En las sociedades contemporáneas, el «factor escolar» se ha convertido en uno de los más potentes mecanismos de estructuración social. La ocupación que se tenga, el nivel de ingresos o el estilo de vida que se lleve dependen, en buena medida, del nivel de escolaridad; de ahí que mucho de lo que ocurra con el futuro de los sujetos dependa de su paso por el sistema escolar.
Desde la década de los noventa hasta la fecha, la educación y el sistema escolar han sido objetos de discusión y diagnóstico. Se formaron comisiones de expertos, se organizaron foros internacionales y se financió gran cantidad de estudios que en conjunto lograron bosquejar una imagen bastante completa sobre el estado de situación en el campo educativo.
Con este conjunto de iniciativas se confirmaron dos temas que eran evidentes: la desigualdad educacional entre las clases, y la inequidad del sistema escolar, dos tendencias que quedan representadas en la figura de la educación pública municipalizada. Cada informe de resultados de las pruebas Simce y Psu se ha encargado de confirmar su rezago respecto a los otros subsistemas, sobre todo al sistema privado de educación.
Cada nuevo informe con las estadísticas de ingreso al sistema universitario han obligado a reconocer que las diferencias que se producen en el período de educación formal se trasladan a la estructura social, que ha venido reservando sus posiciones más ventajosas a los grupos con más y mejores estudios. Y sin embargo, o quizás por eso mismo, la presencia de la población joven de los estratos de más escasos recursos en el sistema escolar sigue creciendo y prolongándose.
Todo pareciera indicar que la promesa del discurso escolar no es objeto de mayor cuestionamiento. En efecto, la confianza que se deposita en la escolaridad como herramienta básica para «ocupar un lugar» en la sociedad viene creciendo. Pero también se ha demostrado que esa confianza se gradúa y vuelve relativa cuando se introducen variables «estructurales» como el estrato socioeconómico y el tipo de sistema escolar al que se asiste.
De ahí que resultara pertinente preguntarse sobre los jóvenes que asisten al sistema municipalizado, que representan, a fin de cuentas, el sujeto que encarna en cuerpo y mente todas estas desigualdades e inequidades. Cuáles son sus características, qué están pensando hacer con su futuro, hacia dónde están dirigiendo sus apuestas, cuáles son los factores que marcan la diferencia, fueron algunas de las preguntas que ocuparon el centro de un estudio que durante el año 2004 realizó el Centro de Estudios Sociales cidpa de Valparaíso con el apoyo de la Fundación Ford.
El propósito del estudio fue intentar describir las principales tendencias en las trayectorias de los jóvenes que estudian en el sistema municipalizado, incluyendo distintas realidades sociales y educativas. Para eso se tomó como universo de población la que asiste a la educación secundaria del sistema municipalizado de tres comunas de la V Región de Valparaíso: Puchuncaví, Quillota y Viña del Mar, compuesto en total por doce establecimientos.
La metodología consistió en la aplicación de una encuesta un cuestionario de autoaplicación. La construcción de la muestra siguió un criterio de saturación, y la muestra efectiva llegó a los 6.496 casos, que corresponde al total de estudiantes que asistieron a clases el día que se aplicó el instrumento. Complementariamente, se efectuaron cinco grupos de discusión temáticos, que permitieron un mejor acercamiento a los componentes de los discursos que elaboran estos jóvenes al referirse a la educación, el futuro y la condición juvenil.
Enfoque de Trayectorias Sociales
Para empezar, conviene aclarar nuestro objeto de estudio: las trayectorias. Digamos que el enfoque de trayectorias sociales asume varios supuestos básicos. El primero es que el curso de vida de un sujeto puede dibujarse como una trayectoria. El segundo, que el análisis de una trayectoria requiere establecer criterios y mecanismos que permitan asignar posiciones a los individuos en un espacio. El tercero, que las dimensiones de ese «espacio social», como lo llama Bourdieu, deben corresponder a los factores que más determinan la estructura que adquiere un sistema de distribución social de posiciones, o de «capitales», como dice el mismo Bourdieu. El cuarto, que la trayectoria será función de las variaciones en los niveles de esos capitales que registra un individuo o un grupo de individuos en un lapso de tiempo.
Aclarado lo anterior, queda asumir que para observar el curso de una trayectoria, en nuestro caso, la trayectoria de los jóvenes que asisten al sistema de educación municipalizada, se nos impone como exigencia práctica fijar un punto que sirva de referencia para el análisis. Sólo fijando una posición de partida se puede describir el curso de una trayectoria. Para nuestros efectos, teniendo en cuenta el peso que tiene el «capital escolar» en la estructuración de las sociedades contemporáneas, asumiendo además que estamos concentrados en el campo de la educación, ese punto de partida tendrá como referencia el nivel de escolaridad de los padres.
Nivel de Escolaridad de los Padres
Sobre esto, hay dos cosas importantes que señalar. La primera es que, considerando el total de la muestra, se observa que los niveles de escolaridad que presentan los apoderados del sistema municipalizado de estas comunas son, en su mayoría, bajos. De todas las categorías, la más frecuente es que los padres y madres tengan educación secundaria completa.
No obstante, si se suman las tres categorías inferiores, resulta que la mayoría de los padres (54,9%) y de las madres (59,5%) presenta niveles de escolaridad inferiores a la secundaria completa, en la actualidad el nivel mínimo exigido para acceder a la gran mayoría de los puestos formales de trabajo. Si a ello le agregamos que los niveles de ingreso promedio mensual de las familias que asisten a estos establecimientos fluctúan entre los $80.000 (unos 150 dólares) y los $250.000 (unos 450 dólares), nos podemos formar una imagen aproximada sobre la posición que ocupan las familias de los jóvenes que asisten al sistema municipalizado y sobre los niveles de «capital escolar» y económico que forman su herencia.
El segundo punto importante es que al interior del sistema municipalizado, también se produce una estructuración bastante importante. En efecto, si por un lado es cierto que al interior de cada establecimiento conviven jóvenes con padres que tienen distintos niveles de escolaridad, entre los establecimientos se observan diferencias más o menos significativas en el peso de cada grupo en la composición de la matrícula. Existen liceos como el Liceo de Niñas de Viña del Mar en que es considerablemente más alta que en otros la proporción de madres y padres con estudios superiores, y otros como el Liceo Industrial de Viña del Mar o el Liceo Agrícola de Quillota, en que la mayor parte de los padres y madres presenta niveles de escolaridad iguales o inferiores a la secundaria incompleta.
Lo interesante de este punto es que esta segmentación intra-sistema municipalizado, que en buena medida se asocia a los exámenes de admisión que algunos establecimientos aplican para filtrar el acceso, tienden a establecer distinciones entre los propios estudiantes que, como veremos más adelante, se vierten luego sobre sus posibilidades de trayectoria.
| Nivel de escolaridad | Madre (%) | Padre (%) |
|---|---|---|
| Básica incompleta | 20,2 | 19,2 |
| Básica completa | 19,1 | 17,2 |
| Media incompleta | 20,2 | 17,5 |
| Media completa | 25,8 | 27,3 |
| Superior incompleta | 5,3 | 5,9 |
| Superior completa | 9,4 | 12,9 |
Trayecto y Capitales Acumulados
El análisis de las trayectorias parte estableciendo que para cada grupo de individuos que ocupa una posición similar en la estructura social, se impone un abanico de posibilidades relativamente definido y más o menos común. Este es el efecto de destino que impone la situación de clase, que define posibilidades de trayectorias diferentes para los miembros de clases diferentes, y similares para quienes comparten una misma condición.
Pero así como asume esta suerte de «determinismo estructural», también asume que siempre queda un margen de posibilidad para que en cada grupo se produzcan fracciones que construyen trayectorias que se despegan del campo de posibilidades que determina su condición de clase, que se desclasan, como diría Bourdieu, principalmente producto de incrementos o decrementos en los niveles de capital que resultan del propio movimiento o la propia acción.
La posibilidad que abre este efecto de trayectoria individual, como lo llamaba el mismo Bourdieu, nos movió a incorporar al análisis aquellos campos por los que se mueven habitualmente los jóvenes y en los que pudieran estar generando incrementos en sus «niveles de capital». Asumiendo que sería poco probable encontrar incrementos relevantes de «capital económico» que respondan a ingresos generados por los propios sujetos, preferimos concentrarnos en el campo cultural.
Para esto abordamos dos dimensiones: una extra y otra intra escolar. Con la primera intentamos describir las principales tendencias que muestra la relación que han venido manteniendo estos jóvenes con el campo de la cultura por vías alternativas a la de la escuela. Los indicadores básicos serán el nivel de consumo cultural y el grado de manejo de herramientas de modernización. Con la segunda, pretendemos describir las principales tendencias en la relación con el proceso de escolarización, que a fin de cuentas, es el que más determina sus posibilidades de trayectoria.
Consumo Cultural
Usar un término como el «consumo cultural» para observar la relación de los sujetos con la cultura, es en sí mismo problemático. Esto por, al menos, dos razones. La primera, porque tiende a restringir el asunto a las acciones de intercambio en un mercado de bienes culturales y a dejar fuera toda una gama de prácticas que, en rigor, no entran en la lógica de este mercado, pero que igualmente sirven al «autocultivo». La segunda, porque la polisemia de la palabra «cultura» complejiza y deja siempre expuesto a críticas cualquier análisis que la incluya como dimensión.
Por eso creemos conveniente dejar aclarado que en este caso usamos un concepto extendido de «consumo cultural» que incluye una serie de prácticas que «inyectan cultura»; y que el concepto de «cultura» lo restringimos al de «cultura dominante», bajo el supuesto que es el grado de integración a estos moldes lo que indica si se participa o no, y en qué grado, de los «universos simbólicos» dominantes.
A modo de contexto, señalemos que las encuestas sobre consumo cultural que viene realizando el Instituto Nacional de Estadísticas (Ine) con el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, han identificado dos tendencias principales. La primera es que son los tramos jóvenes los que más participan de este campo; y la segunda, que existe una evidente distancia entre los niveles de consumo cultural de los diferentes estratos socioeconómicos.
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