No es fácil tratar sobre epitafios. Será que a ratos uno se halla sin muchas ganas de hallarse.
Porque hablar de esas definitivas inscripciones (que queremos) imperecederas es, claro, hablar de la cercanamuerte. Seres mortales dotados de conciencia; es decir, seres conscientes de ser mortales, nuestra vida se define por la muerte: es esta una verdad que ya sabemos, y hace mucho.
Pero hay más. En la inefable zona del abismo, resplandece el poder de la palabra. De hecho, ella parece la única capaz de conectar las dos riberas, de transformarse en el puente oscuro que une el más allá y el más acá. Es esa llama congelada -lo dicho y lo callado entre la vida y la muerte-, también, el epitafio, y como tal tiene el don de definirnos.
Tampoco es esta una idea nueva: los psicólogos suelen proponer a sus pacientes el ejercicio de imaginar el propio epitafio, para hurgar en la imagen que se tiene (o que se quisiera que los demás tuvieran) de sí mismo. Aunque inicialmente se le puede suponer una intención individual, o al menos íntima, muy pronto el epitafio adquiere un cariz comunitario.
De partida, son inscripciones públicas y, talladas en piedra u otro material de similar dureza, destinadas, además, a ser perennes. En ocasiones el epitafio caracteriza a los difuntos (o difuntas), describiendo lo que fueron, lo que quisieran haber sido, lo que pudieron ser. En ocasiones, es un mensaje que se dirige a ellos como una despedida, un viático o una invocación.
Parece ser que ya en la Grecia clásica la inscripción sobre la tumba fue una forma de fijar la voz de los muertos. Una forma, que hasta hoy perdura, de conjurar el horror a la corrupción corporal de los difuntos, pero también de asegurar su presencia en medio de la vida. La costumbre de marcar con palabras la paradoja del lugar donde están los que ya no están quizás haya nacido con la propia humanidad y su conciencia existencial.
El término “epitafio”, en cambio, tiene un origen más rastreable: la lírica griega antigua distinguió el epicedio del treno, ambas formas de lamentaciones por un difunto, ya en su presencia, ya en ausencia, respectivamente. Cuando epicedios y trenos se escribieron sobre una lápida, adoptaron el nombre de epitafio. La expresión se relaciona también con el concepto de epigrama.
Un epigrama es una composición poética breve que se inscribe sobre un objeto, que puede ser un exvoto, un regalo, una estatua o una tumba. Los epigramas inscritos sobre tumbas formaron clase aparte, los epitafios, y el vocablo original, entonces, pasó a designar un poema corto e ingenioso.
El Cementerio General de Santiago: Un Reflejo de la Historia Chilena
Profundamente enlazado con el devenir de la nación chilena desde su propio origen, se podría decir sin exagerar que el Cementerio General es Chile: en él se replican y expresan, al compás de la historia, las tensiones políticas y los vacíos sociales; el auge y la derrota de sus economías; la flagrante división de clases; los vicios y virtudes propios de su pueblo; sus creencias y miedos; sus rachas de esperanza.
En él se respiran, o se tocan, la crueldad y el amor; la pasión y el desgarro; luminosos aciertos, logros memorables, verdades hirientes e hirientes silencios. El 9 de diciembre de 1821, al inicio del Estado chileno (cuya independencia nacional se había firmado menos de cuatro años antes, en febrero de 1818), don Bernardo O’Higgins, entonces Director Supremo y hoy Padre de la Patria, inauguró formalmente el Cementerio General.
Su historia, sin embargo, comenzó horas más tarde, la noche del 10 de diciembre, con la llegada de sus primeros huéspedes: María Durán y los párvulos María de los Santos García y Juan Muñoz. Como eran pobres, no hubo funeral y los tres fueron a dar a la fosa común. Hoy -se calcula-, cerca de tres millones de difuntos descansan en él.
La decisión de construirlo obedeció a razones sanitarias y políticas: una vez afianzada la independencia, el ideario liberal entendió necesario remplazar las insalubres prácticas mortuorias de la época y dotar a la capital de un cementerio moderno.
Hasta entonces, los cadáveres se sepultaban en las iglesias (cuando se tenía dinero), o bien en fosas poco profundas de pequeños cementerios improvisados en medio de la ciudad, y hasta en entierros clandestinos. Establecer un cementerio en forma era entonces una verdadera tarea nacional, en el sentido republicano del término. Con todo, la pretensión de la autoridad civil de inmiscuirse en ámbitos tradicionales de la Iglesia fue resistida y polémica.
Sin embargo, para iniciar su construcción O’Higgins todavía debía superar el problema del financiamiento, en un contexto en el que el erario nacional era estrechísimo. En ese tiempo, la nieve era un bien muy preciado, ya que se usaba en la fabricación de helados (todo un lujo para la época) y permitía conservar los alimentos.
En Santiago era traída desde La Dehesa a lomo de mula, desde donde llegaban apenas dos barriles. Por su escasez su precio era muy alto, y pocos tenían derechos gratuitos de nieve. Entre estos estaban las autoridades del Cabildo de Santiago, a las que O’Higgins les quitó el beneficio para cedérselo a la administración del nuevo cementerio.
El día de su inauguración, el ambiente estuvo dominado por celebraciones y discursos que resaltaban los logros del Estado. Sus impulsores lo habían pensado como un “panteón”, es decir, un espacio simbólico de carácter nacional, que permitiera construir y preservar una memoria común.
Casi 190 años después, contradictoria y fragmentada, esa memoria de los chilenos puede recorrerse a pie en sus espaciosas avenidas arboladas o en sus polvorientos patios de tierra. Separado por un alto muro del resto del cementerio, el Patio Nº 1 Disidentes se mantuvo durante décadas en el limbo de lo aledaño pero no perteneciente.
Solo con las llamadas leyes laicas de fi del siglo XIX, y pese a la tenaz y persistente resistencia de la Iglesia católica, quienes no se ampararon en su fe se consideran también formando parte de esta comunidad de difuntos: por angostos portones hoy se puede acceder a ese otro mundo, recientemente restaurado en la celebración del bicentenario nacional.
Así como un sinnúmero de notables del arte, la política y la guerra, la mayoría de los jefes de Estado tienen aquí su sepultura. Una ausencia notoria es la de O’Higgins, cuyos restos fueron traídos del Cementerio Central de Lima a un suntuoso monumento que mandó a edificar su hijo Demetrio en el eje central del camposanto, y que fue trasladado nuevamente mucho después a una céntrica plaza frente al Palacio de Gobierno.
De hecho, en el cementerio existe un Memorial de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos cerca de su acceso por Avda. Recoleta, y otro construido en el tristemente célebre Patio 29, que fue declarado hace algunos años monumento nacional.
Pero si ha de ser memoria -y memoria compartida-, encontraremos en él un despliegue que es otra forma en la que los seres humanos porfiamos por trascender. Un epitafio, así, es mucho más que la marca del lugar preciso de la sepultación, y se convierte en un bien intangible, aunque concreto, dotado de valor patrimonial.
Esto es, de un valor estético (literario o plástico), histórico o emocional, lo que puede resumirse en la expresión tanto más comprensiva como vaga de un “valor cultural”. Muerte e identidad a veces parecen enfrentadas, como si fuesen verdades excluyentes.
La esperanza es que las huellas no se marchiten. Ninguna sociedad puede entenderse sin las huellas de los que partieron.
El Último Viaje de Enrique Silva Cimma: Una Historia Humana
-Don Enrique, ¿hoy usará una camisa blanca?-Como siempre -responde el político-. ¿Con qué terno andaba ayer?-Ayer andaba de café. Hoy póngase uno gris.
Enrique Silva Cimma está cansado. Cierra sus ojos constantemente, como si quisiera dormir despierto, y no tiene ganas de caminar. Es el miércoles 11 de julio y Andrés Díaz, su chofer desde hace dos años, se da cuenta de que algo anda mal.
La emblemática figura del radicalismo chileno y uno de los hombres importantes durante el período de la transición democrática tras el régimen de Pinochet, está sentado sobre su cama, más callado que de costumbre.
-Yo creo que estoy quemando mis últimas energías -dice Silva Cimma, mirando a su chofer.
-Don Enrique, estos son altos y bajos que todos pasamos. Ya vamos a tirar para arriba -le responde Díaz, tratando de subirle el ánimo.
Sin pensarlo dos veces, Andrés Díaz le ofrece a Silva Cimma que den un paseo. El político sonríe y acepta la invitación.
Esa mañana, el chofer de Enrique Silva Cimma le propone ir a ver a su hijo Eduardo. Se suben a su auto y se dirigen a Cerrillos. Eduardo vive en la Fundación del Pequeño Cottolengo y tiene 53 años. También padece síndrome de Down.
"Ese día, don Enrique estuvo con su hijo sentado en el solcito. Yo me quise alejar para que estuvieran solos, pero siempre los miré. Al despedirse no fue como siempre. El juntó su frente con la de su hijo, le agarró la nuca y le dio un beso en la cara".
Margarita Silva, su hija y esposa de Nelson Avila, los esperaba en casa con preocupación. Al volver, le pidió a Andrés Díaz que, excepcionalmente acompañe a su padre por el resto de la semana. Serán los últimos días de Silva Cimma con vida.
***El auto de Enrique Silva Cimma es un Nissan X-Trail, que fue comprado en 2008. Está abollado en la parte trasera y en el costado derecho. El primer choque lo recibió dos años después de adquirirlo, cuando el chofer anterior conducía.
Mientras el auto estaba en un taller, Enrique Silva Cimma pidió un radiotaxi Andes Pacífico para ir a una reunión. Le comentó al conductor, Luis Segel, que buscaba un nuevo chofer. "Yo le tengo al hombre ideal", le respondió. Una semana antes, su amigo y compadre Andrés Díaz había renunciado a su trabajo como taxista.
Silva Cimma habló por celular con Díaz y al día siguiente se juntaron a las 11 de la mañana, en su casa. Hablaron por una hora y media sobre sus vidas y sobre política.
-Don Enrique -preguntó Díaz-, ¿tengo que usar una vestimenta especial para ser su chofer?
-Estimado, a mí la ropa no me interesa -respondió Silva Cimma con una sonrisa-. Lo único que me molestaría es que llegara vestido de payaso.
Enrique Silva Cimma no fue el primer jefe político de Díaz. En 1988, fue el chofer de Genaro Arriagada, secretario general de la campaña del No para el plebiscito y posterior ministro secretario general de la Presidencia, bajo el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle.
"Todos los próceres se juntaban en el comando central y ahí yo veía a don Enrique. Más de una vez le serví té", recuerda Díaz.
En las interminables conversaciones en el auto, el chofer le contó a Silva Cimma toda su vida: le dijo que había nacido en Pataguas Cerro, una localidad en la Sexta Región, pero que prefería decir que era de San Vicente de Tagua Tagua.
Que a los 20 años trabajó en la imprenta de la editorial Aconcagua. Le contó también que por 14 años fue uno de los encargados del departamento de documentación de Radio Cooperativa, en dictadura. Trabajó en el Canal 2 y en la revista Siete + siete, hasta que ambos medios dejaron de existir.
Que estuvo cesante siete meses y que, por necesidad, trabajó en un radiotaxi por cuatro años, hasta que en 2010 él lo llamó. Andrés Díaz tenía 51 años y Silva Cimma 91.
***Por dos años, Andrés Díaz hizo el mismo recorrido de lunes a viernes. Salía de su casa en Pedro Aguirre Cerda, tomaba una micro y el metro hasta estación Alcántara. Caminaba hasta calle Golda Maier, a la casa de Enrique Silva Cimma. Se demoraba más de una hora, pero siempre llegó puntual a las 9 am. Trabajaba sólo en las mañanas, esperaba que su jefe se sentara a almorzar y a las 13.30, se devolvía a su casa.
En las mañanas, Enrique Silva Cimma no se levantaba hasta que su chofer llegaba. "Luego de llevar tiempo trabajando con don Enrique, le pregunté si quería que lo afeitara y él dijo que sí. También lo ayudaba a escoger su ropa.
Sus hijas, Margarita y María Elena, me contaron que él era muy pudoroso, autovalente y no dejaba que nadie lo ayudara, pero conmigo cedió", recuerda su chofer. "Yo creo que no le costó abrirse porque siempre fui cuidadoso de no herir su susceptibilidad, que no se diera cuenta que lo quería ayudar".
Lo que Enrique Silva Cimma no dejó de hacer fue fumar un cigarro Kent 1 diario. Generalmente, lo fumaba a escondidas de su familia, pero no de Andrés Díaz. "Cómo le voy a negar a un caballero de esa edad una cosa que le da realmente placer, como un cigarrito. Lo consentía un poco", afirma su chofer.
Hoy, en el interior del auto de Enrique Silva Cimma todo está intacto. Todavía está guardado el cenicero amarillo reciclado de la tapa de un spray. Al lado, el encendedor de Silva Cimma y el desodorante ambiental que usaban para disimular el olor a cigarro.
Todo está intacto, a excepción de un pequeño círculo perfectamente quemado en el asiento, provocado por el vicio de Silva Cimma.
Inevitablemente, Díaz recuerda a su padre al pensar en Enrique Silva Cimma. "En el último tiempo yo he ayudado harto a don Enrique y nunca me imaginé haciendo esta pega. Yo lo veo a él y me acuerdo de mi padre. A lo mejor físicamente se parecen. Mi padre era absolutamente calmado, conciliador, no se enojaba con nadie. Como don Enrique. Y él es cariñoso conmigo, como si yo fuera su hijo".
A pesar de que han pasado tres semanas desde la muerte de Silva Cimma, a veces su chofer habla de él en presente. "Todavía no puedo creer que él no esté vivo. A veces me despierto y pienso que es broma, que vamos a seguir paseando", dice mientras conduce.
***Es la mañana del jueves 12 de julio y hace frío. Mientras Andrés Díaz viaja de su casa a la de Silva Cimma, se da cuenta que corre mucho viento para salir a caminar con su jefe.
Al llegar a la casa, nota que Silva Cimma está más cansado que el día anterior. A pesar de su desgano, se viste con un impecable terno. Díaz acompaña a Silva Cimma desde su pieza a la habitación de al lado, donde está su oficina. El político se sienta en silencio y suspira fuerte.
-¿Qué pasa don Enrique, que está tan callado?-Me siento muy cansado, estimado.
El chofer busca un cedé de la colección de más de 300 discos de Silva Cimma. La mayoría son de música clásica, pero entre ellos hay un par de tango, Mercedes Sosa y José Luis Perales. Escuchan la canción Un velero llamado libertad y Silva Cimma parece animarse.
-Estimado Andrés, salgamos a dar una vuelta -le pide. Margarita Silva le pide al chofer que no salgan por mucho rato, por el frío que hace. Díaz por fin ve animoso a su jefe; no puede negarle un paseo.
Viajan desde Las Condes hasta Independencia, al Terminal de flores. Los recibe Mireya Contreras, quien atiende a Silva Cimma desde hace cuatro años. En 2008 falleció su esposa, Elena Marfán, y no ha pasado una semana en que él no haya ido a verla al Cementerio General.
"Ese día lo vi distinto, con pena y cansado. Se le enredaba un poquito la lengua. Le dije que se sentara adentro del local mientras le hacía el arreglo", recuerda Mireya.
Una clienta pasa por afuera del pequeño local de flores y ve a Silva Cimma. Se acerca, lo saluda y se ponen a conversar. Se queda por 20 minutos en el local, más tiempo del que generalmente estaba ahí.
Enrique Silva Cimma le pide por primera vez una tarjeta a Mireya, por si necesita pedirle otro ramo. "Antes de irse, me dio un abrazo largo y tierno. Hoy creo que se estaba despidiendo de mí", dice Mireya.
El día después de la muerte de Enrique Silva Cimma, Mireya cortó una foto en blanco y negro de él, publicada en un diario. Hoy esa foto está en el local de flores, en un improvisado marco de madera.
Al llegar al Cementerio General, Enrique Silva Cimma baja su cojín calipso del auto, camina con lentitud y llega a la bóveda familiar. Las cinco lápidas son de su padre, madre, suegra, su hijo, que falleció a los cinco años, y al centro, la de su esposa. Todas tienen flores de distintos colores.
Rosita Correa es la encargada de cuidar las lápidas y siempre acompañó a Enrique Silva Cimma en sus visitas al cementerio. Mientras Rosita ordena el ramo, Silva Cimma se sienta sobre su cojín, en la tumba ubicada al frente de Elena Marfán. Habla con voz muy baja. Ni Andrés ni Rosita, los testigos de tal escena, pueden descifrar si está rezando o hablándole a su esposa.
"Ese día me pidió por primera vez que nos tomáramos una foto juntos", dice la mujer. Con el celular de su jefe, Andrés les toma tres fotos. Enrique Silva Cimma prende un cigarro y se queda mirando la tumba de su esposa.
-¿Cree que me vengan a ver cuando yo me muera? -pregunta Silva Cimma a Rosita.
-No se preocupe. Si no vienen, yo le voy a poner flores.
***"No le habían diagnosticado nada. Don Enrique a lo más se resfriaba. Pero todo el mundo se resfría". Andrés Díaz parece no creer lo que pasó. El último día que ve a Enrique Silva Cimma, el viernes 13 de julio, tienen uno de los viajes más largos.
"Salimos a un paseo que no fue muy entretenido para él, porque estaba muy decaído. Hablamos poco, le tocaba la pierna y le decía Don Enriquito, mire el paisaje, está bonito". El observa con poco interés y su chofer prefiere quedarse en silencio. Decide llevarlo a un cerro en Farellones, uno de los paseos que más le gustaba al político.
-Yo creo que me voy a morir. Me siento cansado y viejo -dice Enrique Silva Cimma a su chofer, según éste recuerda.
-No piense en eso, don Enrique, es sólo un decaimiento.
Luego de recorrer a 30 kilómetros por hora el cerro, vuelven a la Avenida Las Condes, de regreso a la casa de Enrique Silva Cimma. Almuerzan y luego él va a dormir una siesta. Al despertar, se asombra porque ve que su chofer sigue en su casa.
-¿Usted qué está haciendo aquí?-Lo vengo a ver, don Enrique-¿Podríamos dar una vueltecita?
Sin saberlo, ese será el último viaje juntos. Suben en dirección oriente, toman Manquehue, hasta que Enrique Silva Cimma le pide que se detenga.
-¿Alguna vez le he mostrado dónde yo vivía?
Con las indicaciones de Enrique Silva Cimma llegan hasta la esquina de Burgos con Renato Sánchez. El político mira por la ventana y le señala un edificio de cinco pisos. "Ahora le quiero mostrar la casa donde viví, hasta que entraron a robar".
Avanzan unas cuadras y llegan hasta una casa esquina, de estilo colonial. Por la pared, lo único que se vislumbra es un magnolio con flores blancas. Andrés Díaz mira a Enrique Silva Cimma y se siente aliviado. "Todo lo deteriorado que lo había visto antes ya no existía. Estaba feliz".
Al volver a la casa, la nana de Enrique Silva Cimma le ha preparado un té, pero él le pide que le traigan también uno a Andrés. El político se sienta en su cama, bajo la foto en blanco y negro de su esposa. Andrés Díaz se sienta en un sillón y ven televisión.
A las 17.30 se despiden. -Amigo mío, por favor le pido que salude a su esposa, con mucho cariño, y dígale que espero algún día tener el honor de conocerla. Andrés le toma la mano.
-Esté tranquilo, don Enrique. No se apure por nada.
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