En la copia más antigua que tenemos de este libro, conocida como Papiro 45, y en el Códice Sinaítico, se le da simplemente el título de "Hechos", sin mencionar a los apóstoles. Esto es razonable, pues el libro no es una historia completa de todos esos hombres.
Unos pocos capítulos describen la obra de Pedro y Juan, mientras que el resto de libro registra la conversión y el ministerio de Pablo hasta el momento de su primer encarcelamiento en Roma. Por lo tanto, el libro no abarca la obra completa de ninguno de los apóstoles. Por el contrario, guarda silencio en cuanto a casi todos ellos.
De los doce, sólo Pedro, Santiago y Juan juegan papeles importantes en el libro; pero gran parte de la narración está dedicada a Pablo, que aunque fue apóstol no perteneció a los discípulos originales. A partir del siglo II comenzaron a aparecer muchas leyendas afirmando que relataban la vida y las vicisitudes de los apóstoles (los Actos de Juan, Pedro, Pablo, Tomás y Andrés están entre los más importantes; cf. Eusebio, Historia eclesiástica III. 25. 4-7).
La introducción del libro de Hechos pone de manifiesto que el Evangelio de Lucas y el libro de Hechos fueron escritos por el mismo autor. Lucas declara que en el "primer tratado" había relatado todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar". Con clara visión histórica reconoció que la obra de Jesús en la tierra era sólo un comienzo, el cual había relatado en su Evangelio.
Pero sabía que su historia estaría incompleta si se omitía la narración de lo que Jesús hizo por medio de su iglesia naciente después de su ascensión. Por lo tanto, se propuso describir la continuación de la obra de Cristo mediante el ministerio de sus discípulos. A partir de la orden registrada en Hechos 1: 8, describe en forma ordenada los hechos de los apóstoles. En obediencia al mandato de su Maestro, los discípulos dieron testimonio (1.) en Jerusalén, (2) en toda Judea, (3) en Samaria, y (4) hasta lo último de la tierra.
Contexto Histórico
El Imperio Romano estaba en su apogeo. Augusto había colocado un firme fundamento administrativo sobre el cual sus mejores sucesores pudieron construir, y los peores no pudieron demoler. Continuaban los beneficios que la civilización romana aportaba a los habitantes del imperio, aun cuando el gobernante fuera débil o tiránico, o ambas cosas.
Los emperadores, durante el período abarcado por el libro de Hechos, c. 31-63 d. C., fueron: Tiberio (14-37), Calígula (37-41), Claudio (41-54) y Nerón (54-68). Tiberio y Claudio se esforzaron por el bien de sus vastos territorios; en cambio, Calígula y Nerón, lo poco que hicieron, fu para mal. Pero, a pesar de estas variaciones en el gobierno se mantuvieron en e imperio las condiciones favorables para la propagación del Evangelio.
Al principio la nueva religión aprovechó su vinculación con el judaísmo. La raza escogida había sido dispersada en muchos lugares del imperio, y sus creencias básicas con el tiempo fueron toleradas por los romanos. El cristianismo, como un desprendimiento de la fe más antigua, compartió esta tolerancia; pero después el judaísmo cayó en desgracia. Los judíos fueron expulsados de Roma durante el reinado de Claudio (Hech. 18: 2), y las vehementes aspiraciones nacionales de ello ocasionaron la rebelión en Palestina y las desastrosas guerras de los años 66-70 d. C., que culminaron con la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C.
Cuando empeoro la situación del judaísmo, la posición del cristianismo se hizo más peligrosa. Era una religión no reconocida legalmente, y sus miembros no estaban amparados por la ley. Cuando surgían dificultades, como cuando Roma fue incendiada en el año 64 d. Esta situación sirvió como telón de fondo a Lucas al preparar su historia de la iglesia primitiva Y al escribir los Hechos de los Apóstoles.
La Propagación del Evangelio
También registra otro elemento de importancia. En sus comienzos, la iglesia era judía, pero nunca habría podido cumplir su misión mundial si hubiera permanecido dentro de los límites de una religión exclusivista como el judaísmo. Necesitaba liberarse de ese exclusivismo. Lucas bosqueja los pasos que llevaron a esa liberación. Su narración describe el crecimiento del cristianismo que comenzó siendo una secta judía, y se convirtió en una religión internacional, hasta que Pablo pudo decir que el Evangelio se predicaba "en toda la creación que está debajo del cielo" (Col. 1: 23).
Lucas relata que miles de judíos, entre ellos sacerdotes, muy pronto aceptaron el Evangelio (Hech. 6: 7), y que las persecuciones pronto indujeron a Felipe a evangelizar a los samaritanos y al etíope que conocía algo del judaísmo (cap. 8). Narra cómo Pedro llegó hasta Cornelio, el centurión romano (cap. 10). Destaca cómo unos hombres de Cirene y Chipre predicaron por primera vez a los que no eran judíos (cap. 11); cómo, una vez abiertas las puertas, Pablo y sus colaboradores evangelizaron a gran número de paganos (cap. 13-14); y cómo, con la ayuda de Pedro y Santiago, fue posible conseguir que los conversos gentiles fueran liberados de la sujeción al ritual judío (cap. 15). Su relato termina con un vívido cuadro de la propagación del Evangelio por todo el mundo romano oriental (cap. 16 a 28).
Lucas estaba muy bien dotado para ser el historiador de ese movimiento. Se cree que era gentil. Mostró un profundo interés por el ministerio a los que no eran judíos.
El Papel del Espíritu Santo
El autor de los Hechos reconoce plenamente el lugar del Espíritu Santo en el crecimiento de la naciente iglesia. Desde el día en que Jesús dio "mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles" (cap. 1: 2), el Espíritu aparece como el consejero de los dirigentes y de sus colaboradores. Por medio del milagro de Pentecostés "fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen" (cap. 2: 4). Un poco Oirás tarde los creyentes también "fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios" (cap. 4: 31).
Los siete varones escogidos como diáconos estaban también "llenos del Espíritu Santo y de sabiduría" (cap. 6: 3), y Esteban, uno de los más destacados de ellos, era "varón lleno de fe y del Espíritu Santo" (vers. 5). A medida que el relato prosigue, el Espíritu continúa guiando en situaciones tales como la ordenación de Saulo (cap. 9: 17), en la aceptación de los gentiles en la iglesia (cap. 10: 44-47), en la consagración de Bernabé y Saulo para la obra misionera (cap. 13: 2- 4), en el concilio de Jerusalén (cap. 15: 28), y en los viajes misioneros de Pablo (cap. 16: 6-7).
Cristo reúne a sus apóstoles en el monte de los Olivos para que contemplen su ascensión, y les ordena que permanezcan en Jerusalén hasta que reciban el cumplimiento de la promesa del envío del Espíritu Santo, con cuyo poder deben testificar de él hasta lo más apartado de la tierra. Cuando Cristo ascendió, dos ángeles aconsejaron a los discípulos que tuvieran en mente su segunda venida los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?
Esto indica que la obra que así comienza es la segunda parte de otra anterior. Es evidente que el Evangelio según Lucas es ese "primer tratado". El Evangelio de Lucas es un relato esencialmente completo de "todas las cosas desde su origen". Lucas registra los hechos principales, pero no todos los detalles. Esto puede verse al comparar el Evangelio de Lucas con el de Juan, el cual contiene mucha información omitida por Lucas; sin embargo, Juan también omite muchas cosas (Juan 20: 30; 21: 25). En las Escrituras la palabra "todo" o "todas" muchas veces se emplea en un sentido general (Mat. 2: 3; 3: 5; Hech. 2: 5; 12: 11; Rom. 11: 26; Col. 1: 6; 1 Tim. 1: 16; Sant.
Del Gr. árjomai, "comenzar"; verbo característico del Evangelio de Lucas, donde aparece 31 veces. La presencia de este verbo en Hechos proporciona una evidencia espontánea de que Lucas fue el autor de este libro. ismo Jesús mediante la obra del Espíritu Santo en la iglesia. Jesús fue "poderoso en obra y en palabra" (Luc. 24: 19). Las obras a que se hace referencia son sus milagros (Hech. 10: 38). Tanto las palabras como las obras de Jesús tenían autoridad y poder.
Es decir, a los 40 días de su resurrección. La forma pasiva del verbo que se emplea en los vers. 9 y 11 y en Luc. Se refiere especialmente a la comisión evangélica dada por nuestro Señor. Esta expresión puede entenderse en el sentido de que el Espíritu Santo guiaría a los discípulos a toda verdad (Juan 16: 13), o que Jesús, tanto antes como después de su crucifixión, habló como uno que estaba poseído por el Espíritu Santo.
Debe entenderse lo segundo, pues todo lo que tiene que ver con la vida terrenal de Cristo fue hecho por el poder del Espíritu: (a) su concepción (Luc. 1: 35); (b) su bautismo (cap. 3: 21-22); (c) su justificación, es decir, la manifestación de su vida justa (1 Tim. 3: 16); (d) su comportamiento en su vida de servicio (Luc. 4: 1; ver com. cap. 2: 49); (e) sus milagros (Mat. 12: 28); (f) su resurrección (1 Ped.
Gr. apostolos, "enviado"; de la preposición apó, "de", "desde", y el verbo stéllÇ, "colocar", "mandar". El verbo apostéllÇ significa "despachar", "enviar". El verbo y el sustantivo son inseparables. En el griego clásico, la palabra apóstolos frecuentemente se refiere al despacho de una nave o de una expedición naval; también se emplea para designar al comandante de un escuadrón o a un embajador. Estas dos aplicaciones generales a cosas y a personas aparecen también en el griego koiné. Por ejemplo, un papiro egipcio del siglo II o III d. C. habla de la "cuenta de la nave [apóstolos] de Triadelfo" (J.H. Moulton and G. Milligan, The Vocabulary of the Greek New Testament, p. 70).
Los papiros también muestran que el significado de la palabra se transmitió de la nave a su carga, pues esta también era "enviada". Se denominaba apóstolos tanto a la carga como a los documentos que representaban a la nave y a su carga. De modo que apóstolos podía referirse a la orden de despacho de una nave, a un conocimiento de embarque, o aun al permiso de exportación. Al mismo tiempo, tanto en el koiné como en el griego clásico, la palabra apóstolos podía referirse a una persona, como la emplea Josefo para designar a los embajadores enviados por los judíos a Roma (Antigüedades, xvii. 11. 1).
Sin embargo, ninguno de estos usos parece aclarar directamente el origen del empleo de la palabra "apóstol" tal como la usaban los cristianos primitivos. Pablo es el primer autor del NT que empleó este vocablo (1 Tes. 2: 6), y aparentemente lo usó como un término exacto para designar a un grupo específico de hombres que con autoridad ejercían funciones generalmente reconocidas en la iglesia (1 Cor. 4: 9; 9: 1-2). El hecho de que en los primeros escritos de la literatura cristiana ya se diera por sentado el sentido específico de la palabra, sugiere que ya se la había empleado antes.
Lucas y Juan utilizaron la palabra apóstolos cuando escribieron en griego, años después de la muerte de Jesús (Luc. 6: 13; 11: 49; Juan 13: 16 ["el enviado"]). Parece que la función del apóstol en la iglesia primitiva surgió de la ordenación y comisión de los doce discípulos por Jesús. Cuando Jesús designó a sus discípulos como "apóstoles", probablemente empleó la palabra aramea shelijá', equivalente del participio hebreo shalúaj, "enviado". Parece que estas palabras tuvieron un uso específico tanto entre los judíos como entre los cristianos.
En la literatura rabínica se emplea la palabra shalúaj, más comúnmente con la grafía shalíaj, para designar a diversos mensajeros autorizados. Justino Mártir (c. 146 d. C.) escribió que los judíos enviaban mensajeros por todo el mundo hablando blasfemias contra Cristo (Diálogo con Trifón 17. 108). Eusebio, historiador eclesiástico del siglo IV, declaró que documentos que ya eran antiguos en su tiempo registraban que los sacerdotes y ancianos de los judíos enviaban hombres por todo el mundo para predisponer a su pueblo en contra del cristianismo. Llama "apóstoles" a esos judíos, y dice que en su propio tiempo viajaban por toda la diáspora llevando cartas encíclicas (Comentarios a Isaías xviii. 1, 2).
Epifanio (m. 403 d. C.) registra que esos "apóstoles" consultaban con los principales judíos y viajaban entre los judíos fuera de Palestina, restableciendo la paz en congregaciones desorganizadas y recogiendo diezmos y primicias, funciones muy parecidas a las del apostolado de Pablo (Hech. 11: 27-30; Rom. 15: 25-28; 1 Cor. 16: 1; Epifanio, Contra herejías i. 2., Herejía xxx. 4. 11). El Código de Teodosio (438 d. C.) señala: "Como parte de esta inútil superstición, los judíos tienen jefes de sus sinagogas, o ancianos, o personas a quienes llaman apóstoles, que son designados por el patriarca en cierta temporada para recolectar oro y plata" (Código de Teodosio xvi. 8. 14).
Gr. tekm'rion, "prueba decisiva o convincente". Estas pruebas eran una demostración segura y no evidencias circunstanciales. Las "pruebas indubitables" fueron las apariciones de Cristo después de su resurrección, no los milagros que los discípulos habían visto hacer a Jesús (cap. 2: 22). Confirmaban el milagro culminante de la resurrección. Estas pruebas consistieron en: (1) que comiera y bebiera con los discípulos (Luc. 24: 41-43; Juan 21: 4-13); (2) su cuerpo real, el cual Jesús permitió que ellos tocaran (Mat. 28: 5-9; Juan 20: 27); (3) sus repetidas apariciones visibles, incluso su aparición ante 500 personas reunidas (Mat. 28: 7, 10, 16-17; Luc. 24: 36-48; Juan 20: 19-29; 1 Cor. 15: 6); (4) sus instrucciones en cuanto a la naturaleza y las doctrinas del reino (Luc. 24: 25-27, 44-47, Juan 20: 17, 21-23; 21: 15-17; Hech. 1: 8).
La certeza de la resurrección dio poder dinámico al mensaje de los apóstoles (Hech. 2: 32, 36-37; 3: 15; 4: 10; 5: 28, 30-33). Esta fue la base del poderoso argumento de Pablo acerca de la certeza de la resurrección corporal de los redimidos (1 Cor. Jesús no permaneció con ellos en forma continua, sino que se manifestó repetidas veces durante el período posterior a la resurrección.
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