora hasta el Corbalán anda en uno de esos. Seguro, dijo mi padre, divertido. ¿Los ratis querían pasar piola o no?, pregunté. El mecánico miró al suelo, como avergonzado, y luego, como si recordara algo, dijo bueno, querían y no querían. Eso, hijo, dijo mi padre, es difícil de explicar… Los ratis estaban pero no estaban, en eso consistía el asunto, ¿no?

Es enero del 96 y me han invitado a pasar unos días en familia a la playa. Vamos en carpa a un camping de unos conocidos de mi viejo. Vamos en su automóvil que parece extraído de un collage de Arestizábal o una película de Bogart. El pueblo es pequeño y me gusta. El camping queda cerca del mar. El calor es atenuado por una brisa marina que no tiene el frío de las playas sureñas. Mis padres llevan todo ordenado: los comestibles para el día, los juegos de cartas y las bebidas para la noche. Yo me escapo en las tardes a ver el crepúsculo, a escribir mirando el sol en busca del asombro. Soy un poeta para nada joven en busca del asombro. El asombro es para mí, ese verano, una amiga que me han presentado hace unos pocos días y que se ha quedado en la ciudad esperando que regrese. Es nítido mi recuerdo: la búsqueda de la tristeza al recordarla, los muchachos que se arrojan a las olas en tablas de surf, la sensación de que la vida tiene algo de perfecta, que si bien no conquistaré imperios ni escribiré grandes poemas, una mujer me espera. Es bueno comenzar a escribir desde esa resignación, por lo menos para mí durante ese verano: tengo 25 años y creo que nunca publicaré libro alguno, pero me gusta saber esa tarde que mis versos imperfectos no son para nadie más que para una muchacha que me espera. No debería haber perdido nunca esa claridad, esa porción de destino, ese cuajo de horizonte que los años fueron pudriendo.

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