Si podemos hablar de "romanización", hemos de definirla como el proceso a través del cual los pueblos vencidos y conquistados por Roma devienen con el curso de los años en nuevos romanos, nuevos ciudadanos de una Urbe, que no es abstracción sino orbis terrarum.
No es gratuito afirmar que Roma es sinónimo de cultura, de civilización, de mundo civilizado y de hombres libres, frente a la servidumbre de los orientales o a la brutalidad de los bárbaros del norte de Europa. Y teniendo presente lo anterior, cabe preguntarse ¿qué es lo que caracteriza a esta civilización luminosa? ¿cuáles son sus medidas culturales? ¿cuál su distintivo singularizador?
El presente trabajo persigue destacar uno de esos distintivos, tan particular y fructífero que aún hoy arroja luz sobre la urbe del Lacio: la ciudadanía romana. Y es que si observamos con atención el mundo que nos rodea, descubriremos que somos deudores de Roma de una manera impensada pero no por ello menos real y concreta. Romana es nuestra familia y casa, romanas nuestras costumbres domésticas, romana nuestra lengua española, descendiente del noble latín, romanos son nuestros medios de comunicación vial y romanas nuestras ciudades.
Y qué decir que nosotros mismos lo somos, pues reivindicamos ese distintivo romano por excelencia, somos ciudadanos, de la misma manera en que los romanos reclamaban para sí tal categoría. Y si somos romanos, en buena medida lo somos gracias a la noción de ciudadanía. Ciudadanos del imperio, o de nuestros estados modernos: "In orbe Romano qui sunt, ex constitutione imperatoris Antonini cives Romani effecti sunt", diría Ulpiano.
Constituye una verdadera paradoja que la idea de Roma y su cultura sea una constante en nuestra propia civilización y en el imaginario colectivo de la misma, no obstante que, en su tiempo, los hombres que vivieron bajo el poder romano no siempre tuvieron conciencia de la inmensidad de la cultura que integraban, antes bien, la veían como una idea, pero de alguna forma lejana a su experiencia concreta.
La respuesta parece encontrarse en la psicología colectiva. Si una sociedad disfruta de una forma de vida dada, forma de vida que no resulta cuestionada sino que se adapta a las necesidades de la misma sociedad, entonces la reflexión profunda sobre ella se realiza en un nivel inconsciente, no a nivel del discurso social expreso. Por lo que, tratándose de Roma, la población humana del Imperio tendía a dar por sentada su existencia, sin que se produjera una reflexión filosófica sobre la misma. Excepción brillante de lo que venimos diciendo serán las meditaciones filosóficas del Emperador Marco Aurelio, permeadas de una profunda visión estoica.
El presente estudio pretende abordar algunas facetas del proceso de extensión de la cultura romana a través de la ampliación de la ciudadanía en el imperio durante la dinastía Julio-Claudia. Evidentemente este proceso resulta demasiado amplio como para agotarlo en esta tesis, por lo que solo serán presentados algunos aspectos que hemos considerado esenciales dentro de muchos otros.
En primer lugar abordamos la explicación de ciertos conceptos fundamentales, como el de ciudadanía y su relación con la cultura romana. Asimismo, analizamos las manifestaciones sociales externas de la ciudadanía, a través de referencias al lenguaje, la vestimenta y las obras de ingeniería. Luego estudiamos los fundamentos políticos, culturales y sociales del Principado, valorando especialmente la obra de César y Octavio Augusto y destacando las diferencias que pueden observarse en sus respectivos programas políticos.
Proseguimos con el estudio crítico de uno de los momentos estelares de la dinastía Julio-Claudia, referente a la romanización y unificación cultural del Imperio, se trata del discurso de Claudio ante el Senado. Enseguida esbozamos las conclusiones que surgen de nuestro análisis.
Estado de la Cuestión
"Ciudadano del Imperio": esta afirmación contiene en sí misma un cúmulo de sentidos y consecuencias que desbordan los límites de un trabajo como el presente. Numerosos, por no decir inabarcables trabajos publicados desde el surgimiento de la historiografía moderna, han intentado responder de una forma relativamente certera los alcances que la ciudadanía romana representó para quienes, no siendo romanos de origen, accedían a ella, por especial gracia de la Urbe, en los primeros tiempos del imperio, o de pleno derecho, como en el punto culminante del principado.
Para una civilización como la romana, que tradicionalmente ha sido asociada por la historiografía con los fenómenos jurídicos, el concepto de "ciudadanía", reviste mucho más que sus evidentes consecuencias jurídico políticas. El ciudadano romano se ve a sí mismo y es observado por sus contemporáneos como un símbolo de la cultura a la que representa. Se trata entonces, de una forma de contemplar la realidad, de apreciar a los otros y de valorar la propia cultura.
La ciudadanía romana se impone como un factor de unidad entre los diversos órdenes sociales que componen la sociedad romana y desde allí se proyecta asimismo como factor de unidad hacia los pueblos que se integran dentro del imperio. Debido a ello, el propósito de este estudio es determinar el verdadero alcance de la ciudadanía entre los romanos del principado, mediante la comparación entre las fuentes primarias disponibles y las grandes obras histórico jurídicas de la romanística.
La cuestión radica en determinar el auténtico significado y enraizamiento que logró la ciudadanía romana entre los habitantes del imperio durante la etapa de mayor esplendor de éste (especialmente bajo los Antoninos). Pretendemos demostrar que la ciudadanía se transformó en un vehículo de toda la cultura romana aunque los grados de intensidad de dicha influencia varía considerablemente dependiendo de las zonas geográficas que se consideren para un estudio cultural y social.
Se relacionará la concesión de la ciudadanía con el proceso de romanización de los habitantes de las provincias. Se trata de dos caras de una misma moneda, pues allí donde existe vida urbana y ciudadanos romanos existirá también una influencia innegable de Roma como entidad cultural. Por el contrario, cuando la urbanización era escasa, o estaba confinada a ciertos territorios perfectamente definidos, la romanización se volvía más ardua y de variable persistencia en el tiempo.
La presente investigación analiza especialmente dos fuentes clásicas: i) las Res gestae divi Augusti: corresponde al testamento político del primer Príncipe Emperador y da cuenta del modelo de sociedad y de régimen político que Augusto defiende para Roma. El texto que explicamos contiene en apretada síntesis todo el sistema político creado por Octavio Augusto y evidencia el espíritu del nuevo régimen creado por él; y ii) el discurso del Emperador Claudio ante el Senado del año 48: se trata del oratioprinceps por el cual Claudio pide al Senado que se incorporen a dicho cuerpo los ciudadanos provenientes de la llamada Galia Comata.
Es un texto inscrito dentro de la retórica más clásica y particularmente importante debido a la naturaleza de los argumentos que esgrime su autor, para justificar su propósito. Es un símbolo de la expansión de la cultura romana a lo largo del imperio.
Definición de Conceptos
Ciudadanía Romana y Elementos Distintivos
No es posible abordar el tema de la ciudadanía y sus elementos sin considerar la relación e influencia helena sobre los habitantes de la urbe latina. La pólis griega inspira a la Roma clásica de la misma manera que los polítes son los inspiradores de los cives de la Urbe. Pero Roma es mucho más que una ciudad y, de igual forma los cives o ciudadanos son mucho más que polítes. Se trata de una cuestión cultural y de esa forma la abordamos.
Ser ciudadano romano implica muchas cosas: desde una forma de cuidar el cuerpo, el aseo y cuidado personal que nos distingue de los bárbaros, de lo sordidus; es una forma de vestir la toga; es una forma de expresarse, mediante el lenguaje y la oratoria; es, en fin, una forma de comportarse ante la adversidad o el dolor. El ciudadano romano puede organizar su familia según las leyes de la urbe y ello reporta para sus herederos un estatus que les distingue de los pueblos dominados por Roma.
Examinemos ahora la forma concreta de cómo Roma concibe al ciudadano: se trata de una categoría específica para identificar a aquellos hombres libres que pertenecen a la ciudad frente a los que no están en tal condición que son llamados peregrini. Una categoría intermedia entre ambos será la de latini. Y, por cierto, que encontraremos a los barbari, aunque su participación en la vida cívica es nula al no reconocer la autoridad romana. Asimismo, debe reconocerse que no es una categorización de origen étnico o nacional, sino esencialmente político cultural.
A la ciudadanía se accede por vías diversas, que corresponden en forma muy directa a las diversas etapas de la expansión del mundo romano en el ámbito Mediterráneo. En primer lugar, serán ciudadanos los hijos nacidos de padres libres y ciudadanos cualquiera que sea su status social. Estos ciudadanos son llamados ingenuos, para simbolizar que siempre han sido libres. Asimismo lo serán los esclavos manumitidos, es decir, libertos, que hayan obtenido su libertad mediante el cumplimiento de requisitos rigurosos, especificados en tiempos del principado de Augusto.
También podrán acceder a la ciudadanía aquellos que gocen de la especial concesión de una ley aprobada por los comicios (o por el Príncipe durante el Principado). Esta es una forma de distinción que tiene por objeto recompensar ciertos servicios prestados por algún peregrino a Roma o por ciertos grupos de personas que, finalmente, terminan siendo ciudades enteras. "Bajo el principado, la ciudadanía romana se expandió gradualmente a las provincias, llevando progresivamente al Imperio en la dirección de la unidad cultural".
Esta afirmación resume muy bien el ideario que queremos describir en este trabajo, a saber, el que la ciudadanía romana y su concesión a los pueblos conquistados por Roma constituyó un vehículo de expansión de la cultura latina más que la simple adopción de las formas jurídicas romanas por parte de los mismos. Un buen ejemplo de lo que afirmamos lo constituye la adopción de praenomen y nomen romanos por parte de los nuevos ciudadanos, que de esta manera se asimilan, en la forma de identificarse, con los ciudadanos de origen romano.
Solo conservaban como cognomen o nombre de la familia inmediata, el nombre original del padre no romano. Y con el tiempo éste se va perdiendo definitivamente, hasta ser reemplazado por topónimos vinculados a la región de donde provenía originalmente su familia.
El Ciudadano y el Soldado
Ser ciudadano significa también adquirir obligaciones con la defensa militar de Roma. Durante la época republicana, los ciudadanos son reclutados en virtud de la leva militar para la defensa de la ciudad y de su imperio frente al peligro de las guerras a que Roma es conducida por potencias enemigas, como los reinos helenísticos o Cartago. Pero esta obligación militar no solo es el resultado de la existencia de la guerra. Es también el punto de inicio de la carrera de quienes desempeñan un lugar en la política de la Urbe.
El acceso a los "honores" (magistraturas y cargos políticos) está reservado a quienes han cumplido con su obligación militar. Con la creación del Principado y la instauración de la forma imperial de gobierno, se producirá un cambio notorio en la naturaleza de los cuerpos militares. En efecto, durante la crisis de fines del siglo I a. C. el ejército ha llegado a ser una de las cargas más grandes para la fiscalidad romana y por ello César y sobre todo Augusto tomarán la decisión de cambiar radicalmente su base de reclutamiento.
Nicolet nos recuerda que originalmente el ejército romano no era sino una especie de "milicia" ciudadana que se convocaba en caso de necesidad de defenderse y luego era rápidamente licenciada. Sin embargo hacia fines del periodo republicano, un número cada vez mayor de soldados integrantes de una cantidad en alza de legiones volvía la presión fiscal insostenible. Manteniéndose el principio del servicio militar ciudadano obligatorio, los milites han conseguido acceder al pago de salarium que, no bien modesto, es una carga fiscal considerable.
Los generales fundamentan su poder en el dominio e incondicionalidad de los soldados de sus legiones y costean el pago de las mismas de su propio patrimonio. Sin embargo el mayor premio al que aspiraban los soldados era a la distribución de tierras del agerpublicus tras su licencia.
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